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Capítulo 66. Apuntando al corazón con una pluma de oro

El duque de Morciani cabalgó lentamente hacia la ceremonia de coronación, mientras los tambores retumbaban en Heathfield para anunciar el nacimiento de un nuevo campeón.  

Saltó con ligereza del caballo y se quitó el casco. Los sudorosos encantos del joven Duque quedaron al descubierto y la arena estalló con nuevos gritos de las mujeres y alaridos de admiración de los hombres.

Sobre la tierra seca se tendió una alfombra roja para la ceremonia de premiación y hombres corpulentos cargaron un podio de madera. Pronto aparecieron los bufones con sus ridículos disfraces para mantener la atención de la multitud.

Cuando apareció el representante del Rey y dijo algo en voz baja, el chambelán a su lado reveló el tan esperado anuncio.

—El fiel servidor de Su Majestad, el duque de Morciani, queda reconocido como campeón de la justa.

El duque de Morciani fue así declarado oficialmente vencedor, y como premio recibió una pluma de oro y un cofre lleno de monedas de oro. Lucious aceptó la pluma con mucho respeto y se inclinó una vez más ante el alto sitial del Rey.

Las flores no cesaban de llegar a la arena para celebrar la victoria del Duque. Caían como si lloviera, transformando la tierra apagada en algo colorido.

Nuritas miraba caer las flores, con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho.

Por un momento, cuando el Duque se quitó el casco, vio la aparición de un niño con cabello plateado y ojos azules.

La victoria del Duque parecía haber cumplido su deseo desde la infancia. Una suave sonrisa se dibujó en los labios de Nuritas.

—¡…!

En ese momento, sus ojos se cruzaron con los del Duque que sostenía la pluma dorada en la mano. Los ojos oscuros del Duque brillaron con más significado que nunca.

«Ah….»

Por un momento, ni el estruendoso clamor ni el revoloteo de pétalos entre Nuritas y el Duque se oyeron ni se vieron. Los dos intercambiaron miradas intensas, como si fueran las únicas dos personas en esta vasta arena.

La arena se llenó de otro fervor.

—¡El beso de la diosa Diana!

—¡El beso del campeón!

La atención de todos se centraba en quién recibiría el beso del vencedor, pues era tradición que el campeón de un torneo de justas pudiera recibir un beso de cualquier mujer de su elección, casada o soltera.

Algunas mujeres se pellizcaban apresuradamente las mejillas para enrojecerlas y luego sonreían alegremente, otras dejaban al descubierto sus pechos a través del vestido y otras mordían con fuerza sus labios para dejarlos rojos, con la esperanza de ganarse el favor del Duque.

Pero Lucious no pudo ver a ninguna de ellas desde el principio, excepto a una: se dirigió lentamente por el estrado hacia donde estaban los espectadores y le extendió la mano, con los ojos brillantes de fascinación.

Ella se puso en pie, alisandose el dobladillo del vestido como hipnotizada por algo.

Cuando subió las escaleras hacia él, el velo de Nuritas se abrió.

Sólo quedaban tres o cuatro escalones.

Nuritas se detuvo un momento, observando cómo el Duque se arrodillaba lentamente ante ella.

«El camino hacia él».

Nuritas caminó con cautela, con la mirada como si estuviera soñando.

Finalmente, llegó ante la presencia del Duque, y sus miradas se cruzaron.

La luz de sus ojos oscuros era tan verdadera como la noche anterior, y tan tierna como anteayer.

Arrastró suavemente el dorso de la mano de ella por la suya y apretó los labios contra los suyos.

«Te amo».

Sólo el calor de su cuerpo, su mirada y la sinceridad de su tacto llenaron la arena. Sintió un cosquilleo en el pecho y sus ojos azules se sentían húmedos bajo el velo.

«No llores».

A pesar de su determinación, Nuritas se vio obligada a derramar una sola lágrima al ver un pañuelo que sobresalía de la manga del Duque.

