Capítulo 78.Brillando desde lo alto
Charles Perrin y Nuritas se pusieron manos a la obra y empezaron a trabajar activamente para ayudar a los pacientes.
Parecía que detener la propagación de la enfermedad infecciosa era la máxima prioridad. También debían averiguar la causa de la enfermedad lo antes posible. Sin embargo, a pesar de su entusiasmo, no sabían por dónde empezar. Fue entonces cuando apareció ante ellos un noble.
—Encantado de conocerla. Soy Pastel Carver.
Era un conocido de Charles, un funcionario del Departamento de sanidad.
Pastel era uno de los pocos que practicaban la medicina con el sentido de la misión de ayudar a los enfermos. Había estado ayudando solo a los enfermos de peste cuando recibió un mensaje de Charles y se unió al Departamento de sanidad.
Nuritas empezó a adquirir conocimientos sobre la enfermedad haciéndole preguntas.
—¿Hay alguna forma sencilla de prevenirla?
—Lavarse bien las manos puede ayudar a prevenir la enfermedad y detener su propagación.
Ante sus palabras, Nuritas recordó la fuente que había visto antes, apilada de cadáveres. Necesitaban fuentes o pozos con agua limpia y no contaminada. Se preguntó si esto era algo de lo que podría ocuparse el Departamento de sanidad o si tendría que informarse en otra parte.
—¿La enfermedad se propaga sólo por entrar en contacto con los enfermos?
—Las investigaciones sugieren que se necesita una combinación de varios factores para que la enfermedad se propague.
—Ya veo.
Había pasado casi una semana desde que Nuritas abandonó el territorio Morciani y llegó al Departamento de sanidad. El edificio de saneamiento estaba más tranquilo que cuando ella llegó. Los suministros enviados desde varios lugares se apilaban como montañas en el almacén, pero no había suficiente gente para distribuirlos.
—¿Qué podemos hacer solos?
Charles suspiró mientras calculaba las cantidades de agua potable y medicamentos necesarios para bajar la fiebre y aliviar el dolor. Demasiados funcionarios habían dado la espalda al problema, y los nobles, como siempre, sólo se preocupaban por salvar sus propias vidas.
—Pero si nosotros también nos rendimos, no les quedará nadie.
Nuritas, que había estado sentada tranquilamente junto a la chimenea, tomó la palabra.
—Quizás no podamos salvar a todos. Pero si hay una sola vida que podamos salvar, es increíblemente valiosa.
—Ah…
Tanto Charles como Pastel no pudieron evitar admirar las palabras de la Duquesa. ¿Cómo podían salir tales palabras de la boca de una noble, la cúspide de la nobleza?
Para Charles, fue un momento de vergüenza por haber tenido brevemente pensamientos débiles.
Tras separarse de ellos, Nuritas se retiró a una modesta habitación de invitados en el segundo piso del Departamento de Sanidad. Rezaba por aquellos con los que se encontraría al amanecer del día siguiente.
Las cosas que antes parecían vagas iban tomando forma poco a poco. El mundo era inmenso y había tanta gente necesitada de ayuda que los años que había pasado sintiéndose sola e infeliz parecían ahora insignificantes.
Cuando Nuritas se levantó de la silla, Sophia le puso rápidamente un chal sobre los hombros. Después de darle un asentimiento de agradecimiento, caminó hacia la ventana y miró hacia el cielo. El cielo oscuro como el carbón estaba lleno de estrellas, como si estuvieran a punto de caer.
«¿Es el cielo tan deslumbrante porque el mundo está tan lleno de dolor?»
Tal vez la razón por la que Nuritas podía encontrar fuerzas ahora era porque el Duque le había ofrecido un abrazo generoso a pesar de su pasado herido. Antes de conocerle, la vida no había sido más que un camino espinoso o un pozo de fuego, sin diferencia entre el aquí y el allá.
«Conocer al Duque fue la única bendición en mi desdichada vida».
Era la primera vez que estaban tan separados desde su matrimonio. Aunque su relación había comenzado con engaños, ahora ella lo echaba mucho de menos. Cada vez que miraba al cielo oscuro, le venían a la mente sus ojos amables y su voz grave parecía resonar en su corazón.
