Capítulo 114
El contenido del libro de cuentas era sencillo.
El pago acordado no se había entregado en absoluto, con el pretexto de que se había incumplido el plazo… por apenas «un día».
Diego Zeller, quien había llevado a cabo la obra, ya se encontraba profundamente endeudado con Kaiden, así que no tenía derecho a protestar. Lo único que pudo hacer fue reunir lo poco que le quedaba para entregar una mínima compensación.
Sin embargo, el señor de Somaire, que no conocía los detalles, le rogó a Diego que cumpliera con el pago prometido. Se arrodilló, suplicó como un perro. Llevó consigo a su único hijo, vestido con la mejor ropa que tenía, y aun así imploró con humillación.
Aun después de eso, lo perdió todo y eligió quitarse la vida.
{—Lo siento, Jack. Es culpa de la incompetencia de tu padre… Ya no encuentro otro camino.}
El señor de Somaire había sido un esposo hogareño y un padre considerado.
No era especialmente malvado ni especialmente virtuoso, solo un hombre común… terriblemente ordinario.
Los fines de semana trabajaba la madera como pasatiempo y le enseñaba a su hijo, sentado a su lado, a manejar el cepillo. En los días festivos o aniversarios, se vestía con sus mejores ropas y salía de paseo con su familia.
Y, sin embargo, cuando llegó el momento de mendigar, usó a su hijo como escudo y, incapaz de soportar su propia impotencia, llegó a pensar en quitarle la vida. Un hombre débil y corriente.
{—Tal vez esto sea lo mejor para ti también. Mis pecados pronto se convertirán en los tuyos. Antes que eso…}
Jack recordaba a menudo aquel día: la pistola temblando en la mano de su padre y el rostro de un hombre que ya no reconocía.
Era joven, pero no lo bastante como para ser ingenuo.
Cada día veía entrar gente a la casa, y escuchaba a su padre murmurar entre copas. Poco a poco, el niño logró unir las piezas.
Somaire no había pagado a los obreros, y detrás de eso estaba la casa ducal de Zeller, que no había pagado a Somaire lo que le correspondía.
Incluso habían falsificado los registros bancarios para simular que el pago se había realizado.
Jack Somaire… recordaba a menudo aquel día. A veces pensaba:
«Si hubiera sido un poco más pequeño…»
Si no hubiera tenido un cuerpo más fuerte que el de los otros niños…
Si no hubiera podido escapar tras forcejear con su padre, ¿seguiría vivo ahora?
La bendición de la ignorancia nunca le fue concedida a Jack. Lo sabía todo cuando huyó. Corrió sin rumbo, vomitó, y siguió corriendo. En algún momento se dio cuenta de que no estaba llorando.
Dentro de él no quedaba espacio para la desesperación ni para la tristeza, solo un enorme odio, un fuego que le devoraba las entrañas.
Su cuerpo joven estaba lleno de energía, y ya sabía demasiado como para dirigir la culpa hacia sí mismo.
Ni siquiera se preguntó por qué le pasaba aquello.
«Todo fue por culpa de la casa ducal de Zeller.»
Sintió repulsión por todo lo que había visto en aquella mansión inmensa y lujosa, por todo aquello que alguna vez le había causado admiración. Todo eso había destruido su familia y su paz, y lo había arrojado a un infierno de furia.
«Algún día…»
Algún día devolvería todo ese sufrimiento. Haría que Diego Zeller pagara.
Haría que, como su padre, se consumiera en la desesperación y se derrumbara. Le arrebataría todo lo que amaba.
Como un cervatillo recién nacido que aprende a caminar de inmediato, Jack comenzó instintivamente a planear su futuro.
Saldría del país, cambiaría su identidad y regresaría con éxito.
Con ese único propósito en mente, se embarcó de polizón rumbo al ducado de Mathes y se dedicó a todo lo que fuera necesario para sobrevivir.
En las noches de hambre y frío, siempre recordaba aquella mansión. Recordaba las palabras que le habían hecho arder el rostro y, sobre todo, a la muchacha de la que no podía apartar la vista.
