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Capítulo 119

Jack Hatzfeld. De pie bajo la noche, su figura entera parecía teñida de negro. No era solo por el color oscuro de su cabello, ni porque la noche fuera especialmente profunda; era porque todo en él transmitía oscuridad.

Su mirada era como una punta afilada clavándose en la piel. La sombra que proyectaba su cuerpo alto, el sonido de sus pasos, el golpe sordo que recordaba al filo de un cuchillo contra un tronco.

—¿Terminó su conversación con Millenberg?

Incluso la voz que salía de su garganta tenía un tono silencioso.

Era una atmósfera difícil de describir, ni cortante ni gélida, pero lo suficientemente intensa como para que Adeline se detuviera sin querer. Estaba segura de que, cuando salió del estudio con Millen, esa sensación no estaba ahí. No había nadie más con quien Jack pudiera haber hablado ni nada que hubiera ocurrido en su ausencia. 

Entonces ¿por qué…? 

Mientras se hacía esa pregunta sin darse cuenta, los ojos de Adeline se dirigieron hacia el interior del estudio, envuelto en una luz tenue. El lugar era tan oscuro que apenas se distinguían los lomos de los libros. La única fuente de luz estaba sobre la mesa, como si alguien hubiese estado leyendo algo justo allí.

Y junto a esa luz, sobre la mesa, había algo…

—…!

¡Tac!

Adeline se adelantó bruscamente, empujando a Jack a un lado, y entró con paso firme. Se acercó de inmediato al escritorio y abrió de golpe el grueso libro que reposaba sobre él.

Las páginas pasaban una tras otra con un sonido seco y apresurado, casi con violencia. Hasta que, de pronto, su mano se detuvo en un punto.

[Pago pendiente — Familia Somaire]

Un nombre extraño, y al mismo tiempo, inquietantemente familiar. Cuando levantó la vista, vio la sombra de Jack, que se había acercado tras ella. Sus ojos grises la observaban desde arriba, fríos y equilibrados como los platos de una balanza aún en reposo, a punto de inclinarse con el más mínimo movimiento. Con esa mirada, como esperando un juicio, Jack se acercó y leyó las letras bajo los dedos de Adeline: “Somaire”. Luego la miró de nuevo.

El silencio se extendió entre los dos, pero en el instante en que sus miradas se cruzaron, Adeline lo comprendió. Como si algo le hubiera golpeado la cabeza. O como si le hubiesen dado un puntapié en el estómago.

—…No puede ser.

Las palabras se escaparon en un hilo tenso. Adeline no sabía qué expresión tenía en el rostro. Y no era para menos. Hasta ese momento, ni siquiera ella lo había imaginado. Que aquel muchacho de cabello oscuro que había huido escaleras arriba cuando la vio de niña…

El niño de la familia Somaire… fuera en realidad Jack.

✧¸¸. •*¨`༻✦༺⊱✩⊰༻✦༺¨`*•.¸¸✧

La noche anterior a su partida a Pares.

—Carlyle, si… si resultara que no soy la persona que creías que soy, ¿qué pensarías?

De pronto, Adeline lanzó la pregunta mientras Carlyle le secaba el cabello. No había una razón concreta. Tal vez fue porque empezaba a pensar que Kaiden, a quien consideraba su benefactor, quizá no lo era tanto. O porque los secretos de Millen, a quien siempre había juzgado con dureza, eran muy distintos a lo que imaginaba.

Y también porque Jack seguía siendo un misterio que no lograba descifrar. Todo eso la tenía con la mente revuelta.

—Si la imagen que tengo de alguien no fuera la verdad, no sé qué debería hacer.

—…No sé exactamente qué le preocupa, señorita, pero creo que las personas pueden tener muchos rostros distintos.

Carlyle, tras meditar unos segundos, respondió. Dijo que, claro, si se tratara de un estafador que se acercó con malas intenciones, entonces sí se podría usar la palabra “engaño” para describirlo.

Pero si Adeline simplemente tenía partes de sí misma que no había mostrado, no creía que pudiera decir que lo había engañado. A fin de cuentas, toda persona tiene aspectos que desea ocultar. Y, a veces, esas partes son cosas que nadie más podría siquiera imaginar. Ese era el punto central de sus palabras.

