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Capítulo 189

Meinhard observó fijamente a Mariette, quien se hallaba sumida en sus pensamientos mientras recordaba a Robertick, y cerró el libro que tenía entre manos.  

—Los problemas que nacen de la naturaleza intrínseca de una persona son difíciles de remediar con simple esfuerzo —dijo él, ofreciéndole un consejo con voz serena—. Así que, por favor, no se atormente demasiado.

Levantó el rostro, que hasta entonces mantenía inclinado, y murmuró en voz baja. Su mirada gélida se perdió en el vacío, mientras sus pestañas doradas proyectaban una sombra brillante sobre sus ojos oscuros.

—Sir Robertick  Arne Haylian ya es un hombre adulto. ¿Hasta cuándo piensa seguir tratándolo como a un niño que necesita cuidados?

Aunque habían crecido juntos, nunca fueron cercanos. Meinhard, consciente de que su posición era distinta a la de Robertick, siempre se refería a él con formalidad.

—Tienes razón. Pero para mí, Robertick  sigue siendo… como un niño que solo ha crecido por fuera.

Mariette suspiró profundamente mientras observaba el rostro impasible de Meinhard. Era un hombre firme y reservado como una roca, pero que siempre sabía escucharla con suma atención.

—Meinhard, hablar contigo me da mucha paz. Es tan fácil entenderse contigo —murmuró ella suavemente, mientras estiraba sus delgados brazos sobre el frío escritorio.

—Sin embargo, Robertick… a veces parece tan sensible que me resulta difícil tratar con él.

Sus rizos de color lavanda se esparcieron con gracia sobre el escritorio de madera fina, que resplandecía con un brillo tenue.

La joven apoyó su pequeño y pálido rostro sobre la superficie y cerró sus ojos brillantes, como si estuviera a punto de sucumbir al sueño.

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Mariette era una joven cuyas emociones no conocían de altibajos.

No es que fuera inhumana; simplemente, ante cualquier situación, mantenía un temple mucho más sereno que los demás. Por momentos, sus juicios eran tan racionales que podían llegar a percibirse como fríos.

Así era ella: una joven que siempre mantenía una temperatura constante, sin encenderse de pasión ni congelarse de indiferencia. Era como un mar en calma que apenas se agita con la brisa.

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Aquel crudo invierno de su infancia, cuando lo había perdido todo, incluso aquello que lo definía.

El Duque Basteban llegó a la mansión sosteniendo con firmeza las manos gélidas del niño. La primera en aparecer ante ellos fue una pequeña niña que, con mirada serena, alzó la vista hacia su padre y preguntó:

—Has traído al joven Gran Duque Haylian, ¿verdad, padre?

—Así es… Ya conoces bien la situación de la familia Haylian, ¿no, Mariette? De ahora en adelante, me gustaría que cuidaras bien de este pobre niño.

Como fue una conversación que escuchó mientras estaba prácticamente en trance, no podía asegurar que esas hubieran sido las palabras exactas, pero Mariette cumplió al pie de la letra con el pedido de su padre.

Ella rondó a su lado, de forma casi persistente, cuando él estaba sumido en la desesperación y nada de lo que lo rodeaba le importaba.

—… ¡Por favor, detente!

Hubo un día en que ese interés le resultó tan insoportable que estalló en gritos, perdiendo el control.

—¿De qué sirve seguir prolongando esta vida miserable? ¡Hubieran… hubieran dejado que me muriera! ¿Por qué? ¿Por qué me trajeron aquí? ¡No me obligues a comer, prefiero morir de hambre!

Era una furia mal dirigida.

El trágico final de su padre, y la muerte accidental de su madre —de la cual nadie se atrevía a hablar en voz alta, aunque todos sabían quién estaba detrás— Con tan solo diez años, Robertick  rumiaba la muerte de sus padres una y otra vez; deseaba clavarle una espada en el corazón al odiado emperador en ese mismo instante, pero sabía mejor que nadie, y de forma dolorosa, que no era capaz de hacerlo.

