Capítulo 12
Eun-gyeom siempre había odiado a Tae-ra. Desde el primer recuerdo que tenía registrado en su memoria, cuando aún era demasiado pequeño como para caminar por sí mismo, no había vivido buenos momentos con ella, ni siquiera uno, por muy insignificante que fuera. Por eso, no era muy descabellado pensar que, probablemente, ella lo odiaba desde el primer momento en el que nació. De hecho, tanta era la aversión de Tae-ra, que Eun-gyeom a menudo tenía pensamientos tales como:
«Si me iba a tratar así, como si fuera una espina clavada en sus ojos, para qué se molestó en darme a luz…»
Frases en su mente que, a menudo, se guardaba para sí.
Para los demás, eran una familia muy unida. Pero, entre bastidores, Tae-ra era una mujer histérica, sensible y una tirana controladora que inspeccionaba cada milímetro de lo que sucedía a su alrededor. Por si fuera poco, su padre, Jang-hyun, un profesor de arte educado y con buenos modales, también era víctima del despotismo de Tae-ra, quien lo hacía sentir inferior y poco apreciado como hombre y como persona. Sin embargo, cuando él descubrió que Tae-ra estaba embarazada de Si-young fuera del matrimonio, y se había estado fingiendo que la niña era suya, Jang-hyun descargó su ira contra su hijo. Al final, el resultado fue que, a puertas cerradas, Eun-gyeom era un niño maltratado* por unos padres que se odiaban entre ellos.
*Tae-ra lo maltrataba psicológicamente y Jang-hyun de ambas maneras, tanto física como psicológica, aunque solía utilizar más la de golpearlo.
Cuando el vientre de Tae-ra empezó a hincharse. Ella pasó más tiempo en su propia habitación, y Jang-hyun aprovechó para aligerar sus frustraciones golpeando terriblemente al más débil de la familia, Eun-gyeom.
Al principio, había malas excusas para ello:
“Eun-gyeom se merecía ser castigado porque era inmaduro, lloraba, hacía enfadar a Jang-hyun, o molestaba a Tae-ra.”
Pero, más tarde, cuando el niño empezó a saber comportarse, de manera que no había lugar para aquellas justificaciones, ni siquiera se molestó en buscar nuevas razones. Su padre solía empujarlo a una pequeña habitación de la dependencia para abusar de él sin motivo alguno.
Mientras Eun-gyeom vivía aquel infierno, Tae-ra, un día, se fue de la mansión. Aquella tarde había quedado a solas con un hombre. Por supuesto, a escondidas del ojo público.
—Es una niña.—anunció ella con una sonrisa.
—¿Niña?—dijo el hombre con una alegría en su rostro que apenas podía contener y, mirando la fotografía de una ecografía, añadió—. ¡Qué linda! Quiero conocerla lo antes posible. No tengo miedo en absoluto a la hora de reconocer que es mi hija. Soy tan feliz…
—… Bueno, el primero fue por cesárea, si tengo luego otra… Aunque, ahora que lo pienso, tú también vas a tener que pasar por otra operación, ¿estarás bien?
—Tranquila, la haré una y otra vez si hace falta. Siempre y cuando Si-young pueda conocerme.
—¿Si-young?
—Sí, el nombre de mi hija; Si-young, ¿qué te parece?—dijo él, dándole así el nombre a su hija, antes de irse.
El padre biológico de Si-young, el hombre con el que Tae-ra engañó a Jang-hyun, era su gran amor. Un antiguo amante al que ella amaba tan ardientemente, que incluso estuvo dispuesta a arriesgar su “vida perfecta” por él, a diferencia del hombre con el que se había casado por interés a nivel político.
De hecho, ella aceptó el matrimonio con Jang-hyun al perder el contacto con aquel hombre. Por algún motivo, él había desaparecido cuando Tae-ra aún estaba soltera, solo para reaparecer un día y darle un quebradero de cabeza a Jang-hyun. Aparte de poner tanto su vida como la de su familia patas arriba, el hombre finalmente murió de cáncer, no mucho después de plantar una semilla en el corazón y vientre de Tae-ra.
Cuando la noticia, de que su amante no había sobrevivido a la operación, llegó a oídos de Tae-ra, ella lloró tanto que Eun-gyeom, encerrado en una pequeña habitación del anexo, se sobresaltó y pegó la oreja a la pared para oír si sus sollozos no eran una alucinación. En parte era porque, para él, el que su madre rompiera en llanto era un hecho, de por sí inverosímil, pues, naturalmente, Tae-ra trataba a Eun-gyeom de forma indiferente y con repulsión, ya que era el hijo de Jang-hyun, un hombre al que ella detestaba.
