Capítulo 58. Pasado, presente y futuro
—Aquí es donde está, ¿no?
Una mujer bajó de un carruaje y se paró en Heathfield en medio de otra contienda, mordiéndose el labio con fuerza. Iba vestida con una capa y un vestido raídos, sin duda, pero una mirada al reluciente collar y los brazaletes de gemas preciosas que llevaba al cuello denotaba que el atuendo no estaba en absoluto en consonancia con el resto de su persona.
—Pero, Señorita, si el Conde se enterara, sería un desastre.
La criada que la seguía rompió a sudar frío y le rogó que volviera adonde le indico su impasible amo.
El Conde ordenó a Lady Meirin que fuera directamente al barco, y la Señora le pidió que cuidara bien de ella. Si alguien se entera de su presencia aquí. La sola idea de pensar en ello la hacía estremecer.
—Imposible.
El viento apartó la capa que cubría su cabeza, y el abundante cabello carmesí de la mujer comenzó a ondear. La familia del conde probablemente ya sabe que ella se embarcó hacia otro país. Pero Meirin no tuvo más remedio que correr este riesgo por su destino.
«Quizás el duque de Morsciani me perdone si se da cuenta de que ha sido engañado por esa cosa inmunda. ¡Absolutamente! ¿Cómo puedo ser comparada ante semejante bastardo?».
Meirin tenía una expresión soñadora al recordar los ojos oscuros del hombre alto. Ya casi estaba allí. En su impaciencia, gritó a la criada.
—¡Ve y haz lo que te digo, deprisa!
La criada asintió, tirando de su capa marrón sobre su cabeza. Meirin había averiguado cuándo estaba solo el Duque y planeaba reunirse con él; ahora estaba segura de que, si sólo lograba abrir una puerta, tendría en sus manos al hombre de sus sueños.
«Él siempre estuvo destinado a ser mío, así son las cosas».
El dobladillo de la capa de Meirin, tejida con un material tosco, ondeó tras ella.
***
Dos sirvientes llevaron un barril de madera con agua caliente a la tienda del Duque. Lucious, con la ayuda de su escudero, se despojó de toda la armadura y se metió en él para bañarse, con el humo elevándose sobre sus anchos hombros.
El partido no fue nada complicado. ¿No era una tarea muy simple comparada con blandir una espada hacia un enemigo sobre los cadáveres de camaradas y sostener un escudo para evitar una andanada de flechas?
Sin embargo, hubo momentos en que el dolor mental era más abrumador que el dolor físico.
«Qué partido tan inútil… Su Majestad Xavier, a quien detesto ver… ».
Después de hacer todas estas cosas, sólo quería regresar al territorio de Morsiani y pasar un tiempo en paz y tranquilidad.
«Con ella».
La mandíbula de Lucious se relajó al pensar en ella, que se había preocupado por él. Hacía mucho tiempo que no deseaba volver a casa.
Tras la muerte de sus padres y hermanos, el gran ducado le había parecido más una carga que un refugio.
«Al menos lo salvé».
Las heridas de su espalda ardían allí donde el agua le había tocado. Mientras el sudor comenzaba a formarse en su frente, Lucious levantó una mano para sombrearse los ojos.
El testamento de la familia Morsiani había especificado que el único hijo, de ocho años, sería el heredero del ducado. Pero semejante pedazo de papel era poca cosa cuando no había ningún adulto para proteger al niño.
Varios parientes se presentaron para reclamar la tutela del niño por diversos motivos, y el afortunado fue el Marqués Philip Atrum, que no era en absoluto un tutor adecuado para un niño que había perdido a sus padres.
Lucious recogió agua con ambas manos y se salpicó la cara con ella, pensando en el marqués de Atrum por primera vez en mucho tiempo. Era hora de terminar su baño y de pensar en tomar el té o dar un paseo con su esposa.
De repente, oyó el dobladillo de un vestido de mujer que se movía por el suelo dentro de la tienda, y el sirviente que le había estado atendiendo retrocedió pasos atrás.
«De ninguna manera…».
