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Capítulo 14

En un instante, los ojos de Rane se abrieron de par en par, llenos de furia.

—Si fueras una princesa, esto sería lo que harías cada noche para el Rey Hetep. Lamerías estos dedos como si chuparas el pene de tu amado esposo.

¡CRASH!

Rane, incapaz de contener la ira que ya superaba su perplejidad, le mordió la mano con fuerza. Pero Kal Jer la dejó hacer.

Ni siquiera se le notaba la furia en el rostro. Eso lo volvía aún más aterrador. Por eso, incluso cuando Rane mordió con tanta fuerza que sintió cómo los dientes se le aflojaban, él no reaccionó.

La mirada imperturbable con la que Kal Jer la observaba desde arriba le provocaba pensamientos que deseaba evitar:

«No puedo ganar. Cuanto más me resisto, más fuerte se vuelve.»

Pero… ¿lamer? ¿Lamer esos dedos como si fueran un pene? No. Rane no podía hacerlo. No iba a ceder a esa demanda absurda que insistía en recordarle su rol como princesa, como mujer.

Kal Jer, leyendo esos pensamientos en su mirada, retiró el dedo. En la piel quedaron marcadas, con claridad, las hendiduras de sus dientes.

¡PLAF! ¡PLAF!

¡PLOF!

—¡Ugh!

Las embestidas volvieron, aún más ásperas. El coronel Kal Jer, sujetando firmemente su cintura, movía las caderas con el impulso de quien estaba a punto de eyacular. La penetraba profundamente, hasta que los empujes se volvieron tan intensos que casi rozaban su útero. El dolor era tan punzante que Rane apenas podía emitir palabra.

—¡Mm! ¡Hngh…!

Gemidos sofocados llenaron la habitación. Desde afuera, cualquier subalterno que pasara pensaría que estaba siendo torturada.

Pero ese no era el verdadero problema.

Incluso con sus escasas dos experiencias sexuales, Rane lo entendió enseguida: estaba a punto de eyacular.

Por más que intentara resistirse, sus caderas estaban atrapadas en esas grandes manos, no podían moverse.

Y en ese momento…

¡SPLASH!

Los movimientos frenéticos del coronel Kal Jer se detuvieron de golpe, relajándose por completo.

¡PLAF!

—¡Ghk!

Solo cuando él retiró su miembro tras unos últimos empujes profundos, como si quisiera exprimir lo que quedaba de semen, Rane comprendió que había eyaculado.

No lo había hecho fuera de ella, como en las ocasiones anteriores, sino dentro de su vagina.

No sintió el semen llenándola, pero la punta del pene de Kal Jer brillaba con un líquido blanco espeso.

Rane, con los ojos desencajados, como si acabaran de golpearle la cabeza con un martillo, abrió lentamente los labios.

—¡¡AAAHHH!! —su grito desgarrador no tardó en llenar todo el castillo.

Rane siguió gritando durante largo rato, la frustración de haber sido descubierta como mujer, mezclada con sentimientos reprimidos de impotencia, estallaron en una cacofonía de alaridos. Lágrimas ardientes surcaban su rostro, mientras su voz se rompía entre gritos hasta quedarse ronca.

Incluso ante esa escena, el coronel Kal Jer limpió sin inmutarse el semen de su glande. Su mirada, observando a Rane enloquecida, era tan inmutable como una estatua tallada en piedra.

—Muérete… muérete… muérete… —murmuraba Rane con la garganta destrozada por el dolor, las pupilas dilatadas y la mirada vacía, reflejaban a una persona que ya no encontraba ninguna razón para seguir viviendo.

¡CRASH!

—…

Incluso cuando Kal Jer le sujetó la mandíbula con fuerza, Rane no reaccionó.

—Muérete… Desaparece… Maldito demonio… Demonio disfrazado de humano.

—Lámelo —ordenó, su voz tan calmada como siempre.

—¡! —Rane no pudo creer lo que escuchaba.

A pesar de que su mente se encontraba al borde del colapso, él repitió la orden, empujando su dedo hacia su boca sin ningún temor.

Inhaló y exhaló con dificultad, intentando reunir un mínimo de fuerza. Estaba decidida a masticar el dedo hasta pulverizarlo, incluso si rompiera sus dientes en el proceso.

Pero su respiración se detuvo cuando Kal Jer habló de nuevo.

—Te mostraré cómo se saca con los dedos.

Rane dejó de respirar.

—Lámelo. Antes de que sea demasiado tarde.

Aquellas palabras cargaban múltiples significados: aún podía extraerse el semen, si no era absorbido por completo. Pero si lo dejaba pasar, perdería incluso esa opción.

Durante ese breve momento, la lógica atravesó la niebla de impotencia que consumía a Rane.

«Si ni siquiera puedo morir como deseo… al menos debo sacar el semen», pensó, sintiendo cómo la urgencia le trepaba por el pecho.

