Capítulo 142
Odelli simplemente le acarició la espalda en silencio.
La mirada de Rudville estaba impregnada de una mezcla de ira y celos, pero al mismo tiempo, rebosaba de una ansiedad inquieta.
Impregnó cada centímetro de su cuerpo con su esencia.
En sus muñecas, en sus hombros, presionó suavemente sus labios.
Como repasando, como superponiendo, para que nunca se borrara.
«…Un perro.»
Un perro que casi pierde a su dueño.
Esa imagen se negaba a abandonar la mente de Odelli.
Ella, casi sin pensar, le acarició la cabeza.
Rudville, a pesar de ser tratado claramente como un perro, no pareció disgustado; aceptó y saboreó cada una de esas caricias.
Pero pronto, como si eso no fuera suficiente, el entrecejo de Rudville se frunció ligeramente.
«¿Por qué sigue ansioso todavía?»
Toda crisis había terminado, el dragón había caído y la nigromancia también había concluido en fracaso.
Aun así, Rudville se aferraba a un “y si” que ni siquiera había ocurrido, atormentándose sin fin.
—No estés ansioso, Ru. Todo eso ya pasó. Nadie puede llevarme lejos de ti.
—……
—Como bien sabes, nunca elegí al dragón, ni miré a nadie más.
—Lo sé, Odelli. Siempre me elegiste a mí.
Pase lo que pase…
Rudville dejó la frase inconclusa.
En ese instante, el escudo protector que envolvía la cama comenzó a desvanecerse lentamente.
Su desaparición era prueba de que su agitado corazón se había calmado un poco.
La mirada de Rudville seguía inquieta, pero estaba considerablemente más serena que antes.
Pronto, la levantó en sus brazos de un movimiento fluido y, sin vacilar, se dirigió hacia el baño.
—¿Por qué aquí…?
—Voy a bañarte.
Su voz, grave y baja, estaba impregnada de obsesión.
—Hueles a ese tipo.
Odelli contuvo un suspiro.
¿Acaso Rudville era consciente de que en ese momento estaba exhausto de energía mágica?
Pero forzarlo a descansar probablemente lo angustiaría aún más, así que lo dejó hacer lo que quisiera.
Era su manera particular de cuidar a un paciente.
La bajó con cuidado a la bañera.
En el espacio lleno de vapor blanco, Rudville la limpió lentamente con una toalla mojada.
Hasta el movimiento de enjuagar la espuma era meticuloso, como si estuviera manejando un tesoro frágil.
Odelli cerró los ojos por un momento.
No era solo bañarla; parecía que quería confirmar que ella estaba a salvo, que seguía a su lado. La desesperación en su tacto era tan palpable que Odelli no pudo decir nada.
Entonces, Rudville habló.
—Pero frente a ese dragón… actuaste de manera un tanto coqueta, ¿o fue mi imaginación?
—¿Yo?
—Sí.
Odelli se sintió injustamente acusada.
Pero Rudville era alguien que la había observado durante mucho, mucho tiempo.
Él, que había repetido miles de regresiones, decía eso, así que no pudo evitar preguntarse si realmente había actuado así.
—Más que coqueta… ¿no crees que fue alivio temporal al darme cuenta de que el dragón no parecía querer matarme en ese instante?
—…
Rudville no dijo nada.
Su mirada seguía nublada por la duda y la ansiedad.
—Dicen que el dragón es una bestia sagrada.
—Pues sí…
—Si el representante de un dios te desea, ¿no significa que el dios mismo te quiere?
Claro que de su boca solo salía el nombre de ‘Della’.
Pero si, confundiéndola con esa mujer, intentó llevársela, no era diferente de querer arrebatársela.
—Temo que desaparezcas para siempre… a un lugar donde no pueda alcanzarte…
Al final, Rudville no pudo continuar; como un sediento que busca agua, buscó su aliento y selló sus labios con los de ella con más profundidad.
Al principio fue áspero y urgente, pero pronto se volvió desesperado y prolongado.
A medida que sus alientos se entrelazaban, el corazón de Odelli también latía con fuerza.
—A veces pienso… si realmente me he vuelto loco. Si en lugar de protegerte, al final te estoy arrastrando al infierno.
Ante la confesión de Rudville, Odelli acarició sus mejillas con ambas manos y susurró en voz baja.
—Pero ahora me tienes a mí. Sabes que no estás solo.
—…Cierto.
—Y aunque ese final sea el infierno… no me apartaré de tu lado.
Mientras observaba la mirada turbia y oscura de Rudville, Odelli cerró los ojos y se entregó a él.
La distancia entre ellos ya no podía ser menor, y en la habitación solo resonaba el sonido de sus dos corazones.
Por alguna razón, hoy Rudville no parecía dispuesto a soltarla de sus brazos.
