Capítulo 200
—……Kh, uhuh……
Lo que brotó de la boca del Duque Kardel, desplomado contra el suelo, no fue un grito, sino una risa empapada de sangre.
Aunque la mitad de su alma había sido consumida por el círculo de refinamiento de Rudville, gracias a la purificación a gran escala de Odelli, apenas había logrado conservar la vida.
Arrastrando el brazo destrozado, rascó el suelo y torció el torso para incorporarse.
Tuk, tuk.
Sangre negra goteaba desde su mentón, pero el Duque ni siquiera intentó limpiársela.
No, no hacía falta.
Su cuerpo ya estaba más cerca de un amasijo de carne podrida que de un ser humano.
Sin embargo, dentro de aquella forma miserable, se acumulaba un rencor tan denso como una miasma maligna.
Rudville no le había concedido ni un solo instante de la misericordia llamada muerte.
Lo que corría por sus venas no era sangre, sino una violenta energía mágica, inyectada a la fuerza por Rudville, que le quemaba la carne desde dentro.
Durante tres largos años, mientras soportaba en su propio cuerpo el dolor que Odelli había sufrido, se fue pudriendo en el sótano, no como una persona, sino como leña viva.
«Yo… ¿yo, el cabeza de la familia Kardel, me atreví a…?»
Kardel había sido, durante siglos, la única familia venerada como salvadora y heroína del imperio.
Un santuario absoluto al que ni siquiera el emperador podía tocar con ligereza, pues el imperio no podía sostenerse sin ellos.
Eso era la familia Kardel.
Kardel era la historia misma.
Y sin embargo, el hecho de que él, su propio cabeza de familia, hubiese sido criado como un perro durante tres años por el archiDuque y ofrecido como sacrificio para la purificación, destrozó por completo su cordura.
«Te mataré… te mataré…»
Aunque su alma fuera triturada y desapareciera dentro del círculo de refinamiento de Rudville, debía clavarle al menos una espada en el corazón de ese arrogante archiDuque.
Pero la escena que tenía ante los ojos aplastó su determinación.
Con un solo gesto, Odelli borró la energía roja que cubría el cielo y desplegó nuevamente el escudo dorado que había sido destruido.
Una capacidad de purificación abrumadora.
«¿Qué demonios hizo para volver a desplegar una barrera de purificación que ya había desaparecido? ¡Eso solo sería posible si un dragón resucitara! ¡No puede ser…!»
Fue entonces cuando ocurrió.
Uuung—
Desde su pecho, más exactamente desde el interior de su bolsillo, se propagó una vibración sutil.
—……?
El Duque se llevó la mano al pecho, confundido.
Una luz blanca se filtró a través de la tela, y el objeto que llevaba consigo comenzó a calentarse y a agitarse de forma violenta.
—¿Esto… por qué…?
Sobresaltado, sacó el objeto de su ropa.
Era una reliquia que, según se decía, el ancestro de la familia había recibido de un dragón: un fragmento óseo afilado que brillaba con una blancura pura.
Uuung—!
Y la punta del arma apuntaba con precisión al pecho de Odelli, que se encontraba en brazos de Rudville.
Como si polos opuestos se atrajeran.
O como una bestia hambrienta que por fin ha encontrado a su presa.
«Eso es…»
El entrecejo de Rudville se frunció.
Él conocía muy bien aquel objeto.
Después de repetir miles de regresiones, había vaciado por completo los almacenes de la familia Kardel y cortado el cuello de aquel anciano cientos de veces.
«La lanza maldita.»
Originalmente, se decía que era una reliquia que el dragón había otorgado al fundador de la familia como un «escudo para proteger a sus descendientes».
Pero en los recuerdos de Rudville, aquello no era más que un pedazo de chatarra maldita que devoraba a su propio dueño.
La razón era simple.
Los descendientes corrompidos habían perdido el derecho a manejar el artefacto sagrado.
Quien no fuera reconocido como su legítimo portador y aun así intentara blandir la lanza, debía pagar el precio quemando su propia fuerza vital hasta el fondo.
Rudville lo sabía bien, porque lo había probado en carne propia.
Por supuesto, alguien con el alma ennegrecida como la suya jamás podría ser aceptado por la lanza, y como consecuencia había muerto inútilmente, obligado a retroceder el tiempo una vez más.
Poseía un poder capaz de atravesar cualquier escudo como si fuera papel, pero a cambio cortaba incluso el aliento del propio usuario.
Aunque el Duque moribundo intentara usarla, estaba claro que se marchitaría antes siquiera de que la lanza pudiera salir volando.
Y fue entonces cuando ocurrió.
—……!
Por fin, en la mente del Duque que permanecía sentado sin comprender nada, estalló una revelación como un rayo.
