Capítulo 207
El accesorio más perfecto y poderoso para sostener este imperio corrupto y su cuerpo decrépito.
Por muy Gran Duque que fuera, este lugar era el Palacio Imperial.
«Mi territorio y, al mismo tiempo, mi prisión absoluta».
Una vez que lo hiciera entrar en el palacio, estaba seguro de que podría eliminarlo a él y convertirla en una posesión imperial perfecta, disecada para siempre.
Sus ojos brillaron intensamente, como los de un águila que acecha a su presa.
—Que traigan al secretario.
Enviaría una invitación muy cortés.
Se ajustó la máscara.
La máscara que había engañado al imperio durante los últimos tres años: la del más bondadoso e injustamente victimizado.
* * *
La luz matutina se filtraba entre las cortinas blancas e iluminaba la cama.
Al abrir los ojos, Odelli se encontró con una mirada fija y penetrante de pupilas color púrpura.
—…¿No dormiste?
Ante la voz ronca de Odelli, Rudville sonrió con pereza.
Como si hubiera pasado toda la noche despierto, disfrutando del sonido de su respiración, deslizó el dorso de la mano por su mejilla.
—El amanecer llegó solo con contar los suaves suspiros de mi señora.
Apretó el brazo que rodeaba su cintura, atrayéndola firmemente contra su pecho.
—Temía que desaparecieras si me dormía. Que todo esto aún fuera un sueño.
—Es porque no duermes. La falta de sueño deteriora las funciones cerebrales y nubla tu sentido de la realidad.
—…
—Otra vez no dormiste mientras yo no estaba, ¿verdad?
Ya lo había anticipado, pero su ansiedad por separación parecía haberse agravado.
Odelli decidió atribuirlo a su propio karma y ofreció una solución práctica.
—Ru, normalmente, después de tres días sin dormir, la gente comienza a tener alucinaciones.
—…
—Así que, para que no veas visiones y salgas corriendo solo pensando “¿eh? ¿dónde está Odelli?”, incluso cuando estoy aquí perfectamente bien, tienes que dormir ahora mismo. ¿Entendido?
Era una observación terriblemente lógica.
Rudville soltó una risa hueca, como si le pareciera absurdo.
El hecho innegable era que sus regaños tan insípidos le daban más tranquilidad que cualquier consuelo del mundo.
Odelli remató su punto dando unos toquecitos en la comisura de su ojo.
—Y además, si no duermes, te pones feo.
—…
—A mí me gusta mi marido guapo.
—…
Rudville se acostó obedientemente.
Odelli sonrió con resignación y apoyó su rostro contra su pecho.
El aire perezoso, el calor entrelazado de sus cuerpos bajo las sábanas.
Rudville, de forma natural, deslizó su brazo bajo su nuca para servirle de almohada y la atrajo con fuerza. Luego envolvió su cintura con sus piernas.
—…No podré moverme ni un poco.
—Mientras yo duerma… no, para siempre, no debes separarte ni un instante de mi lado.
«Podrías directamente ponerme unas esposas».
Pero como Rudville ya tenía un historial de haberlo hecho, decidió no quejarse en voz alta.
—Quédate solo conmigo hoy, solo nosotros dos —suplicó Rudville, enterrando su rostro en su nuca.
Odelli rió como si no tuviera remedio y decidió que, al menos por hoy, aceptaría todos sus caprichos por muy obstinados que fueran.
«Una ausencia de tres años era demasiado para alguien ya de por sí tan obsesivo…».
—…Su Alteza, Su Gracia.
Si no fuera por la cautelosa voz de Edwin que llegó desde fuera de la puerta, realmente habría accedido.
—Ha llegado un mensajero del Palacio Imperial.
Con esas palabras, el aire en el dormitorio cambió sutilmente.
El entrecejo de Rudville se frunció con ferocidad.
Con el rostro aún enterrado en el hombro de Odelli, murmuró con una voz cargada de somnolencia e irritación.
—Mátalo y devuélvelo.
—Rudville.
«Vaya mal carácter al dormir».
Odelli acarició el desordenado cabello de su marido, que descargaba su mal humor en el lugar equivocado.
—Hazlo pasar, Edwin.
Una vez que Odelli dio permiso, Rudville, como si estuviera descontento, le mordió la nuca una vez con fuerza antes de soltar suavemente el brazo.
