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Capítulo 3

—…

Me quedé sin palabras. 

—Lo que le pasó a tu madre fue culpa suya. No quiero ni pensar más en ello. Por favor, dejemos de hablar de esto, no sirve de nada…

La respuesta que acababa de dar estaba desprovista de toda mentira, conteniendo solo su pura sinceridad.  

—Váyase.

—…¿Edith?

El rostro de Robertick se tiñó de confusión.

—Váyase, le digo. Y no vuelva a buscarme.

Una voz tan fría que me sorprendió, salió de mi boca.

—¡Espera un momento, Edith!

Robertick gritó con urgencia y extendió la mano.

—¿Por qué me detiene? Soy la hija de mi madre. La persona a la que usted odia.

En ese instante, la mano de Robertick se detuvo de golpe, como si hubiera chocado contra una pared invisible, y ya no pudo avanzar más.

—¿¡Qué estás diciendo!? ¡Tú eres mi hija!

De repente, un grito ensordecedor brotó de Robertick. 

Levanté ambas manos para cubrirme los oídos.

—Ah, Edith…

Robertick se tapó la boca, visiblemente avergonzado. 

—Lo siento. Por asustarte…

Lo observé, inquieta, y pensé.

«Robertick siente culpa hacia mí.»

Hacia mí, a quien ni siquiera supo que existía, y a quien, desde su punto de vista, dejó abandonada en un ambiente deplorable. 

Por eso quiere compensarme tanto como sea posible.

Por su ignorancia y por el amor que no pudo darme por desconocimiento.

Pero, en esa culpa, Mariette no existía.

La frase de la obra original cruzó por mi mente.

 {—La joven Mariette se acercó primero a Robertick, que languidecía sin cesar, atormentado por el recuerdo de su padre siendo arrastrado frente a sus ojos. Aunque Robertick la rechazó sin siquiera responder, la pequeña niña extendió su mano una y otra vez, decenas de veces. Así pasaron dos estaciones, y un día, cuando el invierno regresaba, Robertick, por algún cambio inexplicable, no apartó la pequeña mano extendida, sino que la tomó. Una estación más pasó, y cuando brotaron los nuevos retoños de la primavera, Robertick pudo, por fin, recuperar su sonrisa parecida al sol. Mariette, al ver el rostro sonriente de Robertick, no mostró una reacción particular, pero en su corazón no podía estar más feliz. La niña, que quería sacar al muchacho que había perdido todo y se había encerrado en la prisión de su mente, le regaló su sinceridad, no otra cosa. Un corazón lleno de un afecto tierno que nadie más podría haber obtenido fácilmente.}

…El hecho de haberle notificado la ruptura a Mariette, quien le había sido tan devota, alegando amar a otra mujer. 

El hecho de haber calificado las acciones de Mariette, quien se retorcía de dolor por la amargura de la traición, simplemente como celos y crueldad. 

Incluso el hecho de haber descartado la mano que lo había salvado y haber terminado por llevar a la ruina a su benefactor y su familia.

El arrepentimiento por todo ese pasado no estaba incluido en la culpa que sentía por mí.

—Edith… Te lo ruego, ¿por qué me haces esto…?

Robertick se arrodilló, derramando lágrimas, y me miró.

Cuando lo vi por primera vez, parecía noble, como pétalos de cerezo flotando en el cielo azul, inmaculado para siempre.

Sin embargo, en realidad era una persona terriblemente egocéntrica.

Una hija biológica de cuya existencia no había sabido hasta ahora.

¿Será que debe ser así?

Una vez que se obsesiona con alguien que le causa una fuerte impresión, se aferra desesperadamente, derrama lágrimas fácilmente y recita su arrepentimiento, pero en su interior no hay una sincera empatía ni reflexión sobre el dolor del otro.

—Edith…

Por eso podía hablar de Mariette con tanta crueldad.

—¡No, Edith!

Aunque Mariette no era considerada mi madre perfecta al margen de la ficción, este hombre era alguien inaceptable como ser humano.

Ya no perdí más tiempo y cerré la puerta de golpe.

—Edi…

¡SLAM!

La puerta se cerró y hubo silencio.

Todo estaba en calma.

Pero me quedé quieta, pensando en Robertick, que debía de seguir ahí fuera.

«Sí, ya basta.»

Cerré los ojos y pensé.

«Con esto cortamos la relación, y podré seguir viviendo en paz, como hasta ahora.»

❀•°•═════ஓ๑♡๑ஓ═════•°•❀

DONG, DONG.

La campana sonó al dar la hora. Miré el reloj.

Era mediodía.

—…Tengo que comer algo.

Salí de la puerta.

Si Robertick tuviera sentido común, ya no seguiría apostado allí.

Oí unos pasos débiles.

—Su Excelencia.

Perion levantó la vista. Inmediatamente, sus cejas se movieron.

—…Perion.

¿Había vuelto en ese estado, otra vez, después de ir a ver a la hija de esa mujer?

Con un aire de haber sido abandonado por la persona que más ama en el mundo, con el rostro herido.

Perion apretó los labios con rabia.

Era un tonto.

Las personas que Robertick debía amar de verdad eran Shastia y Alea, quienes estaban en la Residencia del Gran Duque. 

Pero, ¿dónde tenía la cabeza?

Robertick se mordió el labio, sin saber lo que pasaba por la mente de su amigo.

Las palabras de una niña seguían resonando en sus oídos.

