Capítulo 4
El día que Si-young vio a Eun-gyeom por primera vez, estaba vestido de negro al igual que muchas personas que había a su alrededor. Con la notable diferencia de la ausencia de tristeza y angustia por la pérdida de su padre. Su expresión era demasiado indiferente y, si algo se podía intuir, era cansancio.
El aire a su alrededor, mientras estaba allí parado, era más frío que la ráfaga de viento que ululaba desde el exterior y, verlo de ese modo, evocaba una sensación glacial hasta el punto de sentir hormigueo en las mejillas.
Si-young, como hipnotizada, no dejaba de mirar a Eun-gyeom que estaba solo en medio del bullicio de gente que iba y venía. Un hombre que parecía aburrido, como si quisiera que el tiempo pasara rápido.
«Yoo Eun-gyeom…»
Ella sabía de su existencia, pero solo de nombre, cada vez que hablaban sobre él. Al principio recibió una breve explicación, diciendo que era el hijo de Tae-ra y Jang-hyeon y el hermano mayor de Yoo Si-young. Además de que, antes de que su hermana Si-young muriera, o después de que él se fuera a estudiar al extranjero, nunca había vuelto a Corea. Ciertamente una información escasa que provenía de forasteros o la mismísima Tae-ra.
Sin embargo, una vez que comenzó su estancia en la mansión, ocasionalmente escuchaba a las amas de llaves cuchichear acerca de aquel misterioso miembro de la familia Yoo.
«Un hombre que ha sido rechazado por sus dos padres…»
Tae-ra y Jang-hyun consideraban a Eun-gyeom una espina en sus vidas, y ambos siempre trataban de posponer sus responsabilidades a la hora de hacerse cargo de él.
Tras años de abusos, abandono y visible discriminación en comparación del trato que recibía Yoo Si-young, de repente se fue a estudiar al extranjero. Por supuesto, lejos de echarlo de menos o comunicarse de vez en cuando con él, Tae-ra y Jang-hyun lo borraron de sus rutinas como si nunca hubiera existido.
Obviamente, Si-young no sabía hasta qué punto eso era cierto o no. Pero el día de la muerte de Jang-hyun, cuando ella fue testigo de cómo Tae-ra se comportaba al llamar a Eun-gyeom, se dio cuenta de que los rumores no estaban lejos de la verdad.
Quizás fuera porque ella ya sabía algo de él que otros desconocían, o bien porque sentía cierta simpatía; pero sea cual fuese la razón, Si-young no podía apartar los ojos de él, mientras estaba allí parado, como un pedestal.
Su rostro no le era familiar, sin embargo, por algún motivo, sentía algo de cercanía, y probablemente ese era la causa principal por la que ella no podía dejar de seguirlo con la mirada.
El día antes del funeral de Jang-hyun, Si-young, en nombre de Tae-ra, visitó el depósito de cadáveres en el hospital. Debido a que era temprano en la mañana, pocas personas cercanas al difunto vinieron a ayudar. Gracias a eso, Si-young encontró a Eun-gyeom fácilmente durante el velatorio. A pesar de estar de pie, junto al féretro, un lugar reservado para los más allegados a Jang-hyun, nadie venía a darle el pésame. No obstante, él seguía imperturbable en aquel lugar y, fue así como, de una mirada limpia, Si-young conoció a Eun-gyeom por primera vez.
Después de pasadas unas horas del funeral, Si-young se acercó a Eun-gyeom y, mirando la lonchera que había preparado en casa, habló con torpeza.
—Yo…—titubeó mientras él bajaba la mirada hacia ella—. Escuché que aún no has comido nada desde la mañana…
—…
—Esto… Lo prepararon las empleadas de la cocina en casa y… ¡Oh…!—Si-young rápidamente cerró la boca.
No importaba cuán habitual fuera, de alguna manera le parecía incorrecto llamar a Tae-ra “madre” frente a su hijo real. Por eso, tras unos segundos de pausa y después de pensarlo bien, reanudó lo que venía diciendo:
—Ejem… La directora ejecutiva todavía está arreglando algunos papeles en el hospital, así que vine aquí en su lugar.
