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Capítulo 75
Revelando el secreto del Emperador

—¿Y Diana? ¿Cómo está?  

—Su Alteza perdió el conocimiento y está descansando en sus aposentos.  

El Emperador frunció el ceño ante el informe del médico.  

—¿Le dieron el antídoto? Debió intoxicarse junto al Gran Duque.  

—Gracias al cáliz purificador, la Princesa está a salvo.  

El rostro del Emperador se tensó.  

«¿No se suponía que el cáliz de Diana había sido reemplazado por uno de colmillo de narval?»  

Estaba seguro de que ella también habría sido envenenada.  

El Duque Flice había informado que el cáliz de cuerno de unicornio había sido sustituido.  

«¡Ajá!»  

Las piezas comenzaron a encajar en su mente.  

Le había extrañado que el Gran Duque, resistente al veneno, cayera tan fácilmente… 

«¡Este zorro…! ¡Sabía de nuestro plan desde el principio!»  

La presión sanguínea le subió de golpe.  

No había otra explicación.  

El Emperador finalmente entendió que su conspiración había sido descubierta.  

—¡Maldición!  

—¿Su Majestad?  

El médico lo miró confundido. ¿Por qué reaccionaba con ira al saber que la Princesa estaba bien?  

El rostro del Emperador estaba al borde de la explosión, rechinó los dientes con fuerza.  

—No es nada. Solo me duele ver a mi querido sobrino en este estado.  

—Sí… Es un milagro que la Princesa esté ilesa.  

—Sí… Un “milagro”.     

No podía permitir que su mercancía perdiera valor. Diana aún tenía uso, sus ojos se enfriaron al pensar en ella. Para él, Diana solo era una herramienta para consolidar su poder. Había planeado usarla para ejecutar al Gran Duque, acusándolo de intentar envenenarla.  

Y luego, casarla por conveniencia política. Había prometido su mano a un anciano rey extranjero como tercera esposa, a cambio de minerales baratos. Por supuesto, sin importarle su voluntad.  

—Por precaución, denle el antídoto a la Princesa.  

—Como ordene.  

El Emperador salió acompañado de guardias y médicos.  

Necesitaba ver al Duque Flice.  

Para exigirle responsabilidades… y limpiar el desastre.  

Al salir, se encontró con Rose, quien esperaba ansiosa.  

La reconoció al instante.  

«La hija de los Condes Serbia.»  

Era idéntica a su madre.  

***  

«Rose de Serbia…»  

La principal culpable de que su plan fallara.  

Siempre aparecía para complicar las cosas, el Emperador la miró con desprecio.  

«Una estúpida que lo arruinó todo.»  

Si ese día hubieran culpado al Gran Duque por los asesinatos del Marqués Blade, las cosas serían distintas.  

«…Tú también morirás con él.»  

Primero tras la sombra del Conde Wens, y ahora tomada de la mano de su sobrino.  

¡Incluso se había declarado públicamente!  

—¿No es la hija de los Serbia?  

El Emperador detuvo su paso y le sonrió con falsedad.  

—Su Majestad, el Emperador de Festona. ¿El Gran Duque… ha despertado?  

A pesar de su palidez, Rose hizo una reverencia. Sabía que el Emperador quería matar al Gran Duque, pero igual preguntó con desesperación.  

—¿Está bien, verdad?  

Juntó sus manos temblorosas.  

El Emperador ignoró su pregunta y contraatacó— qué curioso…

Su voz gélida resonó llena de hostilidad.  

 

—El Gran Duque y la Princesa cayeron, pero tú, que bebiste el mismo vino, estás perfectamente bien.  

—¡…!  

Rose recuperó la lucidez de golpe.  

Había estado tan preocupada por el Gran Duque que no lo había pensado.  

«¿Acaso intentará culparme al no poder inculpar al Gran Duque?»  

El presentimiento la golpeó.  

—Fuiste la más cercana a ellos.  

