Capítulo 89. Nuritas Romagnolo (1)
Lucious observó cómo Nuritas, con expresión preocupada, tomaba de repente el vaso de vino que había estado bebiendo.
Ahora que lo pensaba, ¿no era la misma mujer que había bebido sola en su primera noche juntos?
Su única otra mitad en este mundo.
Una mujer de corazón cálido que, incluso ante la crisis, prefirió empuñar una espada antes que rendirse.
«Creía que la amaba… pero, ¿podría haber algo más allá?»
Lucious sonrió suavemente al recordar todos los días que habían pasado juntos.
Nuritas, que había dado un pequeño sorbo al vino, dejó la copa y se encontró con la mirada del Duque.
«Otra vez aquella sonrisa».
La generosa sonrisa del Duque, que la reconfortaba y la emocionaba sin cesar.
Aquella noche, Nuritas había elegido convertirse en una bestia por el bien de su madre.
Cuando se tumbó en la cama detrás de ellos y cerró los ojos, se había resignado a todo.
¿Qué había dicho entonces?
—No tengo intención de retenerte como bestias apareándonos.
No sabía por qué esas palabras le venían a la memoria tan vívidamente ahora, ni por qué sus mejillas ardían tan ferozmente.
La procrastinación no iba con la naturaleza de Nuritas.
¿No había oído que el que ataca primero tiene ventaja? Se aclaró la garganta y preguntó seriamente al Duque.
—¡Duque! Si pudiera decírmelo ahora…
—Llámame Lucious.
Su voz fue como un canto de sirena, hechizándola con sus labios rojos.
—Lu…
Ella lo miró a los ojos y susurró su nombre.
***
—Esto es extraño.
El Conde Olive se paseaba por la habitación con expresión seria. Su familia no había sido rica durante generaciones, pero gracias a su ingenio había logrado acumular la inmensa fortuna que ahora poseía.
Estaba cerca de su escritorio, hojeando una pila de documentos y contando números con los dedos.
—De todos modos ya es demasiado tarde.
Llevaba varios años comprando alfombras en un país más allá del desierto y vendiéndolas aquí a un alto precio. Sin embargo, la mercancía llevaba mucho retraso.
Si las alfombras no se entregaban en la fecha prometida, estaba claro que su reputación se resentiría.
—Las cosas se están enredando.
No hacía mucho que había perdido a sus subordinados de mayor confianza, y ahora ocurría esto.
—Dicen que la desgracia nunca viene sola.
Además, había algo más que no le cuadraba.
De los subordinados que había enviado en respuesta a la petición de Iola, se habían recuperado cuatro cuerpos, pero aún faltaba uno.
El Conde Olive se rascó la barbilla grasosa y luego golpeó el escritorio.
—¿Podría ser que me traiciono ese bastardo?
Pero rápidamente desechó la idea.
El desaparecido no era alguien capaz de tomar sus propias decisiones. Era de los que se dejaban llevar por el alcohol y las mujeres, e incluso dañaría a sus propios padres por un poco de dinero.
—Tal vez esté gravemente herido y escondido en alguna parte.
Entonces apretó el puño y golpeó el escritorio repetidamente.
Se arrepintió de haber provocado al Duque Morciani. Siempre se había enorgullecido de su buen juicio, pero esta vez se había dejado cegar por Iola y cometió este error.
—¿Debería ir a regañar a esa bastarda descarada?
En ese momento, Iola Calix, prima de la familia Morciani y estrella ascendente en los círculos sociales, estaba acurrucada en un rincón de su habitación, con el rostro pálido.
—Quiero salir. Quiero ver a mi madre.
Después de varios días encerrada en la habitación, Iola había dejado de contar los días. Empezó a temblar al menor ruido, como si en cualquier momento fuera a sufrir una crisis nerviosa.
El Conde Olive no se parecía en nada a la persona que ella esperaba.
A menudo la visitaba sin darle explicaciones, la golpeaba y algunos días la privaba de comida y agua. Otras veces, actuaba con tanta ternura como si acabaran de conocerse.
—Fui una tonta.
Ahora se daba cuenta de cosas que no había entendido durante sus días cálidos y bien alimentados. Había codiciado lo que nunca podría ser suyo y se había entrometido en cosas que no debía.
—Madre.
En este vasto mundo, siempre habían sido sólo ella y su madre. Ahora, ella se fue sin siquiera dejar noticia alguna… ¿Cómo estaba su madre?
