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Capítulo 96

Adeline probablemente no lo sabía. No sabía que aquellas palabras dichas con tanta naturalidad como si no tuvieran mayor importancia cayeron sobre Carlyle como un rayo inesperado.

—Escuché que en Pares hay una casa propiedad de Jack. Me hospedaré allí, así que no hay mucho que preparar.

La instrucción que Adeline dio para enviar el telegrama a Jack con la frase “coopera conmigo” implicaba todo eso también.

Pares, al ser un centro logístico, estaba siempre repleto de gente; por lo tanto, conseguir alojamiento era difícil tanto en temporada baja como en alta. Pero si se hospedaba en la residencia de Jack, la historia cambiaba por completo. De hecho, una de las razones por las que Adeline necesitaba la cooperación de Jack era precisamente ese asunto del alojamiento.

—Planeo regresar lo antes posible, pero no sé cuánto tardaré. Si logro conseguir un boleto, partiré mañana…

La verdad era que Adeline estaba impaciente. Si hubiera sido posible, habría comprado un boleto en ese mismo instante para ir a Pares. El problema era que, como los alojamientos allí siempre estaban llenos, los boletos del tren también se agotaban rápidamente.

Además, todo se había decidido con tanta prisa que debía dejar preparadas varias cosas antes de confiarle la mansión Zeller a Carlyle durante su ausencia. Considerando todo eso, lo mejor era partir con el primer tren del día siguiente.

Pero incluso con ese pequeño margen antes de su salida, su inquietud no disminuía. Su mente seguía acelerada.

Por eso Adeline no se dio cuenta. No notó que, en el instante en que mencionó la idea de convivir por tiempo indefinido con Jack, el rostro de Carlyle se volvió gélido.

Adeline solía ser perceptiva. Si Carlyle mostraba una expresión tan evidente, normalmente ella lo habría notado al instante.

«…Parece que ya está completamente cegada por Jack Hartzfeld.»

Carlyle conocía bien a su amada señorita: cuando ella se concentraba demasiado en algo, perdía su habitual agudeza y se volvía sorprendentemente distraída.

Así que, después de recibir las instrucciones sobre el telegrama y los preparativos para el viaje a Pares, cuando Adeline subió las escaleras y desapareció, Carlyle permaneció allí, mirando el vacío, reconstruyendo mentalmente la imagen de ella alejándose.

Era su manera de calmar el malestar y la inquietud que lo invadían. Podía cerrar los ojos y aún así verla con exactitud. Al reconstruirla en su mente con tanto detalle, creía poder filtrar de sí mismo las impurezas,la rabia, los celos, hasta que solo quedara el polvo ligero que el viento podría llevarse.

Era su forma de lidiar con la celotipia.

«Tenía que ser Jack Hartzfeld…»

Si el acompañante hubiera sido Millen, quizás no sentiría esto. Pero ahora, el hombre más peligroso para Adeline era precisamente Jack, y debía resignarse a que ella se fuera con él sin saber cuándo volvería.

Carlyle se detuvo en seco.

«¿Arrebatada? ¿A la señorita…?»

Su propio pensamiento le pareció excesivo, casi insolente. ¿Desde cuándo Adeline era suya?

Ella solo le había concedido el favor de aceptar sus deseos, su atrevimiento de codiciar a su propia ama.
Le había permitido tocarla como un animal desesperado, y hasta había sido misericordiosa al dejar que sus labios recorrieran cada rincón de su cuerpo.

Pero eso fue pura indulgencia de Adeline, no una prueba de que ella le perteneciera. Entonces, ¿en qué momento su mente se había desbordado hasta ese punto?

Un sentimiento de amargura le oprimió el pecho. Aun así, no podía culparse del todo por su desbordamiento.

Porque no existía otra forma más precisa de describir lo que sentía que con la palabra «arrebatar».

Desde aquella noche en que había poseído a Adeline hasta lo más profundo de su ser,
hasta el momento en que ella mencionó su viaje a Pares, Carlyle había sido feliz. Verdaderamente feliz y pleno.

Recordaba haberla despertado por la mañana, y cuando volvió a mirar el reloj, ya había anochecido.
Para él, que solía revisar su reloj de bolsillo cada cinco minutos, fue una sensación extraña.

Un día en el que el tiempo parecía no existir.

Pero conforme esos días se repitieron, comenzó a acostumbrarse. Pasaba las jornadas sin sacar el reloj, compartiendo naturalmente con Adeline desde la mañana hasta la noche.

Cuando el sol caía y el cielo, que solía juzgar su atrevimiento, se ocultaba, el fiel mayordomo de la casa Zeller subía sin dudar a la cama de su ama para atenderla durante la noche.

Ya no eran los actos caóticos y sin medida de la primera vez que se unieron. Llamar “relación” a lo que hacían sería, en sí mismo, una traducción incorrecta.

Era natural. Lo que Carlyle hacía no era satisfacer su propio deseo hasta agotarlo, sino servirla.

—Aun después de aliviarla cada noche, parece que todavía no se acostumbra, señorita.

El aroma denso que a veces se elevaba en el aire bastaba para hacer tambalear su razón, pero Carlyle era, por naturaleza, un hombre de paciencia inquebrantable, acostumbrado a contenerse y dominarse.
Solo ellos dos, la que recibía y el que daba, sabían que ese rostro que aparentaba serenidad ascética se hundía cada noche en el cuerpo de Adeline, como si buscara refugio en él.

Los sentidos de Adeline siempre fueron sensibles y agudos. En realidad, tampoco Carlyle tenía tanta experiencia, pero su falta de vacilación al acariciar a su ama se debía enteramente a eso: a la aguda receptividad de ella.

—He oído que hay pocos cuerpos que se calienten con tanta facilidad como el suyo, señorita. En algunos dormitorios, dicen que los aceites perfumados son indispensables…

Sin embargo, para Adeline cuyas mejillas se sonrojaban al menor roce, impregnadas de un calor inmediato, esas eran cosas que solo existían en la teoría. Cada vez que la veía así, con el rostro encendido entre la vergüenza, la incomodidad y una ligera expectación, Carlyle sentía un escalofrío de excitación subirle por la nuca.

¿Dónde había escondido hasta entonces ese lado tan intenso bajo su comportamiento siempre recatado?
Cada vez que unía sus labios a los de ella, el aroma punzante de magnolias le subía hasta la cabeza. Un perfume indecente que ya le resultaba familiar, tanto como el modo en que Adeline lo abrazaba con sus delgados brazos, tirando de sus hombros con una dulzura que le resultaba insoportablemente encantadora.

En verdad, era un cuerpo que valía la pena corromper.

Nunca en su vida Carlyle había sentido el deseo con una forma tan definida, tan tangible.
Ese anhelo sin nombre, que para otros apenas se despertaba en la tormenta de la adolescencia, se había vuelto para él algo que podía tomar con las manos, y en esa nitidez la poseía por completo.

Y, mientras la tenía entre sus brazos, recordaba la confesión de Adeline, el punto de partida de aquellas noches compartidas.

—Creo que… estaba un poco asustada.

Así había comenzado Adeline, con voz temblorosa. Lo que siguió fue una confesión sobre el miedo.

Creía que su cuerpo no podía complacer a un hombre, y que, por lo mismo, nunca podría sentir placer alguno en una relación.

En resumen, fue una confesión sobre su frigidez.

Un asunto verdaderamente incomprensible para Carlyle.

«Con un cuerpo tan provocador como el suyo…»



TRADUCCIÓN: ELLIS
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: GLOOMY CLOCK


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