Skip to content

ACOSB

  • INICIO
  • ROFAN
  • BL & GL
  • FANTASÍA
  • +15 & +19
  • VIP
  • MANHWAS
  • My Bookmarks
ACOSB

Capítulo 80

En Pares había casi tantas personas como mercancías. ¿De dónde salía tanta gente que iba y venía sin cesar? A dondequiera que volteara, solo veía multitudes; por eso, cada vez que perdía de vista a Jack, Warrick terminaba con cara de angustia, buscando desesperado entre la multitud.

Habituado a la tranquila vida de la capital de Crawford, aunque él mismo nunca lo admitiría, Warrick se sentía completamente abrumado al tener que encontrar a alguien en medio de tanto bullicio.

—Nuestro representante no es precisamente alguien que pase desapercibido…

Por fortuna, su estatura, al menos una cabeza más alta que la mayoría, le ayudaba. De haber sido de una altura promedio, buscar a Jack habría sido más difícil que encontrar una aguja caída en la arena.

Aun así, hoy había tenido suerte. Ayer, después de perderlo una vez, no logró hallarlo hasta el atardecer.

Al final, solo pudo verlo de nuevo cuando Jack regresó al alojamiento con toda calma, como si nada hubiera pasado.

Pero hoy, parecía que la diosa de la fortuna soplaba a favor de Warrick, pues no pasaron ni treinta minutos de búsqueda cuando logró encontrarlo.

Jack Hartzfeld, el empresario conocido como «la mano dorada», el hombre al que todos alababan por tener un ojo incomparable para reconocer el oro. En la capital siempre vestía trajes de tres piezas hechos a la medida, pero cuando visitaba Pares, por alguna razón, cambiaba a una camisa y un pantalón sencillos, lo que solía desconcertar a Warrick.

Hoy no era la excepción. Mientras Warrick corría agitado para no perderlo de vista otra vez, Jack vestido con una camisa amplia, las mangas arremangadas hasta los codos y las manos en los bolsillos, caminaba entre la multitud. En Pares, uno podía encontrar al menos a tres personas vestidas igual en menos de tres segundos.

Esta ciudad portuaria, también llamada la ciudad industrial, tenía sus fábricas alineadas no muy lejos de la costa, lanzando vapor incluso antes del amanecer. Si a ese atuendo sin hebillas ni adornos se le añadieran unos tirantes y una gorra de cazador, cualquiera lo confundiría con un obrero de fábrica.

«Por eso cuesta tanto encontrarlo…»

Normalmente era más difícil verlo salirse del plan que encontrar un durazno maduro a comienzos de primavera, pero cada vez que venía a Pares, parecía transformarse en otra persona, y Warrick no lograba entender por qué.

Aun así, como todo, el tiempo lo cura, y Warrick ya se había acostumbrado bastante a esas excentricidades ocasionales.
Lo único que no mejoraba era su resistencia física, que con los años parecía disminuir.

Cuando por fin alcanzó a Jack, Warrick jadeaba, respirando con dificultad. Se enderezó y trató de endurecer la expresión del rostro.

—¿Dónde ha estado esta vez? Ayer mismo le pedí que, aunque se saliera del plan, al menos me llevara con usted.

—Cuando regreses a la capital, empieza a hacer ejercicio, Warrick. Si tuviera que caminar a tu ritmo, llegaríamos al destino hasta el amanecer.

Ante esa respuesta tan fría y sin un solo cambio en su mirada, Warrick se quedó con la boca abierta. Luego, corrió tras Jack, que ya se alejaba con pasos largos, murmurando que su resistencia era perfectamente normal, y que era Jack quien tenía una fuerza sobrehumana.

Sabía que cuando Jack no escuchaba ni por un oído lo que decía, era el momento ideal para quejarse sin miedo, así que aprovechó la oportunidad para seguir desahogándose. Pero ni eso duró mucho.
Por cada paso de Jack, Warrick tenía que dar tres, y pronto se quedó sin aliento para hablar.

En la capital siempre se desplazaban en carruajes o en trayectos cortos, así que nunca había sentido realmente la diferencia de zancada entre ambos. En Pares, sin embargo, comprendía perfectamente por qué el dicho decía que “al seguir al ave grande, la pequeña termina con las patas rotas”. Seguro aquel gorrión debía de ser el secretario de la cigüeña.

