Capítulo 5
Si-young era una chica inteligente que aprendía rápido y, gracias a eso, era capaz de adaptarse a su entorno de un modo relativamente fácil.
Su situación no era como la de los demás. De hecho, empezó a darse cuenta de eso muy pronto, cuando iba en primaria, al observar que sus compañeros no usaban la palabra “director” para referirse a sus padres. Quizás fue, desde ese momento, que ella supo con total seguridad que su vida era muy diferente a lo estipulado según la sociedad. Pero no solo eso había marcado el día a día de Si-young. Ya, desde muy pequeña, cuando aún residía en la guardería del orfanato, tuvo que cuidar de sus hermanos pequeños en la misma habitación, antes que de ella misma.
Al principio, como todos los niños de su edad, tenía sus pequeñas ambiciones, como querer jugar, o poseer algún que otro juguete. Sin embargo, al ver las caras de cansancio de los profesores, o la de vergüenza del director, cuando posponía el ocuparse de sus hermanos pequeños para su propio beneficio, ella desistió y dejó de lado sus propias prioridades. Es más, eso no solo quedó ahí. Si-young, desde que tenía memoria, reprimía todos sus deseos; así como, el de tener una habitación para ella sola, el de escoger los mejores juguetes o el de ser la primera en comer platos deliciosos que, rara vez, podían disfrutar.
Puede que, para un adulto, esas fugaces miradas despectivas fuesen fáciles de ignorar, pero no para la pequeña Si-young, quien no las soportaba. Es por eso que, con el tiempo, ella llegó a normalizar que, poner una manta sobre los cuerpos de sus hermanos, decir “no” a sus regalos e, incluso, privarse de comer, era su deber y, por tanto, lo más importante sobre todo lo demás.
Al final, eso la llevó a acostumbrarse a nunca decir la palabra “quiero”, hasta que tuvo unos doce o trece años, momento en que se vio obligada a hacerlo, puesto que a menudo se le presentaba la oportunidad de ser adoptada.
Las niñas solían ser buscadas por personas que querían un hijo, pero no podían molestarse en criarlo. El ejemplo más común, era el de aquellos que deseaban darle una hermana a su hijo biológico, más que nada porque parecía que se sentía muy solo cuando éstos estaban ocupados trabajando. Puede que fuera demasiado conservador, pero, de aquellas, se tenía el concepto erróneo de que una niña sería más cariñosa a la hora de interactuar con su hijo, además de ocuparse de algunos quehaceres de la casa.
Si-young siempre era la primera opción, pues era conocida por ser una niña tranquila y obediente en el hospicio. Para complacerlos, intentaba ser lo más discreta posible, encajando en sus estándares y requisitos, o dicho de otro modo, aquellos prejuicios que se ocultaban tras una falsa sonrisa.
No obstante, año tras año, empezó a estar cansada estaba de escuchar las mismas palabras:
{—Es una niña educada, sabe escuchar, es amable y se le da bien jugar con los demás niños.}
El motivo era que, pese a los constantes elogios de sus profesores, Si-young tenía que ver, una y otra vez, cómo otro niño era el que cogía la mano de sus nuevos padres adoptivos y los seguía. Este hecho se repitió innumerables veces hasta que entró en el instituto, momento en el que se dio cuenta de la realidad: sería huérfana, para siempre.
A veces, deseaba ser una chica estúpida y despistada que no supiera nada. Solo así, dejaría de llorar inútilmente en su futón, deseando que la dejaran en paz. Es más, su frustración por no ser adoptada, llegó hasta el punto de empezar a molestarse por no poder tener las cosas que sus demás compañeros daban por sentadas. Aunque bien es cierto que sus rabietas no eran habituales, sí había días en que su enfado, sin motivo aparente, se hacía insoportable.
No fue hasta el día en que ella conoció a Tae-ra, momento en el que dejó de sentirse rota por dentro:
{—Hola pequeña, ¿cómo te llamas?}
{—… Si-young.}
Por primera vez, estaba agradecida por su rapidez mental a la hora de leer a la gente. Por eso, Si-young no tardó en darse cuenta de lo que Tae-ra quería de ella, pues captó, de inmediato, de quién se trataba la imagen que la mujer proyectaba en su rostro cada vez que la veía. Era nada más, y nada menos, que su reciente hija muerta, Yoo Si-young. Una chica de la misma edad, el mismo nombre y aspecto similar al de ella. Por supuesto, Si-young no podía estar equivocada con su suposición, sobre todo desde el momento en el que Tae-ra comenzó a visitar el orfanato con el fin de “ponerla a prueba”.