Entonces, el dedo de Kal Jer comenzó a moverse dentro de su boca. Si lo dejaba escapar, perdería la oportunidad de expulsar el semen de su cuerpo. En un instante, Rane cerró los labios. No lo mordió, pero al apretar sus labios impidió que su dedo saliera.

Kal Jer detuvo su movimiento.

Aun así, Rane no lograba simplemente chuparlo.

Pero… ¿acaso no era el príncipe de un reino? ¿No había sido criada para gobernar a su pueblo como el príncipe de Akin?

—Usa tu lengua como si chuparas un caramelo.

«Ah.

Ah… Dios mío.

Si de verdad existes, arráncale los ojos a este arrogante demonio que me mira desde arriba.

Desgarra los labios de ese que profiere palabras malvadas»

Lamentablemente, aquella súplica de Rane no llegó a los cielos. La prueba de ello era la presencia de Kal Jer intacto. Y mientras lo observaba, no pudo evitar mover la lengua, como si su paciencia también se quebrara.

No podía creerlo. Estaba en ese momento, chupando el dedo de su enemigo como si se tratara de un caramelo. No, peor aún: como si practicara sexo oral.

«¿No sería mejor que me marcaran con un hierro al rojo vivo?»

Aunque movía la lengua, no lo hacía del modo que Kal Jer deseaba. Con el dedo aún en su boca, Rane tragaba saliva sin parar, igual que cuando se saborea el dulce sabor de un caramelo al chuparlo.

—Qué suerte que el rey Hetep no sepa que eres Rane. Si te viera chupar así, ni siquiera habría podido mantener una erección —ante la misma persona que momentos antes gritaba con furia y desesperación, Kal Jer habló con total indiferencia como si los apelativos emocionales no tuvieran ningún efecto sobre él—. Como un bebé que mama.

Kal le explicó de nuevo con calma, ya que entendía muy poco. Y aunque Rane ya sentía suficiente vergüenza por estar tragando saliva, al oír esa comparación su rostro se contrajo, como si hubiera mordido un insecto.

Sin embargo, cuando los ojos de Kal Jer se entrecerraron ante esa expresión, se rindió. Apretó los labios y comenzó a chupar el dedo con fuerza.

Cerró los ojos con amargura y le chupó el dedo varias veces más. Como un bebé.

—Ja.

El dedo salió de su boca. Y el mismo dedo que había tenido entre los labios fue introducido en su vagina.

Cuando abrió los ojos, vio cómo Kal Jer movía su dedo con suavidad, como si realmente intentara sacar el semen.

«Jamás pensé que esta sensación incómoda de un dedo ajeno me resultaría tan agradable.»

Pero cuando el dedo de Kal Jer salió, la desesperación volvió a apoderarse del rostro de Rane. Incluso si empezara la masacre del pueblo de Akin, sentía que podría suicidarse.

Porque no había semen blanco en su dedo.

«¿Ya había sido absorbido…?

Mientras observaba a Ramu descompuesta, Kal Jer limpió su dedo con la tela con la que había limpiado su glande.

—Se acabó… —Rane murmuró, destrozada.

—¿Qué se acabó?

—Ya… fue absorbido por mi cuerpo… Maldito seas… —lo maldijo Rane—. Maldito seas tú y tu descendencia.

—Aunque hayas vivido como hombre, sabes muy poco. Si realmente hubiera eyaculado… ahora habría semen —Kal Jer replicó.

—¿Qué…?

Kal Jer hizo un gesto con su pene hacia Rane, que no podía articular bien las palabras. Su pene seguía siendo grotescamente grande y erecto.

Rane no comprendió de inmediato lo que eso significaba.

—¿Creíste que me había corrido dentro de ti?

—¡!

—Dije que te enseñaría a sacarlo, no que sacaría mi semen.

Rane parpadeó varias veces mientras lo miraba.

—Si hubiera eyaculado de verdad, te habría penetrado profundamente para que el embarazo fuera más probable.

—¿Estás diciendo que… no lo hiciste?

—No puedo engendrar una pobre criatura con la sangre de una mujer loca que se disfraza de hombre.

Su cuerpo se relajó. Todo ese escándalo había sido por un malentendido.

Y sin embargo, Rane había visto claramente a Kal Jer limpiar lo que parecía semen blanco de su glande.     

—Tú… hace un momento… en mi cuerpo…

—¿Sabes que cuando una mujer está lista para recibir a un hombre también lubrica?

Rane se quedó en silencio. Sabía que si abría la boca, él le lanzaría palabras que no quería oír… pero que necesitaba escuchar.

Quería que dijera qué era ese líquido.

—Ese líquido se parece al semen masculino. Los hombres también expulsamos líquido preseminal.

—Es de color blanco, parecido al semen —añadió Kal Jer, condescendiente—. Los hombres también producen líquido preseminal. Pronto lo verás.

«¿Solo fue líquido preseminal y no semen…?»

Rane lo miró fijamente, sin parpadear. Ahora que lo pensaba, Kal Jer nunca dijo que se hubiera corrido, y su pene seguía erecto. Se había dejado arrastrar por la desesperación sin pensar.

