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Capítulo 206

¡KYAAHHH!

—¡Su Majestad el Emperador…!   

—¡El Príncipe Heredero… Ahora mismo…!

Un grito de espanto resonó, y todos los nobles presentes, horrorizados, contemplaron la escena atroz.

AH… AAHH…

Allí, en el centro de todas las miradas, el Príncipe Heredero Valerian sostenía con manos temblorosas una espada empapada en sangre oscura.

El Emperador, su padre, que no había podido cerrar los ojos, temblaba al recibir la muerte de manos de su propio hijo.

—Si al menos me hubieras cedido el trono un día antes…

Sus labios temblorosos se movieron, murmurando como un loco fuera de sí.

—¿Por qué siempre me decías que esperara, que aguardara, preocupado por la mirada de los nobles? ¿Sabes cuánto tiempo he soportado miradas de desprecio, cuánto me han considerado insignificante, mientras yo me consumía por dentro…?

¿Podía alguien en su sano juicio pronunciar tales palabras contra el padre que lo había protegido y amado, pese a que el mundo entero lo consideraba indigno de heredar el trono?

Pero el cuerpo del Emperador, ya frío y sin vida, no podía expresar ninguna ira.

Así, Oswald Tristan Ruairi, Emperador del Imperio Roshan, murió a manos de aquel hijo al que más había amado.

—Yo no he hecho nada malo. Es solo una justa ira…

Valerian repetía una y otra vez, justificando su parricidio.

—¡Madre…!

La Emperatriz, al presenciar la escena, se desmayó, y el Tercer Príncipe la sostuvo llorando desconsolado.

—¡El Príncipe Heredero ha perdido la razón!

—¡El Emperador ha muerto de manera tan absurda…!

—¡Si permanecemos aquí, nos veremos envueltos en desgracia, debo marcharme!

Mientras algunos nobles discutían que había que exigir cuentas al Príncipe Heredero por el asesinato, otros huían despavoridos hacia la salida del salón. El caos se apoderó del palacio Nigella.

—¡Aaah! ¿Qué es esta locura?

—¡Padre!

En ese instante, los caballeros imperiales, que hasta entonces habían permanecido como estatuas en silencio, desenvainaron sus espadas y abandonaron sus puestos.

Los nobles que intentaban escapar del palacio gritaron de terror, abrazando a sus familias.

Pero los caballeros no se dirigieron hacia ellos, sino que avanzaron hacia el Príncipe Heredero.

—¡Dios mío…!

Los caballeros rodearon al Príncipe Heredero.

Lo impactante fue que sus espadas no apuntaban al asesino del Emperador, sino a los nobles que se acercaban para exigirle cuentas.

Los nobles se detuvieron, pálidos de miedo.

Los caballeros, que debían lealtad al Emperador, estaban protegiendo al Príncipe Heredero que lo había asesinado.

Esto solo podía significar que el regicidio no había sido un arrebato, sino un plan meticulosamente preparado.

En otras palabras: ¡traición!

Siorn y el Conde Yufs, retrocediendo un paso, intercambiaron miradas tensas.

El Príncipe Heredero había decidido rebelarse.

Permanecer en el palacio era poco menos que un suicidio.

—¡Debemos huir de inmediato! ¿Dónde está Edith…?

—Idris tampoco aparece, ¿qué haremos, Siorn?

Pero, incapaces de encontrar a sus nietos, no pudieron marcharse y los buscaron desesperadamente.

—Príncipe Heredero… ¿es consciente de la atrocidad que acaba de cometer…? —Mientras tanto, Robertick, con el rostro marcado por el shock, miraba el cadáver de su viejo amigo y se dirigía al Príncipe Heredero.

Shastia, a punto de desmayarse, se aferraba al brazo de Robertick.

—¡Ah, Duque Haylian! —En ese momento, Valerian, que murmuraba al vacío como un demente, al escuchar la voz de Robertick, sonrió de manera escalofriante y lo miró—. ¿Por qué me lo preguntas? Tú también me apoyas.

—¿Qué…?

«¿Yo, que soy poco menos que una mancha en la vida de Oswald?»

Robertick frunció el ceño, incrédulo.

Valerian dio un paso hacia él y dijo:

—Tu hija, la dama Alea, me apoya. Por lo tanto, tú también debes apoyarme.

El Príncipe Heredero lo miraba con ojos desquiciados, y Robertick quedó sin palabras, atónito.

—Alea me dio fuerzas para decidirme, y además trazó conmigo el plan del regicidio y la rebelión. Te estoy sinceramente agradecido.

