Capítulo 75. La pequeña mano que sostenía la lámpara de aceite
Al subir al carruaje, Nuritas cerró los ojos y sintió cómo el relicario del collar que Lucious le había dado se agitaba suavemente en su interior.
Las últimas palabras que intercambiaron antes de subir al carruaje resonaban en su mente.
—De verdad, no me agrada dejarte ir.
—Pero no puedo ser la única que queda fuera.
El rostro de él estaba lleno de preocupación.
—Duque, regresaré sana y salva, así que no te preocupes tanto, ¿si?
—Llámame Lou.
¿Por qué llamarlo por su nombre siempre resulta tan nuevo y emocionante?
Ciertamente no parecía que ella fuera ese tipo de persona, pero el Duque, con ese rostro que mostraba una ternura juguetona, parecía tan desconocido que no podía evitar cautivarla. Aun si la despedida iba a ser breve, no dejaba de doler. Sonrojada, Nuritas trató de despedirse. Si intercambiaban una palabra más, sentía que las lágrimas se desbordarían como el grano escapando de un saco roto.
—Volveré pronto.
Nuritas se dio la vuelta apresuradamente para salir del espacio que compartían, pero Lucious, más rápido que ella, tomó su brazo y la retuvo a su lado.
—Tengo mucha confianza en que puedo seguirte donde sea.
Sus ojos oscuros, cargados con una mezcla indescifrable de juego y seriedad, la miraron fijamente, y entonces tomó un mechón de su cabello plateado. Muy lentamente, Lucious acercó sus labios y los posó sobre su cabello.
Sin necesidad de decir una sola palabra, el ardor de sus sentimientos se transmitía con tal claridad que Nuritas solo pudo observar su inclinada figura.
Poco después, Lucious levantó la cabeza y sacó algo que había guardado cuidadosamente en su pecho, sosteniéndolo en su mano.
—¿…?
Lentamente, él retiró con cuidado el paño que envolvía el objeto y se lo mostró a Nuritas.
Era un collar con una larga cadena dorada, adornado en el centro con un pequeño relicario en el que se podía guardar una fotografía.
—Esto me lo dejó mi difunta madre.
Cuando Lucious presionó el delicado mecanismo en el centro del finamente trabajado relicario, este se abrió. En un lado, había un retrato de un niño de cabello negro, y en el otro, un mechón de cabello oscuro cuidadosamente guardado.
—Me alegraría que lo llevaras contigo.
Nuritas, con los ojos abiertos como si un rayo la hubiera golpeado, no pudo más que mirar alternativamente el collar y al Duque.
—Es algo tan valioso.
Era una reliquia que la anterior Duquesa le había entregado a su hijo antes de morir debido a su enfermedad. No podía permitirse colgar algo así de su cuello.
—Para mí, no hay nada más valioso que tú.
Lucious dijo esto mientras se colocaba detrás de ella y, con sumo cuidado, abrochó el collar alrededor de su cuello.
—Llévalo contigo para recordarme.
El susurro de Lucious acarició el oído de Nuritas.
—Espero que no me dejes solo por mucho tiempo.
Nuritas, observando el peso tangible del relicario que reposaba sobre su vestido, se sintió invadida por un torrente de emociones.
El amor humano, ¿siempre ha sido algo tan pesado?
Mientras sus dedos recorrían el frío tacto del relicario, se giró hacia el Duque. Alzando la mirada para encontrarse con sus oscuros ojos, habló.
—Te lo prometo.
Había expresiones mucho más elegantes que podría haber usado, pero todas le parecían vergonzosas. Con esas pocas palabras intentó transmitir que jamás podría olvidarlo y que, desde ese momento ya le echaba de menos.
Lucious, al mirarla, empezó a enumerar todo lo que ella no debía hacer durante su ausencia.
No debe ponerse en peligro bajo ninguna circunstancia.
No puede hacerse daño.
Y no mirar a otros hombres.
Lucious, a medida que hablaba con tanta pasión, de repente se sintió vacío. La sola idea de que otros hombres pudieran siquiera mirarla lo llenaba de celos que no podía soportar, mientras que su amada parecía demasiado despreocupada como para considerarlo.
Sin embargo, ni siquiera como broma quería dar a entender que él podría interesarse en otra mujer.
Aunque los sentimientos no podían medirse ni colocarse en un recipiente como para comparar, pensó que no le importaba amar más que ella. No sería algo desperdiciado.
