Capítulo 96
—Está bien. Ya ha encontrado a dos héroes, ¿no?
La Santa ya había encontrado dentro del palacio imperial al segundo héroe. Nada menos que el Príncipe Heredero del Imperio, la estrella más brillante, Ansgar Babilium.
Que dos héroes nacieran en el mismo Imperio era un hecho glorioso. Según los registros de quinientos años atrás, los héroes nacían en países distintos y solo reunirlos llevaba más de un año.
Con tres héroes ya descubiertos, incluida la Santa, la situación no era mala. Pero la Santa negó con la cabeza.
—Eso no es lo que me preocupa.
—¿Qué es lo que tanto le preocupa?
—Lo que veo…
Clementia había podido convertirse en Santa del Imperio gracias a su habilidad para ver lo lejano y mostrar a otros lo que veía. Era un don raro que le permitía contemplar desde un solo lugar la situación de otros países.
No era un poder que pudiera usar a su antojo, pero gracias a él pudo encontrar a un niño enfermo en un rincón del Imperio y detener la propagación de una epidemia, o ver el suelo reseco y prevenir una sequía.
—Mi don no es ver el futuro. Solo me permite ver lo que ya ha ocurrido. Pero entonces…
Apartó la mano que cubría su rostro y volvió a mirar al cielo.
—¿Por qué me muestra cosas que aún no han pasado?
La Santa llevaba un tiempo siendo acosada por visiones extrañas. La escena de ella dirigiéndose a un reino al este del Imperio, la de encontrarse allí con un héroe… y luego.
—Ah…
La escena de alguien muriendo durante la subyugación del Rey Demonio. Ella suspiró. Clementia lo sabía. Allí, en ese reino, encontraría a un héroe. En la visión no se veía con claridad, pero sí podía verse a ella misma nombrando a alguien como su caballero.
Las visiones fluían, mostrando de pasada escenas de una feroz batalla. Y al final, el héroe designado en aquel reino moría. Esa imagen la atormentaba sin cesar.
—¿Será esta una nueva prueba que Dios me impone?
—Será un nuevo poder que Dios le concede por amor a usted, mi señora.
Wolfgang se arrodilló ante ella con devoción. Clementia, al ver su fe firme, frunció el ceño y sonrió con amargura.
«Pero, ¿cómo puedo llevarme con tranquilidad a un héroe cuyo destino ya está decidido?»
Hasta ahora, no le había contado a nadie los detalles de la visión. Intentaba interpretarla por sí misma. Y aquella visión, que al principio era difusa, se volvía cada vez más nítida. Hasta el punto de que ya sabía en qué Reino encontraría al cuarto héroe.
Pero si seguía viendo la imagen de ese cuarto héroe muriendo… La Santa contuvo la respiración.
—Sir Perta.
—Sí, aquí estoy.
Ella le confesó una verdad que no era conocida fuera del templo.
—Si matas al Rey Demonio y al final de esa cruzada mueres inevitablemente, ¿qué harías? —su voz tembló ligeramente. Wolfgang, con la mano derecha sobre su pecho izquierdo, la miró despacio y respondió con un tono firme, sin titubeos.
—Moriría con gusto.
—¿Por qué?
—Porque la habría protegido a usted.
—… Así es. Tú siempre has sido así.
Clementia negó con la cabeza y empezó a caminar lentamente por el corredor. Wolfgang se levantó en silencio y la siguió. Ella no pudo ocultar su semblante sombrío ni siquiera al regresar a su habitación. La Santa le preguntó mientras caminaban.
—¿Sabes cuántos héroes hay en total?
Wolfgang respondió en voz baja, aunque con una leve duda. Según lo que el templo les había comunicado, eran cuatro. Con tres ya hallados, si la Santa encontraba al último, la preparación estaría completa y tendrían tiempo para prepararse contra la resurrección del Rey Demonio.
Pero la Santa sabía que eso era mentira. Le reveló una verdad que algún día tendría que contarle.
—Hay cinco héroes.
—…¿Perdón?
—El templo mintió para convencerlos. En realidad, debe haber cinco héroes.
—¿Por qué una mentira así?
—Porque la última línea de los registros de hace quinientos años estaba dañada y no se pudo encontrar al último héroe.
—Si faltara un héroe, ¿qué pasaría con la cruzada?
La Santa suspiró, contuvo el aire y lo exhaló como quien emerge del agua.
—La cruzada partirá como está previsto. Pero no puedo garantizar que sobrevivan.
—… No le temo a la muerte.
—Sí, lo supongo. Puede que con cuatro logremos derrotar al Rey Demonio. Pero…
Ella llegó a la puerta de su habitación, pero se detuvo antes de entrar y miró a Wolfgang. Él la contemplaba con reverencia, como un devoto a su único dios.
—Pero si alguien debe morir necesariamente, entonces es distinto.
—¿Qué quiere decir?
