Capítulo 98
No era difícil imaginar la expresión de Adeline. Seguramente habría enrojecido un poco el rostro, y sus ojos se habrían aguzado con ese aire ligeramente molesto que solía adoptar cuando la vergüenza la vencía. Esa era una expresión que nadie conocía mejor que Carlyle.
Y en ese momento, Millen también debió haberla visto.
Lo que Carlyle no podía comprender era por qué, justo entonces, cuando sus pies parecían haberse quedado anclados al suelo, de pronto se movieron para retroceder. Podía imaginar con tanta claridad lo que sucedía dentro de la habitación sin necesidad de verlo… Entonces, ¿por qué había decidido alejarse? ¿Era acaso porque no se sentía capaz de escuchar lo que vendría después?
Lamentablemente, su mente lúcida le susurró la verdad, y nunca había detestado tanto su propia claridad mental como en ese instante. No retrocedió porque le asustara ver a Adeline besando a otro. Ni siquiera se trataba de miedo. Si debía ponerle un nombre, sería “revelación”.
Era irónico, pero hasta ese momento Carlyle había creído que controlaba bien su deseo. Pensaba que esos impulsos que a veces lo dominaban eran solo arrebatos fugaces y que, en el fondo, él no anhelaba realmente algo así.
En realidad, era un pensamiento ingenuo. Incluso si Adeline llegaba a estar con otro hombre, eso no ocurriría frente a él. Al menos, hasta entonces no había habido señales de que algo así fuera posible.
Había preferido cerrar los ojos a la realidad, como un pájaro que esconde la cabeza en la maleza para no ver el peligro.
Hasta ese momento. Hasta que aquello que había ignorado durante tanto tiempo se presentó ante él con brutal claridad.
Despertar de un sueño siempre es una experiencia fría y abrupta, como recibir un baldazo de agua helada.
Adeline no le pertenecía solo a él. Ella podía estar con quien quisiera, mientras que él no era más que una herramienta, alguien a quien se le permitía acercarse únicamente cuando ella lo llamaba.
Y, sin embargo, Carlyle había soñado con poseerla por completo. Era natural que aquel deseo terminara en una decepción tan amarga.
Se rió para sí mismo, una risa seca, incrédula ante la estupidez de su propia ilusión. Una sonrisa silenciosa que primero tuvo un matiz de autodesprecio y luego, lentamente, se tornó en admiración.
«La señorita no es alguien que pueda pertenecer a una sola persona.»
Ese pensamiento le bastó para entenderlo. Su anhelo de poseerla estaba condenado desde el principio, y no era solo él quien se enfrentaba a ese destino. Ni Millen ni Jack podrían jamás poseer a Adeline por completo.
La diferencia entre ellos y él era clara: los amantes podían cambiar, los títulos podían perderse, pero Carlyle siempre permanecería a su lado.
Al pensar en eso, el deseo que lo había consumido se apagó, como una llama empapada por la lluvia.
Al menos, hasta el día en que Adeline anunció que se marcharía a Pares.
Carlyle hizo lo que ella le pidió: envió el telegrama a Jack y se encargó de todos los preparativos necesarios.
Y aun mientras cumplía con su deber, una sola idea lo atormentaba, densa y persistente.
«Tenía que ser Jack Hartzfeld…»
No era tanto un pensamiento como un murmullo cargado de conflicto.
Días atrás, el mismo día en que había escuchado a Millen y Adeline besarse, Millen había ido a verla con un propósito, sí, pero también tenía otro asunto pendiente con él.
Quería compartir la información que había obtenido al acercarse a Frey.
—Parece que ya no podré seguir contactando a Frey Roche. Pensé que, borracho como estaba, no recordaría nada, pero parece que se dio cuenta de que me reveló cosas que jamás debió contarme.
Por eso Frey lo había mirado con tanta desconfianza en el banquete de Sincere.
Por eso, aunque lo observaba de lejos, no se había atrevido a acercarse ni a dirigirle una palabra.