Finalmente, tragándose todo lo que realmente quería decir, volvió a recordarle.
—Siempre viaja acompañada de Borzoi.
—Sí.
Aunque era improbable, había que tener en cuenta la posibilidad de que sucediera algo similar al incidente anterior.
—Y come bien.
Nuritas, al ver cómo el Duque la cuidaba como una mamá gallina a su polluelo, empezó a preocuparse de si podrían partir antes del anochecer.
—Creo que es hora de irme.
Todo lo que acaba de decir era en realidad lo que ella quería decirle. Durante su ausencia, rezaría constantemente para que tanto él como su madre estuvieran bien.
Arietty: Nada como traducir y escuchar en esta parte con You are not alone de GFRIEND 😍
***
«Les diré que los extrañaré…»
El carruaje que transportaba a Nuritas, con sus ojos llenos de una profunda añoranza hacia aquellos que había dejado atrás, avanzaba lentamente hacia su destino.
Nuritas, quien había estado cerrando los ojos por un momento, abrió ligeramente la cortina que cubría la ventana para observar el exterior. A simple vista, todo parecía tranquilo. En las calles desiertas, unos pocos perros flacos vagaban sin rumbo.
El carruaje salió de la calle repleta de tiendas y entró en el edificio de muros blancos del Departamento de sanidad. En la cima del edificio ondeaba una bandera blanca pura, símbolo de la Diosa Diana.
Antes de que el carruaje se detuviera por completo, Nuritas organizó sus pensamientos. Aquello era un desafío completamente nuevo, y también una misión que se le había confiado.
«Quiero que esta nueva vida que estoy escribiendo sea más significativa».
Consideró que sería demasiado egoísta guardar solo para sí misma los preciados sentimientos que había descubierto al conocer al Duque, así como el inmerecido afecto que había recibido de él. Sino, ¿en qué podría diferenciarse de esos cerdos egoístas y codiciosos?
Sin embargo, al pensar en pararse sola entre nobles desconocidos, sus piernas comenzaron a temblar ligeramente.
Aunque había venido decidida, no tenía claro qué podía hacer realmente.
—¡Bien! Es hora de ir.
Nuritas, como si se diera ánimos a sí misma, miró a Sophia y pronunció con determinación.
Bajó del carruaje acompañada por Sophia y Borzoi, quien estaba vestido de criada. Un sirviente salió a recibirla y la guió hacia el lugar donde se reunían las damas nobles para compartir ideas y unir fuerzas.
Sus manos sudaban y sentía la boca seca, pero no olvidó mantener la espalda recta ni por un instante.
—La duquesa de Morciani.
Delante de Nuritas, una sencilla puerta de madera se abrió, revelando otro mundo.
De repente, se sintió un poco vacía, como si toda la tensión hubiese sido en vano. Había oído que muchos nobles se reunían allí para ayudar a los enfermos, pero lo único que vio fueron mujeres vestidas con atuendos extravagantes.
«¿Era este un salón de baile donde se celebraba una fiesta?»
Ann: Ya lo esperaba…
Con vestidos demasiados abultados, parecía difícil salir siquiera de esa sala. Desde el cabello hasta el cuello, las muñecas y los dedos, las joyas que lucían dejaban en claro su opulencia.
Por otro lado, el vestido de Nuritas, que se encontraba frente a aquellas damas nobles, era tan sencillo que era comparable al de una monja. Su vestido gris era simple, sin encajes ni pliegues. En su cuello apenas se asomaba el cordón de un collar, y en su cintura llevaba únicamente un lazo de tela ligera.
En ese momento, cuando casi se sentía mareada por el penetrante olor a perfume que inundaba el lugar, una cara poco acogedora apareció ante ella.
—Querida, qué bueno que llegaste.
La Condesa Romagnolo, con su cabello rojo peinado en un voluminoso estilo, intercambió un saludo incómodo mientras miraba a las otras damas de reojo. Su voz era alegre, pero sus ojos eran severos al recorrer la vestimenta y el rostro de Nuritas.
—Madre.
Con una voz carente de emoción, llamó a la Condesa y realizó una reverencia con toda la cortesía debida. El mero hecho de encontrarse así era un acto cruel para ambas partes.
La Condesa Romagnolo, cuyo rostro mostraba al menos una década más de edad desde la última vez que la vio, había logrado disimularlo hábilmente con un maquillaje pesado. Aunque la plaga arrasara y los pobres murieran en masa, no sentía el menor deseo de estar allí.
