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Capítulo 62. Las rosas son rojas y tristes.

El dominio Romagnolo gozaba de un suelo fértil bañado por el cálido sol del sur. Un viejo castillo se alzaba en el mejor sitio del territorio, con parras de rosas rojas trepando por sus muros.  

Desde que la Condesa Romagnolo había perdido a su hija y a su hijo predilectos, uno tras otro, paseaba a menudo por los jardines y recordaba el día en que el carruaje había partido.

Meirin lloró durante muchos días, con el rostro enrojecido por el llanto, y su madre la abrazó y subió al carruaje. Sólo pudo ver cómo su niña, demasiado débil para montar en el carruaje durante mucho tiempo, se le escapaba de los brazos.

Le pidió a la criada que la acompañaba que cuidara bien de su hija, pero donde quiera que fuera, ¿sería tan bueno como los brazos de su madre? Las rosas en plena floración eran tan hermosas como Meirin, y sus ojos se llenaron de lágrimas.

Pero cuando vio las rosas enredadas con espinas, sintió una punzada en el corazón.

«¿Y mi hijo menor Abio?».

Fue el único hijo que tuvo después de dar a luz cinco veces, y aunque era el varón que tanto habían anhelado, los ojos del Conde no se detuvieron en apreciarlo.

—Yo….

Incapaz de controlar sus crecientes emociones, la Condesa sacó el pañuelo y se tapó la boca.

Abio no la miró a la cara hasta el momento en que subió al carruaje. Sólo cuando subió al carruaje y corrió las cortinas de la ventanilla fue que sus miradas se cruzaron, y en ellas había resentimiento.

Eso fue aún más devastador para ella, quien se llenó de pesar por no haber podido proteger a su hijo cuando este partía hacia la frontera.

Ella no quería enviarle allí.

Si fuera posible, habría encontrado la forma de enviarlo a otro país con Meirin, según sus deseos.

«¡Cómo pueden arriesgar a un niño con grandes planes para convertirse en el heredero de un condado!».

Cuando ella sacó el tema de que no quería enviar lejos a Abio, el Conde se puso furioso, alzando la voz. Ella apretó los labios secos, preguntándose cómo viviría sin sus hijos, a los cuales había enviado a un lugar lleno de dificultades, pero el Conde no parecía tener idea de su angustia.

{—¡No creo que Abio sea tan débil cuando está en juego el futuro de Romagnolo!}.

Fue su marido quien le dirigió una mirada de desaprobación, estando ella tan herida y salió de nuevo en busca de las mujeres.

La cálida brisa llevaba el aroma de las flores, pero los ojos de la Condesa estaban solitarios.

—Mi Señora. ¿No son hermosas las rosas hoy?

La criada que la había estado atendiendo tomó la palabra, con la esperanza de animarla de su reciente depresión.

Pero las palabras fueron como afiladas espinas, atravesando el corazón de la Condesa y recordándole una tristeza que apenas podía soportar.

—Ay, Dios mío ¿Señora?

La criada, alarmada por su repentino colapso, la sacudió y pidió ayuda.

A los oídos de la Condesa, tumbada en el césped del jardín, aquella voz parecía sonar como la risa que Meilin y Avio solían hacer mientras jugaban cuando eran niños, y ella estaba feliz, aunque sólo fuera por un momento.

***

Michael Slytherin acababa de terminar un partido y estaba eufórico. Por desgracia, su oponente de hoy había perdido la vida. Chasqueó la lengua al mirar al caballero caído y murmuró para sí mismo “Mala suerte”.

El público le vitoreó por su magistral rendimiento. Michael sintió que su emoción aumentaba a medida que el rugido se hacía más fuerte; esta era la arena en la que demostraría su valía.

El interminable flujo de flores, cintas y lazos que volaban dentro y fuera de las gradas era tan satisfactorio como si estuvieran viendo la final.

—Yo no pierdo en Heathfield.

Michael se quitó el casco y agitó los brazos triunfalmente hacia las gradas. Otra salvaje ovación resonó por todo Heathfield.