{—Váyase, le digo. Y no vuelva a buscarme.}

Sentía que el corazón se le desgarraba.

—…¿Qué debo hacer?

Perion frunció el ceño al oír la voz de Robertick, que susurraba angustiado.

Sus ojos rojos y húmedos reflejaban el cielo despejado.

—¿Cómo puedo llevármela?

—…¿Qué ha dicho?

Perion arrugó el rostro.

—Su Excelencia. ¿De qué está hablando?

—…Ah. No te lo dije, ¿verdad?

Robertick bajó la cabeza, que había levantado hacia el cielo.

—Tengo la intención de llevar a Edith a la residencia del Gran Duque, Perion.

Una voz suave lo recitó, como si hablara de un hecho obvio.

Perion estaba muy sorprendido.

No podía creerlo, ni siquiera después de haber bajado a este remoto señorío.

Había esperado que no se dirigiera a ella con la intención de traer a la hija de esa mujer.

Si lo hacía, ¿cuál sería la opinión pública?

¿Y las heridas que recibirían Shastia y Alea, quienes por fin estaban viviendo felices, habiendo olvidado los recuerdos difíciles y dolorosos?

—¿Traerla?… ¿Realmente ha olvidado quién fue la madre biológica de esa niña?

Perion habló, incapaz de ocultar el temblor en su voz.

—Por favor, cambie de opinión ahora mismo. Si el pasado que descuidó le estaba causando culpa, ¿no podría simplemente pagar una pensión alimenticia?

En el momento en que dijo eso, una brisa fría pasó por el cuello de Perion.

Perion instintivamente contuvo la respiración.

—…

Los ojos rojos de Robertick, que antes brillaban con una luz clara y hermosa, miraban fijamente a Perion con un frío indescriptible.

El Rey espíritu del Viento.

Perion contuvo el aliento, incapaz de moverse, ante la hoja afilada creada por la atmósfera que sentía a su espalda.

—No digas tonterías, Perion.

Robertick habló con calma, con una rabia silenciosa.

—No importa quién sea la madre biológica. Lo más importante es que Edith es mi hija.

—…Mis palabras fueron inoportunas. Mis disculpas, Su Excelencia.

Perion se arrodilló inmediatamente en el suelo.

Robertick lo miró por un momento, y luego alzó la vista.

—¿Cómo debo expiar mi culpa para que me reconozca como padre?

Una voz impregnada de profunda tristeza, cuyo origen de la furia anterior era desconocido, brotó de sus labios.

—Debes de haber sufrido mucho. Seguramente se preguntaba una y otra vez por qué no tenía padres, y se entristecía. Y yo ni siquiera lo sabía…

Pero, Su Excelencia, ¿acaso no está su hija en la Residencia del Gran Duque?

Perion se obligó a reprimir las palabras que quería pronunciar.

—¿Qué he estado haciendo todo este tiempo…?

Ah, Perion se sintió invadido por una sensación espeluznante, como si su corazón hubiera caído en medio del océano.

El hermoso rostro de Robertick brillaba aún más, envuelto en melancolía. 

Sin embargo, las palabras que acababa de recitar contenían un presagio que Perion no querría oír ni en sueños.

La hija de Robertick era la adorable y angelical Alea.

¿No había criado Robertick a Alea como si fuera su propia hija durante los últimos años?

—Tal vez me consideres cruel. Pero, Perion —dijo Robertick , mirando a Perion—. Alea no es mi verdadera hija. Su padre es otro, como bien sabes, ese ser repugnante cuyo nombre ni siquiera quiero mencionar.

Perion no respondió.

Robertick, mirando a su subordinado silencioso, suspiró y murmuró.

—…Ya basta. ¿Qué cambiará si sigo lamentándome así?

Robertick dio media vuelta. El borde de su capa de color plateado grisáceo se agitó.

—Por el momento, tengo la intención de quedarme en este pueblo. Tenlo en cuenta.

Perion miró a Robertick, que se alejaba dejando solo esas palabras.

—¡…!

CRAC.

En el momento en que la figura de Robertick desapareció por completo, la boca de Perion se contorsionó sin control.

Robertick acababa de pronunciar palabras que negaban el tiempo que habían pasado juntos hasta ahora.

Hasta ese momento, Perion creía que Robertick también amaba de verdad a Alea.

Era lo natural. Alea, la hija de Shastia, era tan pura y encantadora que era imposible asociarla con lo horrible de su padre biológico. 

Era fundamentalmente diferente de “esa niña”, que seguramente habría heredado la naturaleza cruel y despiadada de Mariette Aydin Basteban.

Pero que Robertick, de todas las personas, tuviera esos pensamientos…

¿Hija biológica? 

¿Qué importa ese miserable lazo de sangre…?

Lo que es importante.

{—Perion… estoy muy asustada. Todos me odian. Parece que están desesperados por echarme. ¿Qué debo hacer…? ¿Qué hice mal, realmente?}

Recordó a la mujer que lloraba y se culpaba con tanta tristeza.

Perion se mordió los labios.

Había jurado protegerla.

Así que la protegería.

Se necesitaba una acción decisiva. 

Él debía intervenir para evitar que Robertick siguiera vacilando.



TRADUCCIÓN: LAI
CORRECCIÓN: LAI
REVISIÓN: WOLF
RAW HUNTER: ACOSB


¿Aquí no ibas?


¿Te has cansado?


¿Uno más?

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