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Capítulo 30

«Por el testamento de la Emperatriz, no puedo arrebatarle la vida. Pero aun así… Era el hijo que había devorado a la mujer que amaba.»

Un mutante nacido con la bendición del hielo en una familia imperial marcada por el fuego.

Y más que nada, un ser nacido con el atributo de oscuridad… una señal repugnante, como el presagio de la calamidad que se avecinaba sobre Roshan.

Con el corazón lleno de odio y resentimiento, incluso en ese momento, el Emperador miró los ojos vacíos de su hijo, sin un solo punto de enfoque en sus pupilas, y pensó por última vez:

«Jamás podré reconocerlo como un hijo.»

Pero tampoco podía matar a alguien que llevaba la sangre de Elijah. Así que debía vivir… como si estuviera muerto, con el aliento apenas sostenido.

Eso era lo último que él podía ofrecerle como muestra de compasión.

El Emperador cerró la puerta con firmeza.

Y así, cuando apenas tenía cuatro años, Esimed fue confinado en un palacio helado, completamente solo.

Cada instante fue cruel, sin un solo rastro de calor.

No se le permitió dar ni un solo paso fuera de los muros del castillo.

Tras enterrar el nombre y la existencia de Esimed bajo la muerte y el confinamiento, el palacio imperial disfrutó de unos años de paz.

Incluso cuando se descubrió que el Segundo Príncipe, Hendel Heine Ruairi, no había recibido ninguna bendición y no era más que un humano ordinario, el Emperador lo consideró una suerte.

No le importaba engañar al pueblo del imperio, ni al mundo entero.

Había decidido entregar el trono a su primogénito, Valerian, a quien amaba profundamente.

¿Y qué importaba que el hijo de la consorte imperial fuera un ser común y sin poder?

Incluso si Hendel Heine Ruairi hubiera nacido con una gran autoridad elemental, el Emperador jamás habría considerado cederle el trono a un hijo que no fuera de Elijah.

Así, poco a poco, dejó de pensar en el hijo que había confinado.

Pero había una verdad que el Emperador había pasado por alto.

Esimed era un ser que la decadente familia imperial Ruairi no podría soportar.

«Lo mataré.»

Porque había nacido como un invocador espiritual bendecido por el favor de Frost, el Rey Espíritu del Hielo, y poseía un poder abrumador.

* * *

Esimed era un niño desconectado.

No lograba mezclarse con el mundo, y su universo siempre permanecía a un paso de distancia de todo lo demás.

Pero las palabras crueles del Emperador y el inicio de su confinamiento comenzaron a romper el muro gris y sólido que rodeaba el mundo de Esimed.

—Esimed, esto está mal.

Los invocadores elementales recibían una influencia poderosa del espíritu que los había bendecido.

Y esa influencia era aún más intensa cuando se trataba de espíritus del plano mental.

Aquellos bendecidos por espíritus mentales positivos nacían con una naturaleza amable y un corazón bondadoso, bien recibidos por todos. Pero los espíritus mentales negativos provocaban el efecto contrario.

—Aunque sea el emperador, no tiene derecho a encerrarte así.

[Esto está mal. Debes odiar al Emperador… y a los Príncipes que disfrutan sin remordimientos de todo lo que tú debiste haber tenido.]

El espíritu del odio, Tregard, susurraba sin cesar al oído de Esimed. Él fue quien hizo germinar la semilla de odio que Esimed llevaba dentro.

Esimed comenzó a aceptar el mundo a través del odio que sentía hacia el Emperador.

Aquel niño vacío apenas entonces logró experimentar reacciones emocionales cercanas a lo normal, y desarrollar pensamientos más definidos.

Pero como su fuente no era el amor, sino el odio, aquello no era más que una imitación de los sentimientos humanos.

{—P-po… por favor, sálvenme… por favor…}

{—¿¡No puedes detenerte!?}

Lo primero que hizo Esimed al escapar del palacio abandonado fue intentar asesinar a sus propios hermanos.

¡CHAS!

{—Eres peor que una bestia… Una maldita escoria…}

La paz se rompió.

El Emperador comenzó a odiar aún más a Esimed y reforzó su confinamiento. Pero Esimed no dejó de intentar escapar del palacio abandonado.

Y a medida que esos intentos se acumulaban, la mano del Emperador hacia él comenzó a teñirse de una crueldad cada vez más profunda.

