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Capítulo 15

El príncipe Ramu permanecía frente a la ventana, con la mirada vacía, incluso cuando Kal Jer regresó a la habitación. Habían pasado ya varios días desde que comenzó a resistirse con desesperación, aferrándose a su identidad como príncipe. Sin embargo, su determinación se resquebrajaba. Aunque su padre seguía ahí afuera, aunque prometiera no mostrar jamás su lado femenino, era evidente que una parte de su resistencia se había quebrado.

—¿Ya te has vuelto dócil? Con solo abrazarte unas cuantas veces. Pronto abrirías las piernas por voluntad propia.

Las palabras de Kal Jer encendieron una chispa en los ojos de Rane, que hasta entonces habían lucido apagados. No era suficiente para hacerla reaccionar del todo… hasta que entró de repente en la habitación e intentó arrancarle los pantalones, desatando una furia visceral en su pecho quebrado.

—¡Bestia repugnante! Cada vez que me ves, solo piensas en sexo… —Rane se revolvió violentamente, pero Kal Jer le tapó la boca de un golpe y le arrancó los pantalones de un tirón mientras forcejeaba.

Ya no había nada de la docilidad que mostraba frente a la ventana; ahora sacudía la cabeza con furia, empujándolo con todas sus fuerzas. Su rostro se ocultó tras su cabello desordenado y de sus muslos, que habían sanado gracias al aceite de Tanpat, comenzó a brotar sangre fresca.

Kal Jer, como si se contuviera con dificultad, alzó el puño.

¡PUM!

—P… perdón.

El golpe impactó justo al lado del rostro de Rane, estremeciendo la habitación con un ruido seco, suficiente para romper huesos.

La puerta se había abierto sin que lo notaran. Cuando Kal Jer bajó el puño, un subordinado apareció encorvado, nervioso, sosteniendo un cuenco de gachas.

—N-no sabía que estaba aquí… pido disculpas. Interrumpí… su sesión de tortura. Por favor… perdóneme.

Rane detuvo su forcejeo y giró la cabeza. A través de los mechones que cubrían su rostro, alcanzó a ver al subordinado encogido, con las piernas temblorosas, apretando el cuenco.

Kal Jer movió la cabeza, haciendo un gesto para que entrara. Los pasos del subordinado eran cautelosos mientras entraba a la habitación, parecía que en cualquier momento se desplomaría.

Era evidente el terror que el coronel Kal Jer inspiraba entre su propia tropa.

—¿Cómo dijiste que te llamabas?

—¡E-eh! Yo… ¡Soy Katum, señor!

—Dime, Katum… ¿Cuánto tiempo crees que el Príncipe Ramu podrá resistir?

La mirada del subordinado se deslizó hacia la sangre en los muslos de Ramu y su cuerpo frágil. Su expresión se ensombreció al instante, sin poder continuar hablando.

—¿Acaso te atreves a ocultarme tus pensamientos?

—¡N-no! Solo… creo que… no resistirá mucho más —balbuceo Katum—. Morirá.

—¿Ah, sí?

—S-sí…

—Iba a romperle los dientes por negarse a hablar, pero como entraste, solo golpeé el pobre suelo.

Katum, temiendo que ese puño destinado al suelo pudiera volverse contra él, apretó el cuenco con las gachas y bajó la cabeza.

—El Príncipe Ramu debería agradecértelo. Si no fuera por ti, su rostro estaría igual que ese suelo.

Rane, que había olvidado incluso respirar, logró por fin tomar un sorbo de aire. No se sabía si era suerte o desgracia, pero su pecho, que se estremecía al inhalar, se parecía al de alguien que, tras haber sido torturado hasta perder el sentido, apenas conseguía moverse.

—Déjalo y vete.

—Perdone. La próxima vez me aseguraré de tocar antes de entrar. Lo siento —Katum dejó la comida en el suelo y escapó de la habitación con pasos rápidos.

Al cerrar la puerta, Kal Jer se incorporó, abriendo y cerrando la mano repetidas veces, y caminó hacia el escritorio.

Rane, con los pantalones bajados y el cabello revuelto contra el suelo, logró finalmente incorporarse.

Sin dar explicaciones, se sentó, tomó una pluma elegante y comenzó a escribir sobre un pergamino de alto valor. Era la pluma que ella misma había usado alguna vez.

«¿Lo habrá hecho a propósito?»

Si las heridas de sus muslos estaban sanando, resultaría sospechoso que los subordinados la vieran demasiado intacta.

«¿Habrá previsto eso y actuado así adrede?»

Al terminar de vestirse, una sensación pesada se le anudó en el pecho. Era un sentimiento indescriptible, difícil de nombrar. Había vivido cosas mucho más atroces que una simple agresión fingida… pero el hecho de que Kal Jer lo hiciera solo para mantener una fachada ante los demás fue completamente inesperado.

—Sería mejor que me torturaras —escupió Rane, con voz rasgada.

