Capítulo 153
La espada de Rudville atravesó el corazón del dragón, o más bien, el lugar donde debería estar el corazón.
Una grieta se extendió por la tierra, y entre las nubes desgarradas, rayos de luz se derramaron como relámpagos.
¡BOOM!
Una explosión atronadora sacudió la capital.
Cuando el destello que estalló en la punta de la espada tragó el mundo en blanco, miles de personas se postraron en el suelo con los ojos cerrados al unísono.
¡¡BOOOM!!
Con un estrugo como si una cordillera se derrumbara, el enorme cuerpo del dragón golpeó el suelo.
Un viento tempestuoso azotó todos los rincones.
Los muros y las torres se sacudieron violentamente, y el polvo de piedra cayó como lluvia desde todas direcciones. La plaza donde se desarrollaba la batalla entre dos colosos se convirtió en un caos en un instante.
La tierra se onduló como una ola, y las grietas se extendieron en todas direcciones como una telaraña.
—¡Aaaah!
—¡Huyan!
Las alas del dragón se retorcieron como un último acto de desesperación antes de estrellarse finalmente contra un edificio.
Al ver el edificio derrumbarse, los gritos surgieron por todas partes, pero no parecía haber forma de escapar…
El filo de la espada de Rudville brilló de nuevo.
Cuando los rayos de luz desplegaron una enorme barrera circular sobre la plaza, el rastro de un círculo mágico flotando en el aire absorbió por completo la onda de choque y los escombros.
¡BANG, BANG, BANG!
El edificio derrumbándose, incluso las piedras voladoras, chocaron contra un muro invisible y se hicieron añicos.
Los otros magos y sacerdotes, que habían estado paralizados, también apresuradamente superpusieron múltiples barreras sobre ella para evitar daños a los alrededores.
—Estamos a salvo…
La multitud postrada en el suelo alzó la vista con ojos temblorosos.
Lo que sus ojos captaron fue el cuerpo de una enorme bestia sagrada desmoronándose, y un hombre de pie, firme e inquebrantable, sin haber retrocedido ni un solo paso frente a ella.
La barrera protectora mantuvo la plaza a salvo, incluso entre las sacudidas de la tierra.
Y la luz residual que se filtraba de la punta de la espada delineaba el límite entre la destrucción y la supervivencia, partiendo el espacio.
—…Es inútil. Tu espada no puede traspasarme. El fin no es más que otro comienzo.
Incluso en el momento en que su pecho fue perforado, los enormes ojos del dragón no mostraban ni miedo ni ira.
Era demasiado sereno y arrogante para ser un ser enfrentando la muerte.
Bajo esa fría mirada, la mandíbula de Rudville se tensó. Sintió una desagradable sensación, pero no se dejó llevar por sus emociones.
Ahora lo sabía. Que simplemente cortar y destrozar no mataría al ser frente a él.
—Cierto. Aprendí lo suficiente con el error de la vez anterior.
Empujó la espada más profundamente. Partió huesos, desgarró carne y finalmente atravesó el lugar donde debería estar el corazón.
Allí no había un corazón, sino un núcleo palpitante que contenía luz.
Al instante, el cuerpo del dragón sufrió una enorme convulsión.
Pero Rudville no vaciló. Con la espada, extrajo ese núcleo y lo sostuvo en su mano…
¡BOOM!
Rudville aplastó con determinación la fuente misma de vida que había mantenido la forma del dragón.
El núcleo se hizo añicos, dispersándose en luz, y solo entonces la serenidad desapareció por completo de los ojos del dragón.
Rudville envainó su espada sin un ápice de vacilación.
En sus ojos ya no había el regocijo de la victoria, ni siquiera intención de matar.
Solo un hecho: haber protegido la seguridad de Odelli.
El enorme cuerpo del dragón se estrelló contra la tierra, desmoronándose en pedazos.
Cuando el impacto, los escombros y el estruendo desaparecieron, solo quedó un silencio sofocante en la plaza.
Lo que rompió ese silencio fue la voz de Rudville, que resonó desde el estrado.
—Lo han visto.
Señaló los restos con la punta de su espada.
—Yo, un mero mortal, he derribado a un ser llamado bestia sagrada.
Alguien murmuró —Es imposible…—, pero Rudville ni siquiera les lanzó una mirada.
—¿No decían que las bestias sagradas son recipientes que contienen el aliento de los dioses, seres que observan toda la creación en lugar de los ojos de los dioses?
