Capítulo 1
Entre las cortinas, un rayo de luz se colaba por el hueco de la ventana. Un camino blanco que se abría paso en medio de un rostro ensombrecido, como una carretera recta iluminada, de repente, en medio de la noche oscura.
El resplandor del sol, al otro lado de la habitación, era más perseverante que el sueño y, por consiguiente, el brillante fulgor que titilaba sobre sus hermosas facetas, llegó hasta sus párpados aleteantes con un suave toque de la calidez.
Eun-gyeom abrió los ojos en silencio.
Sus largas pestañas vibraron e, incapaz de sacudirse por completo el sueño que se había apoderado de él al amanecer, apretó ligeramente sus ojos secos, soltando un suspiro bajo y corto mientras recuperaba el sentido perezosamente.
La mano, que, por un instante, había estado cubriendo sus ojos, bajó y tiró del fino edredón. Las sábanas se arrugaron, mientras se deslizaban con un sonido muy débil, pero lo suficientemente notable como para despertar a un durmiente de sueño ligero.
Cuando casi terminó de retirar las mantas, una fina espalda al descubierto, que se había vuelto hacia él, se encogió sobre sí misma. Como si estuviera hipnotizado, su agarre se desprendió de las suaves telas y desapareció el ritmo pausado con el que las quitaba. Sus grandes manos se aferraron a la piel desnuda que lo llamaba y, con impaciencia, empujó hacia sí mismo el cuerpo de una mujer que aún yacía sobre la cama.
Sus labios se curvaron con un sonido seco y sus dedos, que estaban sobre los hombros redondeados, se deslizaron lentamente por su espalda hasta la parte más baja. Sus ojos, entrecerrados, se posaron sobre la piel blanca que tocaban sus yemas, trazando un recorrido con la mirada. En ella, halló los rastros de la noche anterior; marcas de uñas clavadas, mordeduras, arañazos y signos de enrojecimiento debido a la sumisión que él ejerció.
Eun-gyeom se excitó al ver sus huellas impresas sobre la joven y, con más fuerza, apretó las manos que tenía sobre la cintura. Implacable, hundió sus dedos en ella, donde los huesos de la cadera se encontraban y presionó con ímpetu su cuerpo contra el de la mujer.
—… Haaa…—un gemido dolorido se escapó de entre los labios de la joven que empezó a moverse, con el cuerpo aún rígido, como si la muerte la hubiese corrompido hasta romperla.
Sin embargo, el hombre, que la dominaba, era más rápido que sus esfuerzos por escapar. Eun-gyeom la rodeó, deslizó su mano por su cuello y, levantando su barbilla, la aprisionó con fuerza para intentar inmovilizar a la mujer que se retorcía entre sus brazos. No obstante, tuvo el efecto contrario. Los movimientos se aceleraron y la joven no parecía querer redimirse ante los actos de él, quien solo buscaba capturarla entre su musculoso cuerpo.
Eun-gyeom, impaciente, se levantó y abrió las piernas batientes, adoptando una nueva posición entre ellas. Sus ávidas manos se deslizaron simultáneamente. La que presionaba su cintura encontró su muslo, y la que sujetaba su barbilla, encontró su muñeca, que se resistió ligeramente. Finalmente, sobre ella, él la bloqueó completamente, encajando su cintura masculina contra las carnosas nalgas de la joven, que todavía estaban bastante enrojecidas e hinchadas.
—No.—protestó ella.
—A mí…—con una pausa, Eun-gyeom hizo una mueca y deslizó sus dedos entre los de ella, que estaban ocupados tratando de liberarse—. …Sabes que no puedes decir eso.
Tras decir esas palabras, inmediatamente apretó con fuerza los nudillos hasta que ella estalló con un grito:
—¡Ahh!
El único brazo que le quedaba era incapaz de ofrecer resistencia para escapar de él. Eun-gyeom bajó la mirada con calma. Su intensa mirada se deleitó pasando por delante de su cuerpo al desnudo y se fijó, con obstinación, entre lo que estaba al descubierto entre sus muslos. Al mismo tiempo, los dedos del hombre, que habían estado bajando lentamente por el interior de su pierna, alcanzaron su abertura vaginal. Cuando sus yemas apenas la rozaron, cerca del clítoris, ella se sacudió de la misma manera que hizo cuando le introdujo el índice por primera vez. Sensible, sus caderas se agitaron superficialmente y, en un infructuoso intento por liberarse, exclamó:
— ¡No!
