Skip to content

ACOSB

  • INICIO
  • ROFAN
  • BL & GL
  • FANTASÍA
  • +15 & +19
  • VIP
  • MANHWAS
  • My Bookmarks
ACOSB

Capítulo 10

  1. Cohabitando con el enemigo

₊ ⊹🪻 ✧ ˚

Rane ya había recordado que, al hablarle, no debía usar un tono imperativo y que, aunque las palabras fueran las mismas, su elección era crucial.

Como dice el refrán: “La misma palabra suena diferente según como se diga.”

—Ha…

El dolor punzante bajo la pelvis, donde Jer le había hurgado con la mano, seguía presente incluso después de tanto tiempo. Con las manos atadas, había logrado subirse a medias la ropa interior y los pantalones que le arrancaron, pero el pecho sin vendar le causaba ansiedad. Si alguien notaba que era mujer, todo estaría perdido. Aunque había encontrado una razón por la que Jer no revelaría su identidad, seguía siendo algo que debía ocultar incluso al morir.

«¿Dónde estará Annie…? ¿Habrán sanado bien las heridas de Akisha?»

La angustia se le clavaba al pensar en ellos. No podía hacer nada por sus sirvientes. Ni siquiera podía protegerse a sí misma.

En medio de su sufrimiento, agravado por no poder morir como deseaba, las palabras de Jer resonaban con insistencia:

{—Muy bien. Guardaré tu secreto, pero a cambio… vas a tener que aguantar mis deseos.

—Aguanta bien. No vayas a confesar dónde está tu padre… por “accidente”.}

No tenía intención de hablar, pero no podía evitar imaginar el peor escenario. ¿Y si cedía? ¿Y si llegaba a decirlo sin querer? ¿Capturarían a su padre y lo arrastrarían ante Hetept para ejecutarlo? ¿Akin perdería la guerra? ¿Devolviéndolos a la miseria y a ser obligados a entregar esclavos y provisiones como antes?

Cerró los ojos, impotente. Nada cambiaría el futuro de Akin. Todo acabaría mal, sin importar la decisión que tomara.

«Si hubiera sabido esto, habría preferido caer del caballo y morir en lugar de Ramu.

Quizá entonces Akin estaría mejor que ahora.»

La puerta se abrió.

No fue Jer quien apareció, sino un subalterno con un tazón de gachas diluidas. Rane frunció el ceño al ver la mezcla pálida. Recordar que había sobrevivido tragando esas gachas le hizo sentir náuseas. El olor le resultaba insoportable.  

—¡Este maldito…! —al verla sentada en la cama, el subalterno se acercó con pasos largos y una expresión de desprecio. Sin decir más, le lanzó una patada. 

¡PUM!

Rane cayó al suelo de inmediato, aún atada. Su frente golpeó contra el piso y quedó boca abajo. El sonido sordo del impacto bastó para saber que el golpe le dejaría un moretón.

¡PUAF!

—¡Ugh!

—¡¿Cómo te atreves a subirte a la cama donde duerme el Coronel con tu asqueroso cuerpo?! —gritó el hombre, escupiéndole con desprecio.

¡PUAF!

Volvió a patearla con rabia, despiadadamente, haciéndola encogerse sobre sí misma. La cama que una vez le perteneció, ahora era del coronel Jer.

—No sé por qué el Coronel le da estas valiosas gachas a un desgraciado como tú. Quizás lo hace solo para torturarte. Trágatelas y dime dónde está el Rey de Akin.

El tazón quedó frente a ella, tirado sobre el suelo sucio. No había cuchara.

—Lámelas como un perro. Ese palo entre tus dientes parece un hueso para perros. Je, je…

La guerra corrompe. Hasta que la oscuridad se filtra por cada rincón, hasta consumir la mente y el corazón, hasta borrar cualquier rastro de compasión.

Aun cuando la pateó con sus botas pesadas, golpeando ese cuerpo delgado donde los huesos sobresalían, el subordinado no sintió ni una chispa de remordimiento. Le agarró el cabello y le hundió la cara en el tazón.

—Come. Lámelo como un perro. Sería mejor si tus súbditos te vieran así… pero me basta con disfrutarlo yo solo —el subordinado soltó una carcajada al ver la mezcla pegada en su nariz y boca. 

Rane intentó alzar la cabeza, ahogándose cuando la gachas le entraron por la nariz, pero la mano en su nuca la mantenía firmemente presionada contra el plato.

De pronto, la risa del subalterno se detuvo. Y con ella, también la presión.

La ropa que Rane llevaba le quedaba holgada. Al forcejear, la tela se había deslizado, dejando al descubierto el escote.

