Capítulo 17
Si-young bajó la cabeza e ignoró la provocación de Eun-gyeom. Al ver que ella seguía aplicando la pomada, como si nada, despertó un cierto sentimiento extraño en él.
«Mírame… ¿Por qué no muestras tu nerviosismo como antes? ¿Por qué no te molestas? ¿Es ya no importa nada de lo que diga?»
Ya fuera o fuese porque se encontraba en un estado de debilidad, con su torbellino de emociones a flor de piel, Eun-gyeom no podía quitarse aquellos pensamientos de encima. Quería que Si-young siguiera preocupándose por él, pero, a la vez, sentía que no estaba bien.
«Si mis provocaciones ya no son nada para tí, entonces…»
—Mira, no puedo usarlo. —susurró Eun-gyeom, con un leve ademán, señalando el suelo.
Si-young miró su reloj manchado de sangre entre los montones de pañuelos y respondió con una voz calmada:
—No está roto. Puedes limpiarlo y usarlo.
Lo importante para él no era el reloj. Era su corazón, que lo llevaba en la manga.
—¿Por qué…?—continuó ella, pero dudó.
No sabía si era por el olor a sangre, o el fuerte desinfectante, o incluso, por ambas cosas, pero el estómago se le revolvía sin control. Aun así, Si-young se armó de valor y, levantando la cabeza para mirar a Eun-gyeom directamente a los ojos, ella, finalmente, preguntó:
—¿Por qué me lo has contado todo?
En cuanto él escuchó aquellas palabras, su mirada se tornó oscura y, ante esto, Si-young sintió cómo la nuca se le ponía rígida. Era incapaz de moverse, como si hubiera sido capturada por el mero hecho del contacto de sus pupilas. Incluso se le erizaron hasta los pelos más pequeños cuando él contestó:
—Sé cómo vengarme de mi madre. Así que nada hará que cambie de opinión, voy a vengarme y…
Eun-gyeom tomó una pausa, recorriendo con los ojos el rostro de Si-young. El desinfectante, en la punta de su dedo, cayó y empapó los pantalones de ella, nuevamente.
—Te necesito. —pronunció él, con una voz grave, que parecía ocultar segundas intenciones.
Ella sintió náuseas, como si estuviera a punto de vomitar, y luego, un dolor similar al de un fuerte puñetazo desde dentro hacia fuera.
—¿No se te ha ocurrido que podría decírselo a mi madre?—preguntó ella, contrariada.
Pero, en vez de molestarse, Eun-gyeom levantó las comisuras de sus labios.
—Tú…—susurró él, amortiguando el sonido—. No puedes.
Su mano, húmeda de desinfectante, rodeó la nuca de Si-young. El agarre fue instantáneo. Presa del pánico, ella se tensó, y él aprovechó ese momento para pegar su cuerpo contra su cintura. Al verse en aquella postura comprometida, Si-young trató de zafarse, pero, por mucho que lo intentaba, no podía escapar de su agarre.
—De todos modos, sigo sin saber por qué me has contado todo eso.
La curvatura de la boca de Eun-gyeom se pronunció aún más hacia arriba, mientras se deleitaba viendo cómo Si-young reaccionaba a cada uno de sus movimientos y expresiones. No importaba que ella se viera desesperada, lo importante era el efecto que él seguía provocando en ella.
—Porque sabía que no harías nada. —respondió él, con su sonrisa torcida, a modo de burla.
—Eso no es motivo suficiente para que me lo cuentes todo, ¿y cómo es que estás tan seguro de que no voy a hacer o decir nada? ¿por qué…?
—Porque lo sé.—interrumpió Eun-gyeom.
Si-young se sentía mareada y perdió las ganas de discutir o luchar con aquel muro de hierro. No obstante, cuando ella volvió a sentir que un peligro mayor se le acercaba demasiado, se sobresaltó. Eun-gyeom había presionado su rodilla entre sus piernas, subiéndola poco a poco hasta su entrepierna, pero rápidamente Si-young puso sus manos en los pectorales de aquel hombre, que estaba a punto de arremeter contra ella, esforzándose al máximo para separar sus cuerpos unidos.
—Sientes lástima por mi. —prosiguió Eun-gyeom, como si nada, ignorando el forcejeo de Si-young.
—…
Si-young no contestó. Como la herida de la mano era bastante profunda, cada vez que ella abría la boca para tomar aire, olía a sangre. Era un olor punzante y penetrante, como si se le hubieran reventado, una tras otra, las venas de algún sitio.
