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Capítulo 61

Apenas podía mover los labios mientras susurraba su nombre.

HHGH… HUAHH…   

Al final, no pude contener la emoción que me desbordaba y rompí en llanto.

[—Espera… solo un momento…]

Oried, visiblemente incómodo algo poco común en él, levantó con cuidado el brazo que no me abrazaba y comenzó a darme suaves palmadas en la espalda.

Pero cuanto más torpe era su gesto de consuelo, más crecía mi resentimiento.

—¿Qué te pasa…? Ya estaba aterrada… Y encima vienes a atacarme…

[—Lo siento. No tenía otra forma de encontrarte.]

Mientras me limpiaba las lágrimas, Oried respondió en voz baja a mis palabras entrecortadas.

«Claro… él también debió haberse asustado cuando desaparecí de repente. Decían que el poder de Yuhirian era superior al de Oried, así que para atravesar la barrera de Arcane y dar conmigo… no debía haber tenido otra opción.»

Aunque entendía sus circunstancias…

¡PAF!

Lo fulminé con la mirada, llena de rencor, y le golpeé el pecho con todas mis fuerzas.

El resentimiento que sentía hacia él, quien me había hecho sufrir más que incluso Arcane, no dejaba de crecer.

Por más que su personalidad hubiera cambiado, no podía olvidar aquella mirada con la que, sonriendo como si nada, había intentado matarme.

¡UGH…!

—Me duele…

Pero fue mi cuerpo el que se quejó, soltando un gemido inútil. Su torso era duro como una roca, y el dolor lo sentí yo, no él.

«¿Qué es esto? En vez de aliviar el rencor… solo se está acumulando más.»

[—Edith…]

Oried me observó, desconcertado, mientras yo lo fulminaba con la mirada, apretando mi mano enrojecida. Me llamó por mi nombre, pero al final, incapaz de decir nada más, cerró la boca.

—Está bien. Lo que pasó hoy… lo voy a recordar por mucho tiempo. 

«Sí, basta ya. Lo urgente ahora es otra cosa.»

—¡Mainhardt! ¿Estás bien? —aún en brazos de Oried, giré la cabeza para mirar a Mainhardt.

—Estoy bien…

—¡Mentira! ¡Estás sangrando por todas partes!

Mainhardt respondió con calma, a pesar de tener el cuerpo cubierto de heridas profundas. Me quedé sin aliento al verlo así, y me impulsé desde los brazos de Oried para acercarme a él.

La situación había sido tan caótica que no había podido fijarme antes, pero era un milagro que no hubiera muerto por la pérdida de sangre.

—Espérame un momento.

Como cuando había suprimido la personalidad de Yuhirian para llamar a Oried, puse la mano sobre la frente de Mainhardt, cerrando los ojos, y comencé a utilizar, con suavidad, el poder de la vida que aún quedaba dentro de mí.

Lo único que deseaba era su recuperación total.

—…Señorita Edith.

Soplé sobre él el poder que restauraba los canales vitales.

Justo cuando empecé a sentir un ligero mareo en la cabeza…

—Ya estoy bien. Puede retirar la mano. —Mainhardt habló con voz tranquila.

Abrí los ojos y examiné su estado.

Todas las heridas habían sanado por completo, sin dejar ni una sola marca. Solo el borde de su ropa, teñido de rojo oscuro, quedaba como único testigo de lo ocurrido.

Por primera vez, había logrado usar el poder de la vida para sanar a otro sin invocar a Ilipa.

Sin embargo…

Justo cuando confirmé con cuidado que todas las heridas de Mainhardt habían sanado y solté un suspiro de alivio, una oleada de vértigo me envolvió, haciendo que el mundo girara ante mis ojos.

—Me siento… mareada…

Sin fuerzas, me dejé caer en los brazos de Oried.

[—Hoy has logrado mantener una invocación constante por primera vez, y además canalizaste un poder inmenso. Es natural que estés agotada. No hagas nada más… y descansa.]

Oried habló en voz baja y me acomodó entre sus brazos para que pudiera descansar con mayor comodidad, y recordé el consejo que Ilipa me había dado tiempo atrás. A pesar de poder mantener el estado de invocación constante, aún era joven, y debía usar el poder con moderación.