La voz de Rudville resonó, cortando la plaza.
Su mirada recorrió lentamente a la multitud hasta que finalmente se posó en el Emperador.
—Entonces pregunto: si esto realmente fuera un aproximado de los dioses… ¿habría caído tan fácilmente ante mi mano?
El rostro del Emperador se tensó.
Intentó decir algo, pero sus labios solo temblaron sin emitir sonido.
La multitud murmuró al verlo retroceder inconscientemente.
El enorme cuerpo ya no tenía presencia ni majestad.
La carcasa mantenida a la fuerza mediante nigromancia se colapsó tan pronto como el núcleo desapareció.
Las enormes alas se desintegraron en el aire como si se hicieran añicos, y las escamas se desprendieron como polvo, dispersándose en el aire.
El esqueleto, que había estado disperso, se convirtió en ceniza blanca y fue arrastrado por el viento.
—Este es el verdadero aspecto de lo que ellos llamaban bestia sagrada. Como pueden ver, no es más que una carcasa muerta hace mucho tiempo.
Los escombros dispersos cubrieron la plaza con una neblina polvorienta.
La gente se tapó la boca y la nariz con las manos, mirando fijamente al hombre en el estrado y los restos del dragón que se dispersaban con el viento.
—La Casa Kardel profanó el cadáver de una bestia sagrada muerta. Es solo un no muerto, fingido artificialmente mediante nigromancia. Por muy impresionante que parezca por fuera, su interior se pudrió y descompuso hace cientos de años.
Rudville extendió la mano hacia el vacío. Entonces, el espacio se partió, revelando un grueso fajo de documentos y sellos. Los levantó alto sobre el estrado.
—Esta es la evidencia.
Los sellos dorados grabados en el papel brillaron, reflejando la luz del sol.
—Juro ante el Imperio y ante los dioses. Que continúe el juicio sagrado en este lugar.
Al instante, la plaza se agitó como si hubiera sido absorbida por un gran remolino.
—¿Nigromancia…?
—¿Kardel hizo algo así…?
Era una verdad increíble, pero la mayoría de ellos lo había visto.
Dentro de la enorme caja torácica del dragón no había un corazón, sino una esfera metálica que brillaba fríamente.
El núcleo artificial que imitaba la vida, esa era la evidencia más crucial.
Los murmullos pronto se convirtieron en ira.
Y la ira cambió de dirección en un instante.
—Profanar el cadáver de una bestia sagrada de esa manera…
—¿Entonces quién nos ha estado mintiendo todo este tiempo…? ¿Fue Kardel?
Las miradas de la gente se clavaron en Gawain, quien estaba parado a un lado del estrado.
—…Esto es un malentendido.
Gawain alzó las manos apresuradamente, tratando de defenderse.
—Yo solo quería preservar la voluntad de la bestia sagrada…
Pero antes de que sus palabras terminaran, entre los murmullos de la multitud, estallaron gritos.
—¡¿Preservar?! ¡¿Acaso la nigromancia es preservar?!
—¡Contaminaron el cadáver de un dios como si fuera un juguete! ¡¿Qué excusa es esa?!
La voz de Gawain fue ahogándose gradualmente.
Por mucho que abriera los labios, la multitud ya no le prestaba atención.
Ante la cruel verdad revelada ante sus ojos, las excusas no valían nada.
Gawain, con el rostro bañado en sudor, torció su expresión forzadamente, juntando sus manos sobre el pecho como un mártir sufriente.
—¡Por favor, créanme! ¡Solo intentaba proteger la gloria de los dioses! Mi intención nunca fue…
Su actuación se desmoronó desde el principio.
En los ojos de la multitud ya no había respeto ni expectativa.
—¡Tu farsa de santo no funciona aquí!
—¡Miren cuánto tiempo nos han engañado!
—¡Kardel es un hipócrita que vendió a los dioses para mantener su poder!
Gritos de rabia estallaron por todas partes.
Las miradas de la gente eran frías, y su actuación fue recibida con burlas.
Cuanto más alto hablaba Gawain, más fuerte la multitud lo acosaba.
—¡Basta! ¡No quiero oír más!
—¿Santo? ¡No eres más que un parásito!
Los labios de Gawain temblaron.
Derramó lágrimas de cocodrilo hasta el final, pero nadie se inmutó.