Eun-gyeom, retrocedió sus dedos insidiosos y abrió la boca para lamerlos.
—Yoon Si-young.
Sin previo aviso, introdujo su índice, inusualmente grueso, en su vagina. Implacable, él lo clavó hasta el fondo, rozando el interior seco, mientras los gritos ásperos de dolor resonaban en la habitación, como si ella estuviera siendo desgarrada por dentro.
—¡Aay! ¡Noo! ¡Ey! ¡Para! ¡Aaah!
Sin inmutarse por las quejas de Si-young, Eun-gyeom retiró ligeramente la mano para introducir otro dedo más, esta vez el corazón. Abriéndose paso entre la estrecha apertura de la joven, él los movió frenéticamente, hacia dentro y hacia afuera, como si fuera un pistón.
Si-young, quien tenía una de sus manos aprisionada entre los dedos de Eun-gyeom, agitaba la otra en el aire hasta que, rendida, cayó sobre la cama y arrugó las sábanas con fuerza. Un gemido corto, como un grito, se repitió varias veces:
—¡Aah! ¡Aahh! ¡Aaah!—la voz entrecortada de la joven resonó por todas partes.
Como si fuera una señal, él no se detuvo y embistió sus dedos dentro de su coño de un lado a otro estimulando su punto G. Cuando llegó al clímax, Si-young echó hacia atrás la cabeza, doblando ligeramente su espalda sobre la cama y, mientras se corría, su cuerpo se agitaba de placer entre espasmos y convulsiones. Una delicia de espectáculo para los ojos de Eun-gyeom, quien no paró de excitar su interior con sus dedos en forma de gancho. Ella, quien ahora yacía empapada a merced del lascivo y tentador toque del hombre, luchó por levantarse, pero no pudo hacerlo porque su fibrosa mano masculina la sujetaba firmemente por la cintura.
—¡Hmph…! ¡Haaaa!—Si-young jadeó de excitación.
Eun-gyeom, al sentir que el cuerpo de la joven se relajaba, retiró los dedos y se levantó ligeramente sobre ella. Su mano, que le bajaba los calzoncillos estaba impaciente. Con el pene ya erecto asomándose, deseoso de placer, Eun-gyeom juntó los muslos de Si-young colocando ambas piernas sobre su hombro. Cuando él, de rodillas se inclinó, aproximando su dura polla a su mojada y goteante vagina, Si-young se dio cuenta de las implicaciones de sus actos y volvió a forcejear, intentando liberarse.
Eun-gyeom parecía contrariado con la reacción de la chica quien, después de tantas e incontables experiencias físicas juntos, todavía no había aprendido que ese tipo de resistencia era completamente inútil para él.
—¡No…!—volvió a exclamar Si-young.
Al escuchar su suplicante negativa, él giró su cabeza ligeramente y echó un vistazo al calendario que había en la mesita de noche junto a su cama, respondiendo con una explicación inusualmente suave para el día en el que estaban.
—Relájate, no voy a clavarla.
Fiel a su palabra, le separó, cerca del perineo, las nalgas regordetas con las manos y encajó su pene entre ellas, rozando el exterior de su vagina mojada mientras se deslizaba hasta la raíz entre los apretados muslos.
Quería oírla gritar, teniendo, ante sus ojos, la punta de su polla, rozando su clítoris, a la vez que entraba y salía de entre sus piernas húmedas. Pero entonces, tendría que posponer todo el horario de la mañana a la tarde. Algo que, a menudo sucedía, ya que él no era el tipo de hombre que se quedaba satisfecho con únicamente correrse una vez sobre su vientre y pechos firmes.
Llevaba días follándola hasta dejarla sin aliento por las mañanas. Por tanto, trabajaba hasta casi el anochecer, se quedaba despierto un rato y volvía a acostarse antes del amanecer. Por mucho que disfrutara mordiendo, arañando y marcando la piel blanca de Si-young, que brillaba al sol de forma tentadora, había demasiado trabajo como para dejar que, este placer, siempre retrasara el resto del día a su merced. Además, hoy era un día con una agenda que no se podía aplazar, así que, por mucho que le pesara, debía contentarse con este último momento de gozo entre sus piernas.
—¡Ugh! ¡Haaaa!—Eun-gyeom dejó escapar un gruñido seguido de un gemido de satisfacción.