En momentos de insoportable vergüenza, se aferraba a la voz de su madre. Pensó que si moría de esta forma, no podría ser nada bueno para su madre.
¿No había cometido ya suficientes errores?
—¿Todavía quieres vivir este tipo de vida?
—No.
Pero ahora que su libertad había desaparecido, dos voces en su interior chocaban ferozmente varias veces al día. Bajo sus ojos hundidos se habían formado unas ojeras que nunca había tenido.
Resonaba el ruido de las cadenas al golpear la puerta. Iola se escondió rápidamente tras las cortinas, asustada.
—¿Dónde se esconde nuestra gatita?
Unos pesados pasos se acercaron a Iola y las cortinas se descorrieron con un rápido movimiento. Ella se aferró a la cortina como si fuera un escudo, temblando incontrolablemente.
—Debes de tener frío. Es mejor tener un poco de frío que demasiado calor.
El Conde Olive no prestó atención al estado de Iola. En su lugar, se lamió los labios y comenzó a quitarse la ropa que llevaba puesta.
—¿…?
Iola deseó que la golpeara o la matara de hambre. Rezó desesperadamente para que no fuera lo que más temía. Ver el cuerpo desnudo del Conde le revolvió el estómago.
El Conde se sentó arrogante en el borde de la cama, abriendo sus piernas peludas.
—Ven aquí, gatita. Tu señor está muy triste hoy.
Iola quería gritar que no era una gatita, sino una persona. Y que no quería acercarse a él.
Pero su realidad actual la hizo totalmente sumisa. Si quería sobrevivir, no podía desafiarle.
Ella haría cualquier cosa con tal de poder regresar con su madre quien la estaría esperando.
—Quítate la ropa y ven aquí.
Iola, con los ojos vacíos, se quitó su ligera camisola. Su delicada piel estaba marcada con heridas aquí y allá, y la piel de gallina cubría su cuerpo a causa del frío.
Su desordenada cabellera rubia ondeaba alborotada mientras se arrodillaba ante él. Iola suplicó en silencio el perdón de su madre y de Dios mientras lo besaba.
—Ah… bien.
La voz del Conde, ebria de éxtasis, llenó la habitación.
Le agarró la cara con sus gruesas manos y apretó sus húmedos labios contra los de ella. Iola, como una muñeca de papel, se balanceaba sin oponer resistencia.
—Gatita, no estés tan tiesa. Abre más la boca. ¿Por qué estás tan tensa?
—Ugh…
Por un momento, Iola sintió como si la hipnosis que se había impuesto a si misma fuera a hacerse añicos. Pero los ojos brillantes del Conde le advirtieron que si no obedecía, le rompería su esbelto cuello en un instante.
{—Escucha dulces palabras y come sólo lo mejor. Mi bebé}.
Recordando la tierna voz de su madre en la infancia, abrió los labios. El aliento indeseado de otro comenzó a mezclarse con el suyo.
Las lágrimas brotaron mientras se lamentaba de que era demasiado tarde para vivir como su madre había deseado. Aquello distaba mucho de la imagen de una joven noble y vibrante.
—¡Maldita sea! ¿Por qué lloras? Estás arruinando el ambiente.
El Conde, que hoy había estado inusualmente amable, se volvió violento de repente, sacudiendo su cuerpo y luego empujándola como si la arrojara. Iola cayó al suelo sin fuerzas.
Incapaz de saber si estaba dando vueltas o si la habitación se movía, Iola se sintió mareada. El Conde la pateó mientras yacía en el suelo.
—Por tu culpa, he sufrido una gran pérdida.
Incapaz de contener su ira, siguió golpeándola incluso después de que perdiera el conocimiento.
Iola sonrió débilmente.
«¿A quién puedo culpar?»
Había sido ella quien se había acercado a él con intenciones impuras, buscando utilizarlo. Y ahora estaba pagando el precio.
Si no moría, ¿podría olvidar los días tan dolorosos como el de hoy? Los ojos hundidos de Iola estaban llenos de lágrimas que se negaban a caer.
***
Arietty: Escuchen ahora Light de Wave to earth.
Lucious había estado esperando a que ella lo llamara así, pero cuando por fin lo escucho en un espacio en el que sólo quedaban ellos dos, sintió que los oídos le ardían de emoción.
No pudo contenerse más.
Se levantó de la silla, dobló una rodilla y enterró la cara en el regazo de Nuritas con un rápido movimiento.
