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Capítulo 89

Las dudas que una y otra vez aparecían en su mente la hacían sentir ahogada.

Estaba harta de su propia debilidad. ¿Acaso no había decidido no pensar en nada más que en proteger a la casa del duque Zeller? ¿De dónde salía el tiempo o la fuerza para preocuparse incluso por la muerte de alguien que había visto por primera vez hoy?

Decía que haría lo que fuera necesario por la casa Zeller, pero ¿eran puras palabras vacías?

«En realidad, lo sé.»

Estas vacilaciones no eran porque Sincere o Jeremiah le resultaran especialmente entrañables. Era solo porque su imagen reflejaba aquel matrimonio ideal que ella, en secreto, había soñado alguna vez.

Durante los tres años que habían pasado desde su boda con Julian, renunciando a todo para vivir resignada,

Adeline se había acostumbrado poco a poco a la desdicha. Por supuesto, acostumbrarse no significaba que soportarla se hubiera vuelto fácil, pero al menos ya no se estremecía con ese escalofrío helado que la recorría antes, como si le arrojaran agua fría. Al pasar por la silenciosa mansión Zeller, donde los sirvientes se habían reducido porque ya no podían pagarse, y detenerse frente al retrato de su padre, Diego, Adeline se decía a sí misma que, tal vez, lo estaba haciendo bien. Así, poco a poco, se adaptó a su vida infeliz.

Sin embargo, cada vez que recordaba lo que había dejado atrás, un dolor punzante le nacía del pecho. Su cuerpo temblaba como un álamo frente al viento del norte. Sentía que todo aquello que creía tener bien aferrado con ambas manos se le escurría de entre los dedos como arena.
Sin darse cuenta, se encontraba frente al retrato de Diego, preguntándose a sí misma:

«Padre.»

¿Es esto lo que usted deseaba para mí? Diego siempre había amado a Adeline. Aunque por su trabajo no podía verla todos los días, como ocurre en muchas familias, ella sabía que él la quería por encima de todo.

O al menos, así lo creía. Debía creerlo, porque solo así podía soportar la soledad. Pero desde pequeña, cuando aún no comprendía bien qué forma tenía la palabra soledad, en el fondo de su corazón ya se había enroscado una inquietud que no la soltaba. Preguntas que jamás se atrevió a pronunciar, temerosa de que, al hacerlo, ya no pudiera volver atrás.

«¿Recordaría mi padre la promesa de ir conmigo al mar el día de mi undécimo cumpleaños?»

Cada vez que Diego tardaba demasiado en volver a casa, la pequeña Adeline se llenaba de un miedo indefinible. Temía que nunca regresara. Que la hubiera abandonado.
Que la hubiera dejado sola en aquella enorme mansión y se hubiera marchado a otro lugar.

Decía que no la consideraba una carga, pero ¿era verdad? Los adultos mienten con facilidad. Adeline lo supo desde muy joven. Y por eso, ella también creció convirtiéndose en una mentirosa.

{—No importa si papá está ocupado. En la mansión están Carlyle y también puedo ir a jugar al marquesado de Bellof.}

Decía esas palabras fingiendo indiferencia, aunque cada vez que Diego se ausentaba, el miedo la consumía.

En realidad, no podía dormir si Carlyle no estaba allí mientras su padre estaba fuera.
Con el tiempo, al ingresar a la academia, su ansiedad comenzó a calmarse, pero tras la muerte de Diego y al asumir la responsabilidad de sostener la casa del duque Zeller, aquellas viejas emociones regresaron y la inundaron por completo.

{—Lo siento, hija mía… Te dejo una carga demasiado pesada.}

{—Por favor, cuida bien de la casa Zeller.}

Adeline recordaba las últimas palabras de Diego. Recordaba la mano que, en su último aliento, la había sujetado. Hasta el final, él solo había hablado de la casa del duque Zeller, y así exhaló su último suspiro.

Aquel “lo siento” no era una disculpa por dejar sola a su única hija en el mundo. En sus últimas palabras no hubo preocupación alguna por la hija que quedaría atrás. Solo cerró los ojos preocupado por la casa Zeller.

«Aunque intente no pensar en ello, no puedo evitarlo.»