Atrapado en una impotencia sin salida, se hundió en el sufrimiento y descargó su rabia contra la inocente Mariette.

—Incluso si sigo vivo… no puedo vengar a mis padres…

Aquel odio que ardía como el fuego se extinguió bajo el peso de la desesperación. Robertick, agotado de tanto llorar, se desplomó y hundió el rostro entre sus manos. Sentía como si el mismo infierno estirara sus garras para arrastrarlo hacia un abismo sin fin.

—… Si quieres llorar, llora. Y cuando te sientas mejor, comamos algo.

Echando la vista atrás, él no era más que un mocoso malagradecido que armaba escándalos sin valorar que le habían salvado la vida. Sin embargo, Mariette, que también era solo una niña, jamás se enojó con él; simplemente lo acogió.

Un toque que, a diferencia de su expresión indiferente, rebosaba calidez. Una voz tranquila que apaciguaba su corazón atormentado.

A su lado, Robertick  pudo olvidar por primera vez la cruenta realidad y, poco a poco, conciliar el sueño.

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El único hijo del Gran Duque Haylian, ejecutado tras ser inculpado de un crimen injusto.

Aquel joven Gran Duque, a quien todos solían recibir con honores, se había convertido de pronto en un ser “maldito” al que nadie se atrevía siquiera a rozar. Sin embargo, el Duque Basteban y su hija eran diferentes.

Sus salvadores.

No era una exageración llamarlos así; eran sus benefactores en toda la extensión de la palabra. Los años pasaron y, como siempre, el alba despuntó una vez más.

—Robertick, ¿qué haces aquí solo? Todavía hace frío. Entremos juntos.

Robertick, que se había despertado temprano y estaba sentado en el jardín trasero perdido en sus pensamientos, se dio cuenta de pronto: Mariette siempre aparecía para tenderle la mano cada vez que él se sentía solo. Aunque a primera vista parecía fría e imperturbable como el hierro, en realidad era una joven con el corazón más noble de todos.

—… Sí.

Y también comprendió que, casi sin darse cuenta, se había enamorado de la chica que lo rescató de la desesperación que le carcomía el alma. Era un destino inevitable.

—Gracias, Mariette.

Robertick  tomó con delicadeza la pequeña mano que ella le ofrecía y sonrió con sinceridad. Por primera vez desde aquel invierno lleno de desolación, su corazón latía con fuerza, libre de toda angustia. Era un júbilo intenso que sacudía todo su ser.

«Si te quedas a mi lado, si el Duque Basteban continúa protegiéndome… tal vez pueda vivir olvidando este odio.»

Con ese pensamiento, Robertick  la siguió de cerca, como una sombra.

—Lady Mariette.

Sin embargo, la alegría fue efímera.

—Tengo algo importante que decirle —intervino una voz.

—Ah, ¿sí? Robertick, tengo cosas que hacer con Meinhard. No me esperes, ve a desayunar tú primero.

Fue en ese instante cuando Robertick  lo comprendió: para Mariette, él no era más que un pobre niño al que debía cuidar. La persona con la que ella compartía sus pensamientos más íntimos y sus asuntos privados no era él, sino Meinhard Ciel Astrape.

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Meinhard Ciel Astrape.

Su verdadero nombre era Meinhard Ciel Candel.

Era el único pariente vivo de la Gran Elementalista de los Espíritus del Rayo, Judith Sephemia Candel, quien fuera la compañera de armas de los padres de Mariette: Siorn Arcaitz Basteban y Atara Hakadella.

Aunque su familia había cometido un gran pecado y fue condenada a la eliminación de sus registros —quedando en una posición inferior a la de un plebeyo—, era natural que Mariette sintiera más afecto por Meinhard que por él. Después de todo, era el hijo de la amiga con la que sus padres habían compartido la vida y la muerte en el campo de batalla.

—… No.