Al oírla, Kal Jer alzó la cabeza brevemente y soltó una carcajada antes de volver a su escritura.

—Ni siquiera serías capaz de resistirlo —respondió Kal Jer con desdén, sin dejar de escribir—. Si vuelves a ser torturada por mí, morirás.

—Mis subordinados… ¿Por qué los mantienes con vida?

Sin responderle, Kal Jer escribió unas líneas más, luego dejó la pluma con calma sobre el escritorio y levantó la vista hacia ella.

—Sabes que has sido un príncipe patético. ¿Pero no crees que ya es hora de que entiendas la situación?

—¿De qué estás hablando?

—¿Sabes qué es esta carta? —Rane no respondió, Kal Jer continuó hablando—. Como te niegas a decirme dónde está el rey de Akin, es una solicitud para que el reino de Cask prepare “picas” por adelantado.

Las picas eran largas varas de hierro, utilizadas para empalar cuerpos y exhibirlos públicamente.

¿Qué significaba que pidiera picas al reino de Cask?

—Las cabezas humanas apiladas se caen fácilmente si no hay algo que las sostenga.

Los ojos de Rane se dilataron. De pronto, recordó las picas que solía ver en los grandes festivales de su infancia: cabezas de cerdo y trozos de carne ensartados en ellas.

Kal Jer hablaba de esas mismas picas, se refería a las que sostendrían las cabezas de los súbditos de Akin, clavadas frente al castillo. Para asegurarse de que no se cayeran, para que permanecieran erguidas, exhibidas.

Los labios de Rane temblaron.

—Solo… solo han pasado unos días desde que me capturaste. ¿Ya… ya estás planeando masacrar a mi gente?

—Solo me estoy preparando. Estas gestiones toman tiempo. Si esperamos hasta que sean necesarias, será demasiado tarde.

Hace apenas unos minutos fingía torturarla… y ahora escribía para solicitar picas.

«¿Qué clase de historia vive este hombre dentro de su cabeza?»

—¿Qué debo hacer para que no le hagas eso a mi gente?

—Ya conoces la respuesta.

Rane guardó silencio. 

—El paradero de tu padre —Kal Jer se inclinó, su tono bajo pero firme.

—No existe un hijo en este mundo que pueda soportar ver a sus padres en peligro. Tú no eres diferente.

—¿Ah, no? —respondió Kal con la voz baja—. Yo tengo la generosidad de aceptar la muerte de mi padre y de mi madre si es necesario.

—¡¿Cómo puedes decir algo así de quienes te dieron la vida y te criaron?! —le replicó Rane exaltada.

—¿Acaso darme la vida es algo tan grandioso?

«¿Grandioso?»

Rane quedó tan atónita que ni siquiera logró responder.

—En el mejor de los casos, solo fui un subproducto de un encuentro sexual. Tú no eres distinta.

—¡Tú… eres… simplemente…!  

—Si aún no piensas decirlo, entonces sube obedientemente a la cama—Kal Jer no necesitaba gritar, señaló la cama con la mirada.  

Ayer había sido su dedo. Ahora exigía que se subiera obedientemente a la cama.

Rane abrió los ojos, resistiéndose. Pero sabía que quedarse inmóvil tendría consecuencias. Necesitaba tiempo. Así que, en un acto desesperado, dejó escapar palabras que jamás habría querido pronunciar:

—¿Por qué fingiste torturarme frente a tu subordinado? Incluso hace un momento, pudiste haberme golpeado en la cara en lugar del suelo.

Kal Jer cruzó sus largas piernas y apoyó la barbilla en la mano. Su arrogancia era tan natural que ni siquiera la disimulaba, como si esa fuera su esencia misma. 

—¿Cuántas veces tengo que repetírtelo? No eres un animal sin cerebro.

—¿Qué…?

—Ya te lo dije: si te torturo de verdad, morirás.

—No te pregunté si moriría —replicó Rane, con voz tensa—. Pregunté por qué fingiste torturarme frente a tu subordinado. ¿Acaso también te asusta que descubran lo que me haces en esta habitación?

—Pfft —Kal Jer soltó una risa corta y seca—. ¿De verdad piensas que me daría miedo matarte aquí mismo y terminar con todo esto? ¿Por qué insistes en proyectar tus miedos sobre mí?

Rane apretó los dientes.

—Solo hay una razón para este molesto teatro —dijo Kal Jer—: disfrazar los gemidos que voy a arrancarte como si fueran gritos de tortura.

—¿Qué…?

—Acuéstate. Te voy a explicar de qué se trata.

La mirada de Kal Jer volvió a dirigirse hacia la cama. La conversación que Rane había iniciado para ganar tiempo había llegado a su fin.

Kal Jer enrolló el pergamino, lo ató y se puso de pie.

Si Rane no se acostaba por voluntad propia, era evidente que él no dudaría en forzarla. Y la lucha sería brutal.