A menudo, ella compraba dos o tres cangrejos marinados, exactamente iguales, y los ponía delante de Si-young. Luego, mientras la miraba atentamente, le pedía que eligiera el que le resultara más apetecible. Las primeras veces, Si-young escogía el que le gustaba, que, por pura casualidad, coincidía con los gustos de Yoo. Pero, más tarde, cuando la elección no se limitaba a solo escoger entre mariscos iguales, sino a un amplio abanico de cosas diferentes, Si-young acabó optando por seleccionar aquello que Yoo habría preferido, guiándose, según por dónde se dirigiese la mirada sutil de Tae-ra.
Cuando la joven Si-young acertaba, que era casi el noventa y nueve por ciento de las veces, Tae-ra sonreía contenta. Incluso, a veces, se emocionaba tanto, que llegaba a mostrar sus brillantes ojos al borde de las lágrimas. Luego, como premio por “tener” los mismos gustos que la difunta Yoo, Tae-ra solía abrazarla fuertemente mientras decía:
{—¡Siento como si realmente estuviera de nuevo con mi querida Si-young!}
Cuando Si-young cumplió los veinte años, Tae-ra se ofreció para ser su guardián, pero, en lugar de adoptarla, le sugirió acogerla en su casa como una estudiante apadrinada.
Al escuchar su propuesta, que, en concreto, se trataba de tomarla bajo su tutela y cuidarla hasta que se graduara en la Universidad y fuera totalmente independiente, Si-young no tuvo la vana esperanza de que Tae-ra cambiase de opinión a la hora de escoger la adopción. Ni siquiera pensó que eso fuera posible, ni aunque pasaran un largo tiempo juntas. Para Tae-ra, la única hija que tenía era Yoo Si-young, y ella, una tocaya de su querida niña, cuyo apellido era Yoo, ocupaba su lugar como una simple sustituta. Quizás, la mejor cualidad que tenía Si-young en aquella situación, era saber cuál era su lugar y aceptar no salirse del papel que le había tocado interpretar.
De esa manera, la joven Si-young se trasladó a su nueva residencia; una mansión lujosa y espaciosa. La habitación que le dieron era la más grande de todas y equivalía a dos, de las que había tenido en el orfanato, juntas. Dormía sola en una cama doble que, por lo ancha que era, le permitía extender su cuerpo por completo, y, la colorida ropa del amplio armario, que ocupaba casi una pared entera, era toda suya. Además de otras comodidades varias más que suficientes para Si-young.
Por eso y mucho más, ella no se sentía miserable, ni amargada por ser la sustituta de otra. Solo quería que Tae-ra pensara en ella como alguien útil, a la hora de evocar a su querida Yoon Si-young, y, a ser posible, que eso fuera durante mucho tiempo.
Pero todo cambió desde el momento en que Eun-gyeom llegó a la mansión.
—Ya has estado por aquí durante un buen tiempo, ¿no?—le dijo él apoyado en el marco de la entrada del comedor.
—…
Era un día como otro cualquiera, en el que Si-young se disponía a tomar su almuerzo. Si algo habría que destacar, era que Tae-ra estaba ausente y, tal vez por eso, Eun-gyeom se dignó a hacer acto de presencia, mostrándose, ante ella, de una forma un tanto serena y relajada.
—Veo que estás bastante familiarizada con la cocina, o donde sea que estés en esta mansión.
—…
Si-young se levantó con el tenedor en mano y miró a Eun-gyeom en silencio. No sabía muy bien cómo actuar o reaccionar con él. Por tanto, cuando el joven se acercó lentamente a la mesa, ella dio un paso atrás por acto reflejo.
—Está bien. Haz como si estuvieras en tu propia casa.
El almuerzo ya estaba en la mesa y alejarse e irse de allí no era una opción. Mucho menos fingir no darse cuenta de las provocaciones de Eun-gyeom para hacerla hablar.
—¿Almuerzo?—preguntó él de forma escueta mientras miraba los platos que ella había dispuesto ordenadamente.