Por un momento, Nuritas sintió como si un gran peso se hubiera atado a su corazón, tirando de él hacia abajo. Para deshacerse de esa sensación, sacó el collar que él le había regalado y lo tocó suavemente.
El medallón, calentado por el calor de su cuerpo, se sintió pesado en su palma como si le ofreciera consuelo.
Pero eso sólo profundizó su anhelo por el Duque, y pareció desgarrar su corazón sin piedad.
—Lucious.
Lo llamó por su nombre una vez.
Luego miró en la dirección donde él estaría.
Su pasado que había estado vagando como un diente de león flotante había llegado a su fin, y ahora tenía un lugar al que regresar. Allí la esperaba el Duque.
Ese pensamiento le dio fuerzas para resistir en este lugar desconocido.
Después de más de ocho días ayudando incansablemente a los enfermos, el carruaje del Departamento de Sanidad empezó a ser bien recibido por la gente cada vez que aparecía por los callejones asolados por la peste.
Al principio, los que habían estado indefensos ante la propagación de la enfermedad se sintieron abandonados por el mundo. No tenían a nadie a quien recurrir y sólo podían ver morir a sus seres queridos.
Pero desde que los carruajes del Departamento de Sanidad comenzaron a llegar hasta ellos, empezaron a aferrarse a la esperanza. Con el suministro de medicinas y alimentos, la tasa de recuperación de los que mostraban los primeros síntomas había aumentado significativamente.
Una mano amiga había llegado al barrio de la muerte, donde nadie se había aventurado antes. Algunos de ellos empezaron a decir que la santa de pelo plateado estaba bendecida por los dioses y traía bendiciones divinas.
—Gracias, Señora.
Cuando Nuritas bajó del carruaje, agotada de haber recorrido muchas casas desde la mañana, una mujer se le acercó. Sosteniendo a un niño en brazos y agarrando con fuerza la mano de otro, su rostro familiar estaba lleno de lágrimas.
—Los niños por fin se sentaron ayer. Las erupciones también están desapareciendo poco a poco. Esto no puede ser un sueño, ¿verdad?
Cuando la madre de los hermanos expresó con lágrimas en los ojos su gratitud, a los que estaban cerca también se les llenaron los ojos de lágrimas. Un rayo de luz había atravesado la oscura sombra de la desgracia que parecía inamovible, alejándola poco a poco.
—Ah, qué alivio. De verdad.
Nuritas se regocijó como si fuera su propia alegría. Los niños pequeños que había visto sufrir por la enfermedad durante su primera visita ahora podían soñar con una nueva vida.
Era inútil debatir si se debía a la medicina o a otra cosa. Sobrevivir era lo más importante, aunque el resto de sus vidas no fuera grandioso.
«Los niños tienen infinitas posibilidades».
Esperaba que el mundo, aunque cambiara lenta e imperceptiblemente, se convirtiera en un lugar mejor para que ellos crecieran.
Los rostros de los niños todavía tenían un aspecto pálido, pero había un toque de rojo que los hacía lucir tan lindos. Nuritas extendió la mano y acarició suavemente sus pequeñas manos, con lágrimas en los ojos.
—Crezcan sanos a partir de ahora.
Sin embargo, Nuritas comenzó a preocuparse por cómo sobrevivirían sin el cabeza de familia. Tendría que hablar de ello más adelante. Sería difícil para la madre trabajar mientras criaba a sus hijos.
Mientras le daba palmaditas en el hombro de la mujer y se despedía de ella, alguien le arrojó a los pies una flor de margarita que había florecido junto al camino. Otra persona le arrojó un puñado de tréboles.
Sintiéndose avergonzada de recibir semejante trato por algo que no había hecho sola, Nuritas inclinó la cabeza. ¿No debería todo el mundo merecer tanta hospitalidad? Pero para ellos no era así.
La Duquesa había llegado a un barrio que todos los demás habían abandonado. Con sus propias manos, había aliviado el dolor de los enfermos y compartido su sufrimiento. Gracias a ella, podían sentir un calor que no habían conocido antes.
—Si eso no es un milagro, ¿qué lo es?
—¡Que las bendiciones de la Diosa Diana esten con la Duquesa!
—Gracias.
Nuritas sintió como si su corazón fuera a estallar, pero respondió a sus amables palabras con una sonrisa y siguió adelante. Intentó mantener sus emociones bajo control, sin dejarse llevar demasiado al ver tanta alegria.