—¿…?
Sobresaltada por el repentino peso de su enorme cuerpo apoyado contra ella, Nuritas intentó echarse hacia atrás, pero las manos de Lucious la rodearon por la cintura, dejándola incapaz de moverse.
—Quería abrazarte así durante las noches que estuvimos separados.
Las palabras de Lucious fluyeron, ligeramente arrastradas.
Nuritas recordó los momentos que había pasado echándole de menos mientras miraba por la ventana del Departamento de Sanidad. Estiró la mano para acariciarle la cabeza, pero luego la retiró.
—Es tan bonito. Estar juntos así.
—…Yo también te extrañe.
Nuritas soltó las palabras que había estado conteniendo, dándole la razón cien veces. Lucious levantó la cabeza de repente, con los ojos brillantes.
—No te escuche bien. Repítelo.
Nuritas volvió a estirar su mano temblorosa. Esta vez, sintió la textura del pelo aún húmedo de Lucious. Le acarició lentamente la cabeza.
«Te eché de menos incluso antes de subir al carruaje para dejar este lugar.
El oscuro cielo nocturno que vi a través de la pequeña ventana del Departamento de Sanidad eras tú.
Incluso en el momento en que estuve a punto de ser víctima de esos viles hombres, sólo tu voz y tu rostro permanecían en mi mente».
Tragándose todas aquellas palabras, se limitó a mirarle a los ojos y sonrió suavemente.
—Si tú no lo dices, lo diré yo.
Lucious alargó la mano y la agarró con firmeza, que estaba apoyada en su cabeza.
—Me alegro mucho de haberte conocido. Gracias por amar a alguien tan imperfecto como yo.
—Lucious…
Nuritas lo llamó por su nombre, tratando de responder a sus palabras en constante movimiento, pero vaciló en la siguiente frase. Aun así, finalmente habló.
—Te amo…
Antes de que pudiera terminar la frase, Lucious se abalanzó de repente sobre ella, capturando sus labios como si los devorará.
Los dos cerraron los ojos, agradecidos por el momento que podían compartir juntos.
Cuando el largo beso terminó, Lucious apretó sus labios contra las mejillas, la frente, la nariz e incluso las manos de Nuritas. Abrumada por la intensidad tormentosa de su afecto, Nuritas no pudo evitar estremecerse.
—Si te parece bien, ¿puedo contarte mi deseo ahora?
Lucious le acarició suavemente el dorso de la mano con sus largos dedos y luego levantó los ojos húmedos para mirar a Nuritas.
—¿Y si tuviéramos un hijo que se pareciera a nosotros? Una hija hermosa o un hijo valiente como tú.
En sus ojos serios, parecía como si pudiera ver a un niño de pelo oscuro y a otro de pelo plateado corriendo por un amplio campo.
«¿Quieres un hijo que se parezca a mí?»
Nuritas se sintió a la vez apenada y agradecida hacia el Duque, que la miraba con ojos tan soñadores a pesar de no tener nada de lo que presumir.
¿No era este amor demasiado para ella?
Su corazón no pudo contener todas estas emociones y comenzó a desbordarse.
Sin embargo, incluso en este precioso momento, no podía olvidar la maldición del conde.
{—La sangre de un sucio bastardo…}
Una mezcla de emoción abrumadora y tristeza invadió su rostro..
—No pretendía hacerte llorar.
Lucious, sin saber qué hacer cuando Nuritas rompió a llorar, rodeó sus delicados hombros con los brazos.
—Si pudieras compartir conmigo todas las penas que te agobian ahora, creo que sería increíblemente feliz.
—¡¿Por qué a alguien tan carente como yo…?!
Nuritas gritó, golpeando ligeramente el pecho de Lucious con los puños. Si nunca la hubiera conocido, si no se hubiera involucrado con el Conde Romagnolo, tal vez podría haber vivido una vida mejor.
Lucious escuchó sus sollozos en silencio durante un largo rato, y luego respondió como si comprendiera su corazón.
—Aunque volviera a nacer un millón de veces, volvería a encontrarte. Aunque fuera diferente de quien soy ahora, espero que no me apartaras.
Era imposible que no le reconociera. Nuritas negó enérgicamente con la cabeza ante lo absurdo del pensamiento. Al ver esto, Lucious levantó la cabeza y habló con voz cariñosa.
—Nuritas. Te amo.

RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ARIETTY
CORRECCIÓN: ANN