Como esperaba, el Emperador la señaló. El ambiente se volvió glacial, los guardias se prepararon para arrestarla. Todos la miraban con sospecha.  

«¿Todos me culpan?»  

Docenas de ojos la escrutaban, el sudor frío brotó en su frente. En ese momento, la puerta de la habitación del Gran Duque se abrió.  

«¿Será él?»  

Rose miró con esperanza, pero no era el Gran Duque.  

Guardias salieron cargando algo cubierto con una sábana blanca.  

—Límpienlo.  

—Sí, Su Majestad.  

Los guardias pasaron frente a Rose y se alejaron.  

«¡El olor a sangre!»  

El hedor le quemó la nariz.  

Se tapó la nariz y frunció el ceño. Sintió náuseas.  

Gotas de sangre marcaban el pasillo, sus labios se secaron; tenía la sensación de haber visto algo que no debía. Su corazón palpitaba con fuerza.  

Al levantar la vista, se encontró con la mirada gélida del Emperador.  

Sus ojos azules, como los del Gran Duque, pero más fríos y afilados.  

—Pregunté por qué solo tú estás bien.  

—Yo también sufrí intoxicación. Tomé el antídoto.  

Su voz tembló.  

Afortunadamente, no había bebido todo el vino y había vomitado.  

No sabía que el Gran Duque le había dado comida con antídotos antes del banquete.  

Nueces, higos secos y hojas de ruda. Un antídoto que inducía al vómito si detectaba veneno.  

El Gran Duque no le había explicado nada, para evitar que actuara con nerviosismo. Como ahora.  

El Emperador parecía decidido a usarla como chivo expiatorio antes de que el Gran Duque despertara.  

Matar a una noble caída no sería problema.  

Además, si la culpaba, podría eliminar también a sus padres.  

Sus ojos brillaron con malicia.  

Justo cuando iba a ordenar su arresto, Rose habló— por cierto… Diciembre es una buena época para ver flores.  

—¿Qué tontería dices?  

El Emperador frunció el ceño.  

—En el feudo de Chicago, incluso en invierno hace calor. Quería ver las flores allí.  

Los presentes se quedaron helados.  

—¿Está loca? ¿Flores en Chicago?  

—Siempre fue tonta.  

—¿Quién querría ver flores en una prisión de criminales?  

Chicago era una prisión para condenados a cadena perpetua.  

Un lugar desolado, sin civiles.  

—Las flores Ciclamen. Las llaman “La luz de Chicago”.  

La gente soltó risitas, todos menos uno. El rostro del Emperador se tornó pétreo.  

«¿Cómo sabe eso?»  

“La luz de Chicago” era una jerga entre los prisioneros. Preferían ser sujetos de experimentos humanos antes que trabajar de por vida. Los que sobrevivían ganaban su libertad. Era un secreto sucio que solo él, el Duque Flice y el Conde Wens conocían.  

—¡¿Qué sabes tú de Chicago?!  

El Emperador estalló en ira innecesaria. Rose había tocado un nervio, Cern le había contado sobre los experimentos.  

«Menos mal que lo hice mi aliado.»  

Por otro lado, el Emperador maldijo haber subestimado a Rose.  

—¡Arréstenlo! ¡No toleraré insultos a la nobleza!  

Ordenó, señalando a un sirviente que se burlaba de Rose.  

—¡Perdón! ¡Perdóneme!  

El sirviente fue arrastrado, aterrorizado. Era extraño, el Emperador solía recompensar a quienes insultaban a los Serbia.  

¿Había cambiado porque Rose podría ser la próxima Duquesa?  El Emperador giró y se alejó rápidamente, su cuerpo estaba helado. Esa mujer, que solo seguía hombres, ahora lo miraba con una determinación inquietante.  

—Traigan al Duque Flice y a Cedric.  

Susurró con rabia contenida a un guardia.



RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: NOLART
REVISIÓN: NONA


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