No sabía si era el ambiente habitual de un velatorio o la imponente presencia de Eun-gyeom, pero se sentía extrañamente nerviosa y con el corazón latiendo a mil por hora. Debido a esa inquietud, la ausencia de respuesta de Eun-gyeom la hizo sentirse todavía más incómoda, por lo que ella rápidamente añadió:
—Si te viene bien para ti ahora… Puedes retirarte por un momento para almorzar…
—¿Quién eres tú?—preguntó él de forma tajante.
Tras esas palabras, que quedaron suspendidas en el aire de una manera un tanto antinatural, provocaron los susurros de la gente que había detrás de él. El murmullo era considerablemente bajo, pero no completamente inaudible. Al menos no, para los oídos de Si-young, los cuales captaron a la perfección aquella conversación llena de morbo que mantenían, sin respeto, unos cuantos entrometidos:
—¿No es esa la hija de la esposa de Jang-hyun…?
—¿Hija? ¿No está muerta?
—Sí, escuché que era complicado… No es su hija realmente, pero cuando está con Tae-ra suena como si lo fuera…
—¿Sí? ¡No me digas! ¿Cómo es que eso sucedió?
—Escuché que originalmente era huérfana.
Avergonzada, Si-young agarró con fuerza el pomo de la puerta, pero dudó por un instante.
«¿Qué debo hacer en esta situación? ¡Qué tonta! Obviamente Eun-gyeom no sabe nada… ¿Debería no darle importancia al asunto con una sonrisa, o no? ¿Debería decir algo más para aclarar el asunto, o huir despavorida?»
Mientras reflexionaba sobre la respuesta o acción apropiada, el susurro se detuvo cuando Eun-gyeom agarró la lonchera.
—¡Oh!—musitó Si-young sorprendida.
La mano, fibrosa y masculina, de Eun-gyeom rozó sutilmente el dorso de la de Si-young, mientras se apoderaba del recipiente por el asa. El breve contacto sobresaltó a Si-young, pero, cuando sintió cómo ambos entrelazaron sus dedos al pasarse el envase el uno al otro, el calor aumentó y su pulso se aceleró junto a sus fuertes e intensos latidos de su corazón. Cuando se separaron, el hormigueo cálido en la piel que tocó Eun-gyeom duró por unos instantes, en los que ella, para olvidarse de aquellas nuevas sensaciones, preguntó:
—¿Te gustaría comer ahora? Si me permites yo…
Si-young volvió a extender la mano hacia la lonchera con la intención de prepararla, pero Eun-gyeom no se la entregó.
—Se te da bien fingir que no te importa.
—Perdona, ¿Cómo dices?—respondió Si-young lentamente que, mientras levantaba la cabeza irreflexivamente, se encontró con los ojos de Eun-gyeom, que la estaba mirando con intensidad.
Su rostro, que era tan blanco y terso como un papel sin arrugas, estaba ligeramente torcido con una sonrisa irónica. Esa fue la primera vez que ella lo vió sonreír, pese a ser consciente de que no era un gesto para expresar alegría, precisamente.
—Debes haber escuchado a todos esos fisgones perfectamente, pero haces oídos sordos. —continuó Eun-gyeom—. ¿Siempre eres así? ¿Finges que no lo sabes, que no lo escuchas y todo está bien para ti?
—Esto…
Sin darle tiempo a buscar una explicación, Eun-gyeom agarró a Si-young por el hombro y la giró hacia el otro lado. Gracias a eso, ella y las personas que se habían reunido en un rincón, cuchicheando entre sí, se encontraron frente a frente inesperadamente. Todos ellos, al chocar con los ojos de Si-young, intentaron disimular torpemente. Algunos tosieron en vano, otros desviaron sus miradas e incluso hubo unos pocos que descaradamente cruzaron sus asientos en diagonal para evitar ser vistos.
—Aunque finjas ser así, de forma sumisa e ignorante, al final, eres tú la única que tiene las de perder.
—…
Extrañamente, Si-young no se ofendió por su comportamiento y su mano en el hombro. Al contrario, el corazón le dio un vuelco, como si se estuviera excitando con el calor del toque de Eun-gyeom.
—No hay fin, a la hora de quemarse por dentro. Así que, no te dejes pisotear.
Si-young, con aquellas palabras, pensó que si se quemaba por dentro, no era por fingir no escuchar a unos cuantos curiosos, sino por fingir no ser consciente de las emociones que aquel hombre despertaba en ella.
