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Capítulo 116

¿De dónde habría conseguido Carlyle algo así? Quería preguntarlo, pero al no estar él presente, no había a quién hacerlo. Y aunque dijera que lo consiguió por mi bien, tampoco podía simplemente rechazarlo.

«Es cierto que lo que planeo hacer es peligroso.»

Tener algo a la mano por si acaso no era una mala idea. Nadia me había entregado, en nombre de Carlyle, dos cosas: una daga y un pequeño frasco de vidrio. Adeline solo guardó el frasco en el bolsillo interno de su abrigo.

No confiaba en poder usar bien un arma blanca, y en el peor de los casos, podría terminar poniéndola en manos del enemigo.

«El veneno paralizante de un solo uso será mejor opción.»

No llevar la daga fue, al final, una decisión acertada.

Ahora, si sacara el cuchillo de su abrigo para intentar atacarlo, ¿realmente podría amenazar a Millen con eso?

El veneno, en cambio, era mucho más simple y letal.

«…Esta es la única forma.»

Y con eso, sabía que había llegado al último punto de no retorno.

Adeline aflojó lentamente el puño y llevó la mano hacia los botones de su chaqueta.

Por fin, había tomado una decisión.

Días después.

✧¸¸. •*¨`༻✦༺⊱✩⊰༻✦༺¨`*•.¸¸✧

—Su Alteza Kaiden, el señor Millenberg solicita una audiencia.

—¿Ah, sí? Hazlo pasar.

Kaiden, que permanecía sentado en su escritorio, respondió al sirviente con una sonrisa.

Aunque era un maestro en ocultar sus emociones tras una máscara, había ciertos gestos que escapaban de su control, y uno de ellos era esa sonrisa natural que ahora se dibujaba en su rostro.

«Tardó más de lo que esperaba.»

Si se trataba de Millen, estaba seguro de que habría comprendido enseguida por qué lo había enviado a la villa.

No imaginó que le tomaría tanto tiempo decidir qué hacer después de ver con sus propios ojos el libro de cuentas que relataba la caída del Ducado Zeller.

«Quizá sobrevaloré a Millenberg.»

Pero, al final, poco importaba. Todo terminaría saliendo tal como él lo había planeado.

Si Millen había regresado de Pares para buscarlo personalmente, eso solo podía significar una cosa: que había decidido aceptar su propuesta.

Kaiden estaba convencido de que su plan avanzaba a la perfección.

Hasta que…

—Con su permiso, Su Alteza Kaiden.

Después de que se concediera la entrada, la puerta se abrió, y alguien entró junto a Millen en el despacho del príncipe.

Millen no venía solo. A su lado había una acompañante. Una mujer rubia de rostro familiar y, al mismo tiempo, extrañamente distinto.

El rostro era el de Adeline Zeller. Lo que resultaba extraño era la expresión que llevaba.

La Adeline de siempre solía mostrar un semblante rígido, una costumbre adquirida para no dejar ver ninguna grieta. Solo cuando bajaba la guardia llegaba a sonreír un poco. Pero ahora no sonreía en absoluto. Aun así, en su rostro no había rastro de tensión, sino una serenidad que rozaba la seguridad.

Y encima había venido acompañando a Millen, quien seguramente había leído los registros del Ducado Zeller. Algo estaba saliendo terriblemente mal.

Kaiden lo sintió de inmediato y forzó una sonrisa incómoda.

—Adeline Zeller, tengo entendido que aprobé una audiencia con Millenberg, no contigo.

—Así es, Su Alteza. Pero Millen insistió mucho en que lo acompañara como su asistente.

Por norma, solo se permite un acompañante en una reunión con un miembro de la familia real.

A veces era por recibir algún obsequio, otras por servir como testigo de lo que ocurría durante el encuentro, o incluso como medida de seguridad. Pero todas esas excepciones tenían algo en común.

La persona que uno lleva como acompañante suele ser alguien de absoluta confianza: un sirviente, una doncella, alguien a quien se tiene bajo las propias órdenes. Pero ¿traer a otro noble como asistente? ¿Y encima a Adeline Zeller?