—Duele como si fuera a morir.

Cada día. O al menos tres o cuatro veces por semana.

Después de recibir los golpes del Emperador, el cuerpo de Esimed dolía como si fuera a desgarrarse.

Si no hubiera nacido con una capacidad de regeneración aterradora, aquellas heridas ya lo habrían matado.

Pero Esimed no dejaba de intentar escapar del palacio en ruinas.

No podía detenerse.

Por primera vez en su vida, había sentido algo que sacudía con fuerza su corazón: una emoción. Y no podía soltar tan fácilmente ese estímulo tan intenso.

La única fuente emocional que Esimed conocía era el odio.

Por eso, odiaba todo lo que existía en el mundo.

Y entre todos, el ser que más odiaba era el Emperador que lo mantenía encerrado.

Después de él, el siguiente objeto de su odio era…

{—Oswald. Aun así, sigue siendo tu hijo. No seas tan cruel.}

El hombre que había contribuido a elevar al Emperador al trono: el Gran Duque Robertick Arne Haylian.

A pesar de que Esimed era su hijo legítimo, el Emperador jamás lo reconocía como tal, y lo despreciaba abiertamente. Y Haylian, su más fiel amigo y aliado, lo aceptaba sin cuestionarlo.

Era uno de los pocos que conocían la existencia de Esimed, y había estado presente en varias ocasiones cuando el Emperador lo castigaba.

Cada vez era lo mismo: una muestra patética de compasión y conciencia, que no bastaba para proteger realmente a Esimed, pero tampoco lo dejaba completamente solo.

Esa forma tibia de reprender al Emperador… le resultaba profundamente repugnante a Esimed.

{—¿Hasta cuándo vamos a tener que seguir con esto…? ¿Quién será ese mocoso que está encerrado aquí?}

{—¡Shh! ¿No lo sabías? A una sirvienta que intentó averiguar quién era ese niño… le cortaron la lengua y las manos antes de echarla.}

{—Ya. ¿Y de qué serviría saberlo, de todos modos?}

Fue por pura casualidad que Esimed escuchó esa conversación. La tuvo una de las sirvientas que, con el mínimo trato posible, le traía comida y artículos de primera necesidad.

{—Por cierto, ¿te enteraste? ¡Dicen que el Gran Duque Haylian tiene una hija ilegítima!}

«¿Una hija… del Gran Duque Haylian?»

Tumbado sin fuerzas, Esimed apartó el brazo con el que se cubría los ojos, y agudizó el oído para seguir escuchando lo que decían afuera.

{—Ah… dicen que es hija de la señorita del Duque de Basteban, la que fue desterrada. Nunca pensé que el Gran Duque fuera así… ¿Tan libertino? Tener una hija con la prometida que él mismo abandonó…}

{—Y por lo visto, está completamente loco por ella. Dicen que dejó de lado hasta a su hijastra, a la que tanto adoraba, y ahora no hace más que cuidar a esa hija todo el día.}

{—Por eso mismo, Su Majestad debe de estar curioso por ver con sus propios ojos qué tan hermosa es esa niña. Dicen que la mandó llamar… ¿Mañana? ¿Pasado?}

{—Escuché que viene mañana. El palacio imperial está alborotado.}

Las voces de las sirvientas se fueron alejando. Esimed se incorporó lentamente.

«Decían que el Gran Duque Haylian tenía una hija legítima, y que la amaba con locura. Si acaso… Solo si acaso… Si el Gran Duque llegara a odiar, sin razón alguna, a esa hija que tanto adoraba… ¿Cuánto placer me causaría?»

Esimed sonrió, embargado por una dicha oscura.

El espíritu del odio, Tregard, que lo había bendecido, poseía varios dones útiles.

Uno de ellos era la capacidad de maldecir a quien pronunciara su nombre, haciendo que fuera odiado por todos los seres del mundo.

«¿Qué tan fascinante sería si la hija legítima del Gran Duque Haylian muriera en soledad, rechazada por todos los humanos, incluido el padre que tanto la amaba? Y si, solo después de su muerte, el Gran Duque lograra liberarse de la maldición… ¿En qué clase de horror se hundiría entonces?»

Era una oportunidad perfecta para aliviar el aburrimiento.