El simple roce, con su fina piel humedecida, era suficiente estímulo como para hacer que él se volviera loco. Apretó las caderas de Si-young con más fuerza, moviéndolas hacia adelante y hacia atrás, con un vaivén lento. Pero, como si eso no fuera suficiente para él, hincó los dedos en su culo y, olvidándose de lo duro que estaba siendo con ella, se inclinó hacia adelante. Las piernas, que él había colocado antes sobre su hombro, se doblaron cuando puso todo su peso sobre ellas y, como era de esperar, las nalgas se elevaron en pompa. Con aquella postura sobrecogedora, Si-young jadeaba de dolor cada vez que su rígida polla rozaba su sensible clítoris sin piedad.
Eun-gyeom era particularmente cruel durante el sexo y, para empeorar, Si-young lo sobreexcitaba. Una combinación poco adecuada para soltar las riendas ante la lujuria, ya que, a veces, el placer se convertía en dolor y viceversa.
Por donde pasaban sus manos implacables, Eun-gyeom dejaba, tras de sí, una marca roja o un rastro de sus uñas. Cuando la embistió con todas sus fuerzas, su espalda, los hombros y el cuello se arquearon y ella, quedándose sin aliento, apenas consiguió jadear. El hombre, ahora dueño de su cuerpo, arañó y mordió brutalmente la piel de Si-young, haciéndola gritar. A él le excitaba el dolor que ella sentía y, cuando vio los moretones por donde habían pasado sus despiadados dedos, se le escapó un gemido gutural cargado de placer.
Eun-gyeom siguió apretando el costado de Si-young mientras gruñía y jadeaba. Los movimientos de sus caderas se intensificaron, al igual que cuando metía su pene dentro, hasta lo más profundo de ella. Su dura polla se frotaba frenéticamente contra los carnosos muslos de Si-young. Caliente; como si estuviera ardiendo, punzante; como si quisiera desgarrar la piel, y palpitante; como su corazón, que latía a mil por hora mientras la embestía.
—¡Urgh!—gruñó Eun-gyeom entre los apretados dientes y con la mirada perdida en el techo.
Los hombros de Si-young se movían salvajemente arriba y abajo. Su polla se estremeció y eyaculó con potencia. El semen translúcido, que se derramó sobre ella, se deslizó perezosamente por la curva de los pechos y cintura. Era demasiado erótico para la vista de Eun-gyeom quien, jadeante, maldecía por dentro no tener mas tiempo para poder follarla en condiciones. Resignado, él se apartó, el peso que había estado sujetando el cuerpo convulso de Si-young disminuyó y, en consecuencia, ella cayó a un lado, hundiéndose en la cama como un cadáver.
Eun-gyeom se sentó en el borde de la cama y frunció el ceño mirando la hora. Ya eran las siete y trece de la mañana. Observando el reloj, se levantó y, volviendo la vista hacia Si-young, la encontró de espaldas a él, todavía jadeando con la cara hundida en las sábanas. Una escena muy similar a la que, momentos antes, tuvo delante de sus ojos cuando se despertó al amanecer.
—Levántate.
Eun-gyeom midió el tiempo en su cabeza. Debería haber esperado. Aunque se dieran prisa a partir de ese instante, malamente llegarían a la hora acordada. ¿Por qué no estuvo listo nada más despertarse para presentarse allí con tiempo de sobra? Pero él sabía de sobra cuál era el motivo de su tardanza, y es que le resultaba muy difícil mirar a la hermosa Si-young, tumbada desnuda, a su lado, y no hacer nada para satisfacerse.
—Prepárate. Tenemos el tiempo justo. Hay que estar fuera de casa a las ocho.
Sin embargo, Si-young, no se movió. Eun-gyeom no pudo evitar sentirse impaciente mientras la contemplaba fijamente, tiesa, como una estatua. Tenía que forzarse a entrar en el baño, pero el deseo de volver a tumbar su cuerpo sobre el de ella era mayor que la necesidad de prepararse y ducharse. Se volvió a sentar sobre la cama y se inclinó hacia la joven:
—Yoon Si-young…—le susurró él al oído
—…
Eun-gyeom bajó la mirada hacia su pene hinchado como si fuera a eyacular en cualquier momento. Apenas había podido contenerse, pero ya estaba duro como una piedra. Era impresionante como una mirada a Si-young podía excitarlo en sobremanera. Con un suspiro, él miró al frente y habló brevemente de espaldas a la agotada mujer que yacía en su cama.