Pero entregarse al enemigo sin oponer resistencia… era algo que no podía aceptar. Así que, incluso cuando Kal Jer se paró frente a ella, Rane contuvo el temblor de sus piernas y se mantuvo firme.

—Me decepcioné al pensar que ya te habías vuelto dócil… pero esto —esbozó una sonrisa torcida—, me gusta.

Las cejas de Rane se fruncieron. Mientras ella se deshacía por dentro intentando resistir, para él… todo esto no era más que un juego.

Fue entonces cuando lo notó: sus piernas no estaban atadas.

La noche anterior, Kal Jer la había sujetado a la cama por las muñecas, pero no había vuelto a atarle los tobillos.

Técnicamente, tenía las piernas libres, aunque eso no significaba mucho. Si lograba escapar, la puerta estaría cerrada y, afuera, los soldados de Cask vigilaban cada rincón del castillo.

Había soñado con lanzarse por la ventana, pero estaba demasiado alta y el riesgo de ser capturada al instante era enorme.

Por eso se había limitado a mirar hacia el exterior, impotente.

Pero ahora… esas piernas libres podrían ser útiles.

Un relámpago de determinación cruzó su mente.

«¿Y si…? ¿Y si esta era la oportunidad que el cielo le concedía?»

¡PUM!

Con toda su fuerza, Rane alzó la pierna y golpeó a Kal Jer entre los muslos.

Un sonido sordo resonó y el cuerpo alto y poderoso de Kal Jer perdió el equilibrio, tambaleándose.

Ella abrió los ojos, sorprendida al verlo caer. Por un instante miró hacia la puerta, pero sabía que no llegaría demasiado lejos antes de que los soldados de Cask la atraparan.

Entonces, su mirada se clavó en la espada que colgaba del cinturón de Jer.

Con manos temblorosas, pero resueltas, la desenvainó. La hoja pesaba más de lo que pensaba, pero la sostuvo con firmeza.

Kal Jer seguía encorvado, sin recuperarse del golpe, jadeando.

—¡Muere! —gritó, blandiendo la espada con todas sus fuerzas.

Matar a un hombre estremecía su conciencia, pero ese hombre… ese merecía morir.

Incluso si Akin caía, la noticia de que el príncipe Ramu había asesinado al coronel Kal Jer llevaría esperanza a su pueblo.

Redimiría cada una de las humillaciones que él le había infligido.

¡CLANK!

—¡…!

La hoja impactó contra el grueso uniforme de Kal Jer, lo desgarró y se hundió apenas en su carne.

Pero no fue suficiente, la espada se detuvo, atrapada en el aire.

No por la tela.

Sino por la mano de Kal Jer.

Rane forcejeó, pero la espada no cedió. Lo único que se movía eran las gotas de sangre que caían de los dedos de él.

PLOF… PLOF…

Intentó sacudirla de nuevo, pero la hoja seguía inmóvil.

El gigante de piedra frente a ella apenas respiraba, su mano ensangrentada se aferraba al filo sin vacilar.

El pánico se apoderó de Rane.

En situaciones extremas, la verdadera naturaleza de una persona sale a la luz. Y en ese instante, toda la dignidad que había construido como príncipe se desmoronó.

Retrocedió, paso a paso, sin apartar los ojos de Kal Jer.

Y luego, aunque sabía que era inútil, echó a correr hacia la puerta.

Sabía que no llegaría lejos.

Pero aun así, sujetó el picaporte con fuerza, como si su vida dependiera de ello.

¡BANG!

—¡Ah!

El familiar pasillo del castillo apareció ante sus ojos…

Pero la puerta se cerró de golpe antes de que pudiera escapar.

Kal Jer ya estaba detrás de ella.

Rane giró lentamente la cabeza, sintiendo un mortal escalofrío recorrerle la columna al ver la mano ensangrentada de Kal Jer sobre la puerta.

Él no emitía ni una palabra.

El miedo la paralizó… pero también encendió algo dentro de ella.

El orgullo le impedía rendirse y esa misma emoción le dio un último destello de energía.

«Prefiero saltar por la ventana. Si me rompo las piernas, no podrá obligarme a acostarme en esa cama. Al menos así tendré una excusa para no resistirme.»

Lo empujó con todas sus fuerzas y corrió hacia la ventana.

¡PLAF!

Pero esta vez, ni siquiera logró dar dos pasos.

Un brazo la rodeó por la cintura y la lanzó al suelo.

—Haah…

El impacto la dejó con la espalda adormecida.

Cerró los ojos con fuerza, como si la oscuridad que veía fuera el presagio de su futuro.

Cuando volvió a abrirlos, Kal Jer ya estaba sobre ella.

Su rostro seguía tenso; el dolor del golpe aún visible.

Rane no pudo sostenerle la mirada y desvió el rostro.

Robin: sigo diciendo como vrgas se van a “enamorar”. 



RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: NYNX
REVISION: ARALDIR



© 2026 ACOSB

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