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Capítulo 221

La luz del sol caía perezosa frente a la puerta principal.

El carruaje, con el emblema de Exion grabado, llevaba todo listo desde hacía rato.

Sin embargo, los verdaderos protagonistas del viaje, los grandes duques, no subían al carruaje.

O mejor dicho, no podían subir.

CHAP CHAP CHAP CHAP CHAP

—¡Kyaaa, este sabor! Valió la pena aguantar miles de años.

La bola de pelo negro, Mir, tenía la cabeza metida en un cuenco, lamiendo frenéticamente un enorme tubo de Churu hecho a medida por el chef.

Estaba casi en éxtasis.

—Come despacio, Mir.

Odelli recogía las envolturas vacías apiladas en el suelo y abrió otro Churu.

—Pero, ¿de verdad está bien que se coma todos estos? El médico dijo que los premios para gatos solo se deben dar una vez al día…

—¡Ese tipo es un charlatán, ama! ¡Y además ya te dije que no soy un gato!

—Lo sé, lo sé. Pero incluso siendo una bestia espiritual, ¿no es demasiado comer tanto?

—No importa cuánto se haya encogido mi cuerpo, mi estómago no es diferente de cuando tenía mi grandiosa forma anterior. Esto es… ¡Ah, se me cayó! ¡Qué desperdicio!

Mir se lamió hasta la última gota caída en el suelo mientras movía la cola.

Odelli encontró adorable a Mir y, sin darse cuenta, sonrió levemente y le acarició la cabeza.

«Si Mir no hubiera estado en aquella cueva en el pasado, ¿cómo habría resistido?» En el fondo de su corazón, deseaba darle no cien, sino mil Churus.

—…Noventa y ocho, noventa y nueve. Venga, ahora el último.

Odelli abrió con cuidado el último paquetito de Churu.

A sus pies, las envolturas vacías se apilaban como botín de guerra.

Llevaban horas así, debido a la terquedad de Odelli, que se negaba a partir hasta cumplir la promesa hecha en el pasado.

—¿Eres tonta, ama? El que acabas de exprimir es el noventa y ocho. Quedan dos más.

—¿Los estabas contando todos?

—¡Hum! El cerebro de este cuerpo es el de una bestia espiritual superior.

Cuando Odelli se rió, como admitiendo la derrota, y le rascó la barbilla, Mir erizó la cola y la sacudió con orgullo.

Y entonces, por fin, exprimió el Churu número noventa y nueve en el cuenco.

Mir movió la lengua frenéticamente y lo devoró en un instante.

—¡Ahora el último, el número cien!

Pero la pacífica hora de la merienda felina no duraría mucho.

—…

Porque una enorme sombra cayó sobre la espalda de Odelli.

Ni siquiera necesitaba volverse para saberlo.

—Ya casi está. Solo con que se coma este más…

—Con eso es suficiente.

Con una frase firme, el paquete de Churu fue arrebatado por la magia y salió volando por los aires.

—¡¡KYAAAK! ¡¡MI ÚLTIMO CHURU!!

Mir chilló y saltó hacia el Churu, pero la mano de Rudville fue más rápida.

Él tomó a Odelli por la cintura de un tirón y la empujó dentro del carruaje como si la estuviera secuestrando.

—¡Rudville! ¡Mir no ha terminado de comer!

Odelli protestó e intentó mirar por la ventana, pero Rudville la atrajo con fuerza contra su pecho, bloqueando completamente su vista.

Mientras Odelli se debatía en sus brazos firmes, él acercó sus labios a su oído y murmuró con voz lánguida:

—¿Cuánto tiempo más piensa hacerme esperar, esposa?

—…

Esta vez no era un gato, sino un perro.

Un enorme can empapado por la lluvia.

No se refería a la paciencia momentánea de esperar a que Mir terminara su premio.

Su tono rezumaba la soledad de haber cruzado miles de vidas en soledad y la sed de no querer perder ni un instante a la compañera que finalmente había recuperado.

Ante la cara tan lastimosa de su amado, Odelli no tenía cómo oponerse.

Finalmente, su corazón se derritió como nieve al sol.

Cuando Odelli, al fin, suspiró y relajó su cuerpo como rindiéndose, él sin demora cerró firmemente la puerta del carruaje, creando un espacio aislado solo para ellos dos.

—Partan. Si ese maldito gato intenta seguirnos, pateenlo sin piedad.

—¡¡E-eh, desalmado lagarto inmundo! ¡¡Devuélveme mi Churu número cien!!

Mientras el grito desgarrador de Mir se alejaba, el carruaje comenzó a alejarse sin vacilar, rumbo fuera del Imperio.

Solo entonces Rudville recostó la cabeza sobre el regazo de Odelli y llevó la mano de ella a su propia mejilla.