Sin darse cuenta, había llegado a la siguiente casa que tenía previsto visitar hoy. La vieja puerta chirriaba y se balanceaba, apenas se sostenía. Pastel, el médico, había llegado antes y estaba examinando al paciente.
—¿Cómo está?
—Puede ser difícil, ya que el bebé es muy pequeño.
En aquella casa pequeña y destartalada, un bebé que acababa de superar los cien días de vida sufría la peste.
Nuritas tomo al bebé de Pastel y lo acunó suavemente en sus brazos.
El bebé era tan ligero que apenas tenía peso. Su suave rostro estaba cubierto de erupciones parecidas a rosas y todo su cuerpo ardía de calor. El bebé desprendía un leve olor a talco.
Nuritas estaba decidida a salvar al bebé.
—Si hubiera algo como las Lágrimas de los Dioses, ¿se recuperaría el bebé?
—Tal vez.
Pastel se ajustó las gafas y miró fijamente a Nuritas. Recordó la primera vez que había visto a la Duquesa, presentada por Charles. Al principio se sintió incómodo, pensando que podría ser utilizado como peón en el capricho fugaz de alguna noble. Pero en el poco tiempo que llevaba conociéndola, la Duquesa no se parecía a ningún otro noble que hubiera conocido.
Pastel Carver nació como hijo ilegítimo de un prestigioso Conde.
Cuando la Condesa no tuvo descendencia, él tuvo la suerte de ser reconocido por el Conde como su heredero. A diferencia de la mayoría de los hijos ilegítimos, no fue tratado como basura, al menos dentro de su familia.
Pero eso era sólo dentro de su familia.
En la sociedad noble, no era reconocido como un verdadero noble. Pastel se dio cuenta de ello cuando escuchó a la gente cuchichear sobre él en las reuniones sociales a las que asistía con el Conde. Desde los catorce años, dio la espalda a todo lo que disfrutaba la nobleza y se centró en la medicina.
«Al diablo con la nobleza».
Era raro que un noble se convirtiera en médico. Esto se debió a que ver heridas laceradas y sangre no se consideraba un trabajo digno.
Pastel, un noble que no pertenecía a ellos, vivió su vida proporcionando atención médica a los marginados. Así fue como terminó aquí, contribuyendo con sus esfuerzos durante esta terrible plaga.
«Lágrimas de los Dioses, ¿eh? Típico pensamiento noble».
Pastel se burló pero, al ver la sinceridad en los ojos de la Duquesa, se explicó lentamente.
—Comprendo sus sentimientos, Duquesa, pero ¿sabe que las Lágrimas de los Dioses cuestan tanto como una vaca? Para salvar a todos los afectados por esta plaga, tendríamos que vender todo lo valioso del reino, e incluso eso podría no ser suficiente. Y usarlo sólo para este bebé iría en contra del principio de equidad. Todas las vidas son igual de valiosas.
Nuritas contuvo las lágrimas y escuchó atentamente sus palabras. Reconoció que su visión había sido corta. No podía compartir un recurso tan valioso con todo el mundo.
Acuno al bebé en brazos una vez mas antes de dejarlo con cuidado en la cuna.
—Rezaré a la Diosa Diana por la recuperación del bebé.
Eso era todo lo que podía hacer ahora.
Sólo entonces Pastel asintió y pidió a Charles que proporcionara a los padres antifebriles y otros artículos de primera necesidad.
A Nuritas le costó abandonar la casa, su última parada del día. Había dado un paso adelante para ayudar, pero ¿qué podía hacer realmente por ellos? Una oleada de auto culpa le hizo decaer los hombros. Si todo esto era el destino del niño, qué cruel era. El aroma a vida del bebé volvió a llenar el corazón de Nuritas.
Tras terminar sus tareas, subió a uno de los dos carruajes. Las sonrisas que se habían dibujado en los rostros de todos a primera hora del día habían desaparecido.
Mientras Nuritas viajaba en el carruaje de vuelta al Departamento de Sanidad, su mente se llenó de un millón de preguntas. Lo que podía hacer y lo que quería hacer.
Uno tras otro, los rostros de los que la esperaban pasaron por su mente.

RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ARIETTY
CORRECCIÓN: ANN