Capítulo 65.
Por favor, cuiden bien de mi hija
—Este será tu cuarto.
El Conde Serbia, su esposa y Rose abrieron los ojos de par en par. La habitación que había preparado el Gran Duque era mucho más lujosa de lo que esperaban.
Rose, cargando su pequeña maleta, entró en la habitación y por alguna razón, la opulencia del lugar la hacía sentir incómoda.
—¿Por qué es tan lujosa esta habitación?
Era mucho más grande que la habitación en la que había estado en la casa del Conde Wens. Pero no era solo el tamaño lo que le hacía sentir incomodidad.
«Los Condes Serbia están quedándose en una vieja cabaña, ¿y yo sola voy a disfrutar de todo este lujo?»
Rose echó una mirada de soslayo al Conde y la Condesa Serbia.
Ellos también miraban la habitación con ojos sorprendidos, igual que Rose.
—Esto me hace sentir aún más incómoda.
Rose murmuró en voz baja para que el Gran Duque no pudiera escucharla, dirigiéndose a Damon.
—No creo que pueda quedarme aquí sola.
—¿Te arrepientes ahora que hemos llegado?
—No es eso, pero…
Rose titubeó antes de hablar nuevamente.
—No quiero estar lejos de mi padre y mi madre. ¿Podríamos quedarnos juntos aquí?
Damon, que estaba nervioso pensando que Rose podría decir volvamos, finalmente se relajó y sonrió.
—No eres una niña, pero haces unos berrinches impresionantes.
Aunque estaba encantado con las palabras de Rose, tanto que casi se le escapaba una carcajada, Damon respondió fingiendo malhumor.
El Gran Duque no podía apartar la mirada de Rose, quien seguía hablando en voz baja con Damon.
Había trozos de hierba pegados en el cabello de Rose. En realidad, no solo en su cabello, también en su vestido.
—Tiene hierba pegada.
Parecía ser de cuando había rodado por el jardín con Finn. Finn la seguía tanto que Neran tuvo que esforzarse mucho para separarlo de ella.
El Gran Duque extendió cuidadosamente la mano hacia el cabello de Rose para quitar los trozos de hierba.
Pero justo antes de que su mano tocara su cabeza, Rose se giró rápidamente hacia él.
Al ver al Gran Duque extendiendo la mano hacia ella, Rose parpadeó, pareciendo un conejo sorprendido.
El Gran Duque, que había dudado por un momento, se mostró indiferente y acercó la mano que había extendido hacia la cabeza de Rose, poniéndola frente a sus ojos.
—Tenías hierba en el cabello.
—Ah… gracias.
Estaba sorprendida. Al girarse, se dio cuenta de que el Gran Duque estaba demasiado cerca.
Rose se llevó una mano al pecho, tratando de calmar su acelerado corazón, y le agradeció.
El Gran Duque, por alguna razón, soltó una risa ligera sin motivo aparente.
Rivera, que observaba la escena, tocó el brazo de Damon y le susurró.
—Querido, ¿el Gran Duque siempre ha sido alguien que se ríe tanto?
—No lo sé. Desde pequeño siempre fue una persona seria. ¿Por qué lo preguntas de repente?
El rostro de Rivera se ensombreció ante la respuesta de Damon.
—Nuestra Rose… ¿de verdad estará bien quedándose en la mansión del Gran Duque Arteum?
Era natural que Rivera, como madre, se preocupara. Un hombre y una mujer jóvenes, llenos de vida, viviendo juntos sin estar casados… Era inquietante.
Rivera comenzó a sospechar si el Gran Duque podía estar interesado en su hija. Aunque Damon, con su torpeza para captar esas cosas, no parecía darse cuenta.
Con una expresión ambigua, Rivera alternó la mirada entre el Gran Duque y su hija Rose. Damon, ajeno a sus preocupaciones, frunció el ceño con severidad.
—No empieces con ideas absurdas. Este es el lugar más seguro para mantenerla lejos de ese maldito Eric.
Rivera, molesta, le dio un ligero golpe en la espalda y lo regañó.
—¡No es eso!
Damon, sobresaltado por el golpe, miró a Rivera, quien se inclinó hacia él y le susurró.
—Mira cómo la mira el Gran Duque. Esa forma en que observa a Rose no es normal.
Ante esas palabras, Damon entrecerró los ojos y miró al Gran Duque y a Rose.
—Mira bien. ¿Ves? Está sonriendo de nuevo al mirarla, tú mismo dijiste que el Gran Duque no suele sonreír, ¿verdad? Entonces, ¿por qué sonríe cada vez que ve a Rose? ¿No será porque le gusta?
Rivera habló con seriedad, aferrándose al brazo de Damon.