━━━━━━━ ∙ʚ♡ɞ∙ ━━━━━━━
Tae-ra permaneció en el hospital durante todo el funeral de Jang-hyun y solo hizo una breve aparición horas antes de que finalizara el velatorio. Llevaba un sombrero de ala ancha que le cubría la cara y guantes negros de encaje. Al verla así, todo el mundo supuso que ocultaba, con todas sus fuerzas, su dolor por la pérdida de su marido. Pero en realidad, era para ocultar su rostro aburrido e irritable durante lo que quedaba de ceremonia.
Tras el mortuorio de Jang-hyun, Tae-ra dedicó los días siguientes a eliminar todo rastro que quedaba de él en la espaciosa mansión.
El estudio del difunto pronto se convirtió en una especie de centro de exposición de los objetos antiguos que ella coleccionaba. Las estanterías repletas de libros desaparecieron, disipándose el olor a viejo que emanaba de entre las gastadas hojas de éstos. Al final quedó una habitación casi inservible, con un ambiente rancio y más penetrante de lo habitual.
No solo en la mansión tuvo lugar “la limpieza” de Tae-ra. Ella también se deshizo de todas las pinturas que le gustaban a Jang-hyun de su galería de arte y compró otras para llenar directamente los espacios que aquellas dejaron. Incluso puso algunas de sus pinturas y esculturas favoritas en el anexo del museo que, originalmente, pertenecía a su difunto esposo. En cualquier caso, ella eliminó toda huella o signo de la presencia Jang-hyun, como si enterrarlo no fuera suficiente para destruir su existencia por completo. En consecuencia, durante días y días, las amas de llaves, los jardineros y el personal del museo estuvieron atareados con trabajo hasta arriba y casi fuera de control.
Mientras tanto, Tae-ra se dedicó a pintar su habitación y la de Si-Young, puso muebles nuevos y llenó el armario con ropa nueva. Sin embargo, Si-young dobló y organizó todas sus prendas de vestir en una pequeña caja dentro del gran ropero abarrotado.
Aunque toda la casa había sido redecorada, como si acabaran de mudarse, había una habitación que nadie, ni siquiera Tae-ra, abría. Era como si entrar en ella fuese un tabú. La puerta gris, en el extremo derecho de la segunda planta, correspondía al cuarto que, desde que Si-young se mudó a la mansión, siempre había estado cerrado.
La segunda vez que ella volvió a ver a Eun-gyeom fue en el salón, donde Tae-ra daba una breve explicación del por qué no iba a estar presente en la casa durante algunos días.
—Es solo hasta que el museo esté limpio. —determinó Tae-ra—. No estaré fuera durante mucho tiempo.
Aunque Si-young y Eun-gyeom sabían que la razón más probable de su inminente ausencia era por el insoportable ajetreo de la casa, no comentaron nada acerca de aquella decisión. En su lugar, Eun-gyeom tomó la palabra hablando de una cuestión que todavía no se había resuelto:
—Bueno, aunque no vayas a estar afuera mucho tiempo, creo que deberías presentarla formalmente. —dijo él con un sutil ademán que señalaba a Si-young—. Además de una aclaración. Por lo que escuché, no parece una relación normal.
Si-young sabía perfectamente a qué se refería él con lo de “anormalidad”. Era una situación incómoda que Si-young no podía evitar con solo irse con una excusa, ya que estaba encajada torpemente entre la mesa y el sofá, sin poder cambiar de posición o levantarse fácilmente. Al final, ella terminó levantando la vista para ver a Eun-gyeom, quien la miraba fijamente.
El ambiente a su alrededor era tan frío como aquel día en que lo vio por primera vez. Su presencia imponente era tan intensa, que podía sentir cómo se le secaba el interior de la garganta con solo mirar a aquel hombre de cuerpo musculoso y perfectas facciones. Ante aquella escena, Si-young tragó en seco mientras Tae-ra respondía:
—La estoy apadrinando y se quedará conmigo hasta que se gradúe en la universidad y consiga su propia casa.
—No sabía que eras tan amable como para dejar que una estudiante a la que apenas conoces te llame “madre”.
—Porque suena mucho mejor a como me llamas tú.
—Claro que sí, “madre”.—contestó Eun-gyeom, no sin gran esfuerzo, viendo cómo la expresión de Tae-ra se volvía agria—. Estoy seguro de que nos veremos a menudo, así que lo menos que puedo hacer es saludarla, ¿no?