—Crees que nos parecemos, ¿no es así? Te ves reflejada en mí, por eso te compadeces de alguien como yo.
Eun-gyeom sabía que había dado en el clavo. La respuesta a la pregunta que se había estado haciendo, pero que había intentado ocultar como si fuera un pecado, venía de él.
«¿Es esa la razón por la que él me importa tanto? ¿Es por ese simple motivo que me siento tan atraída, hasta el punto de quizás haberme enamorado de él?»
“Amor”
Ella no quiso nunca reconocerlo, de hecho se engañó a sí misma fingiendo ignorancia. Pero era difícil negarlo ahora, cuando la calidez que transmitían sus cuerpos juntos se hacía demasiado tentadora.
Mimy: No es amor amiga, es lujuria y deseo XD
Si-young se mordió el labio y, al ver su expresión, Eun-gyeom sonrió con más confianza.
—En cuanto me di cuenta, me convencí. No importa lo que te diga, porque no podrás hacer nada, Yoon Si-young.
El olor a metal hacía que su garganta se sintiera todavía más seca y sedienta de lo que ya estaba, como si, cada una de las confesiones de Eun-gyeom, la quemaran por dentro.
Sin embargo, mientras meditaba sus palabras, se dió cuenta de que él no parecía haberse dado cuenta de sus sentimientos y suspiró aliviada, pensando para sí misma:
«Gracias a Dios que él sigue pensando que soy una marioneta que no sabe nada.»
Su nerviosismo se había calmado considerablemente al reflexionar, pero, aunque trató de no demostrarlo, Eun-gyeom se dio cuenta de que su cuerpo tenso se había relajado, entre sus brazos.
—Y tampoco importa lo que haga porque…—continuó él lentamente, perdiendo fuerza y velocidad con cada sílaba que pronunciaba.
Por un momento, Eun-gyeom parecía que se había quedado en trance. Su mirada, perdida, se posó en los rojos de Si-young. Su respiración, anhelante se entrecortó, y, cuando ya no pudo soportarlo más, maldijo mientras ladeaba su barbilla:
—¡Mierda!
Sus labios chocaron. No, fue más un mordisco que un choque. Quería devorarla.
Antes de que ella pudiera reaccionar, la otra mano de Eun-gyeom se envolvió alrededor de su espalda y tiró de ella hacia abajo con fuerza. Estaban tan cerca que el pecho de Si-young casi tocaba el suyo.
—¡Ugh!
Eun-gyeom lamió y mordió su labio inferior, tirando de él. Pero, en el momento en que ambos se apartaron, con fuego en sus miradas, una sirena zumbó en la cabeza de Si-young, como si se hubiera encendido una luz de advertencia. Era una advertencia instintiva, pero no una que le dijera que huyera de allí porque era peligroso estar con él.
«No puedo hacer esto…»
Era el último hilo de razón que le quedaba, gritándole que tenía que parar ya, o si no…
«No quería, pero… ¿Cómo resistirme…?»
Sus bocas volvieron a encontrarse con desesperación, y un jadeo se le escapó cuando sus labios se reunieron de nuevo.
—¡Ugh!
La lengua de él, desenfrenada, se deslizó dentro de ella, lamiendo su interior y entrelazando sus salivas con movimientos ardientes. Durante un largo momento, su beso se volvió frenético. Era el producto de la liberación de la tensión sexual que ambos habían provocado al contener su deseo visceral. Antes de que se dieran cuenta, Eun-gyeom tenía su mano en la nuca de Si-young, clavada en su cabello, impidiendo que ella moviera la cabeza, pues su único propósito era entregarle a él, aquellos, sus labios rojos.
—Hmph…
Los hombros de Si-young se crispaban con cada roce de la lengua de Eun-gyeom en la punta de su boca. Aunque no quería hacerlo, ella gimió superficialmente cuando sus lenguas se enroscaron.
—Haa… Hmph…
Sus labios se acariciaban con cada movimiento y, de vez en cuando, él succionaba como si quisiera comérsela, hasta el punto en el que ella ya tenía la boca húmeda de una saliva que no reconocía.