No podía soportar la idea de que su hija, que finalmente había escapado del mujeriego Eric, se convirtiera en la pareja del Gran Duque, conocido por sus locuras. Solo de pensarlo, le dolía la cabeza.
Rivera no quería que Rose, quien ya había sufrido a manos de un hombre, volviera a lastimarse. Aunque no creía en todos los rumores sobre el Gran Duque, sabía bien que era alguien frío y distante con los demás.
Si Rose iba a encontrar a otro hombre en el futuro, Rivera esperaba que fuera alguien que la apreciara y la amara de verdad.
Damon, escuchando atentamente, asintió con seriedad.
«Damon también comparte mis preocupaciones.»
Rivera, aliviada, creyendo que había logrado que él entendiera su punto de vista. Se preparaba para sugerir que llevaran de vuelta a Rose, cuando Damon habló primero.
Con voz baja, murmuró hacia Rivera.
—Yo apoyo a esta pareja.
*Nona: Jajajjaja
La expresión de Damon mientras decía: estoy a favor de esta pareja, era extremadamente seria.
Rivera lo observó, totalmente atónita.
No, estaba indignada. Mientras ella se preocupaba, la expresión de Damon parecía, de alguna manera, incluso satisfecha.
Damon conocía al Gran Duque mejor que nadie.
Había observado al Gran Duque desde su infancia. Como yerno, él era una persona bastante adecuada, incomparablemente mejor que un inútil como Eric.
El rostro de Rivera, que miraba a Damon con incredulidad, comenzó a enrojecerse. Con una voz contenida por la ira, lo reprendió.
—¿Cariño? ¿Cómo, que estás a favor? ¡El Gran Duque Arteum y Rose son todavía muy jóvenes! ¿Qué pasará si cometen alguna imprudencia?
Rivera no quería que su hija estuviera envuelta en rumores de esa naturaleza.
Si Rose quedara embarazada, los chismes que surgirían serían obvios.
La gente no se detendría en burlas y críticas, usando a Rose como tema para sus conversaciones.
Rivera no deseaba que su hija sufriera más heridas.
Ya había soportado suficiente cuando se casó con Eric.
[—Una mujer tonta, cegada por el amor, que abandona a su familia para casarse con su enemigo].
Decían tanto plebeyos como nobles, y señalaban a Rose con el dedo.
Aunque Rose soportó todo eso por amor, claramente estaba destrozada por las críticas.
—¡No digas tonterías! ¿Imprudencias?
Ni siquiera el Gran Duque podía atreverse a tocar a su hija sin estar casados.
La voz de Damon era lo suficientemente fuerte como para que tanto Rose como el Gran Duque la escucharan. Todos en la habitación voltearon hacia él.
El Gran Duque, sintiendo las miradas, carraspeó incómodo y giró la cabeza.
—¿Padre? ¿pasa algo?
Rose los miró con ojos abiertos de par en par, dirigiéndose a Rivera y Damon.
¿Acaso estaban discutiendo? Para ella, siempre habían tenido una buena relación. Pero el ambiente no parecía agradable.
—No es nada. No te preocupes.
Damon respondió a Rose con una expresión de disgusto. Rivera, sin soltar la mano de Damon, se movió.
—Vamos a hablar afuera un momento.
—Está bien.
Antes de que Rose terminara de hablar, Rivera ya había llevado a Damon fuera de la habitación.
Tras cerrar la puerta, Rivera habló con firmeza.
—Esto no puede continuar. Vamos a llevarnos a Rose de vuelta.
—Tranquilízate. Entiendo que te preocupes por Rose, pero no podemos hacer eso.
—Nuestra hija logró librarse de Eric con mucho esfuerzo. No quiero que vuelva a ser objeto de rumores.
Rivera no pudo ocultar la inquietud en su corazón mientras expresaba sus pensamientos.
—Hace tan poco que se divorció. ¿Y si de repente queda embarazada? ¡Nuestra hija también tiene derecho a disfrutar de su vida!
—¿Por qué te preocupas por algo que ni siquiera ha sucedido todavía?
Damon colocó sus manos sobre los hombros de Rivera, intentando calmarla.
—Me preocupo porque es posible… Rose, cuando se enamora, no ve nada más.
Damon no pudo responder porque sabía que Rivera tenía razón.
Aunque ahora Rose parecía haber recuperado el sentido común, en aquel entonces había sido una niña ingenua cegada por el amor.
Damon exhaló un profundo suspiro antes de responder en voz baja.
—Lo sé, pero… si nos llevamos a Rose ahora, solo la heriremos más.
Rivera lo miró incrédula.
—¿Herirla? ¿De qué estás hablando?
—Piensa en ello. Rose vino aquí porque quería protegernos. Alejarla del Gran Duque en este momento sería como decirle que no confiamos en ella.
