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Capítulo 46

Lionel Ruanax, en su enésima vida.

 

Después de repetir la existencia durante incontables años, por primera vez compartió el acto del amor. Aunque quisiera conmemorarlo de manera especial, solo podía contarlo como tiempo difuso, pues su memoria se desvanecía poco a poco.

 

No recordaba su primera vida, aquella en la que seguramente llevó un tiempo común y corriente como cualquier otra persona.

 

Ni la siguiente, ni la que vino después.

 

En realidad, ya no sabía con certeza qué fragmentos había olvidado y cuáles aún conservaba.

 

Lo único que permanecía era la desesperación de sentir cómo algo verdaderamente importante se deshacía como arena entre sus dedos, dejando un vacío clavado en el centro de su pecho.

 

No recordaba por qué había comenzado a repetir sus vidas.

 

No sabía si lo había logrado por algún propósito especial o si era un capricho de un dios o de un demonio.

 

Se esforzó con fiereza, incluso intentó acabar con su vida, pero nada resultó. Con el tiempo, solo se resignó a repetir una y otra vez una existencia aburrida, con algún que otro arrebato de locura para romper la monotonía.

 

Hasta que un día.

 

Lionel obtuvo, casi por casualidad, una pista que parecía señalar la razón de su regreso en cada vida.

 

Era un gélido inicio de invierno, con el viento colándose entre el cuello de su abrigo.

 

Aburrido al extremo, había pensado en asesinar al Emperador esa vez, y así fue como puso pie en la capital Imperial. Entonces presenció la ejecución de quienes habían intentado rebelarse antes que él.

 

El Conde Solen, de un linaje antiguo y renombrado.

 

No recordaba en cuál de sus vidas había sido, pero Lionel había conseguido cierta vez un secreto de esa familia relacionado con la Casa Imperial. Para tratarse de una casa de prestigio, había muy poco visible en torno a ellos, lo que lo llevó a concluir que eran una familia en las sombras, atada por una correa al trono.

 

En una de sus primeras vueltas ya había intentado matar al Emperador y había terminado huyendo tras fracasar, perseguido sin descanso por el Conde Solen y su hijo, Baikal.

 

Pero esta vez eran ellos quienes se habían rebelado. O más bien, habían intentado asesinar al Príncipe Heredero Axion y habían fracasado, lo que los condujo a la ejecución.

 

El Conde Solen murió en el intento de asesinato, y el que subió al cadalso ese día fue su hijo, Baikal Solen.

 

Había perdido un ojo y ambos brazos, y aunque no imploró por su vida, hasta el instante en que la cuchilla le cortó el cuello no pudo cerrar los ojos, aferrado aún a su pesar.

 

Seguramente por su única hermana, que lloraba con desesperación.

 

En el estrado donde se reunía la familia imperial, estaba ella: Serenia Solen.

 

Lionel la había visto a la distancia en otra vida, cuando era alabada como santa y viajaba en misiones de servicio. Pero en esa ocasión no había tal historia: estaba encadenada a los pies del Príncipe Heredero como un perro.

 

¿Por qué?

 

Desde el instante en que sus ojos se posaron en Serenia, Lionel fue incapaz de apartar la vista de ella.

 

Mientras él observaba sin poder mover un dedo, el Príncipe Heredero acercó la correa a su oído y le susurró algo.

 

En su rostro demacrado y pálido se extendió una desesperación atroz. El corazón de Lionel comenzó a latir con fuerza extraña.

 

Ella cerró con fuerza los ojos, y al abrirlos, las lágrimas que se habían acumulado en sus iris púrpura se deslizaron en un torrente. Luego, alzó el rostro, y miró al Príncipe Heredero con una sonrisa tan amplia como escalofriante. Acto seguido, clavó los dientes en la mano que sostenía la correa con todas sus fuerzas.

 

Mientras Lionel sentía un mal presentimiento al ver esa sonrisa, el Príncipe, distraído por ella, soltó la correa sobresaltado.

 

Y en el instante siguiente, Serenia Solen saltó desde el estrado.

 

La altura equivalía a un tercer piso. ¿Habría podido sobrevivir con suerte?

 

Cayó con las extremidades atadas, de cabeza, y aunque pareció conservar algo de aliento justo tras el impacto, fue solo por un breve momento.

 

Los gritos horrorizados de la multitud, los alaridos del Príncipe Heredero bajando las escaleras del estrado… todo resonaba como un eco distante.

 

Lionel, sin darse cuenta, dio un paso hacia adelante. Luego otro, y otro, hasta que comenzó a abrirse paso con rapidez entre la multitud.

 

Su corazón latía ahora con una violencia incomparable a la de antes.