—Slurp…
La saliva goteaba del exterior de los labios jadeantes de Si-young. Eun-gyeom tiró de su pelo y chupó su labio inferior, pero no se detuvo ahí. En un instante, apretó los dientes y la mordió, devorando su boca con tanta fuerza que, con cada mordisco, lametón y succión, desencadenaba un sonido sibilante, como si intentara reclamar, a los cuatro vientos, que Si-young era suya. Un instinto primordial de marcarla, aunque fuera con la simple hinchazón de sus labios al besarla en un arrebato de deseo incontrolable. Incluso, irónicamente, el agarre de Si-young se aflojó paulatinamente, poco a poco, como si fuera una respuesta con la que aceptaba sus lujuriosas pretensiones.
Eun-gyeom pareció darle un momento de respiro y luego, con la excitación al borde de la locura, volvió a acorralarla. Su acercamiento fue tan repentino e impulsivo que Si-young agarró su camisa, la cual se arrugó y abrió, dejando al descubierto parte del pecho y uno de los hombros de Eun-gyeom. Ella, mareada por la visión, luchó por evitar que él la invadiera, pero su boca ya había tomado el control de sus tentadores labios. La tomó, fuerte y rápido, hasta que ella no tuvo más remedio que rendirse y deslizar sus brazos alrededor de su cuello. Un gesto que indicaba más una aceptación que una resignación.
Si-young sabía que estaba mal, pero eso no la detuvo. Ella levantó la barbilla hacia él, en respuesta a cuando él se abalanzó sobre ella de nuevo. Sus fosas nasales se acercaron lo suficiente como para encontrarse, y el enervante olor de él, una mezcla de sangre y desinfectante indómito, la hizo caer, tal que una presa ante una bestia.
Aparte de eso, no podía explicar aquel deseo vehemente que actuaba como gotas de humedad sobre su garganta reseca. Saciando la sed que no anhelaba un sorbo de agua, sino el apasionado beso de Eun-gyeom que clamaba por sus labios.
TOC, TOC.
Fue el sonido que rompió la magia. Cuando, entonces, alguien había llamado a la puerta y sus ojos se abrieron como platos, igual que si se hubieran despertado del mismo sueño.
—Señorita Si-young, ¿está usted ahí? ¿Va todo bien?
Los hilos de la razón, que habían sido cortados por el deseo, habían vuelto, y Si-young empujó para apartar a Eun-gyeom. Sin embargo, cuanto más empujaba de sus hombros medio desnudos, más él la apretaba entre sus brazos. Sus pechos, subiendo y bajando con su respiración agitada, presionaron los pectorales de Eun-gyeom, cuyas bocanadas de aire, iban al mismo compás que las de ella.
—Señorita Si-young, ¿el Director está con usted?
Si-young luchó por liberarse. No podía saber si Eun-gyeom le había soltado la mano o si ella le había empujado, pero ambos se separaron suavemente hacia atrás, a diferencia de antes.
Ambos exhalaron con fuerza al mismo tiempo. La respiración acelerada estaba teñida de excitación y sus miradas aún contenían el fuego de la pasión.
Sin embargo, la distancia era demasiado corta como para poder refrenar completamente las ansias de volver a entregarse al deseo, fruto de una apetencia sexual incontrolable. Mordiéndose el labio tembloroso, Si-young cerró y abrió los ojos. Sus labios hinchados, cubiertos de saliva, entraron en el vibrante campo de visión de Eun-gyeom. Ante esto, sus pupilas brillaron con fogosidad y él se mordió el labio inferior involuntariamente, sintiendo también cómo, su mirada en la suya, le devolvía el mismo ardor.
Tanto ella como él, al borde de avivar los estímulos llenos de lujuria, escucharon el llamado de la puerta de nuevo, rompiendo el ambiente por completo.
TOC, TOC.
Si-young apartó a Eun-gyeom del todo, suavemente. A estas alturas, su herida debería de estar vendada, pero ni siquiera había terminado de extender la pomada adecuadamente, y, mucho menos, había llegado a colocar el apósito y la gasa. Sin apenas moverse, Eun-gyeom cayó sobre el sofá, extendiendo su mano sobre el asiento, con una postura un tanto relajada. Ella observó el corte que, por suerte, no sangraba de nuevo. Sin embargo, la manga de su camisa estaba hecha un desastre, no sólo la manga, sino toda ella. Aunque él se la había vuelto a colocar, malamente, cubriendo sus hombros y pecho, no cabía duda de que algo había pasado, pues un par de botones habían saltado y las arrugas eran demasiado evidentes.
