Capítulo 196
La gema, que nunca había reaccionado al contacto de nadie, comenzó a resonar por primera vez.
WUUUM—!
La gema lo sabía.
Sabía que la resonancia de esa alma era exactamente igual a la suya.
El único ser dispuesto a entregar todo, incluso su propia alma, por la persona que amaba.
La gema azul surcó el aire por sí sola y se detuvo frente a Rudville.
En el instante en que el muchacho la sujetó con manos temblorosas…
¡PAAAH—!
Una luz cegadora estalló y el tiempo comenzó a retroceder.
Dentro de aquel resplandor deslumbrante, Odelli finalmente lo comprendió.
«¿Podrías concederme una vida así?»
No fue casualidad que la gema del regreso apareciera ante Rudville.
La gema había encontrado a su verdadero dueño.
El único deseo que el dragón formuló al morir.
Aquella plegaria desesperada que atravesó 850 años y, al fin, tomó forma en Rudville.
No salió ningún grito.
El aire se le atoró en la garganta y un dolor como si le arrancaran el corazón la obligó a llevarse la mano al pecho.
Lo había sabido desde el principio.
Pero enfrentar de verdad el peso de ese sacrificio era un dolor completamente distinto.
«Tú, que soportaste ese infierno solo para volver a verme, que incluso entregaste el noble cuerpo de un dios bestia para llegar hasta mí…»
«Y yo… yo solo pensaba en utilizarte, sin regalarte ni una sola sonrisa sincera…»
«Debí tomar tu mano aunque fuera una vez. Debí decirte gracias, de verdad.»
—Aspel…
Ni siquiera le había llamado así.
Recordó cómo, cuando regresó mediante la necromancia, le pidió de pronto que lo llamara Asperilion.
«Quizá siempre habías querido escuchar ese nombre de mis labios.»
El arrepentimiento, la culpa y una nostalgia insoportable le nublaron la vista.
Ella estiró la mano desesperadamente hacia Rudville, no, hacia Asperilion.
«Ru… dville…»
En forma de alma, no podía emitir sonido alguno.
Solo quería correr hacia él y abrazar ese cuerpo pequeño hasta romperlo.
Quería decirle que lo sentía, que lo sentía de verdad.
Que había sido una tonta por no darse cuenta desde el principio de que todo era el.
No podía pensar.
No podía decir nada.
El dolor ilusorio de tener el corazón arrancado la atravesó mientras extendía la mano hacia el vacío.
Pero, burlándose de esos dedos que no lograron alcanzarlo, una fuerza gigantesca atrapó su alma.
El tiempo que le fue concedido después de conocer toda la verdad había llegado a su fin.
Su visión se nubló y el grito de Rudville se alejó más allá del tiempo y el espacio.
Finalmente, la ilusión se disipó y la conciencia de Odelli se separó por completo del pasado.
El engranaje del destino volvía a girar, arrastrándola de nuevo hacia la realidad.
Hacia el lugar al que originalmente pertenecía.
♥♥♥
En la taza de té, donde no se había posado ni una mota de polvo, se había acumulado el paso de tres años.
Desde aquel día, las manecillas del reloj en el dormitorio del gran Duque de Exion se habían quedado completamente inmóviles, como si el tiempo mismo hubiera sido disecado.
En el centro de ese mundo detenido, Rudville permanecía inmóvil, aferrando con fuerza la mano ya fría de Odelli.
El calor que tocaban sus dedos llevaba mucho tiempo extinguido, endurecido como el mármol.
—…
Rudville respiró despacio.
Cuando inclinó la cabeza por costumbre para comprobar el cristal de sangre, su cabello rubio, seco y enredado, cayó sin fuerza sobre el dorso de la mano de ella.
Y entonces ocurrió.
PRRSH—
La gema del retorno que sostenía en la mano se desmoronó como si gritara, reduciéndose a polvo.
Por supuesto, aquello apenas podía llamarse una gema del retorno.
No era más que una imitación frágil y peligrosa, creada por un simple mortal que había apostado todo lo que tenía para reproducir el verdadero artefacto.
El hecho de que hubiera resistido durante tres años ya era un milagro.
Y ahora, por fin, había llegado a su límite.
—…
Y entonces…
Incluso el cristal de sangre que emitía una débil luz, señalando la vida o la muerte de Odelli, se apagó por completo.
—…¿Así que fallé?
Una risa amarga escapó de sus labios resecos.
Claro. En realidad, nunca lo esperó.
Las incontables regresiones del pasado ya le habían enseñado cuán cruel y vacía podía ser la palabra esperanza.
Durante esos tres años…
No había pasado los días aferrado a un cadáver solo por tristeza.
Lo había hecho porque quería traerla de vuelta de forma «completa».
No como una resurrección impura manchada de rencor y sangre ajena, sino como Odelli, intacta, limpia, digna.