[—Así que tú… me resultabas familiar. ¿Eres descendiente de Candel?]

—Mis más cordiales saludos al Rey Espiritu de la tierra. Sí, soy de la sangre de Candel, aunque hace mucho que renuncié a ese apellido.

[—Ya veo. Tuviste tus razones. Entonces… eres de la línea de Judith.]

—Es mi tía abuela.

Mientras descansaba en los brazos de Oried, escuché la conversación entre él y Mainhardt fluir con serenidad.

Judith…

Por supuesto. Oried también conocía a Judith Sephemia Candel.

{—No te aferres a un corazón insignificante como el mío. Vive tu vida. Sé libre. No te sacrifiques, ni siquiera bajo el pretexto de hacerlo por algo más grande. Ya que al final de un sacrificio… no queda nada.}

Recordé que aquel castillo, que alguna vez fue símbolo de esplendor, se derrumbaba lentamente, cubierto por un resplandor dorado que se desvanecía con el paso del tiempo.

Frente a la luz del atardecer que caía como una cortina, vi con claridad la figura de aquella mujer, deshaciéndose en cenizas. Esa imagen quedó grabada en mi memoria.

«Quizá por mucho, mucho tiempo… no podré olvidar esa escena.»

[—El alboroto venía de abajo, Edith. Las criaturas de Arcane que reviviste han vuelto a descontrolarse.]

—Ah, eso…

Contuve el gemido que se me escapaba y, con esfuerzo, levanté la cabeza para mirar la tierra que se extendía más abajo.

Solo había una oportunidad.

Para comprobar si podía usar correctamente el poder de la vida, primero había revivido a las criaturas de Arcane que Yuhirian había masacrado sin piedad.

Fruncí el ceño al observar aquella oscuridad repulsiva, agitada como un enjambre de parásitos.

[—Cierra los ojos… o mira hacia otro lado. No será una escena agradable de presenciar.]

«Ya había presenciado en tiempo real cómo, dominado por la personalidad de Yuhirian, desatabas una masacre sin control… así que, a estas alturas, ¿de qué serviría tu consideración?»

—Déjame cargarla yo.

[—Hazlo.]

Aunque era su primer encuentro —y había ocurrido ese mismo día— Oried y Mainhardt conversaban con una naturalidad sorprendente, como si se conocieran de toda la vida. Con esa misma confianza, me entregaron de uno al otro sin titubeos.

En el momento en que Mainhardt volvió a sostenerme entre sus brazos, un fuerte olor a sangre me golpeó la nariz.

«Aunque lo había sanado con el poder de la vida… ¿Cuán graves debieron ser sus heridas para que el olor persistiera así? Si Mainhardt no me hubiera protegido y ganado tiempo, jamás habría logrado mantener la invocación constante… y sin duda habría muerto.»

Con el corazón encogido, lo miré fijamente al rostro.

KIIING…

Un estruendo agudo, como el desgarrón del aire, sacudió el cielo y la tierra varias veces con una vibración escalofriante. Oried parecía estar aplastando a las criaturas de Arcane con una fuerza brutal, eliminándolas sin piedad.

[—Todo está resuelto. Ya pueden bajar.]

Oried habló mientras su túnica verde oscuro ondeaba al viento.

En ese instante, abrumada por la majestuosidad de su poder, me descubrí jadeando sin darme cuenta.

—Sí.

Oried y Mainhardt descendieron al suelo al mismo tiempo. Sin embargo, al volver la vista hacia la vasta llanura, me sumí en un silencio denso.

«¿De verdad… lo limpió todo?»

Por donde alcanzaba mi mirada, se alzaban montones de cadáveres grotescos, atrapados entre lo que alguna vez fue espíritu y monstruo.

[—Asquerosas criaturas. Si Phoenix estuviera aquí, las habría reducido a un puñado de cenizas.]

Parecía claro que todo esto provenía de un odio profundo que Oried sentía hacia Arcane, algo que le nacía desde lo más hondo de los huesos.