—¿No hay nadie adentro? ¿Señor?—preguntó el empleado quien, después de unos segundos, bajó la voz, hablando para sí mismo—. ¿Dónde estará? ¿Debería llamarlo…?
Después de un suspiro, Si-young rompió el silencio primero.
—Botones… Al menos, cierra y coloca la camisa como puedas. —susurró.
Luego, se aclaró la garganta y abrió la puerta del despacho antes de que Eun-gyeom pudiera detenerla. Eun-gyeom se abrochó rápidamente la manga y los botones de su pecho, que todavía se mantenían en su sitio.
—Disculpa. He contestado, pero supongo que no me has oído.—contestó Si-young, en cuanto se encontró con el empleado en la entrada de la oficina.
—Todo está ordenado afuera, pero ¿son tan profundas las heridas del Director? Hace tiempo que os fuísteis de la sala para tratar el corte de su mano…
Si-young, nerviosa, apretó con más fuerza el pomo de la puerta. Su cuerpo temblaba tanto que necesitaba algo en que apoyarse.
«¿Qué excusa plausible debería darle con respecto al vendaje? ¿Que no soy bueno en eso y, por eso, necesito ayuda…?»
No había otra opción, y pensárselo demasiado levantaría sospechas, así que ella simplemente respondió con aquello en mente:
—Solo hay que vendarle la herida, pero no se me da bien…
Si-young giró a medias la cabeza, consciente de que Eun-gyeom estaba detrás de ella, escuchándola. Tras un momento de silencio, su voz, ronca y quebradiza, llegó desde atrás.
—Yo me encargo, tú sal, Yoon Si-young.
—De acuerdo. —contestó ella brevemente y se alejó, ni muy rápido ni muy despacio.
Mientras su pecho, subía y bajaba, al respirar con exaltación, Si-young se tocó los labios mordidos que todavía hormigueaban de dolor.
Era como si su cuerpo quisiera recordarle que, lo que había pasado con Eun-gyeom, no había sido ni un sueño, ni una alucinación, sino la realidad en la que ambos habían sido presa de la desinhibición de sus deseos carnales.
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Después de la exposición, Si-Young finalmente había decidido dejar su cena con Tae-ra para otro día y unirse a la de la compañía. Aunque estaba desesperada por huir de Eun-gyeom, había sido arrastrada, de una manera insólita, junto al resto del personal, dejándose llevar por ellos, quienes, a veces, actuaban como una marea de barriles que la rodeaban, al mismo tiempo que la atrapaban para que no se escapara y se fuera sin participar en la celebración. Cuando se dio cuenta, Si-young ya estaba entre el grupo, con compañeros que la animaban a ambos lados de ella, sin poder salir.
La fiesta de recepción terminó antes de tiempo debido al accidente, y la cena se retrasó mientras limpiaban las obras de arte rotas. Todo el mundo estaba agotado, así que la cena fue sencilla, pero no pasó lo mismo con la bebida. Al parecer, el personal necesitaba un buen trago fuerte para aliviar la tensión de aquella noche.
Si-young miró el licor que había en su vaso fino y largo. Eun-gyeom estaba en la otra mesa, con sus gruesos vendajes visibles, mientras agarraba su copa. Pensativa, ella se fijó en sus dedos largos, aquellos que se hundieron en su pelo para sujetarla y, con naturalidad, su mente recordó el resto de todo lo que había sucedido en el despacho.
La sensación de cuando él le mordía los labios, la de su lengua recorriendo la boca, todo estaba claro en su memoria. Como la cinta de Moebius*, las imágenes se repetían sin cesar. No debería haber sido consciente de él en primer lugar, pero su cabeza descontrolada seguía girando en torno a Eun-gyeom. Incluso su respiración no había vuelto a la normalidad, soltando inconscientemente, en forma de suspiros, el aire que había contenido mientras él se tragaba sus labios.
*La cinta o banda de Möbius o Moebius, es una superficie con una sola cara y un solo borde. Tiene la propiedad matemática de ser un objeto no orientable. Está conformada con una cinta de papel, cuyos extremos se han unido girándolos. Además, una de sus propiedades es, que si un objeto bidimensional recorre una vez la banda de Möbius, éste vuelve a su posición original, reflejado, y es la que Si-young usa Si-young como metáfora.
Le contó a Tae-ra la desafortunada noticia de que no podía ir a cenar con ella, y le explicó brevemente el por qué, utilizando el incidente del Museo como excusa.