—¡Shastia! —Robertick, escuchando aquellas palabras, gritó con furia que resonó en todo el salón—. ¿Qué significa esto? ¿Alea conspiró con el Príncipe Heredero en el asesinato y la traición?

Se volvió hacia Shastia, interrogándola con dureza.

—¡Yo… yo no sé nada, Robertick! ¡No sé nada! ¡Nuestra Alea jamás se involucraría en algo tan horrible…!

—¡Cállate!

La voz temblorosa de Shastia fue cortada de golpe por el grito feroz de Robertick.

—¿Todavía la defiendes? Si Alea no estuviera implicada, ¿por qué el Príncipe Heredero diría semejante cosa?

—¡Robertick…! ¿Qué dices? Alea es nuestra hija, tuya y mía.

Shastia, horrorizada por la forma en que él la había nombrado, exclamó con un jadeo.

—¿Y eso importa ahora? Ha… vivir con una mujer tan débil y estúpida… nunca imaginé que sería tan insoportable. Me arrepiento de ello.

Él la miró con desprecio y apartó la vista, escupiendo las palabras.

—¡Robertick! ¿Cómo puedes decir eso?

Las lágrimas rodaron por los ojos brillantes de Shastia.

Negando con la cabeza, extendió la mano hacia él.

—Robertick, no te enfades. Te juro que no sé nada. Y hace tiempo me prometiste que me amarías hasta el último día de tu vida… ¿cómo puedes decir algo tan cruel…?

—¡Apártate!

Mikumkzuu: ojala el proximo sea él

TAC.

Robertick apartó con frialdad la mano temblorosa de Shastia y la miró con ojos helados.

Ella lo contempló con una mirada llena de una miseria indescriptible, como alguien arrojado al abismo.

—¿Dónde está Alea?

Robertick apartó la atención de Shastia y buscó a su hija.

—Estoy aquí, padre.

En ese instante, como el canto de un ave, una voz clara y hermosa resonó en sus oídos.

—¡Alea!

Robertick se volvió de golpe al escuchar la voz de su hija.

Alea, con el cabello desordenado que acomodaba con suavidad, estaba de pie ante el trono, con su sonrisa serena, mirando a sus padres pálidos.

—Lo que dijo el Príncipe Heredero es cierto. Yo lo ayudé.

Shastia, con el rostro empapado en lágrimas, corrió hacia ella y gritó:

—¡Alea! ¿Qué has hecho? ¿Qué locura es esta?

—Madre… nunca comprenderás mi corazón, ni siquiera hasta el día de tu muerte. ¿Por qué preguntas?

Alea respondió con calma, sonriendo dulcemente.

Shastia, abrumada por el shock, se llevó la mano al pecho y cayó lentamente de rodillas, gimiendo.

—Entonces, Príncipe Heredero, transmitiré yo misma su voluntad a los presentes.

Alea saludó con respeto al Príncipe Heredero, luego giró la cabeza hacia el pasillo, donde Esimed la miraba con el rostro helado.

Sus ojos rosados brillaban bajo la curva de sus párpados.

—El Príncipe Heredero Valerian Heine Ruairi, legítimo sucesor al trono del Imperio Roshan, desafía al Segundo Príncipe Esimed Has Ruairi a un duelo a muerte, para decidir quién será el próximo Emperador.

Los ojos, que contenían el azul profundo del mar, se agitaron con violencia.

—Podría subir al trono y hacerte decapitar, pero como hermano no puedo abandonar del todo la fraternidad, y por eso te concedo un mínimo de clemencia…

La voz de Alea fue bajando poco a poco, como si…

—Organicemos nuestras fuerzas y resolvamos esto en el salón principal del palacio. Por ahora, te permito abandonar el recinto.

En el instante en que los recuerdos enterrados fueron removidos, volvió con crudeza la sensación de aquellas manos heladas, incapaces de albergar calor, que se aferraban al cuello como un miedo viscoso.

La voz de aquel ser, marcada por una obsesión desesperada y siniestra, resonaba superpuesta.

Esimed, completamente dominado por Alea —una simple humana—, apenas podía respirar y no veía nada más que a ella.

Mikumkzuu: sabía que un ser cuyo nombre empieza con A y termina por rcane estaba detrás de eso



TRADUCCIÓN: MIKUMKZU
CORRECCIÓN: MIKUMKZU
REVISIÓN: MIKUMKZU
RAW HUNTER: ACOSB


¿Aquí no ibas?


¿Te has cansado?


¿Uno más?

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