Por eso había entregado toda su fuerza vital sin tocar jamás los tabúes.
Pero el dios… o el destino…
no le concedieron ni una pizca de misericordia.
«Claro… como si fuera una novedad.»
¿Cuándo habían ayudado los dioses a alguien como ellos?
La mano de Rudville recorrió la mejilla pálida de Odelli.
Ya no podía seguir esperando.
Solo con su poder mágico, el cuerpo de ella estaba llegando a su límite.
Si continuaba así, incluso el receptáculo destinado a recibir su alma acabaría destruyéndose.
Ya no quedaba margen para fingir nobleza.
Más allá de las profundas ojeras marcadas por un insomnio atroz, brillaba una mirada fría y peligrosa.
En sus ojos violetas se acumulaba una locura oscura, como nunca antes había tenido.
Si no podía traerla de vuelta de manera limpia…
«Entonces la traeré de vuelta aunque tenga que mancharla.»
Aunque ella llegara a odiarlo.
Aunque lo despreciara.
Primero debía salvarla.
Aunque el precio fuera la destrucción del mundo entero.
—Está bien, Odelli.
Murmuró, depositando un beso en su frente.
—Si no puedo recuperar tu alma de forma limpia… entonces abriré el muro entre dimensiones a la fuerza, aunque tenga que arrancarlo con mis propias manos.
El combustible… no faltaba en absoluto.
Durante tres años, aquellos humanos repugnantes a los que había mantenido con vida en lugar de ella.
Tal vez, desde el principio, había previsto que todo acabaría de esta manera y se había estado preparando en silencio.
Rudville tomó el cuerpo de Odelli en brazos y se puso de pie.
El espacio se distorsionó en un instante, y las dos figuras desaparecieron sin dejar rastro alguno.
♥♥♥
La mansión ducal de los Kardel.
En el lugar donde antaño residía la gloria del linaje, ahora solo flotaba el hedor húmedo de la derrota.
La familia ducal de Kardel, que en otro tiempo dominó el imperio, se había convertido tras la muerte de Gawain en una mansión fantasma en ruinas.
La mayoría de los sirvientes habían huido hacía tiempo.
Lo único que quedaba eran los parientes de sangre de Odelli, los Kardel.
Criaturas rotas, criadas por Rudville y obligadas a vivir una existencia peor que la muerte.
—Duque… ¡por favor…! ¡Mátame de una vez!
El Duque de Kardel, arrastrado desde la mazmorra subterránea con cadenas atadas al cuerpo, se retorcía en el suelo, suplicando de forma patética.
Rudville lo observaba en silencio, con una indiferencia absoluta.
En un brazo sostenía todavía el cuerpo incorrupto de la mujer, y en la otra mano concentraba un frío poder mágico.
Habían pasado tres años.
Tres años en los que había inyectado su magia en las venas de aquel insecto humano por una razón muy clara.
No permitirle morir.
Y conservarlo con vida, justo en el límite en el que el alma no se extinguiera, para que siguiera siendo un “sacrificio viviente”.
Si quería que experimentaran en carne propia el dolor del “purificador” que sufrió Odelli, un cuerpo humano común no habría resistido ni un solo día.
Por eso, Rudville vertió su propia magia en sus venas.
Soldó la carne podrida con poder mágico, forzó la respiración que se extinguía y los mantuvo con vida durante tres años.
Todo para quemarlos como leña en el instante de mayor desesperación.
—¿No ha sido suficiente…? ¡¿No es suficiente haberme pisoteado así?! ¡Tres años… tres años exprimiendo mi sangre! ¿¡Qué más quieres de mí…?!
El grito desgarrado del Duque resonó en el pasillo vacío, pero los pasos de Rudville no vacilaron ni un instante.
Para él, todas aquellas súplicas no eran más que el zumbido molesto de un insecto.
Se detuvo frente al Duque y lo observó de arriba abajo, como quien examina un trozo de leña bien seca.
—Quería traer a la señora de vuelta de la forma más limpia posible.
Los ojos que levantó entonces ya no podían llamarse humanos.
En ellos no quedaba razón alguna, solo el instinto puro de la destrucción.
—No quería resucitarla usando basura inmunda como ustedes. Quería traerla de vuelta de forma pura, preciosa… Por eso soporté durante tres años.
Mientras murmuraba, su mirada vacía terminó posándose en el Duque, que temblaba como un cadáver.
—…¿Cómo es que no lo entiendes?
—…¡!
—Tú, que incluso fuiste capaz de levantar por la fuerza el cadáver fosilizado de un dragón muerto hace siglos… ¿no eres acaso un maestro de la nigromancia?
¿No es así?
La sonrisa torcida que dibujó era burlona, cruel.
No era una pregunta.
Era una sentencia de muerte.

RAW HUNTER: SUNNY
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: ROBIN
REVISION: ANNAD