Sus gritos solo sirvieron para solidificar aún más la ira de todos.
—¡Yo estuve encerrado en el templo todo el tiempo! ¡La nigromancia fue algo que Su Majestad el Emperador ordenó…!
En ese momento, el Emperador, que había permanecido en silencio desde la muerte del dragón, refutó.
—¿Cómo te atreves a decir semejante disparate? ¿Acaso no fuiste tú mismo quien profanó al dragón?
—…!
—¡Creí que estaba viendo a una bestia sagrada verdadera! Pero engañar al Emperador es imperdonable. Tu crimen no es diferente de una traición a este país.
El rostro de Gawain palideció.
Con esas palabras, la razón por la que el Emperador había hecho que Gawain pagara el precio de la nigromancia con “su sangre” se volvió clara.
Para, si la situación se torcía, deshacerse de Kardel y desentenderse.
La plaza bullía en el caos.
En lo alto de la torre de vigilancia.
Odelli observaba toda esta escena.
Finalmente… había terminado.
«…Está bien.»
Había matado al dragón a salvo.
Ahora solo quedaba derribar por completo a la Casa Kardel, aprovechar el apoyo que durante generaciones le habían dado a la casa como pretexto para obtener una recompensa del Emperador al tener algo que lo comprometiera.
Y encontrar una manera de vivir junto a Rudville.
Al exhalar un suspiro de alivio, sintió como si su corazón finalmente volviera a su lugar.
Por fin, el futuro parecía estar al alcance de la mano.
Fue justo en ese momento.
En ese instante el mundo se detuvo.
La bandera ondeando, congelada en el aire; el polvo volando, detenido; la multitud, con la boca abierta, paralizada…
Todo sonido y movimiento desaparecieron, y solo el silencio cubrió la plaza.
Y entonces, lo sintió.
El tiempo… retrocedía.
Las cenizas dispersas desaparecieron como si se rebobinaran, y el cadáver derrumbado se levantó.
Los pasos vacilantes del Emperador retrocedieron, volviendo a su lugar, y los labios de Gawain se enrollaron hacia atrás, recuperando su sonrisa.
La ira de la multitud, los murmullos, todos fluyeron hacia atrás, volviendo al punto de partida.
Rudville permaneció inmóvil, agarrando su espada.
Sabía lo que significaba este fenómeno.
…Lo sabía mejor que nadie.
—Regresión…
Su voz baja se dispersó en el viento.
En lo alto de la torre de vigilancia, Odelli contuvo la respiración.
Estaba ocurriendo una regresión.
«Es imposible.»
Su corazón latía como loco. Instintivamente, se aferró al pecho.
Era claro, claramente, la gema de la regresión se había hecho añicos, absorbiéndose en su cuerpo y desapareciendo.
«¡Pero entonces… por qué?!»
El mundo retrocedía sin fin, como rebobinándose.
Y entonces…
El tiempo se estabilizó en el momento en que Rudville se presentó por primera vez ante la multitud.
Como un reloj de arena invertido, el flujo del tiempo comenzó a avanzar con calma una vez más.
—…Es el Gran Duque de Exion.
Alguien murmuró con voz temblorosa.
Los vítores que sacudían la capital desaparecieron como si hubieran sido una mentira, y la plaza quedó sumida en el silencio.
En una tensión tan densa que incluso era difícil respirar, la gente solo miraba a Rudville.
—…Hace un momento, no había nadie allí con seguridad.
—¿Magia? Pero no se ve a ningún mago cerca del Gran Duque…
—¿Acaso el Gran Duque de Exion lanzó magia por sí mismo?
Todo había vuelto atrás.
Como si el mundo mismo negara la ‘muerte de la bestia sagrada’.
Odelli miró hacia abajo a Rudville, apretando los puños con tanta fuerza que sus manos se pusieron blancas.
Y en ese mismo instante, la mirada confusa de Rudville se dirigió hacia arriba.
Sus ojos se encontraron.
Ambos se dieron cuenta al mismo tiempo.
Que los únicos conscientes del tiempo revertido eran Odelli y Rudville.
—Dije que era inútil.
Entonces, una voz que resonó en el vacío vibró entre ellos, como si los estuviera separando.
No, entre los tres.
Odelli, Rudville y… el dragón, a quien se le había negado la muerte.

RAW HUNTER: ANNA FA
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: ROBIN
REVISION: ANNAD