 

El pequeño rostro de Serenia Solen ya no estaba cubierto de lágrimas, sino de sangre. Y la imagen de sus ojos apagándose lentamente quedó grabada con crudeza en la retina de Lionel.

 

Tal vez era ella quien había dejado de respirar, pero Lionel sintió como si fuese su propio aliento el que se extinguía.

 

Un dolor tan intenso lo asaltó.

 

Se llevó la mano al pecho, jadeando con dificultad, y sus rodillas se doblaron por sí solas.

 

Era como si decenas de espadas y lanzas atravesaran su cuerpo al mismo tiempo. Las venas de sus ojos, que habían olvidado parpadear, estallaron enrojeciendo de sangre.

 

¿Por qué?

 

¿Por qué…?

 

No lograba entenderlo, y esa falta de razón lo confundía aún más.

 

¡BOOM!

 

¡BOOM!

 

El latido irregular y ominoso de su corazón parecía sacudir todo el mundo.

 

Quizá debería considerarlo una suerte: ese tormento no se prolongó demasiado.

 

—Serenia.

 

En el instante en que Lionel, sin ser consciente, pronunció su nombre, el tiempo se detuvo.

 

Todo quedó inmóvil, y lo único que llenaba sus ojos era el rostro de aquella mujer manchado de lágrimas y de sangre.

 

Y entonces, finalmente.

 

Llegó ese momento tan familiar: el regreso.

 

Un estruendo desgarró el mundo entero, haciéndolo añicos en sus oídos.

 

Entre esos fragmentos también estaba Serenia Solen.

 

Su cuerpo excesivamente delgado, su pequeño rostro empapado en lágrimas y sangre. Su cabello rosado, que alguna vez debió de ser tan suave como el plumón de un ave, enmarañado y extendido en el suelo polvoriento.

 

La última imagen de una mujer con la que jamás había cruzado palabra se hizo añicos y desapareció.

 

Y en ese instante, Lionel lo comprendió.

 

La clave de sus infinitos regresos estaba en esa mujer, Serenia Solen.

 

Por fin había encontrado el hilo conductor.

 

Había tenido mucha suerte.

 

Así fue como comenzó otra vida más.

 

Como siempre, Lionel volvió al momento del funeral de su padre. Decían que había muerto en un accidente durante un viaje con su amante.

 

—Vamos, anímate.

 

Algo había cambiado desde el inicio.

 

Danteer Orthatum le tendió un pañuelo junto con unas palabras de consuelo. Fue entonces cuando Lionel se dio cuenta de que sus mejillas estaban húmedas.

 

Ni siquiera recordaba la última vez que había llorado.

 

Quizá la única fortuna era que, en su posición de hijo que había perdido al padre de manera repentina, nadie encontraba raro verlo llorar.

 

Lionel miró brevemente a Danteer y luego giró lentamente el cuerpo.

 

Podía sentir las miradas clavadas en él. Estaban allí los jefes de otras casas nobles, así como los ancianos y ramas colaterales de Ruanax.

 

Todos aparentaban gestos de compasión, pero sus verdaderos pensamientos eran obvios.

 

Se les notaba en la cara cómo calculaban, en silencio, la mejor manera de aprovecharse de aquel joven heredero, que a sus ojos parecía débil y demasiado dado al llanto, a diferencia del difunto Duque.

 

Ignoraban que él ya había dirigido la Casa Ruanax por mucho más tiempo que cualquiera de ellos.

 

En cada vida, lo habían apodado de muchas maneras, pero los sobrenombres más frecuentes eran el tirano de Ruanax, el loco de la guerra o el perro rabioso.

 

Lionel bajó la vista, y sus pestañas húmedas se curvaron pesadamente.

 

«Que me subestimen también es divertido.»

 

Golpear por la espalda a quienes intentaran engañarlo y devorarlo todo: eso era mucho más rápido para acumular poder y riquezas que librar una guerra territorial uno a uno.

 

A diferencia de vidas anteriores, en las que solo despojaba lo suficiente para no aburrirse, esta vez estaba decidido a darlo todo.

 

«Si el enemigo es la familia Imperial, lo correcto es emplear toda la fuerza.»

 

Al fin y al cabo, había encontrado la clave de sus regresos.

 

Y, por lo que había visto, la obsesión de la familia Imperial con los Solen era mucho mayor de lo que imaginaba.

 

Después de tantos años explotándolos, ya deberían haberlos dejado ir, pero aun a costa de sacrificar otras cosas, seguían aferrados a ellos.

 

Por eso Lionel, ese mismo día, envió una carta a la familia Solen para advertirles que la familia Imperial sospechaba de su lealtad y los estaba vigilando.

 

Ese fue su primer movimiento tras el regreso.



TRADUCCIÓN: KLYNN
CORRECCIÓN: ANNAD
RAW HUNTER: ANNA FA


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