Había gastado energía mental… en un arrebato inútil.

—Incluso si hubieras sido un hombre como yo, jamás me habrías vencido. No solo eres lo bastante estúpido como para encender fuego en plena guerra… tampoco tienes el juicio para juzgar una situación.

—…

—Simplemente actúas impulsada por tus emociones. Que pudieras iniciar está guerra, fue solo por esa impulsividad.

«No… no es verdad.», quiso decirlo, pero las palabras se le atragantaron.

Su gente había estado muriendo de hambre. No había alternativa… o eso creyó. Pero ahora, enfrentando esta realidad, pensaba que tal vez rendirse habría sido mejor. Entregar un tributo, permitir que algunos sobrevivieran.

Kal Jer, como si ya hubiera perdido todo interés, bajó de la cama, dejando su pene aún erecto.

—Si tanto quieres seguir llamándote Príncipe Ramu, no lo digas solo con palabras, primero convéncete a ti misma —soltó, antes de alejarse sin mirar atrás.

Rane se quedó mirando fijamente a través de la ventana.

La mañana siguiente llegó, pero su mente seguía envuelta en una neblina espesa. Tal vez era culpa de los gritos que se le habían escapado la noche anterior… o quizá era el peso del error después de tanto alboroto.

Como consecuencia de perder la razón y dejarse llevar por sus emociones, había terminado chupando su dedo como él quería. Y aunque todo hubiera sido un malentendido, estaba segura de que Kal Jer habría encontrado otra manera de doblegarla. Esa certeza la carcomía. Cada día se sentía más inútil.

«¿Cómo pude derrumbarme así en solo unos días? ¿O siempre he sido así… y el coronel Kal Jer solo me está mostrando lo que soy en realidad?»

La duda la carcomía. Ya no cuestionaba solo la máscara de “príncipe Ramu”, sino también su propia capacidad de liderazgo. ¿Cómo había logrado liderar a sus subordinados con una mente tan torpe?

Kal Jer.

Su apariencia era hermosa, pero no era cualquier hombre común. Había oído los rumores, pero al conocerlo en carne propia, entendió que su apodo “el ángel de la muerte”; no era una exageración. Era un hecho.

Kal Jer no se molestaba en ponerle palos ni trapos en la boca. No porque confiara en ella, sino porque sabía que su silencio se sostenía únicamente por el miedo y la culpa. Confiar solo en su preocupación por su gente habría requerido un valor extraordinario. 

Después de todo, a pesar del caos que reinó en esa habitación, Kal Jer había dormido tranquilamente la noche anterior.

Durante la noche, cuando Rane se quedó sentada incapaz de poder dormir o cuando cayó al suelo exhausta, Kal Jer ni siquiera la miró.

{—Si tanto quieres seguir llamándote Príncipe Ramu, no lo digas solo con palabras, primero convéncete a ti misma}

Las palabras de Kal Jer no dejaban de dar vueltas en su mente.

Por la mañana, él se fue a entrenar sin dedicarle ni una mirada ni dirigirle la palabra.

«Pero aun así, el hecho de que su voz sigue persiguiéndome en mi mente como una tormenta… solo prueba que es un demonio con piel humana. O tal vez… simplemente ya estoy loca.»

Rane, que había estado mirando más allá de la ventana, bajó la mirada hacia sus muñecas, aún atadas. Sin el palo que le obligaba a callar, la realidad se hizo más insoportable: aunque quisiera, ya ni siquiera podía suicidarse. Pero entonces, una duda la golpeó.

«Si estas cuerdas desaparecieran… ¿Sería realmente capaz de matar al coronel Kal Jer?»

Por el momento, no tenía ninguna razón lógica para creerlo, pero su mente, siempre aguda, empezó a sospechar que esas cuerdas no eran más que una excusa cómoda para no actuar.

La verdad era simple y cruel: incluso si lograba liberarse, no tenía certeza de poder matar al coronel Kal Jer. Y eso… resultaba patético.

«En lo más profundo de mi corazón, la rabia me devora; hasta el punto de desear arrancarle el cuello miles de veces, masticar sus venas… pero la realidad es un pozo de miseria.»

—Akisha… —murmuró.

Aunque le parecía increíble, el aceite de flor de Tanpat que aplicó ayer le había aliviado la herida del muslo. Y con el alivio físico, vinieron a su memoria los rostros de Akisha, de sus hombres… de Annie.

«Si no me hubieran seguido… no estarían pasando por este sufrimiento.»

El simple hecho de que su herida estuviera mejorando solo aumentaba su insoportable culpa. 

Especialmente al pensar en Akisha, marcado con el símbolo de un burdel masculino. Incluso si las heridas sanaran, la frustración permanece.

Le dolía haber sido incapaz de hacer algo, mientras el coronel Kal Jer lo marcaba.

«¿Cuándo terminará este infierno? ¿Y qué me esperará al final?»

Rane cerró los ojos. Era un silencio demasiado ruidoso.



RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: NYNX
REVISION: ARALDIR



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