Rivera frunció el ceño, sus emociones divididas entre la preocupación y la confusión.
—Pero, Damon, ella siempre ha sido tan impulsiva cuando se trata de sus sentimientos… ¿Qué pasa si esta vez vuelve a cometer un error?
—Confía en nuestra hija. Ha aprendido de lo que pasó con Eric, ya no es la niña ingenua de antes.
Aunque las palabras de Damon tenían lógica, el corazón de Rivera seguía pesado. A pesar de sus dudas, bajó la mirada, sin responder de inmediato.
Damon suavizó su tono al verla así.
—Además, el Gran Duque no es como Eric. Lo he observado durante años. Es un hombre de principios, y no dejaría que algo como lo que temes ocurriera.
—Pero…
—Rivera, nuestra hija también tiene derecho a ser feliz. No podemos protegerla de todo, y mucho menos de la vida misma.
Las palabras de Damon resonaron en el silencio que siguió. Rivera lo miró fijamente, sintiendo cómo sus barreras comenzaban a ceder. Finalmente, dejó escapar un suspiro.
—Supongo que tienes razón… pero aún me preocupa.
—Y siempre lo hará. Pero eso es lo que significa ser padres, ¿no?
Rivera dejó escapar una leve sonrisa, aunque aún había preocupación en sus ojos.
—Está bien. Confiaré en ella… por ahora. Pero, si algo sucede, quiero que seas tú quien hable con el Gran Duque.
—Hecho.
Damon le dio un apretón de manos firme a Rivera, como si sellara un trato.
Aunque no se disiparon todas sus preocupaciones, Rivera decidió seguir el consejo de su esposo, al menos por ahora. Ambos regresaron a la habitación, intentando ocultar lo que había sido una discusión cargada de emociones.
—No sé si el Gran Duque siente algo por nuestra Rose, pero ¿no sería mejor así? Si el Gran Duque llena el vacío en el corazón de Rose, aunque ese inútil de Eric intente volver, nuestra hija no se dejará llevar.
Damon insistía en que el amor se olvida con otro amor y en que no debía impedirse que Rose encontrara una nueva ilusión.
—Así que no te preocupes demasiado. Puede que tengas dudas sobre el Gran Duque, pero no es para nada como ese parásito de Eric.
Ante las palabras de Damon, Rivera finalmente levantó la bandera blanca.
Aunque seguía preocupada por Rose, la idea de verla regresar con Eric era una pesadilla aún peor.
***
El Gran Duque, Rose y los Condes Serbia estaban reunidos en el salón. Rivera jugaba nerviosamente con su taza vacía, incapaz de ocultar la preocupación en su rostro.
—Es hora de irnos. Ya es muy tarde.
Damon fue el primero en levantarse. Rivera, con una sonrisa incómoda, lo siguió.
—Cuide de nuestra hija, Gran Duque.
Damon agarró la mano del Gran Duque con firmeza. Este bajó la mirada hacia su mano, notando que el apretón era más fuerte de lo necesario.
A pesar de su fachada tranquila frente a Rivera, Damon también estaba preocupado por su hija.
Solo pretendía actuar con normalidad para tranquilizar a su esposa.
«No te preocupes. El Gran Duque es un hombre torpe que nunca ha conocido a una mujer.»
Rose no estaba interesada en el Gran Duque, y el afecto de este seguía siendo unilateral.
Damon intentaba calmarse a sí mismo, convencido de que Rose y el Gran Duque no caerían en una atracción irrefrenable. Sin embargo, las palabras de Rivera seguían resonando en su mente, haciendo más pesados sus pasos al salir.
Mientras Damon y el Gran Duque se daban la mano, Rivera se acercó lentamente a Rose, tomando suavemente sus manos entre las suyas.
—No podré visitarte tan seguido como quisiera, hay demasiados ojos observando.
Con una voz cargada de nostalgia, acarició las manos de su hija.
Habían pasado tres años desde que finalmente pudo ver a Rose, y ahora tenía que separarse de nuevo.
Aunque deseaba quedarse a su lado, sabía que todo era por el bien de Rose.
Con un tono lleno de ternura, añadió.
—Escríbeme con frecuencia.
—Lo haré, madre.
—Y si me echas de menos, puedes venir a verme cuando quieras.
Rose asintió y le devolvió una sonrisa.
Pero aquella sonrisa no duró mucho. Rivera, inesperadamente, pronunció algo que dejó a su hija helada.
—Y asegúrate de usar anticonceptivos, querida.
*Robin: ora!!
*Nona: Dele tranquilo señora!!
—…Sí, cla… ¡¿Qué?!
Rose, que había estado asintiendo con tranquilidad, quedó petrificada, el shock reflejado en su rostro.

RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: NOLART
REVISIÓN: NONA