—Sí…
Eun-gyeom pasó junto a la mesa y, con un rodeo, se acercó a Si-young, quien respiró hondo ante la repentina cercanía. Por algún motivo, la simple presencia de aquel chico la ponía nerviosa.
—¿Puedo comer contigo? No he tomado nada desde el desayuno.
Inquieta, ella dudó por un momento, incapaz de responder. Viéndola reaccionar de esa manera, Eun-gyeom cambió su propuesta:
—Si no estás cómoda conmigo, vete, o, si lo prefieres puedo irme yo.
—N-no, está bien… Quédate.—balbuceó ella
Eun-gyeom se quedó mirando a Si-young durante un instante, y luego añadió:
—Creo que ya te lo dije antes. Tú eres la única que tienes las de perder si intentaras fingir.
— …
Cuando Eun-gyeom volvió tras su larga estancia en el extranjero, Si-young estaba más inquieta, que feliz o asustada, de ver al otro integrante de la familia, del que solo había oído hablar rumores. A medida que el tiempo con Eun-gyeom aumentaba, también nació la preocupación de que él se convirtiera en el motivo principal que destruiría, de forma inmediata, su deseo de permanecer en la mansión el mayor tiempo posible. Nada más lejos de la realidad, pues Eun-gyeom no le había dado motivo alguno para pensar así.
La ansiedad, que provenía de su egoísmo, la carcomía por dentro. Incluso, a veces, antes de abrir una puerta, pegaba la oreja a la superficie de ésta para cerciorarse de si él podría estar, o no, en el pasillo. Era extrañamente consciente de lo que le rodeaba mientras subía y bajaba las escaleras, constantemente en alerta por si Eun-gyeom saltaba a su encuentro desde algún lugar de la casa. Su nerviosismo era tal, que se sentía como una presa vigilando que el depredador no estuviera cerca.
Eun-gyeom, por otro lado, era muy discreto.
La saludaba al verla y al cruzarse con ella. Es más, en ocasiones, él actuaba como si fueran los únicos que vivieran allí, diciendo alguna que otra frase amable que esperarías oír en una conversación normal, tal que: “He comido”, “Buenos días”, o “Buenas noches”. Palabras cotidianas que esperarías de una familia ordinaria que vive bajo el mismo techo. Términos que nadie, excepto Tae-ra, le había dicho nunca.
Con el tiempo, Eun-gyeom empezó a elaborar aún más sus saludos y lo curioso es que denotaba un interés genuino detrás de cada vocablo. Eun-gyeom comenzó a dirigirse a ella de una manera, que ni siquiera Tae-ra lo hizo antes, por no hablar de las interacciones entre madre e hijo de Tae-ra, las cuales brillaban por su ausencia.
Si-young, hacía tiempo que no había escuchado a alguien que le preguntara, por su bienestar, tanto a la mañana como por la noche y, menos aún, se esperó que fuera aquel joven quien se los dijera primero. Si-young recordaba a la perfección cuando comenzó a notar esa leve diferencia en los saludos de Eun-gyeom. Exactamente ocurrió un día en el que, tras sus habituales “Buenos días”, le siguió una pregunta de lo más común: “¿Has dormido bien?”. Mas fue su intensa mirada y el tono casual, ni muy afectuoso, ni muy frío, los que bastaron para que Si-young empezase a sentir ciertas emociones sutiles hacia él.
Cada vez que Eun-gyeom la trataba de esa forma diferente, amable y totalmente diferente a la de los otros integrantes de la casa, Si-young se preguntaba por qué no mostraba hostilidad hacia ella. Además, la disparidad de su comportamiento se hacía abismal cuando Tae-ra y él se encontraban por casualidad, o mejor dicho, por accidente. Bastaba con un instante para que el ambiente entre ellos se volviera inquietante y precario, como caminar sobre hielo fino.
Si-young, confundida, pensó en las últimas semanas que pasó con él. Era buena para leer las intenciones de la gente, pero Eun-gyeom seguía siendo un completo enigma para ella, lo que, en cierta manera, le provocaba un mal presentimiento. Es por eso que, cada vez que Tae-ra lo miraba como si fuera un adefesio, Si-young se sentía interiormente aliviada y, los momentos en que Tae-ra le dejaba claro que lo quería fuera de casa, de Corea, de su vida, ella se sentía agradecida de poder seguir allí. No era por maldad, sino por esa inquietante sensación de no saber qué es lo que Eun-gyeom quería de ella.