Edwin entró llevando una bandeja de plata.
Sobre ella descansaba un papel de carta de la más alta calidad, estampado con el águila dorada, el emblema de la familia imperial.
Pero, a pesar de su apariencia exterior espléndida, el contenido era mezquino y ruin.
Odelli, apoyada contra el cabecero de la cama, leyó la carta.
Su mirada se enfrió y se tornó gélida, como si estuviera observando algo repugnante.
—¿Qué dice ese viejo? —preguntó Rudville, apoyando la barbilla en su hombro como una bestia perezosa.
—…Bueno, es lo que esperábamos.
Odelli extendió la carta para que él pudiera verla.
[…Lamento profundamente los actos arbitrarios del Duque Kardel. Yo también estoy profundamente conmocionado por la traición de mi súbdito más leal.]
Era descarado desde la primera frase.
[Por ello, prometo que el Palacio Imperial investigará rigurosamente la verdad de los hechos. Les ruego, Gran Duque y consorte, que disipen cualquier malentendido y vengan al Palacio Imperial. Yo mismo les consolaré y restauraré su honor.]
—Qué descaro —soltó Odelli con una risa burlona.
La arrogancia del Emperador rezumaba de cada frase. La actitud de que él era el bien absoluto y que toda culpa recaía únicamente en la desviación de sus inferiores.
Con esta carta, estaba desplazando toda la responsabilidad sobre el Duque, ahora incapacitado.
El Emperador estaba trazando una línea clara.
—Qué lengua más larga.
Seguía siendo el mismo viejo repulsivo.
Rudville tomó la carta como si la arrebatara, la sujetó entre sus dedos y la agitó con desdén.
—Consuelo no, consumo. Es obvio. Si vas por tu propio pie, su plan es encerrarte en un campo de contención y succionar tu poder purificador hasta la médula.
FWOOSH.
Con magia, hizo que una llama surgiera y consumiera la carta en un instante.
Observando cómo las cenizas del emblema imperial se dispersaban, Rudville se incorporó en la cama.
—Da asco hasta el punto de las náuseas.
Al salir de la cama, los sirvientes entraron como si hubieran estado esperando y le entregaron una bata.
Rudville se vistió, abrochando lentamente los botones de las mangas que asomaban.
Aunque eran movimientos cotidianos, la energía que fluía de sus yemas de los dedos no lo era.
Sin ni siquiera liberar su poder mágico, el aire en la habitación se volvió pesado como plomo, haciendo que respirar fuera una tarea ardua.
—Mi señora. No hay necesidad de que sus preciosos pies pisen esa pocilga.
Sin embargo, la mirada de Rudville estaba fija únicamente en Odelli.
Besó el dorso de su mano.
Sus ojos se curvaban con gracia, pero en su profundidad no había rastro de luz.
—Solo déme la orden. Iré ahora mismo y le arrancaré esa lengua repulsiva de raíz para traérsela.
Ya no era el marido que le hacía fiestas a Odelli.
Era simplemente una bestia feroz con la correa suelta.
Pero Odelli negó con la cabeza.
—No. No podemos permitir que ese viejo se convierta en un Emperador trágico.
Si el Emperador era asesinado aquí, permanecería para siempre como el monarca virtuoso sacrificado por un traidor.
Y sobre todo…
—No puedo permitir que cargues de nuevo con esa infamia tan sucia.
Odelli se dirigió hacia el vestidor.
—Vamos juntos. Tenemos que arrancarle esa máscara de monarca bondadoso y compasivo que lleva puesta.
Era el momento de cobrarles caro, a ellos que habían arruinado por completo su vida, la vida pasada y presente de su marido, el precio de esta relación tan amarga.
Odelli bajó de la cama, entrelazando firmemente sus dedos con los de Rudville.
Sus miradas chocaron con tensión en el aire.
Un entendimiento tácito, una comunión secreta que solo podían compartir los depredadores que iban a cortar el aliento de su presa.
Rudville, como si no pudiera resistirse, dibujó una sonrisa fascinante en sus labios.
Besó el dorso de la mano que sostenía y susurró:
—Con gusto le acompañaré. Pero a cambio, prométame una cita conmigo cuando termine la cacería.
Su mirada dejaba claro que no aceptaría un no por respuesta.

RAW HUNTER: SUNNY
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: ROBIN
REVISION: ANNAD