Capítulo 71
Terminada la cena, los dos se sentaron en el sofá a conversar. Ruwen compartió cosas que no había podido incluir en sus cartas, y Faye lo escuchó con alegría durante todo el rato.
Mientras respondía diligentemente al aluvión de preguntas, Ruwen finalmente le devolvió una:
—Ah, ya que hablamos del invierno… ¿De verdad no enviaste cartas en esa época porque estabas demasiado enfermo?
—No, te lo dije. Yo sí las envié. No sé a dónde fueron a parar. Pero ¿por qué no me crees?
—Porque en invierno sueles enfermarte a menudo.
—Aun así, escribí las cartas.
Las cejas de Ruwen se movieron ligeramente. Siempre había creído solo a medias sus afirmaciones de que estaba bien de salud, y ahora sabía por qué. Le preocupaba pensar que, incluso enfermo, se había esforzado por responderle. Otra vez se había exigido demasiado por su culpa.
—… Siempre decías que estabas bien de salud.
—Bueno, no quería que te preocuparas. Tú también escondiste lo del monstruo.
—… No quería que te preocuparas.
—¿Ves? Somos iguales.
Faye soltó una risa clara, libre de preocupaciones. Al verlo así, Ruwen también sonrió, con un corazón cálido, como si hubiera regresado a su infancia.
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Si los dos años posteriores a su ingreso en la academia hubieran pasado tan rápido como ahora, ya se habría graduado hacía tiempo. No podía creer que ya hubiera pasado un día.
—Entonces, Joven Maestro, volveré la próxima semana.
Aunque se despidió con pesar, sus pies se negaban a moverse. Cada vez que se detenía y miraba atrás, Faye seguía en la entrada, agitando la mano.
—¿Cuántas veces vas a mirar? Vete ya.
Le encantó escuchar esa voz risueña. Su corazón se conmovió ante esa escena pacífica que deseaba contemplar por siempre. Era la misma imagen que veía cuando Faye entrenaba en el dojo durante su infancia.
«No quiero irme».
Había aguantado con firmeza durante dos años, pero ahora, una simple semana de separación se sentía interminable.
«¿No sentirá nostalgia el Joven Maestro?».
Aunque podía quedarse hasta las diez de la noche, apenas eran las ocho cuando Faye le dio indirectas para que se fuera, obligándolo a levantarse.
«No, él también necesita descansar… Debo entenderlo».
Antes, pasaban todo el día juntos, y le dolía que Faye lo apresurara a irse. Pero Ruwen reprimió sus sentimientos y caminó lentamente, arrastrando los pies.
Justo antes de cruzar la puerta principal, miró atrás una última vez. El pelo plateado de Faye brillaba bajo la luz del atardecer, tan hermoso que por un momento perdió el aliento. Ruwen, sintiendo sus orejas arder sin razón, se las frotó con sus manos frías y salió.
Regresar al dormitorio fue rápido. Su plan original era estudiar tácticas hasta dormirse, pero, con ganas de moverse, tomó su espada y se dirigió al campo de entrenamiento exterior.
Draviz, un estudiante de esgrima que practicaba por su cuenta, lo vio y guardó su espada antes de acercarse con descaro. Era el único en la academia que trataba a Ruwen con familiaridad. A estas alturas, Ruwen ya se había rendido ante su persistencia.
—¡Ruwen! ¿Cómo estuvo tu salida?
—Bien.
Respondió secamente y se movió a un espacio vacío.
—Hoy no tuve suerte. Quería ver a esa belleza que entró en la facultad de medicina, pero dicen que salió. ¿En serio no te interesa?
—No.
Por muy hermosa que fuera, nadie superaba a Faye. Si alborotaban tanto, era porque no lo habían visto. Ruwen sintió un extraño orgullo mientras adoptaba su postura.
—Dicen que es un hombre, pero ¿qué tan hermoso debe ser para que hasta nuestra facultad hable de él? Y no solo es lindo, al parecer.
Aunque Ruwen comenzó a blandir su espada, el otro seguía dando vueltas a su alrededor, parloteando.
—Tiene el pelo negro y la piel blanca, un contraste súper provocativo. ¡Y como es plebeyo, muchos creen que será fácil conquistarlo!
Molesto por la charla sin fin, Ruwen se detuvo de golpe.
—¿Hasta cuándo seguirás hablando?
—¡Vamos, escucha un poco más!
—Eres ruidoso.
—¿Oye, eres impotente? ¿Cómo puede un tipo sano no interesarse en una belleza? ¡Ajá! Por eso rechazabas todas esas confesiones sin mirar atrás.
¡Slash!
La espada de entrenamiento se detuvo justo frente a la mejilla morena de Draviz. Que no sangrara demostraba el control preciso de Ruwen. Pero, al ver la hoja acercarse con ferocidad, Draviz se quedó petrificado, tragando saliva.