En el momento en que ese pensamiento cruzó su mente, Robertick  susurró con desolación, con una expresión que parecía a punto de romperse en llanto.

Se dio cuenta por primera vez de que el lugar donde estaba parado era sumamente inestable.

Meinhard nunca se apartaba del lado de Mariette. De hecho, se conocían desde hacía mucho más tiempo que él, y la atmósfera de intimidad que fluía entre ellos era evidente a simple vista. Además, a pesar de la caída de su casa por aquel gran pecado, el linaje de Meinhard era tan noble como el de Robertick.

Era obvio que el Duque Basteban también se preocuparía más por Meinhard, la sangre de su antigua compañera. Y Mariette… ella confiaba y dependía más de Meinhard…

—… Entonces, ¿y yo…?

«Entonces, ¿qué significado tengo yo para ellos?»

Robertick  murmuró para sí, mirando fijamente el espacio vacío que Mariette había dejado. ¿Acaso no era más que un pobre huérfano al que trajeron por pura lástima? 

«Yo los amo tanto, pero para ustedes, yo solo soy…»

—… Ugh.

Robertick  se cubrió la boca con manos temblorosas. Sintió una náusea repentina. Intentó contenerse, pero al final no pudo soportar el asco y corrió a vomitar todo lo que había comido ese día.

Lo hacía desesperadamente, como si deseara que su ansiedad y sus miedos también se fueran por el desagüe, mezclados con los desperdicios.

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Así fue como la ansiedad echó raíces.

Cada momento que Robertick  pasaba en la mansión de los Basteban, lo vivía consciente de la presencia de Meinhard; lo envidiaba y, a solas, lloraba víctima de un miedo sin forma. Justo cuando pensó que finalmente había sido salvado y que había escapado del infierno, descubrió que el lugar al que había llegado era simplemente otro tipo de averno.

—Robertick, desde el momento en que te traje conmigo, he reflexionado mucho sobre tu futuro.

Sin embargo, el fin de su agonía llegó de forma inesperada.

—Lamentablemente, no puedo darte una respuesta respecto al Ducado de Haylian. Pero, en su lugar, deseo asegurar tu posición mediante un compromiso con mi hija, Mariette. ¿Qué piensas al respecto?

Al cumplir los catorce años, el Duque Basteban eligió a Robertick, y no a Meinhard, como el prometido de Mariette.

En el instante en que el Duque propuso el matrimonio, lo primero que hizo Robertick  fue mirar a Meinhard. Él mantenía la misma expresión de siempre: una calma que resultaba casi insultante.

Pero ahora, Meinhard no era más que alguien desechado. Estaba condenado a una vida miserable, oculto en las sombras y cargando para siempre con los pecados de su linaje.

—Jamás olvidaré la gracia que me ha concedido, señor.

Sin dudarlo ni un segundo, Robertick  aceptó el compromiso con Mariette.

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El día de su compromiso con Mariette, Robertick  se sintió envuelto en una felicidad y una euforia absolutas.

Al final, su ansiedad no había sido más que una ilusión alimentada por el miedo. Meinhard no podía amenazar su lugar. El Duque Basteban y Mariette lo valoraban más a él, lo amaban más a él.

Con esto, toda la inseguridad que lo había atormentado se desvaneció por completo.

—Meinhard, ¿de verdad estás bien con no ir a Literra? —preguntó Mariette.

—Lady Mariette, usted conoce bien mi situación. Jamás me he atrevido siquiera a albergar el deseo de poner un pie en el Santuario de la Sabiduría.

—Otra vez con eso… No es un pecado que hayas cometido tú, ¿hasta cuándo piensas vivir oculto?

Así transcurría la noche, hasta que Robertick  escuchó la conversación que se filtraba desde la habitación de Mariette.



TRADUCCIÓN: VALK
CORRECCIÓN: VALK
REVISIÓN: WOLF
RAW HUNTER: ACOSB


¿Aquí no ibas?


¿Te has cansado?


¿Uno más?

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