—Ahora por fin hay algo de tranquilidad.

Sus ojos violetas se estrecharon, impregnados de triunfo.

Odelli se rio, exasperada, pero a la vez acarició con cariño su cabello rubio, ahora corto.

—Infantil, de verdad.

«Pelear en serio por algo con un simple gato obsesionado con los premios…»

A pesar del reproche de Odelli, Rudville resopló y atrajo su mano hacia él.

—No hay necesidad de cumplir promesas hechas a una simple bestia.

—Mir también pasó muchas penurias. Tú lo sabes, Lu…

—Bueno, en mi memoria, ese tipo era solo una bola de pelo codiciando tu regazo.

Rudville frunció el ceño por un momento, como si le disgustara.

Luego, acercó las puntas de los dedos de Odelli a su nariz, olfateó y refunfuñó en voz baja:

—Huele intensamente a premios para gatos. Podrías haber dejado eso a los sirvientes.

Llevó los dedos de Odelli a su boca y comenzó a mordisquearlos.

Era un gesto persistente, como si quisiera cubrir su propio olor y borrar el rastro del gato.

«Los dragones no son de la familia de los cánidos…»

«Esto no es ni siquiera rechinar los dientes.»

Odelli dejó escapar una risa ahogada y acarició su suave cabello rubio.

El carruaje traqueteó, dejando atrás las espléndidas murallas de la capital.

Por la ventana, el paisaje del Imperio pasaba rápidamente, pero la mirada de Rudville no se dirigió afuera ni por un instante.

Su mundo era solo la mujer en su regazo.

* * *

El viaje de luna de miel de ambos era un vagabundeo sin rumbo fijo, un largo periplo para compensar decenas de miles de años.

En la costa sur, donde la luz del sol se quebraba, Rudville caminó sobre el mar sosteniendo con preciosismo a Odelli para que ni un grano de arena tocara el empeine de su pie.

Pero Odelli ya no era la delicada convaleciente que se quedaba sin aliento tras caminar un poco.

Ella, más bien, tomaba de la mano a Rudville para subir a un templo en un acantilado empinado, o recorría bulliciosos mercados con festivales de linternas hasta tarde en la noche, riendo como una niña.

Al final del largo viaje, el lugar donde echaron el ancla era muy familiar.

La aislada finca rural de Delhail.

Una pequeña cabaña construida en un campo tranquilo, casi sin tránsito de personas, al pie de la montaña.

Aunque el ciclo de la regresión se había roto y la cabaña de la ilusión del pasado se había convertido en algo que “nunca ocurrió”, ellos dos construyeron una casa de campo en ese mismo lugar.

Allí, por fin, fueron completamente olvidados por el mundo.

Rudville cortaba leña personalmente y acarreaba agua con sus manos callosas, mientras Odelli cuidaba ocasionalmente el jardín y cocinaba platos sencillos.

Desde el Gran Ducado llegaban los informes empapados en lágrimas que Edwin enviaba, pero Rudville ni siquiera los revisaba, arrojándolos directamente al fuego de la chimenea.

Las llamas ardían con la misma intensidad que la angustia de Edwin, pero para Rudville solo eran buen combustible.

En uno de aquellos días pacíficos que se iban acumulando…

Odelli, que podaba unas pequeñas flores en el jardín, se detuvo de repente y se cubrió la boca con la mano.

Era una sensación desconocida que llegó junto a un mareo repentino, como si le revolviera las entrañas.

—¡Odelli!

Rudville, que partía leña cerca, no pasó por alto ese titubeo momentáneo.

¡CHANGGGRANG!

El hacha pesada cayó al suelo.

Rudville corrió hacia ella en un instante y agarró sus hombros.

—¿El corazón? ¿Te duele el corazón? ¿O es un reflujo de magia? ¿Al final el corazón del dragón es veneno para ti…?

Todo su cuerpo temblaba visiblemente.

Temía que detrás de la mano que cubría su boca brotara de nuevo sangre roja, que el corazón del dragón finalmente se rebelara y se la llevara.

La locura del pasado cruzó por sus ojos desenfocados.

—…Si fuera un corazón humano, estaría bien, ¿verdad?

La examinaba con desesperación, listo para abrirse el pecho en ese mismo instante, sacar su corazón y ofrecérselo de nuevo.

—¡Ru, ugh! ¡Cálmate! ¡No me duele el corazón ni estoy escupiendo sangre!

—Pero hace un momento tu rostro…

—Últimamente tengo mucho sueño, y el flujo de mi magia es diferente a lo normal, así que tenía mis dudas…

Odelli puso su mano sobre la gran mano de Rudville, que agarraba firmemente su hombro.

Y luego, guió su mano para posarla suavemente sobre su bajo vientre.



RAW HUNTER: SUNNY
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: ROBIN
REVISION: ANNAD



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