Y en su casco, la pluma que ella le había regalado revoloteaba bajo la lluvia de flores.

***

De vuelta en la tienda del Duque, Lucious estaba agotado.

Sólo llevaba aquí unos días, pero de alguna manera le parecían años. Mientras se quitaba la armadura y se ponía ropa más ligera, pudo respirar mejor.

—Aún así, no estuvo tan mal.

Era algo que nunca volvería a hacer, sostener una lanza como un payaso delante de un Rey, pero se sonrojó extrañamente al recordar a su esposa.

Si no hubiera sido por este torneo de justas, habrían pasado muchos años antes de que hubiera oído sus verdaderos sentimientos.

—No hay nada más importante para mí en este momento.

Lucius se secó el sudor de la cara con una toalla seca, con el rostro radiante de felicidad.

Sabía que habría un banquete después de la justa, pero no tenía intención de asistir, y le había dicho a César que estuviera listo para partir hacia el territorio Morciani inmediatamente después del torneo.

—No más marionetas.

En ese momento, que estaba solo en la tienda vacía, apareció un representante del Rey y dijo en voz baja.

—Vengo a ver al Duque.

—¿Qué ocurre?

El chambelán del Rey entró en la tienda e hizo una reverencia.

Al instante, Lucious tuvo la fuerte premonición de que, fuera lo que fuera, no podía ser bueno.

—El Rey ha dicho: “El Duque y la Duquesa de Morciani deben asistir al banquete, y no me hagan esperar mucho tiempo”, y eso es todo.

Tan pronto como fueron pronunciadas las palabras del Rey, el chambelán se apresuró a salir de la tienda para evitar la ira del Duque.

Lucious se quedó atrás y se sacudió el flequillo con consternación.

«Se siente como si Ludwig estuviera mirando dentro de mi mente».

El Rey había tenido un lado espeluznante desde la infancia, pero pocas veces había sido tan desagradable como ahora.

«Quizás debería haberme precipitado más».

Lucious se preguntó si debería haberse marchado con su armadura y en su carruaje. Pero ahora que había oído las palabras del chambelán, no tenía elección.

Una gruesa línea se dibujó en su hermosa frente. Odiaba ver el reflejo de Nuritas en los ojos de Ludwig. Cerró los puños, furioso por su impotencia y furioso consigo mismo.

—Duque.

Nuritas entró en la tienda, con un vestido marfil sin adornos y un ligero escote. La cintura y la falda del vestido estaban ribeteadas con el mismo satén azul que el top del Duque, lo que hacía que ambos parecieran muy a tono. Y un largo y fino cordón azul recorría su cabello plateado, que estaba trenzado en una sola trenza, creando una atmósfera singular. Nuritas no llevaba joyas ni piedras preciosas, y su figura era radiante.

Lo que era diferente, mas que nada, eran las diversas expresiones de color de su rostro.

Su rostro blanco y sus mejillas ligeramente sonrojadas eran la imagen misma de una mujer enamorada.

Lucious, que había estado furioso, se sintió feliz con sólo estar cerca de ella, y tomó ansiosamente la mano de Nuritas entre las suyas. Entonces tuvo que darle una noticia preocupante, y eso lo incomodó mucho.

—No creo que podamos irnos de inmediato ¿Está bien?

Lucious estaba ansioso por salir de este lío y dirigirse a casa, para reunir a Nuritas con su madre, aunque sólo fuera para sacarle una sonrisa.

Nuritas no era diferente, pero simplemente le devolvió la sonrisa.

—Por supuesto.

Lucious extendió un brazo y acarició lentamente el costado de la frente de Nuritas. Le daba rabia no poder irse enseguida, pero no pudo evitar sonreír, como hacía siempre que estaba con ella.

—Tengo que pedirte un favor…

—Adelante.

