Capítulo 82
Un gran carruaje atravesó un callejón estrecho, obligando a la gente a pegarse a las paredes. El vehículo era descomunalmente grande.
«Esto es un poco molesto, ¿no?».
Pensé que la próxima vez sería mejor usar un carruaje normal. Al fin y al cabo, lo importante era hoy.
Afortunadamente, al salir del callejón, llegamos a una avenida amplia. Como nunca había estado por aquí, disfruté del paisaje fuera de la ventana.
Había grupos de estudiantes de la academia, nobles bien vestidos de paseo y carruajes tan lujosos como el mío aunque no tanto moviéndose con calma.
«¿Será porque los edificios son diferentes? Parece que estoy en otro país».
Esta era la magia de viajar. Si tenía la oportunidad, me gustaría visitar más lugares… después de que todo terminara. Cuando mi hermana fuera emperatriz y Ruwen fuera independiente, y yo me quedara solo. Tal vez podría viajar haciendo trabajo médico voluntario; ayudaría a la reputación de mi hermana.
«No me gusta moverme, pero si me quedo solo en la mansión ducal, me sentiré vacío. Solo hasta que me acostumbre».
Aunque en invierno definitivamente construiría una casa con ondol para estar cómodo. Si hacía mucho frío, me enfermaría, y en lugar de hacer voluntariado, terminaría siendo el paciente.
—¿Eh? ¿Algodón de azúcar? ¿Quieres? —dije al ver los coloridos dulces exhibidos en un puesto. Eran uno de los favoritos de Ruwen cuando era pequeño. Parecían malvaviscos esponjosos, pero más pequeños y duros. Sin embargo, se derretían al instante en la boca.
Cuando empezó a ir a la clínica, le llamó la atención su forma peculiar, así que se lo compré una vez. Debía ser delicioso, porque desde entonces Ruwen siempre los miraba fijamente.
«Me tomó meses animarlo a pedírmelos».
Al principio, se los daba solo con mirarlos, hasta que lo dio por hecho. Pero cuando una vez pasé de largo, su cara de sorpresa fue memorable. Era adorable cómo miraba alternativamente entre mí y el puesto. Recordarlo me hizo sonreír.
—Hace mucho que no como algodón de azúcar —comentó Ruwen.
—Pararemos el carruaje. Voy a comprarte uno.
—No es necesario, es antes de comer. Podemos comprar algunos cuando vayamos al lago.
—¿En serio?
—Sí. Pruebe el blanco, Joven Maestro. Es de menta, no muy dulce.
Aunque fuera poco dulce, seguía siendo un dulce. Pero como Ruwen conocía mi gusto, confié en su recomendación.
—¿Estás seguro de que lo podré comer?
—Sí. Ah, aunque quizá este puesto sea diferente. Podría probarlo primero.
—Entonces elígeme uno más tarde.
—Cuente con ello.
Yo debería ser el feliz, pero ¿por qué Ruwen parecía tan contento? Mientras me preguntaba por su expresión, el carruaje se detuvo.
—Bajaré primero —dijo Ruwen.
—Muy bien.
Al salir, la gente murmuró: “¡Es Ruwen!”. El bullicio cesó de golpe cuando Ruwen, erguido, me tendió la mano. Debieron deducir por el escudo del carruaje y su actitud que alguien de la casa ducal de Verten estaba con él.
Al tomar su mano y bajar, oí exclamaciones. Entre ellas, un “¿Eh?” de sorpresa. Giré los ojos para encontrar al culpable: debieron confundirme con Norman.
Efectivamente, había un grupo con uniformes de academia, todos con corbatas blancas del departamento de medicina. Al mirarlos, palidecieron y agacharon la cabeza, temblando visiblemente.
«No los reconozco. No deben ser de mi año».
Consideré si serían el origen de los rumores, pero no parecían lo suficientemente audaces para meterse con nobles, así que los ignoré.
—El restaurante está adelante. Verificaré si podemos entrar —dijo Ruwen.
—De acuerdo.
Mientras lo seguía, escaneé la fila. No vi a mi compañero de cuarto, a Adrián ni a nadie conocido. Eso me alivió. El gerente apareció y, antes de que Ruwen preguntara, nos guió con cortesía.
Al caminar hacia la entrada, noté que Ruwen pisaba más ligero de lo usual. Al mirarlo, vi que forcejeaba por no sonreír.
—¿Te gustó que te llamaran “caballero”? —susurré.
Sus orejas se enrojecieron al instante.
—¿Cómo lo supo? Es que… me reconocieron como su escolta. No pude evitarlo…
—Si tú me conoces bien, no olvides que yo también te conozco.
—¡Uf!… Haga como que no lo nota.
—¡Ja, ja!
Ruwen, avergonzado, tosió y giró la cabeza. Aunque maduro, a veces mostraba su lado infantil, y eso me encantaba. Me dieron ganas de acariciarle la cabeza, pero contuve mis dedos.
«Es público. Tiene su dignidad».
Dentro, la decoración clásica llamó mi atención: esculturas de salmón discretas y tapices elegantes. El lugar era más amplio de lo esperado, y nos llevaron a un privado, ideal para comer sin miradas ajenas.
—¿Algo que le gustaría ordenar? —preguntó Ruwen.
—¿Es tu primera vez aquí también?
—Sí, solo había oído hablar.
—Entonces pidamos lo recomendado.
Le indiqué al gerente que trajera lo usual y miré por la ventana, por si aparecía alguien conocido.
—¿Algo interesante afuera? —preguntó Ruwen, curioso por mi insistencia.
Al asomarse, exclamó como un rayo:
—¿El Duque Honorario?
…¿Qué? ¿Crombell?
Recordé cuánto lo admiraba por sus cartas y miré a Ruwen al instante: sonrisa amplia, ojos brillantes, listo para levantarse. Era obvio su entusiasmo.
«…¿Mientras está conmigo?».
Mostraba abiertamente su admiración, como si me olvidara. Era la misma devoción que percibí en sus cartas. Lo hacía con Dedrick también, pero nunca me había ignorado así.
La desconfianza me invadió. Seguí su mirada para ver a ese hombre.
«¿Ese de ahí?».
Un hombre alto, pero con cabello canoso. Lo descarté: Crombell no tendría más de 40.
«Si es maestro espadachín, debería destacar más».
Pero su aura era común. Mi curiosidad creció.
—¿Cuál es el Duque?
—Ah, disculpe. Dijeron que no venía los fines de semana.
Señaló al hombre grande antes, luego a su izquierda:
—El de ahí es el vicecomandante. A su izquierda está el Duque.
Un hombre de apariencia sencilla, como un granjero, pero con una cicatriz larga desde la frente hasta la comisura del labio. Sin ella, habría sido guapo.
«¿Esas heridas son de antes o después de volverse maestro?».
Si era después, era preocupante: implicaba que seguía yendo a lugares peligrosos.
—Tiene muchas cicatrices. ¿Sabes cuándo se lastimó?
—Empezó como mercenario de bajo rango en la frontera. Iba a zonas riesgosas.
—¿Y ahora?
—Si él se hiere, el escuadrón entero estaría acabado —dijo Ruwen, como broma, pero su tono revelaba absoluta confianza.
Conteniendo mi expresión, observé a Crombell. Callado, a pesar del vicecomandante parlante.
—Parece que confías mucho en él.
—Sí. Es admirable.
Se veía feliz. En la mansión, Crombell era un fastidio para mí. ¿Y ahora aquí también? Forcé una sonrisa y bebí agua.

TRADUCCION: ROBIN
CORRECCIÓN: PATITA DE PERRO
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