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Capítulo 112

La notificación de Adeline fue, sin duda, una provocación. Una trampa tan obvia que casi resultaba risible, tendida con la clara intención de hacer que alguien caminara directo hacia ella. Sin embargo, al ser la propia Adeline el cebo de su trampa, era evidente que no estaba hecha para ser una buena cazadora.

¿Acaso existía un cazador tan insensato que colocara una soga en la que él mismo podría quedar atrapado y estrangularse?

Era pura temeridad, una imprudencia total. Jack lo sabía bien y la juzgó con dureza, pero aun así, no fue capaz de detenerse.

O, más precisamente, no fue capaz de detenerla a ella.

Adeline acabó llevando a cabo su descabellado plan, y Jack, inevitablemente, terminó siguiéndola.

«La villa del segundo príncipe…»

¿Qué clase de coraje tenía Adeline para pretender infiltrarse en un lugar así con tanta seguridad?

Ni siquiera el supuesto «plan propio» del que había hablado le parecía demasiado confiable. Por eso, Jack no tuvo más opción que acompañarla, preparado para llevársela de vuelta si algo salía mal o para intervenir si la situación se volvía peligrosa.

—Entonces, ¿dice que Su Alteza Kaiden la envió?

—Así es. Su Alteza me pidió que le transmitiera un recado al señor Milo. Me dijo que era como un padrino para él.

—Ay, qué palabras tan honorables…

Milo Houseman, el guardián del bosque y cuidador de la villa de Kaiden.

A pesar de su edad, su espalda seguía tan recta que parecía imposible que el paso de los años la hubiera vencido. Con su cabello gris y un rostro que parecía tallado con la palabra obstinado, el anciano cayó fácilmente ante la labia de Adeline.

—He sido asignada como la nueva encargada de Ruskov, en sustitución del señor Huberg.

Con esas palabras y unas cuantas frases triviales sobre asuntos personales, Adeline logró ganarse la confianza del anciano en cuestión de minutos.

Desde el punto de vista de Jack, su habilidad rozaba lo sobrenatural; por más que la mirara con incredulidad, ella solo le respondía con una sonrisa tranquila.

Claro que, detrás de aquello, se escondía un pasado que nadie recordaba, pero que Adeline conocía muy bien.

«El señor Milo es un anciano ingenuo ante el mundo.»

Milo había sido originalmente un sirviente del palacio imperial. Había servido a la emperatriz Melia y, tras su muerte, fue él quien prácticamente crió al joven Kaiden, que ni siquiera contaba con una nodriza.

Por eso, Kaiden lo consideraba más cercano y digno de confianza que incluso su propio padre, el emperador Albert. En agradecimiento, le otorgó la villa y el bosque para que viviera allí el resto de su vida.

En realidad, el título de “cuidador de la villa” era meramente simbólico; su única función era recibir y atender, de vez en cuando, a los mensajeros o ayudantes de Kaiden cuando este visitaba el lugar.

Adeline, que en otra época había recibido esa misma villa de manos de Kaiden como alojamiento, sabía perfectamente qué debía decir para ganarse la confianza de Milo.

«Basta con mencionar el nombre de Su Alteza Kaiden, a quien considera como a su propio hijo, y se relajará de inmediato.»

Por muy rígido que pareciera, en el fondo era solo un anciano solitario. Bastaba con llevarle noticias sobre Kaiden para que se mostrara confiado y amistoso. Y, después de todo, no podía imaginar que alguien que conociera tan bien al príncipe pudiera atreverse a suplantarlo.

Era una pena engañar a un anciano que nada sabía, pero no había otra opción.

Con una sonrisa amable, Adeline pronunció la mentira que había preparado.

—Solo vine a echar un vistazo, señor Milo. No quiero causarle molestias. Vine a revisar la residencia un momento, dar una vuelta y luego me marcharé.

—¿Marcharse? Pero la noche ya está avanzada. Enseguida encenderé el fuego en la habitación, debe quedarse a descansar.

—No quisiera causarle trabajo. Calentar una casa vacía toma tiempo, y…

—¡No, no es ninguna molestia! Justo hoy tenemos un visitante, ¿acaso Su Alteza Kaiden no le mencionó nada?