Cuando Ruwen retiró la espada, Draviz tocó su mejilla con torpeza y gritó, horrorizado:
—¡Oye…! Si esto no fuera la academia, estarías muerto. ¿No olvidarás que soy un noble? ¡Mi corazón late a mil!
—Entonces compórtate como uno y sé elegante.
Esa maldita excusa de ser noble. En la academia, todos los estudiantes eran iguales. Fuera sería distinto, pero dentro, no había jerarquías.
Aun así, algunos lo molestaban solo porque, siendo plebeyo, era el primero de la clase y recibía entrenamiento personal del Duque honorario. Hablaban sin atreverse a enfrentarlo.
No valía la pena lidiar con ellos, pero cada vez que ocurría, Ruwen recordaba lo afortunado que había sido al crecer en un entorno tan bueno. Cuánto amor había puesto Faye en cuidarlo, y qué milagro era eso.
«… No ha pasado tanto desde que nos separamos. Ya lo extraño».
Era un sentimiento natural al pensar en Faye. Tal vez, después de añorarlo por tanto tiempo, se había convertido en un hábito.
Sabía que la idea de acostumbrarse a estar solo era una esperanza vana, y cuanto más lo pensaba, más se sumergía en el entrenamiento. Si dos años habían sido tan difíciles, no podría soportar una separación eterna.
En realidad, si lo pensaba con calma, era improbable que algo peligroso le ocurriera a Faye. Ahora que Irene era Duque, protegería a su único hermano menor, y entre la mansión ducal y la clínica, ¿qué peligro podría haber?
Aun así, Ruwen se sentía inquieto. El miedo que sintió al ver a Faye desplomarse en la nieve volvía sin aviso, especialmente después de aquella pesadilla: la sangre de Faye tiñendo el blanco manto de rojo.
«Basta. Deja de pensarlo».
Apretó con fuerza la empuñadura. Debía volverse más fuerte. Lo suficiente para protegerlo con estas manos, sin importar lo que ocurriera.
«Solo tengo que demostrárselo hasta que confíe en mí».
Así podría poner a Faye a salvo en un lugar seguro.
Para eso, no podía perder el tiempo. Decidió despejar su mente y concentrarse, pero la imagen de Faye seguía apareciendo.
Le preocupaba que, ya de por sí delgado, ahora pareciera aún más frágil. Tal vez lo de comer y dormir bien había sido una mentira piadosa. Como esas cartas donde decía no estar enfermo.
«¿De verdad está bien solo?».
Incluso los sirvientes de la mansión eran rostros desconocidos, probablemente nuevos. Les tomaría tiempo aprender los gustos y hábitos de Faye.
«Al Joven Maestro no le gusta comer si algo no le agrada… Es preocupante».
Una vez que empezó, los pensamientos crecieron sin control. Así no podría concentrarse. Ojalá pudiera recomendarle un restaurante de su gusto, pero, como nunca había salido de la academia por asuntos personales, no conocía ninguno.
«… Ah, este tipo sale seguido, ¿no?».
Ruwen llamó a Draviz, que seguí farfullando.
—Draviz.
—¿Qué, amigo?
—¿Conoces algún restaurante que haga buena comida ligera?
—¿Restaurante? ¿Qué te pasa? ¿Eh? ¡No me digas! ¿En serio saliste? ¡Lo sabía! Últimamente sonreías raro. ¡¿No era que no estabas enamorado?! ¡Qué decepción! ¿Cómo puedes ocultármelo si soy tu único amigo?
Sin dejar que respondiera, ya estaba imaginando cosas y haciendo preguntas. Viendo que el ruido no pararía, Ruwen suspiró.
—Olvídalo si no sabes.
—¡No! ¿Por quién me tomas? ¡Conozco todos los alrededores de la academia! Confía en mí. ¿Es una cita, verdad? Espera, te haré una lista de los mejores lugares.
Draviz golpeó su pecho con orgullo. En otra ocasión, Ruwen se habría burlado, pero ahora no podía darse el lujo.
—Que sirvan bien ensaladas o vegetales. Mejor si saben preparar salmón. Los ingredientes deben ser de primera, el lugar impecable y tranquilo.
Con cada palabra, la boca de Draviz se abría más. Su expresión bromista se volvió seria.
—Es la primera vez que hablas tanto… En serio es importante. Está bien. Encontraré el lugar perfecto.
—Gracias. Si lo consigues, te concederé un deseo.
—¿Incluso un sparring?
—Sí.
—¡Increíble! ¡Espérame!
Draviz se alejó rápidamente, probablemente para preguntar a sus amigos.
«Ojalá al Joven Maestro le guste».
Y ojalá disfrutara la comida.
Como era nuevo aquí, todo le resultaría extraño. Esta vez había ido a la mansión para recuperarse del viaje, pero quizá la próxima podrían pasear juntos.
«Ojalá llegue pronto el fin de semana…».

TRADUCCION: ROBIN
CORRECCIÓN: PATITA DE PERRO
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