Tal vez incluso sepultar a esas criaturas bajo tierra le resultaba intolerable… como si al hacerlo las hiciera entrar en su propio dominio.

[—Ahora que lo pienso… tú, ¿has recibido la bendición de Astrape?]

La furia seguía brillando en sus ojos dorados cuando, de pronto, Oried se giró hacia Mainhardt. Su expresión cambió, como si algo importante acabara de venirle a la cabeza.

—Sí. Así es.

[—Perfecto. Con el poder del trueno, deberías poder incinerar sus cadáveres. ¿Puedes encargarte de eso ahora mismo?]

—No sería difícil… aunque…

Me desconecté de la conversación entre Oried y Mainhardt y me sumí en mis propios pensamientos.

«La situación, por ahora, parecía haberse calmado. Pero… durante todo este tiempo, no había pensado en esto.»

—Oye… Mainhardt. —Cuando me atreví a sacar el tema con cautela, Mainhardt, que estaba mirando a Oried, bajó la cabeza y me respondió con la mirada fija en mí.

—Dígame.

—¿Cómo… vamos a volver?

La presencia de Arcane, responsable de habernos enviado a esta línea temporal, ya no se sentía en ningún lugar.

—Eso…

Un silencio se extendió entre Mainhardt y Oried, como si recién ahora recordaran ese detalle. Ambos parecían estar luchando por encontrar una solución a la situación.

«Oh, no…»

Pensé, invadida por una sensación de derrota.

«Claro. No había ninguna razón para que Arcane nos devolviera amablemente al tiempo del que veníamos. ¿Qué se supone que debemos hacer ahora? ¿Será que… tenemos que vivir aquí? ¿Así, tal cual? ¡No puede ser!»

[—Vaya…]

Fue justo en ese instante cuando el corazón se me desplomó.

[—Vaya, han dejado esto hecho un desastre.]

Una voz suave y hermosa, tan ambigua que era imposible adivinar su género, resonó en el aire.

«¿Acaso… nos había descubierto alguien del pasado?»

Giré la cabeza bruscamente hacia la dirección de donde provenía aquella voz desconocida.

—Ah…

Y entonces…

Me quedé sin aliento al encontrarme frente a una figura tan irrealmente hermosa que parecía la encarnación misma de la luz.

En medio del cráter gigantesco, como si una estrella hubiera caído del cielo, apareció aquel ser extraño… y entre todo lo que observaba, su mirada se posaba tranquilamente en mí.

Su cabello, de un dorado tan intenso que rozaba el blanco, caía hasta sus pies y se agitaba suavemente con la brisa.

Vestía ropas que combinaban el oro y el blanco, envolviéndolo en una atmósfera sagrada. A pesar de estar de pie en medio de un espacio saturado por los restos de la oscuridad, no había ni una sola mancha sobre él: permanecía puro.

Paso a paso, cuanto más se acercaba aquella figura de belleza perfecta e inmaculada, más sentía cómo mi corazón se estremecía lentamente con el impacto.

Sus ojos, de forma suave y ligeramente caída, le daban una expresión cálida y serena. Bajo el velo de platino que caía en capas finas sobre su rostro, sus pupilas brillaban con una luz radiante… teñidas de un rojo intenso.

—Robertick… —murmuré su nombre, perdida en la confusión.

Un color escalofriantemente similar. Ese color evocaba de inmediato a alguien que no quería recordar.

¿Y acaso era solo eso?

La atmósfera que lo rodeaba estaba impregnada de una pureza sagrada y serena. Ese rostro, tan hermoso como solitario, me observaba.

Todo en él evocaba a Robertick de forma inquietante.

[—¿Tú eres… Ignis?]

Oried pronunció el nombre con una voz que dejaba notar su sorpresa.

«…¿Ignis?»

—No puede ser…

«Si se trataba de Ignis… ¡entonces era el Rey Espíritu de la Luz, el enemigo absoluto de Arcane y el espíritu principal de Robertick!»



TRADUCCIÓN: MIKUMKZU
CORRECCIÓN: MIKUMKZU
REVISIÓN: MIKUMKZU
RAW HUNTER: ACOSB


¿Aquí no ibas?


¿Te has cansado?


¿Uno más?

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