Al final, Carlyle añadió:

—Por ejemplo… yo todavía creo que no llegué a conocer realmente al señor Diego.

—¿A mi padre? ¿Por qué dices eso?

Carlyle había trabajado bajo las órdenes de Diego desde hacía muchos años. Lo veía más seguido que su propia hija Adeline, y era quizá la única persona que podría haberlo conocido a fondo. Cuando ella le preguntó por qué pensaba así, él relató una historia sobre cierta familia.

—Tal vez la señorita no lo recuerde, pero hace más de diez años el padre y el hijo de la familia Somaire visitaron la mansión del duque Zeller. El objetivo era pedir un préstamo, pero debido a las deudas que ya agobiaban al ducado, Diego tuvo que devolverlos con las manos vacías. Y poco después se supo de la quiebra y del suicidio con pistola del cabeza de familia junto a su hijo.

—Pero si eran una familia con la que el ducado tenía tratos, ¿cómo es que no recuerdo ese nombre? Conozco todos los nombres de las casas nobles, pero nunca había oído hablar de los Somaire.

—Yo tampoco. Según tengo entendido, no era una familia que tuviera relación directa con los Zeller…

El único punto de conexión entre los Somaire y los Zeller era que el negocio de Diego se centraba en obras públicas y construcción, igual que el de la familia Somaire. 

—De todos modos, el señor Diego nunca me dio explicaciones detalladas, así que no puedo asegurarlo con certeza.

Y así, diciendo que aún no comprendía del todo a Diego, Carlyle terminó su relato.
Sin embargo, añadió que si Diego ocultó algo, debía tener una razón. Que no era justo llamar “engaño” a algo así.

Pero Adeline sintió una extraña sensación con aquella historia.

«El nombre Somaire debería sonarme completamente nuevo…»

¿Por qué se sentía tan familiar? Irónicamente, mientras viajaba en carruaje rumbo a Pares junto a Jack, recordó algo.

—¿Me amas?

—Claro que no.

Jack había fruncido el ceño y girado la cabeza hacia la ventana. En ese movimiento, Adeline alcanzó a ver el enrojecimiento en su cuello. Y al verlo, un recuerdo surgió de golpe. 

—¡Carlyle! Vi a un chico hace un rato y me ignoró por completo. ¿Sabes quién es? Creo que es un nuevo sirviente. Si le llevo unas galletas, seguro sabrá quién soy, ¿no?

Era un recuerdo de su infancia, cuando, enojada por haber sido ignorada por un niño, corrió a contárselo a Carlyle. Él, con una expresión incómoda, le explicó:

—Ese chico es un visitante de hoy. Es el joven de la familia Somaire.

—¿Somaire?

Al oírlo, el enojo de Adeline desapareció en un instante. La razón era sencilla.

—¡Ese nombre suena como “no me olvides”!

En aquel tiempo, Adeline estaba obsesionada con los diccionarios de significados florales, y “no me olvides” era una de las flores cuyo nombre le resultaba más difícil de pronunciar. Al notar la similitud entre ambos nombres, su curiosidad de niña se desvió por completo hacia su libro de flores.

—¡Mira! Aquí está: “no me olvides”. ¿No suena parecido a Somaire?

Carlyle no tuvo corazón para interrumpirla. En realidad, se sintió aliviado de que la señorita no mostrara más interés en aquel joven. Así, el nombre “Somaire” se desvaneció con el tiempo de la memoria de Adeline. Pero las palabras de Carlyle lo habían traído de nuevo a la superficie.

Y fue el cuello enrojecido de Jack, tan fuera de lugar en su comportamiento habitual, lo que lo confirmó todo.

«Aquel chico también tenía el cuello rojo.»

Fruncía el ceño igual, giraba la cabeza del mismo modo… ¿Sería solo porque ambos tenían el cabello oscuro? ¿O porque había algo en ellos que los hacía parecerse? No lo sabía. Pero Adeline sintió que el niño de la familia Somaire y Jack eran, en realidad, la misma persona.
Y en el instante en que lo volvió a ver en la biblioteca de la mansión, envuelto en aquella atmósfera extraña, todas las piezas dispersas encajaron en una sola línea ante sus ojos.



TRADUCCIÓN: ELLIS
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: GLOOMY CLOCK


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