Mimy: Quiere todo de ti, como mujer, no como sustituta de su hermana XD
A diferencia de Jang-hyun, que la trataba como si no existiera, dejándole en claro que no quería saber nada de ella, Eun-gyeom no dudaba en hablarle amablemente, incluso en presencia de Tae-ra. A veces, con un roce sutil, se atrevía a tocarle el hombro o el brazo, y Tae-ra respondía con una mirada aguda, lo que provocaba aún más Eun-gyeom convirtiendo sus toques en algo más sugerente.
Cuando Si-young retrocedía, con el corazón desbocado, pese a no estar asustada en lo más mínimo, Tae-ra le gritaba que se fuera mientras intentaba empujar a Eun-gyeom fuera del cuarto en donde se encontraban.
Si-young, tras unos cuantos días de convivencia junto a Eun-gyeom, trató de pensar en una razón de por qué estaba actuando de esta manera, pero fue en vano. No tenía ni la menor idea y, de todas las posibilidades, ninguna le parecía una buena respuesta.
Ahora, que ella nuevamente lo tenía de frente, en el comedor, tras su habitual advertencia de “No finjas o tendrás las de perder”, solo se le ocurrió bajar la cabeza y disculparse:
—Lo siento…
—No pretendía obtener disculpa alguna.
—…
Eun-gyeom fue tranquilamente a la cocina, volviendo a la mesa con su propio bol de pasta y un tenedor.
—Vamos, siéntate y come.
Mientras Si-young se sentaba vacilante, Eun-gyeom empezó a comer. Era la primera vez que él comía con ella, desde que cenaron los tres con Tae-ra, hace tan solo unas semanas. También era la primera vez que compartían un largo momento a solas, sin nadie más alrededor.
—Pensé ya que te habías graduado. —comentó Eun-gyeom repentinamente.
Si-young, que no se esperaba entablar una conversación con él, apenas pudo tragar su ensalada para responder.
—Sí… Me gradué. El mes pasado…—contestó ella y, mientras Eun-gyeom la observaba directamente a los ojos, preguntó con cautela—. ¿Cómo…? ¿Cómo lo supiste?
—Por la gente que trabaja aquí. —respondió Eun-gyeom resoluto, limpiándose la comisura de los labios con una servilleta—. Hablas poco, así que solo sé de ti por lo que escucho.
—¡Oh…!
—Además, todo el mundo parecía querer saber…—Eun-gyeom tomó una pausa y, poniendo sus dedos sobre el mentón, de forma reflexiva, profundizó su mirada.
— …—Si-young aguardó en silencio, notando cierta tensión en el ambiente.
—… Cuándo te vas. —concluyó Eun-gyeom tomando un largo sorbo de agua, como para enjuagarse la boca, antes de añadir—. Por cómo hablan, creo que quieren que te vayas.
Si-young, en ese instante, entró en pánico y agarró con fuerza el tenedor.
Miles de imágenes pasaron por su mente aturdida, una tras otra. Especialmente, recordó a aquellos que la recibieron esa mañana, quienes fueron tanto criadas, como asistentes de Tae-ra y, por supuesto, también su secretaria de confianza. No solo hoy, sino desde el principio, todos y cada uno de ellos, sin excepción, habían sido muy amables y gentiles con ella.
Sin embargo, su agitación no se debía al pensamiento dudoso de que, aquel positivo comportamiento en su presencia, no fuera más que una mentira. Estaba más alterada por descubrir que, en realidad, a sus espaldas, deseaban que se fuera, preguntándose cuándo lo haría. Si Eun-gyeom sabía que estaban pensando eso, entonces la cosa debía ser seria. No obstante, lo peor es que lo ocultaban muy bien, porque, incluso Tae-ra, parecía no saberlo.
Si-young, con la cabeza embotada, se le hacía difícil analizar la situación de una manera objetiva. Ella, que era muy buena y rápida al leer las intenciones de la gente, a excepción de las de Eun-gyeom, no entendía cómo pudo haber pasado eso por alto. Pero, tras unos segundos de reflexión, obtuvo su respuesta: Simplemente había querido fingir y no verlo, justo cómo le había advertido Eun-gyeom.