Sabía que no era razonable, pero su corazón empezó a acelerarse, preguntándose si la mujer que se le acercaba era Nuritas. Una mano desconocida se acercó a la base de su cuello.
«Qué perfume tan repugnante… ».
Desconfiado, Lucious se echó instintivamente hacia atrás para apartarla. Se giró para ver que no era Nuritas, sino una extraña mujer que estaba allí de pie.
«Ah….».
Lucious supo de inmediato quién era la mujer pelirroja con el brillo desagradable en los ojos, incluso sin oír su nombre.
Menos mal que no fue un atentado contra su vida.
El humor de Lucious se transformó rápidamente en desagrado.
Se sacudió la mano de la mujer, estremeciéndose por el contacto, y habló con voz fría.
—No vas a seguir mirando, ¿verdad?
Meirin se quedó boquiabierta ante el poderoso apretón de la mano del Duque, y luego se dio la vuelta, al darse cuenta de que estaba desnudo. El sirviente, presintiendo que algo iba mal, se escabulló rápidamente fuera de la tienda.
Lucious salió del agua, envolviendo la parte inferior de su cuerpo en una toalla que había sido tendida sobre un barril. Caminó despacio, con una mirada fría y severa, hasta una silla, se puso una bata, se plantó ante la chimenea y abrió la boca.
—Entonces, ¿quién eres tú para ser tan grosero?
En realidad, Meirin no oía lo que decía el Duque. La invadía una sensación de logro por haber encontrado por fin el lugar donde se suponía que debía estar, y de alegría por poder ver al Duque tan cerca de ella después de haber tenido que observarlo desde lejos.
Meirin se volvió lentamente hacia el Duque y se desató las correas de la capa que llevaba sobre los hombros. La andrajosa prenda cayó sin esfuerzo al suelo, dejando al descubierto las relucientes joyas sobre el sencillo vestido de Meirin.
Se tomó un momento para recuperar el aliento y se inclinó con elegancia y formalidad.
—Duque Morsiani. No sabe cuánto me alegra verle aquí. Soy Meirin Romagnolo.
Al revelar su nombre, Meirin sintió que por fin podía respirar.
Cuánto tiempo había esperado este momento.
Nacida en el seno de una familia noble, nunca había conocido el fracaso ni las dificultades.
Pero un día, el Rey la empujó repentinamente a contraer matrimonio, y su oponente era un notorio Duque. En el proceso de evitar el matrimonio, la hija ilegítima del Conde ocupó su lugar, y todo salió mal. A Meirin todo le pareció muy injusto.
Todo se debía a los extraños rumores sobre el hombre escultural que ahora estaba ante ella. ¿Por qué pensaba que un hombre tan apuesto era un monstruo? Ella sabía que no todos los días aparecia una persona que brillaba sin llevar nada puesto.
Meirin se quedó perpleja al darse cuenta de que el rostro pétreo del Duque no mostraba signos de ablandarse ante su presentación.
«¡No soy culpable!».
La culpa era de su padre y de su hija ilegítima. Meirin simplemente no podía desafiar las órdenes de su padre.
—Todo este lío es culpa de mi padre. Cómo puede un hombre tan honorable como el Duque casarse con una mujer bastarda y despreciable. Por favor, no perdones a mi padre.
Meirin sollozó y suplicó que el Conde fuera castigado. Esperaba que el Duque reconociera su inocencia. Y si todo se cumplía, no podía pedir nada más.
Lucious estaba reprimiendo su ira al sentir la energía caliente surgiendo de su daga. No había nada más que oír y su única preocupación era que, si gritaba lo bastante alto, alguien le oyera.
«Qué tontería».
Resopló ante las desconsideradas palabras de la verdadera hija del Conde. ¿Se daba cuenta de que lo que estaba a punto de decir significaba apuñalar a sus padres una vez, acuchillarlos dos veces y hacerles tropezar por tercera vez?
Meirin empezaba a sentir miedo por el Duque, que aún no había reaccionado. Si ella tenía razón, el Duque, admirado por su valentía al contarle toda la verdad, castigaría a su padre y expulsaría de una vez por todas a la hija bastarda.