El rostro de Adeline se tensó ligeramente mientras intentaba detener al anciano, que parecía dispuesto a correr en ese mismo instante a encender el fuego.

¿Un visitante? ¿Y si su mentira había sido descubierta?

El corazón le dio un vuelco. La situación inesperada la hizo sentir una punzada de alarma y mil pensamientos confusos se agolparon en su cabeza. Apenas logró ocultar su desconcierto mientras su voz, tensa y forzada, salía de sus labios como el eco mecánico de una muñeca de cuerda.

—…Hace un tiempo que dejé la capital, así que…

—Hace un tiempo que dejamos la capital y lo había olvidado.

Una voz grave y cortés, inusualmente serena, respondió en lugar de Adeline. Jack sonreía con un aire educado que ella jamás le había visto.

Para un empresario experimentado que había cerrado incontables tratos, inventar una mentira de ese nivel no representaba ningún esfuerzo. Jack continuó la farsa sin mover siquiera una ceja.

—Escuché que Su Alteza el Segundo Príncipe enviaría a alguien a Pares, pero no imaginé que coincidiríamos hoy.

—Ah, ya veo.

Afortunadamente, Milo no notó el desconcierto de Adeline y asintió enseguida.

—Sí, por eso hemos preparado un alojamiento aparte. Sería mejor que nos quedáramos en otro sitio para no incomodar a los huéspedes de la villa.

—Bueno, si insiste, no hay más remedio.

Quizá por fin comprendió que la situación podría resultar incómoda para ambos.

El viejo cuidador, aún con cierta expresión de pesar, les informó que el huésped de la villa había salido por un momento. Luego añadió que encendería el fuego en la chimenea y se marcharía a su cabaña, invitándolos a recorrer la casa con libertad.

Solo cuando la sombra de Milo desapareció del pasillo, Adeline dejó escapar un suspiro contenido.

—Gracias por ayudarme, Jack.

—¿No era para esto que querías manipularme?

Si uno va a mentir, debe hacerlo con absoluta convicción. Detenerse a mitad del engaño solo lo convierte en una farsa torpe.

Aunque, claro, de poco serviría explicarle eso a alguien que no es bueno mintiendo.

—Ya sé que no tienes talento para ser una mentirosa hábil, así que no te preocupes.

Por eso nunca fuiste capaz de decir ni una sola palabra dulce, aunque te estuvieras muriendo de ganas.

Aquel comentario, dicho casi entre dientes, hizo que Adeline girara la cabeza.

—¿Qué acabas de decir?

Jack no respondió, y ella tampoco insistió. No estaban ahí para charlar.

—En esta villa debe de haber un registro del licor ilegal de Russko. Algún libro contable o evidencia de complicidad.

—¿Y cómo puedes estar tan segura? Puede que esto no sea más que una simple residencia.

—Es solo una corazonada.

En realidad, se debía a un recuerdo del pasado.

Tanto Russko como ella misma habían guardado registros y documentos en esa misma villa. Bajo la administración de Kaiden, aquel lugar era prácticamente una caja fuerte.

Por eso, Adeline subió directamente las escaleras y abrió la puerta del estudio. El interior seguía tal como lo recordaba, así que no tuvo dificultad en orientarse.

El pasillo se sentía frío, como si nadie hubiera vivido allí en mucho tiempo. Las sombras se alargaban por las paredes y el pomo giró con un leve chirrido metálico.

Abrió la puerta del estudio y echó un vistazo al interior, que también le resultaba familiar.

Seguramente los registros estarían guardados en algún estante.

Pero, como si alguien se burlara de sus suposiciones, sobre el escritorio había un grueso fajo de documentos. Parecía que hasta hacía poco alguien había estado sentado ahí revisándolos.

La silla estaba desplazada, los papeles abiertos.

Un escalofrío de presentimiento o de ansiedad, no lo sabía, recorrió la espalda de Adeline mientras se acercaba al escritorio.

Sin duda, lo que encontró era un libro de cuentas.

Solo que el nombre de la empresa no era Russko.

El rostro de Adeline se endureció al revisar los registros.

Porque aquello era…

—…la empresa de mi padre.

Los libros contables pertenecientes a las compañías del Ducado Zeller, aquellas que habían quebrado.



TRADUCCIÓN: ELLIS
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: GLOOMY CLOCK


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