El cadáver del dragón.
El pecho abierto durante la invocación.
Y Odelli, que no había sido simplemente “invocada”, sino “resucitada”.
La abrumadora presión que emanaba de ella.
—Ah… ah…
La boca del Duque se abrió de par en par.
—Así que era eso…
En el rostro del Duque, sumido en la desesperación, brotaron al mismo tiempo la locura y el éxtasis.
Con manos temblorosas, apretó con fuerza el fragmento óseo.
—¡Así que te atreviste a robar el corazón del dragón, maldita!
—……!
¿El corazón… del dragón?
Los ojos de Rudville se afilaron.
Una mirada insistente, como exigiendo una explicación, se clavó en ella.
Pero Odelli eligió guardar silencio.
Su expresión inexpresiva y serena solo aumentó la inquietud de Rudville.
—¡Kuhahaha! ¡Al final, el cielo no me ha abandonado!
Había algo que ellos habían pasado por alto.
Él era el cabeza de la familia Kardel, heredera de la sangre del asesino de dragones.
Hace cientos de años, sus ancestros atravesaron el corazón de una bestia divina y, sobre su cadáver, erigieron una gran estirpe.
Y ahora, el arma secreta de aquel linaje estaba en sus manos.
Justo cuando esa mujer había resucitado gracias al corazón de un dragón… ¿y yo tengo en mis manos la única lanza capaz de matar a un dragón?
—No puede haber coincidencia más perfecta.
No, esto no era una simple casualidad.
Era un destino inevitable, una revelación otorgada por los dioses.
¡El mundo, al final, siempre estuvo de mi lado!
—Si el corazón está ahí, ¡esta lanza jamás fallará! ¡Así como maté al dios de ustedes en el pasado, esta vez te cortaré la respiración a ti!
El Duque, riendo como un demente, se atravesó el pecho con la lanza.
¡Cof!
La sangre fresca que brotó empapó el fragmento óseo.
El hueso, impregnado de sangre, se transformó en una gigantesca lanza de luz que se elevó en el aire.
Aquello ya no era una simple arma.
No se detendría hasta destruir el corazón de Odelli, el corazón del dragón.
—……!
El rostro de Rudville se volvió pálido.
Durante miles de regresiones, en ese mundo jamás habían existido ni dragones ni corazones de dragón.
Pero en esta vida, el dragón sí había despertado… aunque no era más que un cadáver alzado por nigromancia, una falsificación.
Sin embargo, si lo que decía el cabeza de familia era cierto y lo que latía en el pecho de Odelli era realmente el corazón de un dragón…
—¡Muere!
¡Kwaaang—!
El Duque arrojó la lanza.
En el instante en que la vio cortar el aire, Rudville lo comprendió por instinto.
Eso no podía bloquearse con magia.
Tampoco podía desviarse con una espada.
Poseía una propiedad de penetración absoluta que ignoraba tanto la magia como la fuerza física.
«Si no se puede detener…»
La decisión de Rudville fue más rápida que un parpadeo.
No entró en pánico. Su cuerpo ya había aprendido, tras incontables repeticiones, cómo reaccionar ante ese tipo de variables.
El escudo más fiable era su propio cuerpo.
En un instante, se colocó delante de Odelli y empujó su cuerpo hacia la trayectoria de la lanza.
Sin vacilar siquiera un segundo.
—……!
Los ojos del Duque se abrieron de par en par.
La punta de la lanza rasgó el uniforme negro de Rudville y estaba a punto de atravesarle la piel.
Justo antes de perforarle el corazón.
Tac.
Una mano blanca apareció de la nada y atrapó el filo en el aire.
Era la mano de Odelli, extendiéndose desde detrás del hombro de Rudville.
—…Detente, Ru.
La voz de Odelli era serena.
—Dije que ya no quería que saliera herido.
Uuung, uuung—!
La lanza vibró como una bestia enloquecida, luchando por liberarse de su agarre.
Rudville, jadeando, bajó la mirada hacia la mano de Odelli que sujetaba el arma sobre su hombro.
Desde su palma blanca, una gota de sangre roja cayó al suelo.
—¡Tú ahora…!
Aunque el aura de la lanza le desgarraba la carne, ella no retrocedió.
Al contrario, apretó con más fuerza el arma y empujó a Rudville hacia atrás, como protegiéndolo con su propio cuerpo.
—¿Lo reconoces?
En el pecho de Odelli, el corazón del dragón latió con fuerza.
Sus pupilas se afilaron en una línea vertical, y una furia helada se derramó hacia la lanza.
—Quién es tu verdadero dueño.

RAW HUNTER: SUNNY
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: ROBIN
REVISION: ANNAD