Tae-ra se puso delante de Si-young a regañadientes, mientras le aseguraba de que no iba a ser un momento incómodo con ella a su lado:
—Tranquila, apenas tienes por qué hablar o interactuar con él durante tu estancia aquí, en esta casa. Así que no será para nada incómodo. Estaremos juntas todo el rato. Ahora, salúdalo, ¿si?
La persona a la que Tae-ra debería estar respondiendo no era ella, sino su hijo, Eun-gyeom, quien estaba detrás de escena. Si-young, que todavía estaba confundida con la extraña situación que se desenvolvía ante sus ojos, fue arrastrada por la mano de Tae-ra hasta encontrarse interpuesta entre ella y Eun-gyeom. Sin poder evitarlo, Si-young, que seguía sin entender muy bien el comportamiento tan hostil que Tae-ra tenía hacia su hijo, obedeció e inclinó la cabeza para mostrar su rostro al presentarse formalmente frente a Eun-gyeom:
—Hola, soy Yoon… Si-young.
Después de un rato de silencio, Eun-gyeom escupió una palabra, que casualmente era su apellido.
—…Yoon…—dicho esto, Eun-gyeom soltó una ligera carcajada y añadió—. Dios, eres increíble, madre.
—…
—¡Ja, ja, ja…! Espero que estés contenta, “Si-young” ha vuelto.
¡PLAF!
La cabeza de Eun-gyeom se volteó hacia un lado con el duro sonido de un bofetón. Sobresaltada, Si-young aspiró un suspiro y sus ojos se abrieron de par en par. Había visto antes a Tae-ra gritar a alguien o perder los estribos, pero nunca tan directamente. Sus uñas, finamente cuidadas, se clavaron en las mejillas de Eun-gyeom con la intensidad del golpe, dejando un enrojecimiento en la piel con notables rasguños sangrantes.
—¡Esta es la última vez que te perdono tus estúpidos comentarios!—concluyó Tae-ra iracunda mientras agarraba el brazo de Si-young y la hacía girar. Su anterior cara, arrugada por el enfado, se enderezó al instante frente a la joven desconcertada, dirigiendo la palabra hacia ella como si nada hubiera pasado—. Vamos a cenar, Si-young. Creo haberte escuchado decir que te perdiste la cena de anoche, seguro que debes estar hambrienta…
—¡Oh, cierto! Eso fue…
Sin embargo, Tae-ra seguía hablando con un tono un tanto elevado, sin escuchar las explicaciones de Si-young. Era como si quisiera borrar la existencia de su hijo con su voz.
—Lo siento, yo no tenía apetito, pero me apetecía hacerte algo especial para comer, así que le dije a la empleada de la cocina que te hiciera tu curry favorito, ¿no te enteraste?
—¡Ah! ¿Sí…? No lo sabía…
Aún siendo empujada por la mano de Tae-ra, Si-young volteó la vista hacia atrás, intentando capturar a Eun-gyeom con sus pupilas. Él ya había estado subiendo las escaleras y, como si hubiera sentido su mirada, giró su torso inesperadamente.
En ese momento, durante una fracción de segundo que fue tan largo como un minuto, los ojos de Si-young se cruzaron con los de Eun-gyeom y, cuando ella fue consciente de la chispa entre sus miradas, apartó la cabeza sorprendida. Si-young tragó saliva y se presionó el pecho con la palma de su mano libre. El corazón estaba tan acelerado como si la hubieran pillado robando las joyas lujosas de Tae-ra.
Era inevitable no darse cuenta del magnífico aspecto de aquel hombre. Músculos tonificados, un cuerpo de proporciones equilibradas, la línea de su mandíbula sexy y masculina e incluso su mirada prohibida que se escondía entre sus hermosos ojos. Era cautivador.
De repente, como un rugido, se escuchó la sonora voz de Eun-gyeom preguntando:
—¿Es inútil*?
*Se refiere a Si-young porque está siendo arrastrada y llevada como un muñeco por Tae-ra.
Tae-ra, quien dejó de caminar primero, se giró ferozmente ante las palabras del joven. Por otro lado, Si-young, demasiado asustada como para detenerse, medio tropezó con el empuje, parándose malamente con la espalda doblada por un poco menos de la mitad y su mirada hacia abajo. Era como si estuviera haciendo una ridícula reverencia hacia Eun-gyeom.