El día en que la hija del Gran Duque Haylian llegó al palacio imperial, Esimed provocó un colapso mental en la sirvienta que le traía la comida, usando el poder del espíritu del miedo, Wheelkassel, y escapó del palacio.

Y como siempre lo hacía, sin invocar a Frost, creó una enorme muralla de hielo y atacó el palacio del Príncipe Heredero.

{—Niad…  ¿Por qué está Frost…?}

Y entonces, Esimed la encontró.

La hija de Robertick Arne Haylian.

Con el corazón rebosante de entusiasmo, Esimed se acercó a la pequeña niña por la espalda.

Por haber usado el poder del hielo, un frío cortante envolvía el cuerpo de Esimed, y la pequeña niña, al percibir aquel aire antinatural, se giró con urgencia.

Esimed extendió la mano hacia el cuello de la niña. Su delgado cuello fue atrapado con una facilidad inquietante.

Los ojos rojos, idénticos a los del gran duque Haylian, temblaban levemente mientras captaban la figura de Esimed.

El cabello lavanda que flotaba frente a su rostro le recordaba a una flor sin nombre que había visto brevemente en su infancia.

Esimed se quedó observando a la niña en silencio.

{—¿Quién…?}

La niña preguntó con una voz aturdida.

Esimed no pudo contenerse más. Sonrió.

{—Tú…}

El muchacho sintió el pulso vivo latiendo en su palma, y susurró con calma: 

{—Eres… la hija de Haylian, ¿verdad?}

* * *

Al amenazar con las vidas del príncipe heredero y los demás humanos, aquella niña ingenua gritó su propio nombre sin pensarlo.

Un error que ningún invocador con conocimiento sobre Tregard habría cometido jamás.

{—Muéstrame la residencia del Gran Duque Haylian.}

Esimed invocó el poder de Tregard y salió al exterior como una forma espiritual.

El odio es una emoción que existe en todos los rincones del mundo.

Por eso, no había lugar al que Esimed, bendecido por Tregard, no pudiera llegar en forma espiritual.

El único defecto de ese poder era que, cada vez que lo usaba, drenaba su energía hasta dejarlo al borde de la muerte. Por eso, no podía abusar de él.

{—¡¿Robertick, qué está pasando?! ¿Por qué siguen ocurriendo estos incidentes en el palacio imperial? ¡No es la primera vez, ya van varias!}

{—Lo siento. Tendría que haber cuidado mejor de Alea. No volverá a pasar. Su Majestad tomará una decisión pronto.}

 Una voz familiar resonó. Era el Gran Duque Haylian.

Esimed observó con atención, por primera vez, el interior de la residencia del Gran Duque.

Edith Ronen Haylian.

La niña estaba de pie, en silencio, junto a Robertick Arne Haylian.

Pero al mirar a su alrededor, Esimed sintió una extraña inquietud. Se suponía que Edith era la hija legítima que el Gran Duque amaba profundamente.

Sin embargo, toda la atención estaba puesta en otra niña, una pequeña que la Gran Duquesa sostenía en brazos. Nadie parecía preocuparse por Edith.

Esimed contempló aquella escena, desconcertado.

Pero Edith, como si estuviera acostumbrada a ese tipo de reacción, se alejó en silencio de la familia del Gran Duque y subió los escalones.

{—Tengo algo que preguntarle a la señorita Edith Haylian.}

En ese momento, un hombre de cabello verde interrumpió de golpe.

{—Peri…}

{—Hoy.}

Robertick Arne Haylian intentó intervenir, pero el hombre fue más rápido.

{—Hoy, la señorita Alea Haylian se reunió con Su Alteza el Príncipe Heredero y el Segundo Príncipe. Tengo entendido que usted también estuvo presente.}

Edith dudó un momento antes de responder.

{—Sí.}

{—Pero luego, desapareció repentinamente de la reunión.}

Justo cuando la atmósfera empezaba a tornarse extraña…

{—Perion, ¿qué estás intentando decir…?}

{—Y justo en el momento en que la señorita Edith se ausentó… una enorme muralla de hielo, de origen desconocido, atacó el lugar donde se encontraba la señorita Alea.}

Ante el giro inesperado de los acontecimientos, Esimed quedó sumido en la confusión.



TRADUCCIÓN: MIKUMKZUU.
CORRECCIÓN: MIKUMKZUU.
REVISIÓN: MIKUMKZUU.
RAW HUNTER: ACOSB


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