Donde deberían marcarse costillas, aparecieron pechos.

El subalterno parpadeó varias veces, incrédulo. Pero al mirar de nuevo, no había duda: el escote era el de una mujer.

—¡Ah…!

Le agarró un pecho sin pensar. Con la cara aún cubierta de gachas, Ramu gritó y su voz, afeminada a pesar de su esfuerzo por mantener el tono masculino, la delató.

—¿Qué… qué demonios…?

Sorprendido, el subalterno comenzó a manosearla, notando cómo aquella carne suave se hundía y respondía al tacto, muy diferente a la de un cuerpo masculino.

Y entonces, se fijó en la expresión helada de Rane. Su reacción, su rostro… no era la de alguien atrapado en una simple mentira.

—Este maldito… esto es…

CLICK.

La puerta se abrió. Jer, que había regresado tras cenar, entró con paso tranquilo. El subalterno, que seguía tocando a Rane, se puso de pie de inmediato y saludó con respeto. 

La mirada de Jer se dirigió al tazón en el suelo, luego el rostro de Rane, cubierto de gachas. El silencio repentino y los gritos ahogados bastaron para tener una idea de lo que había pasado.

—Coronel… este bastardo… digo, el Príncipe Ramu… hay algo raro.

—¿Qué quieres decir?

—Tiene… pechos. Como los de una mujer. Y su rostro también parece femenino…

—…

—Ya sé que los de Akin son enclenques, pero esto…

¡SLASH!

—¡…!

Sin esperar a que terminara, Jer desenvainó la espada que llevaba en el cinturón. Antes de que el subalterno pudiera reaccionar, su cabeza ya rodaba por el suelo.  

Rane, al ver la cabeza del hombre que la había manoseado separarse del cuerpo, contuvo el aliento. Sus ojos se abrieron de par en par, sin parpadear.

Había visto morir a gente en batalla, incluso cadáveres. Pero esto… esto era distinto.

En la guerra, la muerte parecía lejana, incluso cuando ocurría cerca. En el campo, todo era un caos: blandía la espada sin pensar. Pero aquí, con la decapitación sucediendo justo ante sus ojos, el terror, crudo y puro, le recorrió el cuerpo como un escalofrío interno.

Quiso aparentar indiferencia ante la sangre que brotaba del cadáver partido en dos, pero sus manos temblaron levemente.

A diferencia de ella, Jer limpió la sangre de su espada con un paño. Luego, caminó hacia Rane con paso firme. Sin decir palabra, ajustó el cuello de su ropa, cubriendo el escote descubierto. Una vez disimulado, se levantó con naturalidad y, con voz serena, ordenó a otro subordinado que retirara el cuerpo sin cabeza de la habitación.

Ni el subordinado ni Jer mencionaron por qué lo había matado. Simplemente, si Jer decidía acabar con alguien, no hacía falta ninguna razón. Él era el líder absoluto aquí, el coronel de Akin (¿Aquí no es “coronel de Cask?).

Las manchas de sangre en la alfombra, regalo de un rey de un país vecino con el que mantenían relaciones amistosas, no desaparecían, por más que intentaran limpiarlas. El borde, que antes era blanco e impecable, ahora estaba teñido de rojo.

El coronel Jer pasó junto a Rane, que seguía con el rostro cubierto de gachas, y se sentó en la cama. Ella no podía verlo, pero sentía su mirada clavada en la nuca como una daga.

Como era de esperarse, una cucharita, la misma que solía usarse para el té, fue arrojada frente a ella.

—Come.

A diferencia del subordinado que le había ordenado lamer como un perro, al menos Jer tuvo la “generosidad” de darle una cuchara.

Pero, ¿de qué servía?

Rane se quedó mirando fijamente las gachas, sin molestarse en limpiarse la mezcla pegada en la nariz y la boca. Ni siquiera pensó en recoger la cuchara.

«¿Si sigo rechazando la comida, moriré lentamente?»

—Tus subordinados también se negaron a comer. Querían morir como tú.

—…

—Pero el hambre terminó por vencerlos. Traicionaron su lealtad y lamieron como perros. Pero tú… ¿cuánto podrás resistir? —Jer se levantó de la cama y caminó frente a Rane. Le alzó el rostro sucio, aún sin haber probado un bocado de gachas—. No puedes morir todavía, para minimizar las muertes de tu pueblo, necesitamos tu sacrificio.

—¿Qué… qué quieres decir? —aunque su piel se erizó al sentir la mano de aquel hombre tocarle la cara, Rane logró hablar con voz tensa.

