Capítulo 85
En el pasado, nunca se había esclarecido nada concreto sobre el licor ilegal, y como ocurre con todos los rumores, terminó desvaneciéndose de manera natural.
Por eso, Adeline también había considerado aquellas historias sobre licor clandestino como simples habladurías o leyendas urbanas. Pero el telegrama de Jack lo había confirmado.
«No era un rumor… realmente existía.»
El licor ilegal circulaba de verdad. Entonces, quizá el motivo por el cual los rumores del pasado se habían silenciado no era que hubiesen sido falsos, sino que quienes lo producían habían logrado ocultarlo tan bien que ni siquiera se filtraba información.
«En estas circunstancias, haber encontrado solo las etiquetas falsas podría ser incluso una mala noticia.»
Revelar que aquel rumor tenía una base real solo haría que el problema del contrabando adquiriera mayor notoriedad. Y hasta que se erradicaran por completo los responsables, no habría posibilidad alguna de aprobar la importación de vodka. Para colmo, Adeline ya no se dedicaba al negocio de bebidas, lo que hacía la situación aún más complicada.
«Ahora quien otorga los permisos de venta de alcohol es Russko.»
Cuando Adeline asumió ese puesto, los rumores sobre el licor ilegal ya se habían calmado, así que no tuvo motivos para preocuparse. Pero ahora, con los rumores extendiéndose de nuevo, “¿por qué nadie sabía nada sobre las etiquetas falsas?”.
Por muy elaboradas que fueran, si Jack había podido identificar las falsificaciones, otros también habrían podido hacerlo, especialmente tras una inspección detallada. Era comprensible que los consumidores no notaran la diferencia, pero resultaba extraño que una empresa como Russko, encargada de supervisar los permisos de venta y colocar las etiquetas, no se hubiera percatado de su existencia. No, más que extraño… era sospechoso.
«Ahora que lo pienso, Russko abandonó sus operaciones de manera repentina.»
Por eso Adeline tuvo que iniciar su negocio con cierta prisa. ¿Podría ser que el motivo de aquella retirada estuviera relacionado con el contrabando?
«Si el príncipe Cayden me propuso aquel negocio, debe de saber perfectamente quién dirige Russko.»
Cayden Crawford, segundo príncipe del Imperio Crawford. Para Adeline era prácticamente un benefactor, y poseía la autoridad sobre la importación y venta de licores.
Era lógico pensar que, al igual que ella en su momento, Russko también operara bajo la autorización de Cayden.
Entonces…
«¿Tendré que ir a verlo en persona?»
Aunque, ¿hasta qué punto podía confiar en Jack? No creía que él mintiera sobre las etiquetas,
pero…
«También es cierto que Jack es quien está en mayor peligro ahora.»
De los tres hombres implicados en la caída de la Casa Zeller, Jack era quien había tenido menos relación con Adeline o con el propio duque. Por eso mismo, parecía el menos probable de traicionar a la familia o de desear su ruina. Sin embargo, con Carlyle y Millen fuera de toda sospecha, Jack se había convertido inevitablemente en el principal sospechoso de conspiración.
«¿Hasta dónde puedo confiar en él en esta situación?»
De hecho, la razón por la que Adeline había asistido a aquella recepción tenía mucho que ver con esos pensamientos. Normalmente no disfrutaba de los eventos sociales. Aunque la posición de la Casa Zeller le exigía no recluirse por completo, y por ello seguía asistiendo ocasionalmente incluso después del matrimonio, lo hacía solo por obligación, no por gusto.
Las recepciones a las que solía acudir eran siempre de gran escala:
banquetes en el palacio imperial o fiestas en enormes salones de mármol, donde brillaban candelabros con incontables cristales, y por el suelo desfilaban zapatos que valían lo mismo que un carruaje.
Pero el lugar en el que se encontraba esta vez era distinto. El suelo no estaba cubierto de mármol, y el salón era modesto en tamaño. Acostumbrada a salones tan amplios que se podría jugar al críquet dentro, no era común que asistiera a reuniones pequeñas como tés o clubes de lectura.
Sin embargo, en aquel salón más sencillo, bastaría reorganizar las mesas y cambiar el menú para convertir aquella recepción en una tranquila reunión de té.
Por eso, este tipo de lugares se conocían comúnmente como «salones de usos múltiples», y era la primera vez que Adeline ponía un pie en uno de ellos. Si hubiera sido como de costumbre, no habría tenido motivo alguno para asistir a una recepción tan modesta. Sin embargo, esa noche sí lo tenía: había alguien a quien necesitaba ver.
—Renee, ¿en qué piensas tanto?
—…Ah, Millen.
A su lado, Millen le habló con una sonrisa suave. Vestía un traje bordado con hilos de plata, y reía como si el incidente de hace unos días nunca hubiera ocurrido. Ahora que lo pensaba, aquello era una muestra más de lo hábil que era Millen para disimular. La única diferencia desde entonces era quizá su actitud, un poco más cercana.
No la acosaba ni intentaba tocarla; a simple vista, casi no había cambiado nada. Pero bastaba cruzar la mirada para notarlo. En esos ojos azulados se veía claramente la alegría contenida de quien se siente besado por su amante con solo recibir su atención.
Millen no la tocaría mientras Adeline no se lo permitiera, pero sus ojos, cargados de un deseo contenido, no podían ocultar el anhelo que lo habitaba. Por esos mismos encuentros silenciosos, Adeline percibía en él obediencia.
—Como me pediste que intercediera, hice el esfuerzo… Llegué a pensar que quizá no había sido de tu agrado.
Mientras añadía que se alegraba de que no fuera así, la anfitriona del evento, que hasta entonces había estado saludando a los invitados, se acercó a ambos. Era una dama de cabellos color cerezo y ojos de forma suave, que le daban un aire apacible.
—Buenas tardes, es un placer conocerlos. Mi nombre es Sincere Roche.
Su voz era tranquila, delicada, y sus mejillas sonrosadas, quizá por naturaleza, le daban un aire encantador.
Ella era la razón por la que Adeline había asistido a aquella recepción,
y la mujer que un joven y acaudalado empresario había amado durante años, rechazando a todas las demás.
La primera y oculta historia de amor de Jack Hartzfeld. Sincere Roche.
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El hecho de que organizara una recepción tan sencilla dejaba claro que no era una mujer especialmente destacada dentro de la alta sociedad. Hablando con franqueza, podría decirse que no poseía gran influencia ni una posición notable. Era comprensible: alguien verdaderamente influyente difícilmente asistiría a un evento de tal sencillez.
Sin embargo, esa sencillez reflejaba el gusto personal de Sincere.
«Según escuché… pasó su infancia en el campo.»
Luego, tras casarse, se mudó a la capital siguiendo a su esposo. Era la primera vez que Sincere veía a Adeline, pero Adeline ya sabía mucho sobre ella. Por ejemplo, que con ese rostro claro y sereno había hecho que dos hermanos se enamoraran de ella, y que incluso un rico empresario había terminado sintiendo lo mismo.
De hecho, no solo Adeline; cualquier persona, tres años después, conocería esa historia.
Porque…
{—Jack Hartzfeld, ¿cómo te atreves a ponerle una mano encima a Sincere?}
Eso fue lo que ocurrió en medio de aquel salón de baile.

TRADUCCIÓN: ELLIS
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: GLOOMY CLOCK