Al final, Si-young se dio cuenta de que muchas de las personas que le regalaban una sonrisa afable, luego, se daban la vuelta entre susurros de menosprecio. Ya había pasado varias veces, así como lo que ocurrió durante el funeral de Jang-hyun. Tal vez, por eso, ya fuera por pena o simpatía, lo cierto es que Eun-gyeom, ahora, le había dicho la verdad directamente, y ella, por su parte, se sentía agradecida. De hecho, sabía que algunos la ignoraban cuando no miraba, y otros, le hacían comentarios sarcásticos a la cara como:
{— Ni siquiera te pareces a ella.}
Las señales siempre estuvieron ahí, y fue su elección el ignorarlas, sabiendo que solo ella tenía las de perder.
—Una vez que consiga un trabajo…—se excusó Si-young.
—Entonces, ¿quieres decir que te irás después de que consigas un trabajo?—cortó Eun-gyeom
—…—Si-young no podía responder fácilmente. En su lugar, frunció los labios con fuerza, tratando de pensar en algo qué decir para evitar aquella incómoda conversación.
Era complicado encontrar un pretexto creíble, porque ella tenía muy claro lo que quería hacer.
Su deseo era quedarse allí el mayor tiempo posible, por tanto, había decidido solo se iría una vez que Tae-ra le soltara la correa que la mantenía atada a ese estilo de vida. Una vez que, la madre de Yoo, ya no la necesitara, por mucho que Si-young lo intentara, sabía que ella no podría volver a quedarse allí por más que lo quisiera. Hasta entonces, mientras ella fuera útil a la hora de ocupar el espacio que dejó la difunta hermana de Eun-gyeom, ella no abandonaría la mansión. Pero, claro está, que no podía confesarle eso a aquel quién la estaba interrogando con el fin de saber el momento de su partida, que, según él, tenía que ser inminente.
—¿Segura? ¿O será más bien cuando ya no pueda vivir más como “Yoo Si-young”?—insistió Eun-gyeom, quien dio en el clavo.
Mimy: A ver, interpretar el papel de Yoo Si-young como una actriz las 24h, siete días a la semana, en cierta manera es un trabajo. Así que no le falta razón a Eun-gyeom porque trabajo ya tiene XD
—…
Hasta qué punto ese hombre la conocía tanto, sin apenas haber cruzado unas cuantas palabras y saludos por los largos pasillos de la mansión.
—Yoon Si-young.
Si-young lo atravesó con la mirada cuando él escupió su verdadero nombre. Uno que no se debía pronunciar con facilidad en aquella casa, como si fuera una regla no escrita para todos los integrantes de la mansión.
Mimy: Como Voldemort.
En ese momento, cuando la expresión de Eun-gyeom se torció, mostrando una mueca forzada, Si-young pareció comprender finalmente lo que él pensaba de ella.
«Me odia.»
Ese era el verdadero Eun-gyeom, él que ahora mismo tenía delante. No aquel hombre amable que le deseaba las “Buenas noches”, sino aquel que estaba ante su mirada. Fue cómo quitarse la venda que la cegaba, en este espacio sin ojos para ver y sin oídos para oír*.
*Se refiere a que Si-young al fin abrió los ojos. Una cosa es no ver la realidad y ser completamente ignorante de ella, y otra es verla y fingir ignorancia para tu propio beneficio. Hasta ahora ella era más bien pasiva. Se convencía de su propia irrealidad y prefería ser ignorante antes que ver las cosas cómo son y actuar en pro de su conveniencia.
Si-young dejó el tenedor en silencio, siendo consciente de que Eun-gyeom parecía querer una respuesta, ya que no hacía más que intentar provocarla con comentarios llenos de bravuconería.
—Parece que llevas tiempo “jugando a las casitas”. ¿Aún no te has aburrido de eso después de tanto tiempo?
Ella sabía que tenía que contestar, aunque sólo fuera para poner fin a esa molesta conversación y, por consiguiente, también finalizar de una vez por todas aquella comida insufrible. Tras pensarlo por unos segundos, Si-young dio con una buena resolución, que formuló, hablando despacio:
—Pues me iré cuando mi madre lo decida, entonces.