—Si no revelas el paradero del Rey de Akin, empezaré a ejecutar a diez ciudadanos cada día, frente a las puertas del castillo. Cortaremos sus cabezas y las apilaremos sobre el muro, para que te padre pueda verlas.

—¡…!

—Seguiré. Mataré hasta que el rey aparezca. Incluso si tengo que exterminar por completo a todo Akin. Al final, no tendrá más remedio que aparecer.

—¿Qué ganas con esto? ¿Qué riqueza puede darte cometer actos tan demoníacos?

—El Rey Hetept lo desea. Y eso basta.

—Así que eres capaz de cualquier vileza con tal de obedecerlo. Claro, después de lo que me has hecho, ya veo qué clase de monstruo eres.

—Come con tus propias manos antes de que te haga tragar esas gachas con un embudo. Así podrás seguir hablando con tanto ardor.

—Cómetelas tú.

—…

—La maldición de mi pueblo y la mía… te perseguirá incluso si Akin cae.

Ante sus palabras afiliadas, Jer dio la orden de traer un embudo.

Era tan grande que apenas cabía en la boca. En cuanto el subordinado lo trajo, lo insertaron entre sus labios, reemplazando el palo que solía morder. Jer lo empujó hasta el fondo y vertió el resto de las gachas por el tubo.

Rane intentó resistirse, pero los subordinados la sujetaron por los brazos con fuerza.

Afortunadamente, al inmovilizarla, su ropa se ajustó, evitando que el escote quedara expuesto.

Ella luchó por no tragar, pero Jer le tapó la nariz con calma.

Sin poder respirar, su cuerpo reaccionó por instinto, a pesar de su deseo de morir. Su garganta se abrió y las gachas cayeron por su esófago en contra de su voluntad. Solo entonces, Jer soltó su nariz.

₊ ⊹🪻 ✧ ˚

Tosiendo violentamente por la comida forzada, Rane observó a los subordinados marcharse con amargura.

—Dejen el embudo. Lo usaremos de nuevo.

Solo entonces, al escuchar esa orden, lo comprendió.

No se arrepentía de haber sido forzada a comer, sino de haberle dado una ventaja.

Los subordinados la habían sujetado mientras él la forzaba. Ahora, nunca sospecharían de lo que realmente ocurría entre ellos. ¿Qué más podría hacerle Jer en esta habitación?

«Si me hubiera mostrado sumisa, habrían empezado a sospechar…»

Pero como era un “hombre”, torturarla de esa forma parecía justificable. Por mucho que gritara, nadie imaginaría que pasaba algo más.

Cuando la tos cesó, lo único que quedó fue el asco. Sentía el estómago revuelto por el sabor de las gachas forzadas y el olor aún impregnado en su rostro le provocaba náuseas. Mientras sus propios hombres pasaban hambre, ella había sido obligada a tragar. Con las manos atadas, intentó frotarse la cara, intentando limpiarse.

—¿Dónde se esconde el Rey de Akin? —la voz de Jer resonó justo antes de que la comida se asentara en su estómago.

No solía repetir las preguntas. Si no respondía, simplemente perdía la oportunidad. Pero esta vez, fue peor. No parecía siquiera esperar respuesta. Como cuando dijo que podía matarla después de saciarse, si no colaboraba, comenzaría una tortura más real. O, como ya había advertido, ejecutaría a su gente frente al castillo hasta que su padre apareciera.

«¿Debo hablar para salvar a mi pueblo?

¿Debo hacerlo aunque sea solo para librarme de su mano mi cuello?

Padre…»

Sus ojos reflejaban un conflicto feroz y angustia.

«¿Cuántos segundos pasaron?»

Como si su paciencia se hubiese agotado, el coronel Jer desabrochó el cinturón de su pantalón.

Rane, sabiendo lo que significaba, se encogió instintivamente. Aun así, se atrevió a preguntar. No podía aceptar esta realidad sin más.

—¿Qué… pretendes hacer?

—¿Lo preguntas aunque lo sabes? Solo estoy correspondiendo a tus valientes palabras —respondió Jer con frialdad.

—No entiendes el significado de ‘responder’.

—Claro que lo entiendo. Las bestias se aparean para perpetuar su especie. Y como tú no eres más que una bestia con piel humana, te corresponderé como mereces.

Rane no respondió. 

—¿Necesitas que te lo explique?

Al desabrocharse el cinturón, los pantalones colgaron flojos, como la vez anterior. Solo bastaría un movimiento más y Rane tendría que ver ese repulsivo trozo de carne que tanto odiaba ante sus ojos.

Cuando sus labios dejaron de moverse, sellados por el silencio, Jer le agarró el pelo bruscamente.