Luego, levantó sus ojos altivos y buscó a la mujer de ojos azules, que estaba sentada en el asiento de invitados y debía de haber quedado fascinada por su gran hazaña. Pero su mirada no se posó en él. Se levantó y se alejó a toda prisa.

«¿Adónde va?».

La figura de la mujer desapareció rápidamente entre la multitud. Fue sólo cuestión de instantes para que el calor de su cuerpo se enfriara. Entonces, vio al Duque preparándose para su próximo combate.

«No pasará mucho tiempo antes de que compita con ese arrogante».

Desde el momento en que se enteró de que el Duque vendría al torneo de justas de este año, Michael pensó. Todos los demás caballeros eran sólo un telón de fondo para sus propias justas…

Cabalgó lentamente, dejando atrás el cántico constante del nombre de Slytherin. No había razón para ver competir al Duque, porque era imposible que no ganara.

Lucious frunció el ceño al ver alejarse al caballero rubio, orgulloso de su victoria. La muerte por accidente era algo común en los combates, pero ¿un caballero ni siquiera lamenta la muerte de su oponente?

El primer Slytherin del que había oído hablar aquí era un anciano bastante hábil con la espada. ¿Ese gran caballero podía tener un hijo así?

—Esto es exactamente por lo que odio estos combates.

Sus ojos oscuros reflejaban su irritación, y recordó a la pequeña mujer que había abandonado la habitación antes.

«Seguro que se asustó mucho».

Debe de haber sido una escena cruel para tan bondadosa mujer. Quería correr hacia ella y calmar su corazón consternado. Además, era bastante estresante dejarla sola entre tantas personas, ya que brillaba como una flor silvestre en primavera.

—Ups… 

Lucious se recompuso rápidamente, sorprendido por su arrebato de posesion previo a la pelea.

—Lucius Morsciani, centrémonos en esto por ahora.

Volvió a ponerse el casco y condujo lentamente su caballo hacia la arena toscamente organizada.

Verlo de pie sosteniendo una lanza en la arena donde la sangre del caballero fallecido aún no había sido borrada parecía muy solitario.

La multitud comenzó a alborotarse en espera de un partido más emocionante, y los ojos oscuros de Lucious se volvieron aún más fríos. Pero lo que vieron no colmó en absoluto sus expectativas. El duque de Morciani esprintó hacia delante y, con la punta de su lanza, derribó a su oponente al suelo con un ruido sordo.

Por supuesto, sólo un caballero de habilidad superior podía hacer eso. Pero los espectadores no pudieron evitar sentir que faltaba algo.

Lucious, haciendo caso omiso de la audiencia hundida, saludó al Rey donde pudiera estar y se alejó cabalgando.

El caballero que estaba en el suelo, avergonzado por haber resultado ileso, se quedó tumbado mirando pasar la delgada figura del Duque.

Lucious entregó su caballo a su escudero, se quitó el casco y le instó a que le quitara la armadura de inmediato. Recordar la imagen de Nuritas que había visto a lo lejos le inquietaba. Una vez despojada la armadura, no se molestó en quitarse la ropa sudada y fue en busca de Nuritas.

Nuritas se apresuró a volver a su tienda, lejos del Rey que seguía haciendo comentarios extraños. Aunque seguramente había mucha gente alrededor de la tienda, ella se sentía perdida como en un profundo y deshabitado bosque.

Si al menos el Duque estuviera al final de este camino…

Caminó deprisa, sintiéndose inquieta e incómoda, hasta que se encontró cara a cara con el Duque al que tanto había anhelado.

El uniforme del pelinegro estaba hecho un desastre, manchado de suciedad, y su cabello estaba aplastado de una forma extraña debido a la presión del casco. Cualquiera podía ver que había tenido prisa.

Los rostros de las dos personas mostraban tanta angustia como si no se hubieran visto en años.

—Duque.

—Tú.

Fue casi simultáneamente que se llamaron. 

Se miraron fijamente, olvidando todo el paisaje y la gente que les rodeaba. Fue Nuritas la primera en apartar la mirada, cuyas mejillas estaban sonrojadas, y luego Lucious avanzó y la agarró de la muñeca.

Luego se alejaron a toda prisa.

—Que no entre nadie.

