Skip to content

ACOSB

  • INICIO
  • ROFAN
  • BL & GL
  • FANTASÍA
  • +15 & +19
  • VIP
  • MANHWAS
  • My Bookmarks
ACOSB

Capítulo 17. La orden del Emperador (2)

«Estoy acabada.»

​Ese era el único pensamiento que rondaba mi cabeza mientras salía de la audiencia con el Emperador.

​«Me dice que deje Johannes en manos de alguien de confianza y que me marche… Es su forma de decirme que, si no logro inspeccionar el Norte, mejor ni regrese.»

​Pero, ¿en quién se supone que voy a confiar para dejarle Johannes, si no tengo ni padres ni hermanos?

​«Ya me empezó a doler la cabeza.»

​Si hubiera sabido que esto terminaría así, habría usado el cansancio como excusa para posponer mi visita al palacio.

​Caminaba arrastrando los pies fuera del salón de audiencias cuando Catherine, que estaba sentada en un sofá justo enfrente, se puso en pie.

​—¿Ya terminaron? Por tu cara, veo que la cosa salió de la patada.

—… ¿“De la patada”?

​Puse una expresión de absoluto cansancio.

​«De verdad, no sé dónde aprende Catherine ese tipo de expresiones.»

​No pudo ser en la Academia, porque fuimos juntas y allí solo había nobles, por lo que su forma de hablar no debería ser distinta a la de la alta sociedad.

​«Dicen que su encanto radica en que hasta ese lenguaje suena elegante en ella, pero…»

​Aun así, escucharlo en un lugar como el Palacio Imperial me hacía mirar instintivamente a mi alrededor por puro nerviosismo.

​En cuanto nos alejamos un poco del salón, Catherine me agarró del brazo y preguntó: ​—¿Qué te dijo?

​Me encogí de hombros por un momento.

​—Me ordenó que fuera al Norte.

​—¡¿Qué?!

​Ante mis palabras, la elegancia en el rostro de Catherine se desmoronó por primera vez. Se mordió la punta de los dedos antes de soltarme un buen golpe en la espalda con la palma de la mano. 

—¡Está loco! ¡Está loco de remate! ¿Y qué pasará con Johannes? ¡Apenas te convertiste en Duquesa y ya vas a dejar la casa vacía!

​—¡Shhh! ¡Cállate!

Por muy hija del Emperador que fuera, no había forma de que la perdonaran por llamarlo “loco” a la ligera.

​Sujeté con fuerza las manos de Catherine mientras vigilaba los alrededores. Por suerte, no parecía haber nadie escuchando nuestra conversación. ¿Acaso ver mi cautela hizo que Catherine perdiera más los estribos? Ella, con el rostro desencajado por la indignación, protestó: —¡Al diablo con bajar la voz! ¿Te quedaste ahí parada escuchando eso sin decir nada? Suéltame. Voy a entrar y voy a poner todo patas arriba…

​—¡¿Poner qué patas arriba?! ¡Solo vas a salir perdiendo tú!

​Conociendo a Catherine, era perfectamente capaz de irrumpir en el salón sin permiso y ponerse a gritar. Cómo sabía de sobra lo explosivo de su carácter, apreté aún más sus manos.

​—Ya hay rumores de que el Reino de Gar busca una candidata para reina. Mantente callada.

​—¡Aun así! ¡Aun así! ¡¿Cómo puedes aguantar esto?!

​En este momento, en la familia imperial circulaban conversaciones sobre un compromiso para la tercera esposa del Rey de Gar. El Rey de Gar era un viejo calvo y libertino; su primera esposa murió de pena y la segunda falleció tras contraer sífilis.

​«¿Qué pasaría si el Emperador, enfurecido, decidiera vender a Catherine a ese compromiso?»

​El Emperador era un hombre con un sentido de la autoridad tan rígido que, si alguien lo molestaba, era capaz de vender a su propia hija a un viejo así con tal de castigarla.

​Catherine era una hechicera, al igual que el Príncipe Kanzel. Aunque su poder era débil, apenas servía para encender un cigarrillo, en el mercado matrimonial poseía un linaje valioso y poco común. No obstante, ese valor podía ser manipulado a su antojo por cualquier capricho del Emperador.

​«No puedo permitir que Catherine salga perjudicada por mi culpa.»

​Al apretar sus muñecas, Catherine me miró y soltó un suspiro tan profundo que parecía que el suelo se hundiría bajo sus pies.

​—De verdad, eres desesperante. Si no puedes reclamar tú misma, déjame a mí. Yo me encargaré de decírselo.

​—¿Cómo voy a dejarte?

​No podía simplemente ignorar a una amiga que se desvivía de esa forma por mis asuntos. Fue justo cuando esbocé una sonrisa forzada que una idea brillante cruzó mi mente.

​—… Si tanto te preocupa, ¿por qué no cuidas de Johannes en mi lugar?

​—¿Qué?

​Los ojos de Catherine se abrieron de par en par. Yo sonreí abiertamente; era una idea magnífica, aunque se me acabara de ocurrir.