Por eso, desde ese día, Tae-ra se obsesionó con Si-young, el único rastro en vida de su verdadero amor. Incluso, cuando su marido sugirió el aborto de la niña, al descubrir él que no era el padre, ella, ferozmente, se lo impidió.
—Estaría dispuesta a cortarme los pechos, pero no el estómago.
A diferencia del amor incondicional que sentía Tae-ra hacia su hija, ella odiaba a Eun-gyeom por muchas razones. Una de ellas es que lo veía como una abominación que arruinó su cuerpo. Un embarazo no deseado, con un parto difícil que salió mal.
—¡No me hagas reír! ¿Ahora sacas el instinto maternal? ¿Dónde estaba años atrás? ¡Te recuerdo que en cuanto nació ese niño* le diste la espalda! ¡No te importó ni cuando le cortaron el cordón umbilical!—gritó Jang-hyun, golpeando la pared con el puño, furioso.
*Eun-gyeom.
Tae-ra, que a veces se sentía horrible por las feas cicatrices que dejó el embarazo de Eun-gyeom en su cuerpo, se alegraba de poder rodear con los brazos su vientre increíblemente hinchado con la gestación de su adorada hija. Aunque las marcas de su antigua cesárea de urgencias, se alargaban, aumentando su claridad y visibilidad, cuanto más grande crecía su estómago, Tae-ra parecía ser ajena a ello, como si no le importara. Pese a que su abdomen se viera cada vez más antiestético, ella solo pensaba en lo linda que sería su bebé al nacer, es por eso que no le molestaba. Es más, le daba igual si le cortaban la cabeza o si su cuerpo se deformara terriblemente, siempre y cuando eso significase que podría dar a luz a Si-young sana y salva.
Durante todo el tiempo en el que, encinta, Tae-ra esperaba la hora del parto, ella ignoró a Eun-gyeom, como si no existiera. Pero, no fue hasta después volver con Si-Young del hospital, que Tae-Ra se dio cuenta de las implicaciones de lo que Jang-hyun, Eun-gyeom y otros dos ricachones habían estado haciendo en el anexo. Ni siquiera pudo fingir que no lo sabía, cuando ella se encontró cara a cara con Eun-gyeom, que había sido arrastrado por las manos de Jang-hyun a primera hora de la mañana para su habitual ración de maltrato.
Jang-hyun no solo había agredido a Eun-gyeom una o dos veces, sino que lo llevaba haciendo constantemente desde hace casi nueve meses, incluso delante de otras personas. Aun así, la furia intensa de Tae-ra no fue dirigida precisamente al agresor.
—¡¿Qué has estado haciendo?!—gritó Tae-ra a Eun-gyeom, a sabiendas de que Jang-hyun era el culpable de los moretones en el cuerpo del niño.
En ese momento, Eun-gyeom rompió en llanto. Curiosamente, el joven chico nunca había llorado desde que empezó a recibir las brutales palizas de Jang-hyun. Sabía que sus lágrimas únicamente servían para dar más motivos al abuso y, puesto que nadie le ayudaría, aunque escucharan sus sollozos, era mejor aguantarse y apretar los dientes ante el dolor. Pero, cuando Tae-ra lo reprendió de forma brusca, sendas gotas gruesas brotaron de sus ojos apagados, silenciosamente.
Lo más irónico de todo eso es que, pese a que Tae-ra aborrecía a Eun-gyeom hasta la saciedad, seguía llamándolo “hijo”. Quizás por eso, él pensó que, algún día, ella lo aceptaría con el amor de una madre.
—¡Es tu hijo! ¡¿Te has parado a pensar qué pasaría si alguien te ve…?! ¡¿Si alguien habla de ello?!—siguió vociferando ella, esta vez dirigiéndose a Jang-hyun.
Pero, gracias a esas palabras, la ilusión de Eun-gyeom no duró mucho.
—No me importa lo que hagas con él, pero no dejes que se sepa. Si desacreditas mi nombre, te mataré.—gruñó ella por lo bajo mientras se daba la vuelta.
Cuando ella se volvió hacia el carrito de bebé, se le iluminó el rostro de tal manera, que era difícil de creer que, hace tan solo unos segundos, había estado rabiosa, chillando con fuerza.
—Sí, Si-young. Mamá está aquí… Tranquila, no llores mi pequeña.
Al no recibir ni una sola mirada de Tae-ra, siendo solo víctima de su ira contenida hacia él y su marido, Eun-gyeom se dio cuenta entonces:
«Aquí no hay nadie que pueda ayudarme… Estoy solo.»