—Por si lo has olvidado, hoy es el funeral de mi madre. Tenemos que ir al servicio conmemorativo.
Se oyó un crujido y el sonido de unas sábanas que se movían por sí solas. Si-young, que apenas había levantado la parte superior del cuerpo, se sentó encogida sobre sí misma, mientras sostenía la cabeza con ambas manos. Llevaba toda la noche llorando boca abajo, estaba pálida y tenía la cara endurecida, como si su rostro hubiera perdido toda gota de sangre.
Eun-gyeom tiró de las comisuras de sus labios con satisfacción al ver a Si-young temblar ante una simple palabra: “servicio conmemorativo”.
—Levántate, no queremos llegar tarde…—Eun-gyeom tendió la mano a Si-young, quien parecía a punto de morir, y añadió—. …Por tu culpa y la mía.
Al escuchar esas palabras, Si-young le apartó la mano de un manotazo. Él la miró con ojos asesinos.
Con aspereza, la agarró de la mano a la fuerza y tiró bruscamente de ella para ponerla en pie. Sin embargo, como sus piernas todavía estaban débiles, Eun-gyeom solo consiguió que fuera arrastrada de rodillas por la sábana blanca, hasta que, finalmente, cayó al suelo con un ruido sordo. Si-young soltó un débil gemido y lo atravesó con una mirada fría mientras clavaba las uñas en el suelo. Él la contempló con severidad y continuó diciendo:
—Murió por nuestra culpa. Así que, al menos, deberías pedir perdón desde el fondo de tu corazón, Yoon Si-young.
La visión de su rostro sonriente bastó para que un escalofrío recorriera la espalda de Si-young. Solo de imaginar lo terrible que debía de ser todo esto para ella, era suficiente para complacer a Eun-gyeom
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Eun-gyeom era el único entre la multitud de dolientes que mantenía la cabeza alta. Entre cientos de crisantemos blancos, su miraba estaba fija en un pequeño y estrecho marco negro, donde se podía contemplar un retrado de Tae-ra.
Hacía tres meses que ella había fallecido en un desafortunado accidente. La prematura muerte de una empresaria de inmenso talento había dejado a todos a su alrededor afligidos y consternados.
El hotel, que había perdido a su dueña, se preparaba afanosamente para recibir a su próximo propietario y, la gente de la mansión, que había perdido a su señora, esperaban en pie, sin saber qué iba a ser de ellos.
El funeral fue rápido y sencillo y, con similar prontitud, se encontró un nuevo sucesor para llenar el vacío que ella había dejado.
Programando el funeral para que coincidiera con el cumpleaños de Tae-ra, fue lo primero y lo último que Eun-gyeom hizo por su madre. Una pequeña forma de devolverle el favor por, inesperadamente, habérselo dejado todo en el testamento.
Él observó a la gente que estaba delante de Tae-ra, con las cabezas inclinadas. No había muchas personas que hubieran acudido al funeral para llorar su muerte de todo corazón. La mayoría estaban allí por morbo o interés, y únicamente se podían salvar unos pocos, tales como ejecutivos del hotel, secretarias y patrocinadores a los que ella había utilizado como fichas de ajedrez y, aun así, se creían importantes.
Ellos claro está y, por supuesto, Yoon Si-young.
Eun-gyeom se las arregló para encontrarla entre la multitud que le bloqueaba la vista. Aunque apenas pudo vislumbrar algunos de sus definidos rasgos en una figura femenina, supo inmediatamente que se trataba de Si-young, pues sus ojos y labios eran hermosos e inconfundibles ante sus ojos.
Ella tenía las manos juntas, con su cuerpo temblando ligeramente, y la boca entreabierta, moviéndose como si estuviera haciendo una confesión silenciosa. Sola, Si-young inclinó la cabeza y cerró los ojos con fuerza mientras rezaba para sus adentros. Cuando todos los demás terminaron la oración, ella abrió los ojos y levantó la vista.
Eun-gyeom superpuso un rostro, borroso en su memoria, sobre el semblante sombrío de Si-young quien, por momentos, aparecía y desaparecía entre la muchedumbre. Era la cara de su hermana, una chica que había desaparecido hace tiempo y, finalmente, fue encontrada como un cuerpo frío, carente de vida.

RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: MARIE
CORRECCIÓN: MIMY
REVISION: M.K.R