—Como parece que no lo entiendes, te lo explicaré con amabilidad —dijo, acercándose a su oído—. Voy a enterrar mi cuerpo en el tuyo y vamos a aparearnos.

La palabra “aparear”, salida de la boca de un humano, sonó más brutal que cualquier insulto. Pero lo que siguió fue aún más salvaje: al bajarse los pantalones, el tamaño de su pene, aún flácido, resultó obsceno.

Rane apretó los dientes. Y entonces recordó que ya no había nada mordiendo entre ellos.

Al darse cuenta, con desesperación hundió sus colmillos en su propia lengua, aplicando toda la fuerza posible que le permitía su mandíbula. Quería cortársela y morir.

Jer la observó en silencio. Esperó a que la sangre brotara. Solo entonces le abrió la boca a la fuerza y metió los dedos dentro.

Sus dedos llegaron tan hondo en su garganta, que sintió náuseas.

—¡Cof!

¡UGH!

—Al igual que estos dedos, empujaré todo mi cuerpo dentro de ti y moveré mis caderas —dijo, mientras ella se atragantaba—. Si tienes mala suerte, puede que incluso eyacule.

—¡…!

—No vas a morir hasta que yo lo permita. Si hace falta, volveré a usar el embudo para mantenerte con vida. Incluso si quedas embarazada y tratas de morir.

—…

—Si se revela que eres la Princesa Rane, solo me quedarán dos opciones: matarte… o fingir tu muerte, y encerrarte en un sótano hasta que des a luz.

—¡ Mmmph! —Rane se agitó como si quisiera atacarlo incluso con las manos atadas. Pero sus hombros, sujetados por Jer, perdieron la fuerza.

—¿Por qué? Así nadie sabrá que eres Rane. ¿O prefieres que lo sepan?

La tortura mental resultaba tan efectiva como la física. Rane, que era inteligente, no lograba encontrar una salida. Y lo peor: su mente entumecida no se recuperaría pronto. 

Con gesto calculado, la mano de Jer bajó los pantalones y la ropa interior de Rane. Su cuerpo, aún adolorido, reaccionó encogiéndose.

¡SLAP!

—¡…!

Sus piernas fueron alzadas de nuevo, dejando su entrepierna completamente expuesta hasta el rubor. Al ver que forcejeaba, Jer le metió un trapo en la boca.

Con ambas manos libres, someterla fue más fácil que comer.

SCHLICK. SCHLICK.

La cabeza de su pene, aún flácida, se frotó contra los labios secos de Rane. El roce, aunque superficial, ardía como si tocara una herida abierta.

—¿Alguna vez te has tocado ahí?

La mirada de Rane respondió sin necesidad de palabras.

 «Qué pregunta tan estúpida…»

—Has vivido como hombre tanto tiempo. ¿Nunca te preguntaste por qué se obsesionan con esto?

Aunque había vivido como varón, jamás participó en conversaciones obscenas. Y como mujer, le repugnaban.  

—Por dentro es más cálido y suave que tu boca.

Ella giró la cabeza, rehuyendo su mirada. Jer le sujetó el rostro con firmeza, obligándola a volver, pero sus ojos seguían evadiéndolo.

Todavía conservaba ese orgullo de “Príncipe Ramu”, que se negaba a rendirse incluso cuando todo estaba perdido.

A Jer le encantaba eso.

—La mayoría de las mujeres llegan al clímax solo con mis dedos. Suplican por más.

SCHLICK.

—¡Hnng!

Esta vez, sus dedos entraron más hondo. Un gemido escapó antes de que Rane pudiera reprimirlo.

—Ni siquiera estás mojada. Si no fuera por la tortura, no te miraría dos veces.

El trapo en su boca la sofocaba, pero al mismo tiempo la protegía. Sin él, habría escupido cada maldición hasta quedarse sin voz.

Cuando Jer retiró los dedos. No había rastro de lubricación.

—Pensándolo bien, quiero verte suplicar. Quiero verte mojada solo con mis dedos.

«¿Qué…?»

Rane forcejeó, intentando escupir el trapo, pero Jer lo empujó más adentro con dos dedos.

—Nada te romperá más que esto. Porque eres Rane, la Princesa que quería ser el Príncipe Rane.

—…



RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: NYNX
REVISION: ARALDIR



© 2026 ACOSB

No puedes copiar el contenido de esta página.

    Previous Post

  • CAPÍTULO 9

    Next Post

  • CAPÍTULO 11
Scroll to top
  • INICIO
  • ROFAN
  • BL & GL
  • FANTASÍA
  • +15 & +19
  • VIP
  • MANHWAS
  • My Bookmarks