​—Su Majestad me ordenó dejarlo en manos de alguien de confianza, y tú ya sabes qué clase de personas son los mayores de mi familia.

​—Esto es increíble…

​Catherine, que era muy astuta, comprendió de inmediato lo que yo estaba calculando.

​«Si Catherine actúa como representante del Duque de Johannes, no podrán obligarla a casarse a la fuerza. Además, podría salir del palacio y moverse con libertad.»

​Para mí también era una situación ideal. Mis parientes codiciosos no se atreverían a intentar arrebatarme el título. Al fin y al cabo, ella era una Princesa Imperial.

​«Además, el Emperador también se sentirá tranquilo. Al fin y al cabo, es su propia hija.»

​Era una idea excelente que servía para mantener todos los frentes bajo control. Catherine se quedó pensativa, analizando la propuesta en silencio, hasta que preguntó: ​—¿Y qué pasa si no logras entrar al Norte?

​Más que un “si no logro”, lo más probable era que no pudiera entrar en absoluto.

​«Solo tengo que fingir que obedezco la orden; si me mantengo con el perfil bajo unos dos años y luego regreso discretamente, no dirá nada.»

​Ese era mi cálculo interno, pero si lo decía en voz alta, Catherine se preocuparía sin duda. Así que respondí con determinación: ​—Pues tendré que saltar el muro, si hace falta.

​Catherine me miró de reojo con escepticismo.

​—¿Crees que esto es como saltarse una clase en la Academia?

​—Yo nunca me salté una clase.

​—¡Claro, “Señorita Modelo”! Como si tú fueras capaz de saltar un muro para invadir el territorio de alguien.

​—Jajaja.

​Tenía razón. Me reí sin poder evitarlo. Catherine me observó en silencio un momento, soltó un suspiro y murmuró: —Ah, ojalá hubiera nacido hombre.

​—¿A qué viene eso de repente?

​¿Qué decía esta chica, que siempre andaba diciendo que era feliz siendo mujer porque le encantaba arreglarse? Mientras la miraba con los ojos entrecerrados, de su boca salió algo que jamás me hubiera imaginado: —Si fuera hombre, te habría seducido en nuestros días de la Academia para casarnos por un embarazo inesperado y… ¡Mmpff!

​—¡¿Podrías, por favor, distinguir entre lo que se debe decir y lo que no?!

​¿En serio era una princesa imperial? Empezaba a sospechar si, en lugar de estar en el palacio, no se la pasaba deambulando por los barrios más bajos del mercado.

​«De verdad, nunca se sabe con que va a salir.»

​Esbocé una sonrisa amarga y, poco a poco, retiré la mano con la que le tapaba la boca.

​—¿Cuidarás de Johannes por mí?

​Ante mi pregunta, Catherine frunció el ceño, pero al final se encogió de hombros.

​—Por supuesto. Me aseguraré de vigilar que tu tío no pueda poner ni un pie en la casa. Vete tranquila.

​—Gracias.

Por lo pronto, ya había encontrado a la persona adecuada para confiarle mi hogar. Ahora era el turno de pedírselo a Weitz.

 

✧ ➷ೃ༄*ੈ✩ ✧ ➷ೃ༄*ੈ✩ ✧ ➷ೃ༄*ੈ✩

 

Mientras tanto, en una pequeña ciudad situada lejos de la capital.

​Fue apenas este mes cuando una joven pareja comenzó a vivir en una casa abandonada en lo profundo de las montañas. O más bien, parecía que solo estaban de paso.

​—¿Por qué habrá venido gente tan joven hasta aquí? ¿Estarán huyendo de algo?

​—No lo creo; para ser fugitivos, no parecen vigilar mucho los alrededores.

​Los aldeanos cuchicheaban entre ellos. En un pueblo tan pequeño, la falta de novedades era una de las razones por las que la pareja era el tema de conversación, pero el motivo principal era otro: ​—¿Le viste la cara? Nunca había visto a alguien tan hermosa. Juraría que es un ángel que ha descendido a la tierra.

​Y es que la apariencia de esa joven pareja era extraordinariamente bella.

​Tanto el hombre como la mujer se cubrían con capuchas, por lo que nadie en el pueblo había visto sus rostros por completo. Sin embargo, bastaba con vislumbrarlos un poco para intuir su belleza.

​—Al verla pensé: “Así es como debe ser el verdadero cabello rubio”. Tiene un color tan radiante…

​—El hombre también era muy apuesto. Qué piel tan blanca para ser un varón.

​—Seguro que son nobles. Nobles que se han escapado en mitad de la noche.

​Tras debatir largamente sobre la excepcional apariencia de la pareja, los habitantes del pueblo llegaron a una conclusión: —Gente que ha crecido entre tantos lujos no podrá aguantar mucho tiempo aquí. Pronto regresarán a la capital.

​Y, de hecho, era una predicción casi exacta.

​—Alberth.

Valk: El kks 😒 y la hermana 🙄

​El hombre, que estaba a punto de abrir la vieja puerta para salir, se dio la vuelta. Era un hombre de cabello azul, con facciones impecables y un rostro blanco y terso.