Ordenó el Duque en voz baja y desapareció en la tienda.

El rostro de Sophia se sonrojo al ver esto. Y compartió una mirada sutil con César, que estaba cerca. Estaba claro que su teatro de antes había funcionado.

Por un momento, una vez dentro de la tienda, Lucious estuvo a punto de perder el control. El corazón le latía con fuerza en el pecho, incapaz de calmarse, a pesar de que tenía delante a la mujer que tanto había deseado desde la arena.

«¿Por qué tengo sed con sólo mirarla?».

Recordó que, aunque ya estaban casados, ella nunca le había contestado ni una sola vez, a pesar de sus muchas confesiones apasionadas.

—¿Duque?

Nuritas lo llamó suavemente cuando el dolor comenzó a invadir su muñeca. Los ojos oscuros del Duque ahora brillaban con una luz muy diferente a la habitual.

—Ah, te he hecho daño.

—No pasa nada.

Nuritas levantó su muñeca enrojecida y se levantó el velo. Quería verle bien la cara.

—No estás herido, ¿verdad?

Lucious sintió una mezcla de alivio y frustración al ver cómo la mujer lo miraba de arriba abajo, como si siguiera preocupada por él.

Ella era la primera familia que había tenido en más de una década, desde la pérdida de sus padres y hermanos. Por el honor de su familia, por esa única razón, nunca había mirado atrás.

La luz cálida en los ojos de Nuritas se parecía a los de su madre, de quien sólo tenía vagos recuerdos, y su voz preocupada sonaba como su hermano mayor.

Recordaba al niño de ocho años que se había quedado solo en la casa ducal.

El marqués de Atrum, que había sido elegido como su tutor entre los muchos que habían puesto sus ojos en la familia Morsciani, era un pariente por parte paterna, un hombre soltero que vivía en un reino vecino.

Lucious lo conoció por primera vez cuando estaba de luto por la pérdida de su madre en brazos de una niñera. 

—Si el heredero del ducado es tan llorón, los demás no podrán descansar en paz.

El joven Lucious no entendió todo lo que el Marqués quería decir, pero enseguida se dio cuenta de que no era un cumplido.

El papel de un tutor era actuar como protector hasta que el heredero alcanzara la mayoría de edad, para que cuando llegara el momento de que el niño asumiera el papel de Duque, la familia fuera recompensada generosamente.

Si el papel del tutor se hubiera limitado a la educación, el marqués de Atrum habría recibido los mayores elogios. Pero sus duros métodos de enseñanza carecían de afecto.

En cuanto terminó el funeral de la Duquesa, echó a la niñera de Lucious. Esto debió de ser duro para el niño, que seguía necesitando desesperadamente los brazos de alguien.

—Cumpliré con mi deber como es debido y espero que me sigas.

El Marqués castigó a Lucious por su incapacidad para leer correctamente. El difunto Duque solía golpear a su hermano en la pantorrilla cuando hacía algo mal, pero esto no era nada comparado con aquello.

—Aquí ya no hay más niños. Tú eres el heredero del ducado. ¿Entiendes?

Si se quedaba dormido mientras leía un libro, le echaba agua fría y lo azotaba con una cinta de cuero. Los sirvientes de la familia protestaron contra estas duras prácticas, pero fueron ignorados.

—Todo sea por el bien de Morciani.

El Marqués era muy hábil con la espada; se podría decir que fue lo único bueno que pudo salvar de su terrible desgracia, y su destreza con ella era tan abrumadora que fácilmente derrotó al Príncipe, quién era excelente en muchos campos.

Así, Lucious lloraba hasta quedarse dormido todos los días, y al cabo de un tiempo mostraba sus emociones cada vez con menos frecuencia. El niño se dio cuenta de que mostrar debilidad sólo irritaba al Marqués y aumentaba el número de veces que era golpeado.

Lucious tenía que crecer rápidamente y hacerse lo bastante fuerte como para no necesitar un tutor.

De este modo, años más tarde, el hijo menor que había sido mimado por su madre, caminaría por el campo de batalla con una espada manchada de sangre y el rostro impasible.



RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ARIETTY 
CORRECCIÓN: ANN


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