«¿Acaso no revisaron los registros en la villa?»

¿O quizás los revisaron, pero no entendieron su significado?

Kaiden borró enseguida la duda que le cruzó por la mente. No, eso era imposible.

«Le di instrucciones al cuidador de la villa para que permitiera a Millenberg entrar al estudio y revisar los libros de cuentas.»

Y cualquiera que los hubiera visto habría podido prever fácilmente la ruina de la casa Celler.

Entonces, ¿qué significaba exactamente esta situación?

Como si respondiera a su confusión, Millen inclinó la cabeza y fue el primero en hablar.

—Su Alteza. He considerado detenidamente la propuesta que me hizo. Le agradezco sinceramente el ofrecimiento.

Sin embargo —añadió con una leve sonrisa—, me temo que no podré aceptarla. Lo siento.

—¿…Por qué?

El semblante de Kaiden se contrajo, algo que rara vez ocurría.

No era simple molestia por el rechazo; era la incomodidad de ver su certeza desmoronarse.

Todo había fluido según lo planeado, con la satisfacción de ver un rompecabezas encajar a la perfección… y justo cuando su plan, elaborado durante años, estaba a punto de completarse, se hizo trizas.

No, el problema comenzó desde antes: desde el instante en que Adeline apareció en esta reunión.

En este plan, ella debía ser una pieza descartable, no una mujer que apareciera al lado de Millen.

Kaiden apretó los dientes y volvió a insistir.

—Puedo darte lo que desees, Millenberg. Si hay algo que anhelas, pídelo. Cualquier cosa.

—¿Cómo piensa convencer a alguien que no desea nada, Su Alteza Kaiden?

Pero quien respondió no fue Millen.

Con una voz clara y segura, incluso cargada de ligereza, fue Adeline quien habló.

—Pensé que lo habría notado ya, después de verme aquí…

Adeline dio un paso adelante, y su cabello dorado se movió suavemente sobre sus hombros. A esa distancia más cercana, sus ojos verdes brillaban con una intensidad nueva.

—Parece que aún no lo comprende, así que tendré que decírselo directamente.

Su propuesta ha sido rechazada, y su plan ha fallado.

—Millenberg… ahora me pertenece.

✧¸¸. •*¨`༻✦༺⊱✩⊰༻✦༺¨`*•.¸¸✧

—Renée, mientras te tenga a ti, no necesito nada más.

En la villa de Pares, Millen no había mentido en absoluto. Cada palabra que le había dicho a Adeline había sido sincera. En su ambición no existían grandes sueños ni títulos, solo Adeline.

Por eso, si era honesto, también era cierto lo que había dicho después:

—Tal vez sea mejor que yo cargue con todo.

—Si hablo un poco más con Kaiden Crawford, podría conseguir un resultado más favorable.

Kaiden era un negociador experto, y conocía muy bien las debilidades de Millen. Tal vez era porque ambos pertenecían al mismo tipo de hombres: sobrevivientes que, por obtener lo que desean, son capaces de sacrificar cualquier cosa. Millen conocía bien su propia naturaleza y sus deseos. Sabía que no habría podido rechazar la oferta de Kaiden.

Era una propuesta imposible de resistir: renunciar a algo pequeño para obtenerlo todo.

Perder a Adeline por completo le habría resultado insoportable; habría preferido asegurar, al menos, su seguridad.

«…Sí.»

Si no fuera porque Adeline lo había descubierto todo.

Kaiden había pasado por alto una sola cosa. Y esa sola cosa fue la razón por la que su plan se derrumbó.

Millen ya no era el objeto de admiración ni el amor imposible de Adeline.

La devoción ilusoria se había roto. Para Adeline, Millen ya no era un ídolo, sino un hombre. Un ser humano que podía aceptar y comprender como tal.

En la villa de Pares, Millen lo confesó al fin:

—Aunque me odies, creo que es correcto salvarte.

Pero al final murmuró, casi en un suspiro:

—…Y aun así, no soporto la idea de que me odies.



TRADUCCIÓN: ELLIS
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: GLOOMY CLOCK


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