Capítulo 83
Cada vez que Jack recordaba el rostro sereno de Adeline, lo invadía una sensación indescriptible.
Recordaba el momento en que, dentro del invernadero de cristal, sostuvo entre sus manos sus mejillas cálidas, sin una sola sonrisa en ellas. Recordaba también cómo la abrazó, rodeando con un solo brazo esa cintura tan delgada que podía envolver con facilidad. En aquel instante, cuando deseó fundirse por completo con ella, comprendió que aquella mujer, tan parecida a una muñeca de porcelana, se rompería sin duda si él aplicaba un poco más de fuerza.
Y aun sabiéndolo, no pudo resistir el impulso de estrecharla más.
No solo en aquella ocasión del salón de té; cada vez que la tenía entre sus brazos, Jack sentía lo mismo.
Era como tratar de abrazar el agua que se escurre entre los dedos.
Aunque creía tenerla bien sujeta, al mirar después, nada quedaba en sus manos.
Adeline era igual. En el momento en que la sostenía, su presencia era tan real y vívida, pero apenas la soltaba, todo parecía una mentira. Sabía bien la razón.
«Es igual que ese sobre de la carta.»
Al abrirlo, el interior resultaba tan escaso que rozaba lo engañoso. Al menos, el sobre sellado lograba ocultar perfectamente su contenido hasta que se rompía el sello, pero las emociones humanas eran mucho más difíciles de esconder. No hacía falta rasgar la superficie como un sobre para ver lo que había dentro, ni tampoco preguntar. Bastaba con observar la cautela reflejada en sus ojos verdes para entenderlo con claridad.
Cada vez que Jack besaba a Adeline, deseaba dejar una prueba, algo que demostrara que, al menos por un instante, ella había estado en sus brazos. Por eso marcaba su suave piel con huellas visibles.
Al contemplar las manchas rojizas que quedaban en su pálido cuello, podía convencerse de que lo ocurrido no había sido un sueño ni una ilusión.
Una sensación de engaño sin malicia, pero engaño al fin. Así fue como Jack comprendió una verdad que no requería demostración.
Adeline Zeller no deseaba a Jack Hartzfeld.
«Si me detesta tanto y aun así aceptó un compromiso que incluye el matrimonio, debía estar segura de algo.»
Segura de que el negocio de Joseph Ionov valía más que el dinero invertido.
En realidad, a Jack le daba igual invertir o no.
«No es una suma tan grande.»
Comparado con la inversión que había hecho en la baronía de Monaghan, era insignificante. Podía invertir y perderlo todo sin que eso afectara en absoluto su situación. Pero para Adeline, el más mínimo error podría ser fatal.
Jack pareció meditar un momento antes de hablar.
—Warrick, dile a Joseph Ionov que reconsideraré la inversión.
—Entendido. ¿Entonces regresaremos a la capital mañana?
Warrick respondió enseguida. En el fondo, ya esperaba esa decisión. Después de todo, ¿para qué perder más tiempo con una empresa tan dudosa?
En los negocios, decir que uno reconsiderará una inversión era casi lo mismo que anunciar su cancelación.
Así que Warrick, pensando que Jack opinaba lo mismo, sacó su cuaderno y empezó a revisar el itinerario del día siguiente.
—Ya que vinimos hasta Pares, podríamos aprovechar para visitar otras posibles inversiones. Daremos una vuelta antes del almuerzo y revisaré a qué hora sale el tren de regreso mañana…
—¿De qué estás hablando?
Jack interrumpió bruscamente sus palabras.
—Dije que lo reconsideraría, no que cancelaría la inversión.
—…¿Perdón?
¿No era eso lo mismo?, estuvo a punto de decir, pero se contuvo y abrió los ojos de par en par.
Un mal presentimiento lo recorrió. Lamentablemente, la intuición de Warrick solo era certera en los momentos en que él menos lo deseaba.
Jack se puso de pie y tomó su abrigo con un movimiento rápido.