—¿Qué acabas de decir?—inquirió Tae-ra amenazante.
—Inútil.—respondió él tajantemente, bajando las escaleras dando pisotones con sus grandes zancadas, que eran lo suficientemente amplias como para atravesar el enorme salón en tan solo cinco pasos—. Déjalo, ya está lista la comida, no me apetece discutir más.
Eun-gyeom pasó junto a ellas y entró en la cocina, seguido de cerca por Tae-ra. Cuando él ya estaba sentado a la mesa, para desconcierto de la empleada de la cocina, Tae-ra se sentó también.
—¿Van a comer los tres ahora, mi Señora?—preguntó la mujer con prudencia.
—Sí, hoy comemos juntos.
—¿Qué pretendes hacer ahora?—dijo Eun-gyeom a Tae-ra, como si fuera una invitada que no era bienvenida a comer.
—Siéntate y no preguntes. Tengo algo que decirte.
Tan pronto ella le contentó de forma despectiva, él, haciendo caso omiso, desvió su mirada hacia Si-young, quien estaba de pie, de espaldas a Tae-ra. Los ojos redondos de Si-young bajaron hasta los hombros de la mujer a la que llamaba “madre”, evitando la mirada intensa del hombre que tenía de frente.
—Si está todo listo, vete por un momento. —ordenó Tae-ra a la sirvienta, que seguía perpleja mientras observaba la escena con interés.
—¡Ah! Yo… Por supuesto, si me disculpan…
La criada se limpió las manos en el delantal y miró a Tae-ra. Por el contrario, Si-young se quedó inmóvil sin saber muy bien qué hacer o qué decir.
«¿Debería irme yo también?»
Tae-ra parecía molesta. Sus cejas estaban aún más arrugadas que de costumbre y tenía la mirada que siempre ponía cada vez que se topaba con Jang-hyun en la mansión. Por tanto, Si-young pensó que probablemente estaba aún más enfadada que antes, cuando abofeteó la cara de su hijo.
Cuando la empleada se disponía a abandonar el comedor, Tae-ra la detuvo con una petición más:
—Necesito que limpies el anexo.
—Sí, señora.
—Si-young, siéntate.
El aire entre Tae-ra y Eun-gyeom era mucho más pesado y cargante de lo que había sido en presencia de Jang-hyun. Es más, nunca llegó a ese nivel ni cuando ella y su marido se encontraban discutiendo o en medio de una situación incómoda.
Pese al ambiente hostil, la comida de la mesa, que la criada había preparado cuidadosamente, se veía deliciosa y todavía humeaba de forma apetecible. Eun-gyeom, tomó la delantera y fue el primero en coger sus cubiertos. Pero Tae-ra, en lugar de disponerse a comer, cogió su bol y lo vació hasta la mitad en el plato de Si-young. Ella trazó la curva del cuenco redondo con los ojos mientras el contenido caía, preguntándose si debía coger los cubiertos y comer, o si realmente no debía hacerlo.
—Si-young, come antes de que se enfríe.
Cuando escuchó a Tae-ra dándole luz verde, Si-young finalmente cogió sus cubiertos.
—¡Ah! Sí, claro…—dijo titubeante la joven cohibida—. Bueno… Que aproveche…
Durante unos minutos, solo los sonidos tintineantes de los cubiertos contra el bol eran los que inundaban el comedor. Tras esperar lo suficiente, Eun-gyeom tomó la palabra mientras hablaba con una voz un tanto apática:
—Tuve una entrevista antes de volver a casa.
—… ¡¿Qué?!—exclamó Tae-ra.
—Sí. Además, aparte, hay mucha gente que quiere saber cómo lo vas a dirigir ahora que tu marido no está aquí para hacerlo. —continuó Eun-gyeom como si nada, bebiendo tranquilamente un sorbo de agua—. Hay bastantes rumores por ahí y todos dicen algo así como: “He oído que el museo va a cerrar.” ¿Es eso cierto?
—Yoo Eun-gyeom. —lo llamó Tae-ra con un tono glacial.
—Entonces es verdad que cuando dijiste que estabas “limpiando”… ¿Querías decir que estabas cerrando?