Aquella chica que le había parecido más dulce y delicada que cualquier cosa que conociera.
No sabía su nombre, pero sobrevivía gracias al recuerdo de ella. Esa muchacha era otra razón para no rendirse. ¿Era odio? ¿O un amor juvenil e inmaduro?
El odio y el amor siempre están separados por una línea muy fina. Para el joven consumido por la venganza, esos sentimientos se mezclaron hasta volverse indistinguibles.
Lo único claro era que aquella muchacha, la única hija del duque Zeller, Adeline Zeller, fue el primer amor de Jack. No existía otra palabra que describiera mejor ese sentimiento tan intenso y persistente.
«Aunque Diego Zeller murió antes de que mi venganza pudiera cumplirse…»
Si Adeline cayera en mis manos, sería una venganza más que suficiente contra aquel hombre que murió sin saber siquiera su culpa.
Pensando eso, me convertí en el amante de Adeline y permanecí a su alrededor.
Aunque, con el paso del tiempo, mi sed de venganza se tornaba menos nítida y mi afecto empezaba a crecer, lo ignoré porque al final el resultado que yo quería seguía siendo el mismo.
Que la quisiera por amor o que la quisiera por venganza, lo único inmutable era mi deseo de poseer a Adeline. ¿Importa acaso si lo que hay en medio es afecto o odio?
«Adeline Zeller es, sin duda, la hija de mi enemigo.»
Era la única hija de Diego Zeller, ese repugnante villano. Una mujer que, sin saber nada de los pecados de mi padre luchaba por proteger al duque Zeller.
A veces imaginaba informarle la verdad. Que viera qué había hecho su padre. Que, tal como mi desgracia se había heredado a mí, ella también tuviera que vivir pidiendo perdón por ello.
¿Era placentero llegar al final de esas fantasías? A veces, sin duda. En esos momentos estaba convencido de que sería el fin de mi venganza.
El problema fue que, ahora que tenía la prueba para realizar aquella fantasía, no me nacía el impulso de hacerlo.
«…Que el príncipe Kaiden estaba detrás de todo esto.»
Eso no cambiaba el hecho de que la casa Zeller había aplastado a la familia Somaire. El rencor seguía ahí. Pero ¿por qué me sentía perdido? La mano se me quedaba vacía, como si el aire se hubiera escapado de mis dedos…
Cerré el libro de cuentas. Sentí cómo la venganza, que se había convertido en un castillo de naipes, temblaba peligrosamente. La verdad consignada en ese libro había sido la baza que derribó los cimientos, pero desde hacía tiempo ya había perdido su sitio legítimo.
La idea de usar a Adeline para vengarme de Diego ahora me parecía algo ajeno, casi como si fuese el pensamiento de otra persona. Había sido una temeridad.
«Ahora solo…»
Me gustaría que Adeline estuviera a mi lado. Solo eso.
Solo entonces lo comprendí.
Solo junto a la venganza podía permitirme olvidarla por un momento.
Jack Somaire liberaba del odio únicamente cuando estaba al lado de Adeline Zeller.
Era una toma de conciencia humilde.
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Sobre la mesa de la villa, al fin aparecieron dos tazas de té.
Quien colocó la taza a la temperatura adecuada fue Millenberg Ishmael Beloff, joven conocido por su linaje noble.
El aroma a bergamota que a Adeline le agradaba se alzó tibio, pero ella no tocó la taza; con mirada fría la recorrió y, sin acercarla a los labios, reanudó la conversación.
—¿Y bien? Sigue contando, Millen. ¿El príncipe Kaiden…?
—El príncipe Kaiden pretende eliminar a la casa Zeller. Si eso ocurre…
Millen continuó con amabilidad, con la misma voz de siempre.
Lo único distinto era que su rostro estaba seco, sin expresión alguna.
{—Lo más peligroso ahora eres tú, Renée.}

TRADUCCIÓN: ELLIS
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: GLOOMY CLOCK