—Dile a Joseph Ionov exactamente lo que te he dicho. Yo tengo algo que confirmar. Si alguien viene a buscarme, encárgate tú.
Aquello de “encárgate tú” significaba, en otras palabras, que lo despachara como pudiera.
Pares, llamada la ciudad industrial, era un lugar donde se concentraban toda clase de negocios. Así que cualquier empresario con conexiones en la capital habría sabido sin dificultad que Jack Hartzfeld tenía planeado quedarse en Pares alrededor de una semana.
En la mansión propiedad de Jack ya habían llegado varias cartas de personas que deseaban entrevistarse con él. Eso, en realidad, era leve; a veces, los más insistentes llegaban sin aviso, diciendo que podían esperar tanto tiempo como fuera necesario.
Y justo ahora, Warrick había recibido la orden de encargarse de devolverlos a todos por su cuenta.
Temblando por una creciente sensación de ansiedad, preguntó:
—E-entonces, ¿cuándo regresará, señor?
—Cuando termine de verificarlo.
En otras palabras, sin fecha definida.
Dicho eso, Jack se marchó sin más, y no volvió sino hasta entrada la noche.
Al día siguiente, y el siguiente también, salía repentinamente con el pretexto de “tener asuntos de negocios que confirmar” y regresaba igual de repentinamente.
Warrick llegó a pensar que habría sido mejor seguirlo a él que quedarse rechazando visitas en la casa, así que empezó a acompañarlo, pero el resultado fue desastroso. Sin poder seguir el paso de Jack, terminaba jadeando, y a menudo lo perdía entre la multitud.
Creyó que aquello duraría uno o dos días, pero cuando la situación se extendió hasta el cuarto día, Warrick ya no pudo contenerse.
—Jefe, sinceramente ya no sé qué estamos haciendo aquí. ¿Qué es exactamente eso que está verificando?
Jack no le decía una sola palabra, y pasaba los días de un lado a otro sin explicación.
En Pares, donde había tanta gente, bastaba desviarse una calle para perderse; Warrick no entendía cómo Jack se movía tan libremente, mientras él sentía que se extraviaría antes de que la inversión siquiera comenzara.
No podía comprender por qué estaban perdiendo tanto tiempo por culpa de aquella extraña empresa comercial.
Si al menos se tratara de un negocio claramente rentable, no sería tan frustrante.
Mientras las quejas se acumulaban en su cabeza, un mal presentimiento volvió a cruzar por la mente de Warrick.
—No me diga que… ¿de verdad piensa invertir en el negocio de Joseph Ionov?
—Creí que ya lo habías deducido.
Jack respondió con calma, desabrochando la camisa de mangas arremangadas que llevaba puesta. Se la quitó de un movimiento y tomó una camisa de vestir elegante del perchero para ponérsela.
Durante los últimos días, Jack había estado actuando de manera deliberadamente evasiva: desaparecía sin avisar, ignoraba a Warrick aunque sabía que lo seguía, y no decía nada sobre sus destinos.
Pero no tenía remedio. Andar con un secretario llamaba demasiado la atención.
El motivo por el que siempre vestía de forma sencilla cuando iba a Pares era que, en una ciudad industrial como aquella, no convenía mostrar señales de riqueza. Y menos aún cuando debía investigar algo con discreción.
—Fui a comprobar el asunto del licor ilegal. Dicen que por eso no se están aprobando permisos para importar vodka.
Tal como había dicho Joseph, desde hacía unos meses circulaban rumores sobre el auge del contrabando de alcohol. Por esa razón, su empresa llevaba meses con pérdidas, sosteniendo al equipo 3 sin ingresos y con el almacén casi vacío.
En resumen, mientras el problema del contrabando no se resolviera, aquella compañía no podría mostrar un crecimiento estable.
Pero tras cuatro días recorriendo Pares, Jack había descubierto “algo”.
—Envíale un telegrama a Adeline. Dile que he encontrado lo que ella quería que encontrara.

TRADUCCIÓN: ELLIS
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: GLOOMY CLOCK