Capítulo 34
—Parece que le causé molestias, Su Excelencia —murmuré preguntándome qué había hecho, y Lionel se inclinó hacia mí para encontrar mi mirada de cerca.
—¿Cree que me molestó?
«Hmm… si lo ponía así, en realidad, había parecido disfrutar de ese momento con total felicidad.»
—Si la sacerdotisa me lo permitiera, podría hacerlo así todo el día.
—N-no diga esas cosas…
—Le dije que es una enfermedad. Ni yo entiendo por qué estoy así.
Lo observé fijamente; su rostro era demasiado serio para que sonara a broma. Entonces, de pronto, algo me vino a la mente y lo dije.
—¿Y si resulta que usted era un libertino en esa época? Solo perdió la memoria de aquel tiempo, pero su cuerpo lo recuerda, y por eso no puede controlarse.
Por un instante, Lionel me miró con una expresión desconcertada.
¿Por qué reaccionaba así?
No era tan descabellado. Pensaba que era una hipótesis perfectamente plausible y digna de considerar.
—Si fuera así, reaccionaría así con otras mujeres.
Se pasó una mano por el rostro y respondió con un tono apagado.
—¿Entonces podría ser que reacciona a la ropa de sacerdotisa? Tal vez, por haberse acostumbrado a disfrutar de la sensación de transgredir una relación prohibida, su cuerpo ya no responda si no es con una mujer con la que no debería estar.
Los ojos de Lionel, abiertos y fijos en mí, reflejaban pura consternación.
—Si mantiene todas las posibilidades abiertas, podrá aceptar sus recuerdos recuperados como algo verdaderamente suyo, ¿no cree?
—¡No…!
Lionel lo negó de repente, con una voz tan fuerte que me sobresaltó y lo miré fijamente.
Él, con urgencia, tomó mi mano y dijo:
—No soy un desgraciado que solo reacciona a la ropa de sacerdotisa. En esto, al menos, quiero que confíe en mí. ¿Cree que entre las mujeres que se me han acercado no ha habido sacerdotisas o caballeras sagradas?
—¿Las ha habido?
—Sí, las ha habido.
—Vaya… así que era popular entre todos, sin importar edad, género o profesión.
—Entre hombres, no. Eso, descártelo —respondió con firmeza.
Klynn: Mi vena amante del BL esta triste por esa declaración de Lionel.
Annad: Igual puede que Lionel no esté enterado del asunto y sea todo un prospecto ideal en la comunidad, jsjsjs.
—Muy bien, Su Excelencia no tiene inclinación hacia los hombres.
Siguió un silencio extraño e inexplicable. Luego, él volvió a pasarse una mano por el rostro.
—¿No cree más probable que los recuerdos que perdí estén relacionados con usted, sacerdotisa?
—Pero antes de entrar al monasterio nunca lo había visto.
—Eso es… quiero decir…
Estaba a punto de decir algo, pero cerró la boca con expresión frustrada.
Luego, echando la cabeza hacia atrás y mirando al techo, movió los labios. Por la forma, me pareció que decía algo como “maldita sea”.
Parecía debatirse intensamente entre reconocer la posibilidad de que fuera un libertino que solo reaccionaba ante sacerdotisas o revelar algún otro secreto que mantenía oculto.
En realidad, más allá de qué recuerdos había perdido Lionel, yo ya tenía cierta sospecha sobre su secreto.
Aquella expresión suya, un tanto imprudente, de “en esta vida” o “en la próxima”, no era algo que cualquiera pudiera decir a la ligera.
¿Y cuál era uno de los temas más recurrentes y populares en las novelas de género que tanto me gustaba leer? Regresión, transmigración, reencarnación. En resumen, hoebinghwan.
N/T: Hoebinghwan (회빙환) es una abreviatura común en las novelas web coreanas que reúne tres conceptos muy populares: regresión (volver al pasado con los recuerdos intactos), transmigración (ocupar el cuerpo de otra persona) y reencarnación (nacer de nuevo tras la muerte). Se usa para referirse a historias que incluyen una o varias de estas temáticas.
Aunque no fuera su intención, Lionel había dejado caer bastantes pistas hasta ahora.
«No creo que piense que debe ocultarlo a toda costa. Más bien, debe creer que, si lo cuenta, lo tomarán por un loco.»
Tal como yo tampoco me atrevo a revelar nada sobre mis recuerdos de vidas pasadas o de mi reencarnación.
La razón por la que Lionel dudaba ahora no era el riesgo de confiar un secreto a alguien poco fiable, sino el temor de que la relación que con tanto esfuerzo había logrado acercar conmigo se rompiera.