—Tú también eres listo, ¿no? Sabrás que me acerqué a propósito, y que él cayó en el juego y terminó soltando todos sus secretos.
—…¿Y está seguro de que eso no traerá consecuencias? ¿Y si Jack Hartzfeld llega a enterarse de todo?
—No te preocupes. No podrá decir nada.
Millen incluso soltó una breve risa burlona, tan confiada que no dejaba espacio para la duda.
—¿Un hombre tan consumido por la envidia hacia Jack Hartzfeld iría corriendo a decirle que fue engañado? Ni pensarlo.
Después de todo, había traicionado su orgullo y revelado el pasado de Jack; sería incapaz de confesarlo.
Millen se había movido con tanta audacia precisamente porque confiaba en ese detalle.
—Si tuviera el valor de admitir su error, ya me habría buscado para enfrentarlo.
El hecho de que, en el banquete de Sincere, Frey solo lo observara de lejos sin dirigirle la palabra era prueba suficiente de que Jack no sabía nada del asunto.
Con esa seguridad, Millen le contó a Carlyle lo que había descubierto.
—Jack Hartzfeld trabajaba originalmente en Mathes, en el puerto. Ya sabes, uno de esos hombres que descargan mercancías de los barcos a cambio de unas monedas.
—Entonces… ¿quiere decir que trabajaba sin un empleo fijo?
—Probablemente. Si hubiera tenido uno, habría trabajado como cargador exclusivo de alguna compañía.
Un trabajador portuario.
No fue casualidad que Frey, corroído por la envidia hacia Jack, utilizara deliberadamente esa palabra al hablar de su pasado.
Aunque no fuera en Pares, los puertos siempre estaban repletos de gente. Y entre esa multitud, eran pocos los que tenían una identidad verificable. Todos vestían las mismas ropas gastadas, con las caras cubiertas por el polvo y la sal, y entre ellos… ¿cómo distinguir a un polizón o a un fugitivo?
La existencia de personas sin identidad clara era sinónimo de inseguridad. Los que descendían de los barcos lo hacían embriagados por la ilusión de una nueva tierra, pero al mismo tiempo, siempre con los nervios tensos, cuidando que su equipaje no fuera robado.
Y precisamente, quienes se encargaban de proteger esas pertenencias eran los trabajadores del puerto. A cambio de unas monedas, cargaban y vigilaban los bultos de los viajeros.
Sin embargo, ni siquiera esos hombres estaban completamente a salvo. Por eso, en el puerto, el pago posterior al trabajo se había convertido en la primera y más importante regla. Hasta que no recibían su paga, el cargamento no se movía. Y los cargadores, a su vez, podían usar las mercancías como garantía para asegurarse su pago. Era un trato práctico para ambos lados.
En esa dinámica del puerto, los hombres sin identidad ocupaban un lugar crucial. La paradoja era que, entre los mismos que protegían las cargas de los ladrones, también se mezclaban otros tantos sin nombre ni procedencia.
En resumen:
—Jack Hartzfeld era un hombre sin identidad, sin empleo fijo, que vagaba por las calles buscando en qué ocuparse.
En aquel entonces, no tenía la fortuna que ahora poseía,
y ni siquiera Frey, quien había estado con él desde el Ducado de Mathes conocía su verdadera procedencia.
Frey había usado deliberadamente el término “trabajador portuario” para burlarse de él.
Millen, al contarle todo esto a Carlyle, añadió:
—Seguiré investigando un poco más, pero si ni siquiera Frey Roche sabe nada, cualquier intento adicional sería inútil. Por eso, quiero que te asegures de que Jack y Adeline no se acerquen demasiado.
—…Créame, lord Millenberg, eso es algo que yo deseo incluso más que usted.
Millen consideraba peligroso a Jack precisamente por no conocer su origen.
Pero, en realidad, Carlyle ya empezaba a formarse una certeza silenciosa sobre cuál era ese pasado oculto de Jack Hartzfeld.

TRADUCCIÓN: ELLIS
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: GLOOMY CLOCK