—¿Crees que es asunto tuyo?
—Te lo dije, ya lo hice. Por si no te diste cuenta la entrevista fue en el museo.
—¡¿Qué?!
—Sí, les dije que cómo iba a cerrar mi madre una preciosa galería de arte con todas las piezas favoritas de mi padre.
—¡¡Tú!!
Eun-gyeom, impasible, dejó su taza suavemente sobre la fría mesa de cristal y continuó:
—Les di una respuesta convincente, si es lo que te preocupa. Algo así como… Resulta que ella tenía una exposición en preparación antes de que él cayera enfermo. —explicó él y, tras una pausa, añadió—. Y seré yo el que llevará el museo después.
—¡¡Cómo te atreves!!
—¿O prefieres que vaya a ver a las personas que me entrevistaron y se lo cuente otra vez? Esta vez, podría darles otro tipo de declaración, una más acercada a la realidad.
—…
—Una verdad en la que se diga: “Están cerrando.”—prosiguió Eun-gyeom mientras levantaba la barbilla con arrogancia—. “Van a cerrar pronto, bajo la dirección de la directora general Jang Tae-ra, quien, tal como ella quería, esperó a que muriera el director Yoo Jang-hyun, su marido, para borrar todo rastro de él.”
La cara de Tae-ra se descompuso y se le hizo un nudo en la garganta cuando comenzó a hablar bruscamente:
— No debería haberte llamado para que volvieras aquí.
Cada palabra que ella escupía con rabia era cortante, pero Eun-gyeom, lejos de sentirse intimidado, levantó la comisura de sus labios perezosamente en su lugar.
—Sabes perfectamente que, si pudieras retroceder en el tiempo ahora mismo, me habrías llamado por igual. —contestó Eun-gyeom y, con un tono sarcástico, continuó—. Porque Tae-ra, en su gran dolor, necesitaba la presencia de su pobre hijo lamentable. Aquel quien perdió a su padre y volvió de inmediato a Corea para despedirse de él, por última vez. ¿No es esa imagen que vendes lo que hace una familia perfecta para ti?
Tae-ra, furiosa, cogió su vaso y salpicó a Eun-gyeom con el agua que éste contenía. Al instante, Si-young se encontró con una estrambótica escena donde, Tae-ra, con una expresión desfigurada, mostraba una mueca grotesca que contenía toda su ira interna a Eun-gyeom, quien permanecía impertérrito mientras la observaba el rostro y el pelo mojados.
—Arreglaré un vuelo para mañana. Así que regresa por donde viniste.
Eun-gyeom se secó los ojos con el dorso de la mano.
—Lo que quieras. De todos modos, como hice un buen trabajo interpretando al hijo sin padre que tú querías, es justo que sea yo el que decida si me voy o no.
—¡Tú!
—Te lo pondré fácil. Esta vez voy a ser yo el que elija el siguiente papel según tus estándares de “familia ideal”. Ese concepto que tanto te gusta. Considéralo tu recompensa por todo el tiempo que he pasado siguiéndote obedientemente. —dijo Eun-gyeom con una sonrisa irónica—. Mañana iré al museo para hacer las preparaciones que crea convenientes.
—¡Que te vaya bien, entonces…!
—Espero que a partir de ahora hables bien y te comportes. No quiero tener que aguantar más tonterías de las tuyas.
Los húmedos párpados, del rostro empapado de Eun-gyeom, aleteaban como interpretando la expresión de un buen niño dócil y cumplidor. Obviamente, el deje de socarronería era demasiado notable como para hacerlo creíble.
—Tú también tienes mi permiso para dejar las tonterías y hablar bien, madre. Coincido contigo, y creo igualmente, que ya somos lo suficientemente adultos como para hablar sin que me tires agua a la cara o me abofetees si las cosas no van como tú quieres…
—…
—A menos, claro está, que quieras tener una pelea pública con tu hijo con la herencia que nos dejó Jang-hyun. —concluyó Eun-gyeom sin evitar la mirada de Tae-ra mientras se levantaba de su asiento.
Tras aquella conversación hostil, se dio por terminada la breve e incómoda comida en la mansión de los Yoo, la primera que Si-young había compartido junto a Eun-gyeom.

RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: MARIE
CORRECCIÓN: MIMY
REVISION: M.K.R