La mentira sobre tener que limpiar el desastre fluyó con naturalidad.
«Debería de estar todo bien… Cuando hablé con ella, no había ningún temblor o vacilación en mi voz que delatara mi inquietud. Además, le prometí que llegaría tan pronto como pudiera.»
Se convenció Si-young, pero cuando ella tuvo que llamar a Tae-ra por segunda vez, la madre de Eun-gyeom ya tenía la corazonada de que la promesa de “llegar pronto” se iba a romper.
—Entonces, ¿llegarás tarde?—preguntó Tae-ra.
—Sí. Lo siento…
PUFFF…
El suspiro de Tae-ra se escuchó al otro lado del teléfono.
—Es que todo el personal también se quedó atrás…—se excusó Si-young.
—Sí. Bueno, no se puede evitar. Si te vas sola primero causarás una mala impresión, así que es mejor que vuelvas en cuanto se presente la oportunidad.
—Sí, no te preocupes. Terminaré en cuanto pueda.
—¿Quieres que mande un chófer para que te recoja? Si llego a tiempo a casa puedo pedirle…
—No, tranquila. Cogeré un taxi. —cortó Si-young con una voz suave, imitando la de una buena niña obediente.
—De acuerdo, entonces.
—Lo siento… Sé que has tenido la amabilidad de dedicarme tu tiempo para cenar juntas, pero se me ha hecho tarde en el trabajo…
—Está bien Si-young, fue un imprevisto que se pudo evitar. Ya era tarde cuando me llamaste. Aun así, me alegro de que hayas podido comer algo con tus compañeros.
—Sí.
—Por cierto, ¿está ahí?
—¿Quién?
—El gerente.
— ¡Oh!
“El gerente.”
Así era como Tae-ra llamaba a Eun-gyeom. Ella ni siquiera quería llamarlo por el cargo de Director, y, mucho menos, por su nombre de pila. Incluso consideraba que había sido algo bueno el entregarle la galería de arte cuando la reclamó, ya que ahora tenía algo para llamarlo y referirse a él, en lugar de usar su apelativo.
—¿Estás con él?
—…
Si-young hizo una pausa. Las preguntas de Tae-ra siempre exigían una respuesta meditada. No era raro que se retrasara un tiempo o dos en sus respuestas, así que Tae-ra esperó impaciente, hasta que, finalmente, Si-young contestó:
—No, él se fue primero.
—Bien.
Tan pronto como terminó de tranquilizar a Tae-ra, uno de sus hombros se inclinó hacia atrás y Si-young aguantó tanto como pudo para no colapsar contra el cuerpo de aquel que la atraía hacia sí.
—Entonces vuelve y entra con cuidado. Asegúrate de comer bien, antes de beber.
—Sí, lo haré.
En cuanto Si-young colgó el teléfono, el ascensor se abrió con un sonido parecido al de una campanilla.
DING, DING, DING.
Justo en ese instante, para no derrumbarse, ella estiró la mano y se apoyó en el antebrazo de Eun-gyeom. Ni siquiera tuvo tiempo de guardar el móvil en el bolsillo, puesto que le flaqueaban las piernas en cuanto liberó la tensión acumulada durante la llamada. Una en la que había traicionado, por completo, la confianza que Tae-ra tenía en ella.
Si-young cerró los ojos intentando no pensar en su mentira. Extrañamente, sus hombros, que habían estado pesados todo el camino desde el aparcamiento hasta el ascensor, de repente se sintieron ligeros como el aire y, la sensación del agarre de su mano en el brazo de él, había casi desaparecido. Cuando sus ojos se abrieron de par en par, vio que se había relajado, quizás por la calidez del cuerpo que Eun-gyeom le transmitía, y, en cuanto levantó la cabeza para verlo, sus hombros quedaron atrapados entre los largos brazos de él.
—Mientes muy bien. —dijo Eun-gyeom mientras sonreía sarcásticamente.
Al ver su rostro iluminado, con sus labios ampliamente curvados, Si-young se quedó boquiabierta, como si hubiera tenido los ojos vendados en la oscuridad durante mucho tiempo. Aunque le parecía increíblemente guapo, no pudo decir nada. En su lugar, Eun-gyeom tiró del hombro de Si-young y ambos salieron juntos del ascensor.
Mimy: Y que viva el amor, el amor heterosexual.

RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: MARIE
CORRECCIÓN: MIMY
REVISION: M.K.R