Sin embargo, la dignidad de la nobleza a veces triunfa sobre todo lo demás. En ese lugar al que asistió a la fuerza, la mujer rastrera que había enviado a su preciada hija legitima por un camino de sufrimiento ahora la llamaba madre.
—Meirin, tu rostro se ha desgastado mucho.
Tras decir eso, Nuritas y la Condesa quedaron incómodamente paradas juntas. Las pequeñas y lustrosas manos de la Condesa, que despedían un fuerte aroma a rosas, agitaban levemente un abanico.
«Las manos que le arrebataron a mi madre su brillante mundo».
De no haber sido por el recordatorio de que estaba allí para ayudar a los enfermos, Nuritas casi habría dejado entrever tales emociones.
Después de la llegada de la duquesa de Morciani, las conversaciones que habían sido interrumpidas se reanudaron. Lo extraño era que nadie se acercaba a Nuritas.
«Es un alivio que no vengan, pero…»
Además de sentir el odio palpable de la Condesa a su lado, Nuritas empezó a percibir una hostilidad inexplicable proveniente de las demás.
Aunque estaba acostumbrada a esa actitud, no podía entender el motivo esta vez. Al observar a su alrededor, notó miradas que claramente indicaban que estaban hablando de ella.
«¿…Por qué?»
Y pronto pudo encontrar el motivo. En medio de un grupo de damas, una figura familiar la observaba con una expresión de asco.
«Iola Calyx».
La hermosa rubia que había desaparecido tras acusar al Duque de sodomita, miraba a Nuritas con el ceño fruncido como si hubiera visto algo repugnante.
«Esto es ridículo».
Nuritas estaba agotada de los juegos infantiles de esa joven noble. Aunque hizo todo tipo de cosas la última vez, al final simplemente la dejaron ir.
«¿Qué historias habrá inventado esta vez para engañar a todos?»
Con su cabello dorado y su piel como la leche, Iola probablemente parecía una mujer inocente y encantadora a ojos de quienes no la conocían. Su habilidad para hablar con persuasión probablemente haría que los demás le creyeran.
«Igual que yo la ultima vez».
Fingiendo indiferencia, bajó la mirada y se recostó en la silla, permitiendo que las conversaciones se filtraran lentamente en sus oídos.
—Dios mío, por muy libertina que sea, esto es demasiado.
—¿Y dicen que logró cautivar a tantos con esa apariencia tan sencilla?
—Engañó no solo al Duque, sino también a Su Majestad y a Lord Michael.
—En cierto modo, es bastante notable.
Aunque las palabras no señalaban a nadie en particular, Nuritas sabía de inmediato que hablaban de ella, y una sonrisa amarga se formó en su rostro.
«Ah, esta vez no es el Duque, sino que me han convertido a mí en el centro de atención».
Palabras salidas de los labios de Iola habían logrado que completos desconocidos la criticaran con vehemencia.
Por un momento, Nuritas sintió un escalofrío al ser blanco de esas miradas heladas. Se preguntaba si, tanto en su vida anterior como ahora, siendo Duquesa, siempre sería tratada de esa forma por aquellos que la rodeaban.
«Jamás esperé ser aceptada por todos».
Decidió ignorar las palabras de Iola. Al fin y al cabo, detenerla era una tarea inútil. Ahora debía enfocarse en la razón por la que había venido aquí, dejando atrás tanto a su madre como al Duque.
Sin embargo, al mirar alrededor, rodeada de damas incapaces siquiera de agacharse para recoger un abanico, Nuritas comenzó a cuestionarse seriamente cómo pensaban realizar cualquier trabajo voluntario.
«¿Cuál es el propósito de reunirse aquí?»
Pronto, las conversaciones derivaron en quejas.
Al parecer, originalmente se suponía que alguien iba a organizar un baile, y el descontento por su cancelación era evidente. Cuando alguien mencionó la rapidez con la que la enfermedad se propagaba y la cantidad de muertos, las damas chasquearon la lengua.
—Por cierto, si todos esos mueren, ¿quién conducirá nuestros carruajes?
—¿Quién limpiará y cuidará nuestros castillos?
—¿Quién mantendrá mis hermosos jardines?
Con una mirada fría, Nuritas observó a aquellas personas que decían tales cosas con absoluta naturalidad. Para ellas, los moribundos no eran siquiera seres humanos.
«Ah, este lugar es otra clase de oscuridad».

RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ARIETTY
CORRECCIÓN: ANN