Y esperaba un final en el que la verdadera Meirin ascenderá al puesto de Duquesa.
En su impaciencia, dio un paso para alcanzarlo.
—Detente.
Palabras de rechazo brotaron de la boca del Duque mientras esperaba, como si no quisiera que ella se acercara. Lucious miró a su alrededor y frunció el ceño.
—La seguridad es poco estricta, permitiendo que un impostor que se hace pasar por un noble entre así en la residencia del Duque.
Meirin empezó a dar pisotones, impaciente con el Duque por no confiar en ella. Esto no era lo que ella había venido a arriesgar.
—Duque. Soy Meirin Romagnolo. ¿No se da cuenta?
Meirin empezó a agitar las joyas de su brazo y los caros anillos de sus dedos, intentando demostrar su identidad. Pero la reacción del Duque no fue diferente a la de la primera vez.
—¿Hay alguien ahí fuera?
Meirin se estremeció cuando las sombras de soldados con largas lanzas parecieron acrecentarse fuera de la tienda. Como si se hubiera lanzado un hechizo, el aire a su alrededor cambió.
«Oh, ¿qué he hecho ahora?¿Qué fue lo que dije?».
Las piernas de Meirin cedieron y amenazó con caerse. Se había hecho ilusiones al pensar que si se encontraba con el Duque, todo se arreglaría.
—¿Por qué… confías en esa asquerosa bastarda?
Tenía los ojos en blanco y estaba murmurando.
—¿Cómo puede una dama de una familia noble arrastrarse como una rata mientras un hombre se baña desnudo? Es ridículo.
Meirin se quedó allí de pie, incapaz de rebatir las infalibles palabras del Duque. Normalmente, nunca habría venido a esta tienda, y mucho menos se habría quedado a solas con un hombre.
Siempre se había enorgullecido de ser diferente a la bastarda inmunda, así que ¿cómo podría ser esto diferente?
Meirin se tapó la boca y sintió que el estómago se le revolvía al darse cuenta. Frente a ella, Lucious habló en voz baja.
—Si desapareces de mi vista ahora mismo, lo dejaré pasar.
No tenía piedad por el bien de Meirin, sino que le preocupaba que Nuritas pudiera resultar lastimada si se producía una conmoción.
Lucious sacudió la cabeza, tirando con fuerza de los tirantes de su bata. No tenía sentido que dos Meirin Romagnolo estuvieran aquí en Heathfield, donde se hospedaba el rey.
—¿Por qué…?
Murmuró Meirin, con la cabeza gacha, casi tocando el suelo. No pudo entender en donde se había equivocado. Meirin recogió su capa del suelo a instancias del Duque y salió de la tienda como si la persiguieran.
«Aquí no nos pueden pillar los soldados».
Con el apoyo de la criada que estaba esperando afuera, Meirin rápidamente avanzó con sus pies tambaleantes.
«Todo ha terminado».
Ya no tenía motivos para quedarse. La fría mirada del Duque y la severa voz de su padre pasaron por su mente.
¿Podrían las cosas complicarse más?
—Preparen el carruaje.
Meirin enderezó la espalda y se cubrió la cara con su capa en un intento de aferrarse de alguna manera a su vida, que ya había comenzado a desmoronarse. Se sentía como si la luna brillante se estuviera riendo de su apariencia actual y era difícil soportar la vergüenza.
Aunque había nacido como la hija reconocida del Conde, seguía siendo su hija menor, y su madre la había acogido en sus brazos y la había criado en oro y jade. Incluso ahora, a Meirin le apenaba pensar en el rostro de su madre.
Sus pasos eran lentos mientras subía al carruaje.
Las ruedas crujieron cuando el carruaje empezó a avanzar hacia el puerto. Meirin apoyó su pálido rostro contra la pared del carruaje.
Era una joven radiante de belleza, pero el letargo se extendía por sus miembros, como si el Duque la hubiera convertido literalmente en una imitadora de la nobleza.
—Ya está. Ya ha pasado todo.
El pequeño susurro fue ahogado por el ruido de las ruedas del carruaje sobre los adoquines.

RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ARIETTY
CORRECCIÓN: ANN