Nuritas apretó la mejilla contra su gran mano, saboreando el breve momento que pasaron juntos.

Su cálida mano le recordó que después del invierno debía llegar la primavera.

—Quizá deberías llamarme de otra forma cuando estemos solos.

Nuritas apartó la cara de su mano, estupefacta por las palabras del Duque. Llamarlo de otra forma que no fuera Duque.

—¿Qué?

Se quedó desconcertada porque no podía entender lo que estaba pensando o lo que quería.

—Me gustaría que me llamaras por mi nombre.

La sinceridad de Lucious, que todavía la miraba con ojos amables después de dar un paso atrás de él, fue sorprendente. Nuritas negó con la cabeza.

Era un nombre que había repetido muchas veces en su mente, pero sabía que no podía decirlo delante del Duque.

Mirándola, Lucious sacudió la cabeza y abrió la boca con los ojos húmedos.

—Por favor…

Sus ojos oscuros estaban llorosos, como los de un perro grande, mientras la miraba fijamente. Nuritas no pudo resistirse al aspecto increíblemente lindo del Duque comparado con su tamaño.

Intentó llamarlo por su nombre, apretando los labios varias veces. Pero no salió nada, salvo el sonido del aire desinflado. Nuritas dio un pisotón de frustración y se aclaró la garganta una vez más.

—Lou…

—Bueno, eso está bien.

Ni siquiera pudo decir el nombre completo y sólo pronunció la primera parte, pero el rostro del Duque estaba muy brillante.

Mientras Nuritas permanecía de pie, desconcertada y sin palabras, Lucious sonrió.

—Es agradable que me recuerdes nuestra primera vez.

Nuritas recordaba haberse encontrado con él en Romagnolo, con un aspecto un poco diferente al que tenía ahora.

Había dicho que buscaba trabajo, y el hombre que se había presentado como Lou le había dicho que la vería pronto, por lo que fue una despedida extraña.

El tiempo transcurrido desde aquel primer encuentro unos meses antes hasta Heathfield parecía pasar borroso. Además, ¿no le habían dicho que ese nombre se lo habían puesto sus padres cuando era niño?

El hecho de que el Duque se alegrará de que ella le llamara por un nombre que significaba algo para él emocionó a Nuritas, que estaba dispuesta a hacer cualquier cosa para hacerle sonreír.

—Su Majestad me ha pedido que me pase por el banquete.

Lucious parecía muy melancólico mientras se acercaba a Nuritas y volvía a tomarle la mano.

Nuritas tuvo un mal presentimiento, al recordar al Rey diciendo cosas extrañas cada vez que lo veía, pero trató de que no se le notara.

—Supongo que deberías ir, entonces.

—Discúlpame…

—¿Si?

—¿Podrías llamarme una vez más?

Nuritas no pudo contener la risa esta vez, y una amplia sonrisa se dibujó en la comisura de sus labios.

—Lou. ¿Nos vamos ahora?

Salieron de la tienda uno al lado del otro, tanto la que llamaba como él que era llamado, sonrojados de oreja a oreja. El viento les refrescaba moderadamente la cara.

Detrás del duque y la duquesa de Morciani, Sophia, César y los sirvientes comenzaron a caminar. En contraste con el rostro lleno de satisfacción de Sophia, el rostro de César estaba pálido.

Él había sido una de las personas que había esperado un matrimonio feliz para el Duque, e incluso había sido un hombre de teatro. Sin embargo, la apariencia del Duque, que había cambiado tanto estos días, le resultaba muy desconocida.

Atrás había quedado aquel general racional y decidido en el campo de batalla, y ahora el Duque parecía asemejarse a Onix de Morciani, y se tapó la boca con la mano.

«Espero que nadie haya vislumbrado mis pensamientos».

Penso que era lo más aterrador desde la última vez que imagino a una niña parecida al Duque con pelo largo.



RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ARIETTY 
CORRECCIÓN: ANN


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