—Después de la cruzada, debemos sellar al Rey Demonio. Los humanos somos demasiado débiles para destruirlo por completo. Por eso, debemos sellarlo para que no despierte hasta dentro de quinientos años. El método para sellarlo está en los registros del templo, así que no será difícil.
—¿Está diciendo que hay un problema con el momento del sello?
—Sí, el ritual de sellado requiere cinco héroes. Para usar la fuerza vital de cinco, el equilibrio entre ellos debe cumplirse.
—Entonces, ¿ahora, sin el quinto, no se puede intentar siquiera?
La Santa negó con la cabeza.
—… La fuerza vital que falta se puede suplir con la vida de uno.
—… Entonces, ¿alguien debe morir inevitablemente por eso?
—Sí, por eso. Pero no podemos elegir quién será. Según el equilibrio en ese momento, es probable que recaiga en quien tenga la fuerza vital más poderosa.
Ante esas palabras, los ojos de Wolfgang se abrieron de par en par. Porque pensó que la Santa, con su poder sagrado y sublime, sería el objetivo. Al ver su reacción, la Santa negó.
—No soy yo.
Frunció el ceño, a punto de llorar, y tomó el pomo de su puerta.
—No soy yo…
Dicho eso, abrió la puerta y entró en su habitación como si ya no quisiera seguir hablando, cerrando la puerta tras de sí. Tras ese ¡CLAC!, Wolfgang se quedó solo en el pasillo, parpadeando lentamente.
Que no era ella. Entonces debía ser él mismo, el Príncipe Heredero, o el cuarto héroe por descubrir. Wolfgang se tranquilizó. Mientras no fuera ella, no importaba. Comenzó a caminar de regreso a la habitación provisional que le había dado el templo.
Mientras no fuera ella, no importaba.
***
Lo que dijo la Santa, que en realidad debía haber cinco héroes y que uno moriría, también llegó a oídos de la familia imperial Babilium. Al escucharlo, la familia se puso patas arriba.
Aunque bajo el Príncipe Heredero había dos Príncipes más, la idea de que el ya designado heredero pudiera morir resultó muy chocante. El Príncipe Heredero sonrió con ironía al ver al Emperador y la Emperatriz armando un alboroto.
—¿Cómo podemos enviarte a un lugar así? ¡Nunca estuve de acuerdo! ¡Cancela esto ahora! ¡No puedo dejar que te vayas!
A las palabras de la Emperatriz, el Emperador gritó.
—¡Compórtate, Emperatriz! ¿Acaso el Imperio se retirará de salvar el continente?
—¡Es un hijo que yo misma parí! Cuando me convencieron, dijeron que había un registro del templo y que, aunque fuera peligroso, se podía ganar. ¡Pero ahora resulta que uno de los cuatro debe morir! ¡Cómo pueden…!
Sentado a la mesa, el Príncipe Heredero cortó su filete con dignidad y dejó el cuchillo.
¡CLAC!
El sonido del cubierto de plata resonó. La Emperatriz y el Emperador, que discutían a gritos, lo miraron al unísono.
—Ya dije que iría, madre.
—Hijo, ¿cómo puedes no entender mi corazón?
—Lo entiendo bien, madre. Pero soy el Príncipe Heredero de este Imperio. Si ahora me echo atrás, ¿qué pensará el pueblo?
Entonces habló el Emperador.
—Tienes razón. Eres sabio.
Al oír las palabras de admiración de su padre, el Príncipe Heredero se levantó como si ya hubiera perdido el apetito. Caminó hasta el emperador y, fingiendo masajearle los hombros, susurró: —Entiendo bien su deseo de poner a otro de sus hijos como heredero, pero no lo demuestre tanto delante de mi madre. Aún depende mucho de la familia materna políticamente, ¿no?
Ante sus palabras directas, el emperador apretó los puños con fuerza. El Príncipe Heredero, como si nada hubiera dicho, le dio unas palmaditas en los hombros y se apartó.
—Quien puede consolar la pérdida de madre es solo usted. Así que por favor, consuélela bien y no solo grite.
—Hijo… —la Emperatriz enjugó sus lágrimas, conmovida por su hijo que parecía solo pensar en ella, y el emperador se secó la frente con un pañuelo con el rostro tenso. El Príncipe Heredero sonrió y dijo:
—Hoy no tengo apetito, me retiraré antes. Les ruego que hablen entre ustedes y no haya más ruidos innecesarios.
—Así será.
—… Está bien.
El Príncipe Heredero salió del comedor con una sonrisa, y apenas se cerró la puerta, su rostro se endureció. Comenzó a caminar hacia su despacho con el asistente siguiéndolo detrás. Entonces dijo:
—Prepárame un encuentro a solas con Clementia.
—Me pondré en contacto con el templo.
—Bien, lo antes posible. Quiero oírlo directamente. Que me hayan dicho esto a través de la familia y no a mí… Hay que aclarar las cosas.

RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: SIA
CORRECCIÓN: TY