Aunque era demasiado joven para saber que había sido abandonado por nadie más que sus padres, una crueldad hacia una persona inocente sin igual, Eun-gyeom fue lo suficientemente consciente de que, si quería sobrevivir en aquella casa, debía depender solo de él mismo.
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*Lo que viene ahora es una pesadilla de Eun-gyeom sobre lo que pasó cuando se hizo la cicatriz.
Aquel día, Jang-hyun, que ya había perdido los estribos después de aguantar años con una mujer que lo aborrecía, cogió, de repente, el brazo de Eun-gyeom. Su mirada perturbada se volvió oscura mientras observaba la suave y tierna carne del interior de la muñeca del joven.
—Padre, Padre, ¡¿qué estás haciendo?!
—¡Cállate, maldita sea! ¿Cuál es el punto de vivir así? Prefiero que tú y yo muramos juntos.
—¡Padre!
—¡¿Qué será de ti, Jang Tae-ra, si pierdes a tu marido y a tu hijo en un momento?! Mujer ingrata… Ni siquiera pestañea cuando actúa como una puta delante de mí, me encantaría ver qué hará ahora cuando la gente se entere de esto…
Eun-gyeom, sin saber cómo reaccionar, se sintió como un tonto. Había sido un iluso al pensar, por un momento, en impedir lo que su padre estaba a punto de hacer en vez de correr por su vida. Él también creyó, al igual que Jang-hyun, que quizás la muerte de los dos, o incluso la pretensión de muerte, sería una gran venganza contra Tae-ra. Pero pronto se dio cuenta de cuán equivocado estaba.
«Esto no sería más que una irritación momentánea para ella. A mi madre solo le importa Si-young y todo lo que tenga que ver con ella…»
Con ese tipo de pensamientos, Eun-gyeom dejó esa idea en el pasado, a diferencia de su padre, que, en poco tiempo, se obsesionó con ello.
«Lo que realmente le dolería a Tae-ra, no sería que ahora me cortaran las venas con un cuchillo, sino tropezar con Si-young y propinarle a ella un corte minúsculo en la piel.»
Pensó el joven, viendo cómo su padre agarraba un afilado cuchillo de la cocina.
A Eun-gyeom todavía le sangraba la herida que, un objeto volador, le hizo cuando golpeó contra su frente mientras sollozaba delante de la quemada Si-young. Había sido cuando Jang-hyun enloqueció y lanzó todo lo que tenía a mano, antes de barajar el suicidio colectivo. Por eso, con su mente borrosa, por la pérdida de sangre, observó petrificado cómo su padre se acercaba a él con una sonrisa siniestra propia de un demente.
A pesar de que, ahora, Eun-gyeom era capaz de vencer a Jang-hyun con su fuerza, el joven, puesto de rodillas por las viejas lecciones de violencia, se vio obligado a sacrificar el bienestar de sus muñecas por los deseos de Jang-hyun.
Como la que se dañaría no era la propia carne del agresor, sino la del chico, a Jang-hyun no le importó en lo absoluto, puesto que no sufriría el dolor. Es por eso que Jang-hyun lo acuchilló profundamente de una vez, sin miramiento alguno.
—¡Aaaargh!¡Hugh…!—gritó Eun-gyeom.
*Fin de la pesadilla.
Los ojos de Eun-gyeom se abrieron de par en par y jadeó mientras miraba el techo oscuro de su habitación.
—Haaa, Haaa…
Había vuelto a tener aquella pesadilla recurrente.
Se sacudió la cabeza, para despejar el recuerdo de ese día con el que hacía tiempo que no soñaba, y se secó el sudor de la frente con la mano, que todavía le temblaba de nerviosismo.
Jang-hyun no había aparecido en sus sueños desde que se enteró de su muerte y regresó a Corea. Pese a que sí hubo algún momento en Inglaterra donde se despertaba sudoroso con las memorias de lo sucedido, ya hacía años que no había vuelto a tener el mismo sueño, con tanta claridad, como el que había sufrido hoy.
—Haaa… Haaa… Mierda…—gimió, con su cara contorsionada por el dolor.
El miedo y el temor lo invadieron de nuevo, como si hubiera retrocedido en el tiempo y estuviera allí de nuevo, frente a aquel hombre enajenado. Aunque ya no estaba Jang-hyun, y nunca volvería a entrar en aquel anexo, él se sintió de la misma manera que cuando había sido tan solo un niño. Asustado y aterrorizado mientras era agarrado con violencia del brazo y arrastrado a una habitación en penumbra, tal que un reo llegando a la mazmorra donde le esperaba la tortura.
Eun-gyeom se mordió el labio inferior, con tanta fuerza, que una gota de sangre se derramó por la comisura.