Cuando pareció tomar una decisión, cerró los ojos con fuerza y luego los abrió, dispuesto al fin a hablar.
Pero, muy oportunamente —o inoportunamente—, justo en ese momento se escuchó un golpe en la puerta.
—Su Excelencia, soy Keil.
Parecía que el sirviente personal de Lionel había venido por algún asunto.
Yo me bajé de la cama a toda prisa, sacudiéndome la falda para alisar las arrugas, y Lionel, al verme, se pasó una mano por el cabello, despeinándoselo aún más.
—…Hablemos después.
Se incorporó, recogió del suelo la camisa hecha un harapo y soltó un suspiro; estaba demasiado arrugada como para volver a ponérsela. Sin remedio, se echó solo la chaqueta sobre los hombros y salió del dormitorio. Yo, incapaz de ponerme nuevamente la ropa interior completamente empapada e inutilizable, simplemente lo seguí.
No olvidé cerrar bien la puerta del dormitorio para que el olor lascivo no se escapara.
Después, me senté en el sofá del salón, procurando aparentar que no había pasado nada.
De algún modo, era una situación parecida a la vez anterior, pero en esa ocasión podía sentirme tranquila, y ahora no. Mi corazón latía con fuerza desbocada.
Entre el momento en que llamaron a la puerta y me senté en el sofá no debió de pasar ni un minuto.
—Adelante.
Lionel se sentó frente a mí e hizo pasar a su sirviente personal.
Fue entonces, al verlo bien, que me quedé perpleja.
El cabello, que había estado perfectamente peinado hacia atrás, estaba totalmente revuelto.
Aún tenía en la mirada un leve enrojecimiento, y los labios, que había frotado y succionado con fuerza, estaban rojos e hinchados.
Su entrepierna seguía tan abultada como antes, todavía cargada de deseo sin resolver.
Justo antes de que se abriera la puerta, lo miré con apuro y le señalé el cabello y la entrepierna.
Lionel frunció el ceño, se revolvió un poco el pelo con la mano y se colocó la chaqueta sobre las piernas como medida mínima para disimular.
…Aun así, cualquiera con un mínimo de perspicacia se daría cuenta de que acababa de hacer algo indecente.
Me di cuenta de que, una vez que aquel Lionel que me había parecido un muro de hielo la primera vez que lo vi se descomponía, no recuperaba fácilmente su porte habitual.
La atmósfera sensual, completamente opuesta a la palabra “castidad”, no se disipaba en absoluto.
En cualquier caso, Keil, que había estado esperando en silencio en el pasillo, ya estaba entrando tras recibir el permiso de Lionel, así que, hiciera lo que hiciera, ya era tarde.
—Su Excelencia.
Keil, que se había detenido apenas entrar, se acercó al sofá e hizo una reverencia, entregando a Lionel una carta colocada sobre una bandeja plateada.
La carta estaba sellada con un sello rojo.
Lionel, tras identificar el emblema grabado en él, me dijo:
—Es del templo.
Sin abrirla, me la entregó. Yo rompí el sobre y leí su contenido.
Durante el breve momento que tardé en recorrer las escasas líneas, Lionel esperó en silencio.
Sin embargo, al alzar la vista hacia él, pude percibir un atisbo de nerviosismo en sus ojos.
—Hmm… —fruncí levemente el ceño—. Vaya problema.
Ante mi reacción, el rostro de Lionel se endureció.
—No me diga que ha surgido un inconveniente.
—Sí, lamento decir que así es —miré la carta con expresión sombría—. Han aceptado mi solicitud de abandono de la vida monástica.
—…¿Eh?
Desde el día en que me separé de mi familia, ¿había vuelto a gastarle una broma a alguien? No lo creía; había vivido cada día conteniendo el aliento, sin margen para eso.
—Ya no podré vestir la túnica de sacerdotisa. ¿Qué haremos?
Al volver a mirarlo con una sonrisa traviesa, sus labios rojos se entreabrieron lentamente.
Parecía que al fin comprendía que le estaba tomando el pelo.
—Pensé que a usted le entristecería mucho…
—No. En absoluto.
Era la primera vez que lo oía responder tan rápido.
Y, un instante después, sonrió.
—Bienvenida de nuevo al mundo secular. A partir de ahora, viva y disfrute todo lo que quiera.
Para ser un mensaje de felicitación, sonaba extraño, pero yo también le devolví la sonrisa. A aquel hombre que sería una muralla más alta y firme que el propio templo, para protegerme.

TRADUCCIÓN: KLYNN
CORRECCIÓN: ANNAD
RAW HUNTER: ANNA FA