Un padre que, incluso cuando ella era niña, debía dejarla sola en la mansión para atender los asuntos de la familia. Un padre que, hasta el último momento de su vida, cerró los ojos pensando no en su hija solitaria, sino solo en la casa que debía proteger. Adeline amaba a Diego.

Pero ¿la habría amado él realmente? Si Diego, aunque fuera una sola vez, le hubiera dicho la verdad, si le hubiera dicho que renunciara a la herencia… ¿Habría cambiado algo entonces? 

«Ahora ya no me arrepiento ni me retracto de lo que elegí.»

Aun así, había momentos en los que no podía evitar querer preguntarle a Diego. Sabía que debía cargar con las consecuencias de su elección, pero había ocasiones en que aquella desdicha, a la que ya se había acostumbrado, le pesaba más que nunca. ¿Qué podría compensar todo lo que tuvo que sacrificar para proteger el linaje familiar?

«Si la casa Zeller recupera su antigua gloria…»

¿Podrá entonces borrarse toda esta humillación y desdicha que he soportado?

En realidad, Adeline ya conocía la respuesta.

«Lo que una vez se pierde, nunca vuelve a ser igual.»

Aunque uno pueda llenar con otras cosas el vacío dejado por la erosión del tiempo, recuperar la forma original es imposible. Por eso, incluso después de haber retrocedido en el tiempo, Adeline seguía sintiendo un peso aplastante sobre el pecho, como si una roca se hubiera posado ahí. Le dolían cosas que antes no le habrían dolido, heridas que parecían arder sin haber sido tocadas.

«¿Por qué el ser humano es tan irreversible…?»

Y en ese momento, también lo era. Al ver a la pareja formada por Sincere y Jeremiah,
al presenciar aquel matrimonio ideal que ella jamás podría tener, sintió cómo la sangre en sus venas se enfriaba. No era envidia, ni celos, ni siquiera anhelo.
Si acaso había una forma de describirlo, sería como el dolor fantasma de alguien que perdió un brazo en un accidente: una punzada en algo que ya no existe. Esa sería, quizás, la descripción más precisa.

Resultaba curioso sentir nostalgia por algo que nunca se tuvo.

«……De cualquier modo, espero que ellos duren mucho.»

Al menos quedaba el consuelo de que aún faltaba tiempo para la muerte de Jeremiah. Quizás, antes de que llegara ese día, podría encontrar otra manera de mantener a Jack bajo control sin involucrar a Sincere.

«Por ahora, será mejor enfocarme primero en el asunto del licor ilegal.»

No sabía con exactitud qué tramaba Jack, pero si el ingreso de vodka se bloqueaba, Adeline también sufriría un gran golpe. Sabía perfectamente que el momento era un factor determinante en todo.
Incluso si más tarde se levantaban las restricciones a la importación de vodka, el banquete de aquella famosa actriz que había puesto de moda los cócteles ya habría pasado. Para entonces, sería demasiado tarde para recrear aquel pasado.

«Asuntos tan dependientes del momento, como las modas, se vuelven problemáticos si se deja pasar su tiempo.»

En cuanto regresara, debería enviarle un telegrama a Jack. Pensando en ello, Adeline cruzaba el jardín cuando Millen se acercó con una sonrisa.

—Pensé que charlarían más y les di espacio, René. ¿No disfrutaste la conversación con la señora Roche? No tienes buena cara.

—…Ah, no. Sí, la pasé bien. Gracias por haberme conseguido el lugar.

—No hay de qué.

Millen rió suavemente y con la punta de los dedos rozó la mejilla de Adeline. Fue entonces cuando ella se dio cuenta de que había estado tan absorta en sus pensamientos que había olvidado incluso controlar su expresión.

Un instante después, cuando Adeline relajó el semblante, Millen la envolvió con un gesto delicado sobre los hombros. Con un “vámonos ya” murmurando cerca de su oído, la guió así hacia el carruaje. Mientras lo hacía, sin que Adeline lo notara, Millen miró discretamente hacia atrás.
Y en ese instante, sus ojos se cruzaron con los de “alguien”.



TRADUCCIÓN: ELLIS
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: GLOOMY CLOCK


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