—No… Maldita sea…
Aún no había hecho nada, pero no podía dejarse llevar por un solo recuerdo donde se sentía impotente.
Finalmente, apretó los ojos y los abrió con fuerza, intentando controlar su mente y sus emociones. Debía ser frío y calculador si quería obtener la venganza que tanto deseaba.
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Ya había pasado casi una semana desde la última vez que Si-young comió con Eun-gyeom. Aquel fatídico día donde él reveló varias cosas sobre su espantoso pasado.
Después de prepararse diligentemente para ir a trabajar, Si-young abrió la puerta de golpe. Normalmente, la habría abierto con cautela, preguntándose si Eun-gyeom seguía o no en la habitación de al lado. Sin embargo, ahora ya no le importaba, precisamente, porque, días atrás, Eun-gyeom se había ido de casa sin avisar, dejando su cuarto completamente vacío.
Todos estaban desconcertados por la repentina marcha de Eun-gyeom, que simplemente dejó una nota diciendo que iba a quedarse en un officetel cerca del Museo Janglim. Debido a la tensión que, últimamente, se respiraba en la mansión, la mayoría se alegró de que Eun-gyeom ya no estuviera en la casa, aunque fuera por poco tiempo.
Tae-ra, en particular, estaba encantada, hasta se la veía con mejor aspecto, a diferencia del que tenía unas semanas atrás. Incluso lo celebró vaciando una botella entera de su vino favorito, que hacía mucho tiempo que no tomaba con la excusa de que le dolía muchísimo la cabeza al día siguiente, con tan solo beber una copa.
Después, Tae-ra estuvo un tiempo hablando sobre eso, comentando, sonriente, que era como si se hubiera quitado una espina clavada en el pecho, y que habría sido mucho más feliz si él hubiera regresado a Inglaterra. Aun así, terminó jactándose diciendo que se daba con un canto en los dientes con solo saber que Eun-gyeom estaría lejos de su vista durante un buen tiempo.
Si-young, caminaba ahora por el pasillo, pensando en una tarde en la que se la pasó conversando con Tae-ra. Tras añadir que ojalá, la molestia de su hijo, aprovechara esa oportunidad para irse lejos, al extranjero, o donde fuera que fuese, Tae-ra le dijo a Si-young:
{—Si-young, no te preocupes, estarás tan cómoda como antes, ya lo verás. En cuanto se solucionen las cosas, te buscaremos otro lugar de trabajo, ya sea un hotel u otro centro de exposiciones, así que espera un poco, ¿de acuerdo?
—Sí.
—Si es demasiado duro ir al Museo, no tienes por qué hacerlo.
—No, está bien. Me gusta lo que estoy haciendo ahora.
—Pero, ¿no te molesta? ¿Estás segura que él no está aprovechándose de ti o algo así?}
Aunque, en ese momento, Si-young asintió dócilmente respondiendo que sí, que estaba todo bien, en realidad quería sacudir la cabeza negativamente para decir la verdad:
«No, no estoy trabajando a gusto y no estamos en buenos términos. Creo que me odia y temo lo que está planeando hacer…»
Pero, ¿cómo le iba a decir eso a Tae-ra, que celebraba, con excesiva alegría, la partida de su hijo? Además, si él no hubiera confesado su dolor, no se sentiría así. Patéticamente confundida con unos extraños sentimientos de simpatía hacia él.
Aun así, había una parte de ella que le pedía a gritos en su cabeza:
«Aléjate de él.»
Básicamente, porque Eun-gyeom, aparte de hablar sobre todo lo que había sufrido como si no fuera nada, también reveló sus deseos de venganza; una, que sabía cómo realizarla.
Si no hubiera trabajado en esa galería de arte con él, ella nunca tendría que haberse visto involucrada en medio de todo aquello. Es más, nunca se sabe. Puede que, con el tiempo, incluso podrían haberse llevado bien los dos y entablar una amistad, que ahora, en el presente, era completamente improbable.
Desafortunadamente, era demasiado tarde para los arrepentimientos y las especulaciones, pues, actualmente, Si-young ya tenía un cierto vínculo con él. Su secreto dejó de ser sabido por una persona a dos, siendo la otra, ella misma.
Aquella tarde de charla, Si-young, que era bien consciente de todo lo que la rodeaba, se sentía incapaz de compartir con Tae-ra el regocijo por la repentina acción de Eun-gyeom, puesto que había algo más importante rondando por su cabeza:
«¿Cuál es el plan de Eun-gyeom? ¿Qué pretende hacer este hombre?»

RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: MARIE
CORRECCIÓN: MIMY
REVISION: M.K.R