—…—los labios de Eun-gyeom se torcieron con un perspicaz toque burla—. ¿“Madre”?
Si-young rápidamente se dio cuenta de que su mirada había cambiado de forma sutil. Ya no había motivo para sentarse más frente a él.
Ahora Si-young estaba segura de que Eun-gyeom la había espiado, igual que ella a él, y, la forma despreocupada en que la había estado tratando, sin mostrar mucha hostilidad, se debía a una “medida temporal”. Una que él tomó mientras averiguaba qué hacer con ella. Sin embargo, el veredicto parecía ser odiarla por sí mismo sin una razón de peso.
Inmediatamente, Si-young se levantó sin terminar de comer y puso su cuenco en el fregadero de la cocina. Eun-gyeom, por su parte, no se molestó en detenerla ni en decir nada.
—Con permiso, me voy primero—concluyó ella.
Mientras se alejaba, Si-young se preocupaba cada vez más por su situación. Se preguntaba cómo podría sacar a Eun-gyeom de esa casa y de su vida.
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[Noche de Patrocinio del Hotel Taejoong.]
Tras mirar la larga pancarta, Si-young leyó lentamente la placa frente a la mesa en la que estaba sentada.
[Yoon Si-young.]
Cada año, en ese día de marzo, Tae-ra organizaba una fiesta para agradecer a todas las personas y organizaciones que ella patrocinaba, incluida Si-young. Por tanto, hoy, todos se reunían allí para celebrarlo. Si-young, que llevaba más tiempo recibiendo su apoyo financiero con sus estudios, era la única que vivía en la mansión y, así mismo, era una de las invitadas más importantes.
Todos los años, la ceremonia era similar.
Tae-ra subía al estrado y daba una breve felicitación de Año Nuevo. Luego, presentaba a las personas y organizaciones que se habían unido a ella en actos benéficos, tales como el apadrinamiento, y recibía una oleada de aplausos. Finalmente, los que habían conseguido algún logro de importancia con su apoyo, contaban sus historias y recibían felicitaciones. Igual que hizo Si-young hace unos años, cuando contó cómo la gran ayuda de Tae-ra le permitió estudiar, entrar en la universidad y prepararse para una nueva vida.
Sin embargo, esta vez, el evento era un poco diferente. Todo en la sala, decorada de arriba abajo, parecía incoherente, extrañamente inconexo según su finalidad. La gente hablaba, aplaudía y se reía de forma ordenada, pero resultaba incómodo.
Si-young inmediatamente pensó que se debía a una persona: Eun-gyeom, quien nunca antes había estado presente en dicha reunión benéfica.
—¡Oh! Casi se me olvida presentar a alguien importante. —dijo Tae-ra cuando se paró en el podio y miró a Eun-gyeom, con una cara que Si-young nunca antes había visto—. Me gustaría presentaros a mi hijo, que me ayudará a dirigir el Museo de Arte Janglim.
Todas las luces dirigidas a Tae-ra brillaron sobre Eun-gyeom. Si-young lo observó atentamente, viendo cómo él permanecía de forma serena bajo la iluminación. Parecía tranquilo y lo estaba. No había señal alguna de que le hubiera disgustado el anuncio unilateral de Tae-ra, quien, con indiferencia, le informó horas antes de la fiesta, que tenía que asistir hoy obligatoriamente.
—Me presento, soy Yoo Eun-gyeom.
Su profunda y grave voz llenó la sala mientras la gente aplaudía su lacónico saludo. Si-young fue la única que no le dio la bienvenida entre palmadas. No fue porque no quisiera sumarse a la ovación, sino porque él la estaba contemplando fijamente, con aquella mirada intensa e impetuosa que, por algún motivo, solo se la dirigía a Si-young.
—…
La pregunta de cómo la había encontrado tan rápido, en una habitación apenas iluminada, y entre tantos otros en la oscuridad, fue una ocurrencia tardía, que pasó por la mente de la joven.
Desde el momento en que sus ojos conectaron entre sí, entrelazando sus pupilas, como si fueran ellos dos los únicos que existían en aquel espacio, Si-young sintió cómo todo su cuerpo se ponía rígido y tieso. Aunque no supo el por qué, hasta mucho más tarde.

RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: MARIE
CORRECCIÓN: MIMY
REVISION: M.K.R