Se trataba nada menos que de Alberth Baine, el prometido de Lilianne Johannes.

​—¿Qué pasa, Mimi?

​Él se dio la vuelta con una mirada cálida hacia donde estaba ella. Allí se encontraba una mujer de abundante cabello rubio ondulado y ojos verde claro, parecidos a los de una ninfa de los bosques.

​Era Magnolia, la hermana mayor de Lilianne.

​Ella miraba a Alberth con ojos llenos de temor.

​—¿A dónde vas?

​—Al pueblo, a comprar víveres…

​—¡No vayas! ¡Si te vas, me quedaré sola!

​Antes de que Alberth pudiera terminar la frase, Magnolia soltó un grito estridente. Alberth dejó escapar un suspiro.

​—Pero si no voy, tendremos que pasar hambre desde esta misma noche. Solo espera un poco, Mimi.

​—¡Entonces podemos ir a un lugar donde nos preparen la comida! ¡No a una casa destartalada como esta!

​—No podemos quedarnos en esos lugares para siempre…

​—¡Si tenemos dinero de sobra, ¿por qué no podemos?!

​Magnolia tenía un concepto muy vago sobre el valor del dinero. Por supuesto, las numerosas joyas que se había llevado para huir con Alberth eran una fuente de recursos considerable.

​«Pero no es una cantidad tan grande como para gastarla sin pensar.»

​Si gastaban el dinero al mismo ritmo que cuando vivían en la capital, se quedarían sin nada en un abrir y cerrar de ojos. No es que pensaran estar huyendo eternamente, pero al menos debían resistir hasta que su matrimonio fuera un hecho consumado. Sin embargo, por más que intentara explicárselo, Magnolia, como siempre, no lograba entenderlo.

​—La cama chirría y la casa es demasiado oscura. Necesito una doncella que me atienda y también quiero comprarme ropa nueva.

​—Por favor, aguanta un poco más. Pronto nos mudaremos a un lugar mejor donde vivir. Estoy investigando sin descanso para encontrar un sitio donde quedarnos a largo plazo.

​—Por eso mismo, no salgas. Quédate aquí. O si no, vámonos ahora mismo, ¿sí?

​—Mimi.

​Al final, Alberth necesitó casi una hora para poder salir de esa casa. Magnolia, tras desahogar toda su ansiedad e irritación sobre él, pareció sentirse aliviada y entró de nuevo en la casa de forma repentina, dejándolo solo.

​«Esto es agotador.»

​Ni siquiera había empezado con sus recados y ya se sentía exhausto. Alberth bajó la mirada hacia el suelo con una expresión gélida, totalmente distinta a la calidez que mostraba frente a Magnolia.

​«¿Realmente cuánto tiempo podremos resistir así?»

​Al ser el hijo de un conde, Alberth era tan ignorante sobre la vida de los plebeyos como Magnolia. Aunque fingía entereza, lo cierto era que su corazón estaba lleno de una ansiedad infinita.

​«¿Me seguirá amando Lili?»

​Sabía que era algo despreciable, pero no podía evitar comparar a Magnolia con Lilianne.

​«Incluso si regreso…»

​Alberth se presionó los ojos con cansancio. El hecho de que estos pensamientos no dejaran de asaltarlo era una señal de lo agotado que estaba.

​—Buenas tardes tenga usted.

​—Baja muy seguido al pueblo, ¿eh?

​Los aldeanos lo observaban con ojos cargados de curiosidad. Alberth forzó una sonrisa superficial y compró los víveres. Al no saber cocinar, estaba muy limitado en lo que podía comprar.

​Finalmente, el último lugar que visitó fue la tienda de abarrotes.

​—Deme un periódico, por favor.

​—Aquí solo recibimos el semanario.

​—No importa.

​Necesitaba saber cómo se movía el mundo.

​«Solo así podré decidir qué paso dar a continuación.»

​Fue justo en el momento en que Alberth intercambiaba unas monedas por el semanario cuando ocurrió.

PLAC.

​—¿Oiga? ¿Se encuentra bien?

​El semanario resbaló de las manos de Alberth y cayó al suelo sin fuerza. El tendero lo miró con extrañeza. Alberth, con el rostro pálido como la cera, no podía dejar de mirar la primera plana del periódico.

​[La mujer del Duque Rohard, la Duquesa Lilianne Johannes: ¿Será este el escándalo del siglo?]

En la portada del semanario, el rumor del romance entre Lilianne y Weitz ocupaba un espacio enorme, con letras imposibles de ignorar.



TRADUCCIÓN / CORRECCIÓN: VALK
REVISIÓN: VALK
RAWS: ACOSB


¿TE HAS CANSADO?

© 2026 ACOSB

No puedes copiar el contenido de esta página.

    Previous Post

  • CAPÍTULO 16

    Next Post

  • CAPÍTULO 18
Scroll to top
  • INICIO
  • ROFAN
  • BL & GL
  • FANTASÍA
  • +15 & +19
  • VIP
  • MANHWAS
  • My Bookmarks