Y aquel hombre despiadado, que avanzaba sin preocuparse por su secretario, sin mirar atrás, ¿cómo podía ser capaz de hacer algo tan dulce y tonto como enamorarse?

«Y además, con una dama como la del ducado Zeller…»

Warrick recordó el lugar que había visitado antes de subir al tren rumbo a Pares, por encargo de Jack.
La mansión del duque Zeller: una de las residencias más imponentes de toda la capital del Imperio Crawford.

Por supuesto, ya había estado ahí algunas veces acompañando a Jack, así que su grandeza no le sorprendía.
Pero, como un simple ciudadano que había estudiado en una universidad pública y entrado al servicio de Jack buscando solo un buen salario, cada vez que cruzaba la entrada de un lugar así, no podía evitar recordar una frase que había oído alguna vez:

[Los nobles siguen siendo nobles, incluso si caen de cara al suelo.]

Dependiendo del contexto, esa frase podía sonar como burla o como admiración. Era casi mágica.

Desde que se construyeron los ferrocarriles y las fábricas comenzaron a operar a gran velocidad, hombres como Jack, que habían acumulado riquezas en poco tiempo, se multiplicaron. Y eso, inevitablemente, significaba que el poder de la nobleza se había debilitado en la misma proporción.

Si uno lo pensaba bien, era algo natural.

¿Acaso una figura tan altiva del círculo social como la señora Tilleman habría, en otros tiempos, entablado conversación y hecho negocios sin reparo alguno con un empresario extranjero de origen incierto?
A menos que fuera para despreciarlo, acusándolo de no conocer su lugar a pesar de su origen humilde.

Por eso, la expresión “los nobles siguen siendo nobles, incluso si caen de cara al suelo” solía emplearse con frecuencia para burlarse de aquellos aristócratas que, por mantener las apariencias hasta el final, terminaban cayendo en la pobreza. Sin embargo, frente a una mansión tan grandiosa como aquella, esa misma frase solo podía recordarse como una exclamación de admiración.

Los nobles siguen siendo nobles, incluso si caen al suelo. No tener dinero no significa perder el honor. 

Aunque hablar de la nobleza de la sangre azul haya perdido sentido con el tiempo, existe una distancia imposible de acortar, una brecha que solo puede entenderse al haber vivido esa vida.

Así como el niño que da su primer llanto en una cuna de oro no puede crecer igual que quien no lo hace, ¿cómo podrían ser iguales aquellos que nacieron y vivieron en un palacio como este, tomando el lujo como algo natural, y los que, a fuerza de caer y levantarse, construyeron su fortuna desde el suelo?

Especialmente Adeline Zeller, heredera del ducado Zeller, era la viva prueba de esos pensamientos.

Su espalda erguida y su mentón levemente elevado; el acento nasal con entonación marcada, tan característico entre los nobles, en ella era más claro y definido que en cualquier otro que Warrick hubiera conocido. Incluso si se mezclara entre muchas personas, cualquiera reconocería su voz al escuchar ese timbre.

—Usted es el secretario de Jack, ¿cierto? Su nombre era… ¿Warrick D’voss?

—Sí, así es. Es un honor que me recuerde.

Siendo sinceros, Warrick se sintió genuinamente impresionado en ese momento.
Después de tantos años trabajando como secretario, había visto a muchas personas incapaces de recordar el nombre de su interlocutor, que dependían de asistentes para susurrárselo al oído justo antes de saludar. Por supuesto, a veces, ese mismo trabajo recaía en Warrick.

Jack, en ocasiones, tenía la sorprendente costumbre de clasificarlo todo de forma estrictamente sistemática; y las personas que él consideraba carentes de valor, con frecuencia, ni siquiera dejaban su nombre grabado en su memoria.



TRADUCCIÓN: ELLIS
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: GLOOMY CLOCK


¿TE HAS CANSADO?

© 2026 ACOSB

No puedes copiar el contenido de esta página.

    Previous Post

  • CAPÍTULO 79

    Next Post

  • CAPÍTULO 81
Scroll to top
  • INICIO
  • ROFAN
  • BL & GL
  • FANTASÍA
  • +15 & +19
  • VIP
  • MANHWAS
  • My Bookmarks