Y como era de esperar, la larga noche se prolongó durante bastante tiempo.
* * *
Una tenue luz solar se filtraba por la rendija de la ventana hacia la habitación.
Rudville estaba despierto, con Odelli en uno de sus brazos.
No la había soltado ni un instante en toda la noche.
Como si, al liberarla, ella no fuera a regresar jamás, no la apartó de su pecho ni por un momento.
Odelli dormía profundamente, agotada. Su suave respiración le hacía cosquillas en el pecho.
Rudville, sintiendo ese aliento, cerró los ojos lentamente.
Durante toda la larga noche, solo ese pequeño y cálido ser había calmado su ansiedad.
…Ella estuvo a su lado. Odelli.
Y eso era una ley invariable.
Susurró, murmurando en voz baja.
Acariciando su cabello bañado por la luz del sol, por un momento se sumió en el alivio.
Pero en un rincón de su pecho, aún persistían la duda y el miedo indelebles.
Mientras abrazaba esa inquietud interminable, en el momento en que amanecía…
¡BAM!
La puerta se abrió violentamente y Edwind entró corriendo, sin aliento.
—¡Su Alteza el Gran Duque! ¡Su Alteza la Gran Duquesa! ¡Es terrible!
—…¿Qué pasa?
Con el repentino alboroto, Odelli abrió los ojos, aturdida entre el sueño y la vigilia.
Rudville lanzó una mirada asesina al ayudante que había interrumpido el sueño profundo de Odelli tan temprano.
Pero, a pesar de su aura intimidante, Edwind no le prestó atención.
Era un asunto tan urgente.
—¡Los rumores sobre la resurrección del dragón se están extendiendo por todo el Imperio!
Instantáneamente, el aire en la habitación se congeló.
—Intentamos contener urgentemente los rumores cooperando con el templo, pero fue insuficiente. Desde el amanecer, han surgido numerosos informes de personas que afirman haber visto un dragón surcando los cielos. Solo en la capital hay decenas de testimonios, y si se suman las provincias, ascienden a cientos.
—…Eso no puede ser.
El rostro de Odelli palideció.
—Nosotros… lo matamos definitivamente…
Rudville no se sorprendió.
Porque ya había previsto que esto podría pasar.
Aunque verificaron personalmente que al dragón le faltaba el corazón, y aunque destrozaron el núcleo que parecía serlo…
Tras miles de regresiones, su conclusión era simple: en este mundo, asumir que “eso no puede pasar” carece de sentido.
Pero la voz de Edwind se volvió cada vez más grave.
—Su Majestad el Emperador ha tomado cartas en el asunto, arengando a la gente: “Kardel no haría eso, debemos escuchar el testimonio del dragón antes del juicio sagrado”. Todo el Imperio está conmocionado. En un solo día, el sentimiento popular hierve sin control.
Un silencio opresivo llenó la habitación.
Hasta la luz del amanecer parecía congelada y fría. Una tensión gélida se dibujó en todos los rostros.
—…¿La gente realmente cree que ese dragón es real?
—Ya sea verdad o no, creerán lo que desean creer.
De repente, la mano de Rudville agarró al gato por la nuca.
El gato, que estaba sentado sobre el escritorio, quedó firmemente atrapado en su puño.
—¡Miau!
El gato, inmovilizado y atrapado, se quedó rígido.
—Tú, dijiste que eras un subordinado del dragón.
Los ojos de Rudville brillaban fríos, llenos de ira.
En su mente desfilaron innumerables dudas.
Siempre creyó que la gema de sangre era una especie de fragmento de alma, forjada con su vitalidad y mantenida por su voluntad.
Y, sin embargo, extrañamente, solo reaccionaba en momentos relacionados con el dragón.
Al principio, pensó que le mostraba la manera de salvar a Odelli, pero la gema siempre lo guiaba en direcciones sospechosas.
Hasta ese momento en que ese gato sospechoso y el dragón vacío realizaban la nigromancia.
«Aunque dicen que el corazón del dragón es una panacea, resulta que ese tipo ni siquiera tenía corazón.»
Entonces, ¿a qué diablos estaba reaccionando la gema de sangre?
Su fría mirada se desplazó hacia la gema de sangre que colgaba del cuello de Odelli.
—…Esto ya no es confiable.
—…
Odelli, por reflejo, la cubrió con ambas manos.
—Pero aún así…
Abrazando la gema contra su pecho, desvió la mirada.
Rudville guardó silencio por un momento, observándola, y luego dirigió una mirada despiadada al gato.
Sus ojos brillaron con una determinación fría y extrema.
—De ahora en adelante, yo me encargaré de todo, esposa.
Ante esas palabras, el corazón de Odelli se hundió.
Porque cuando Rudville decía “yo me encargaré”, siempre implicaba protección, pero también restricción.

RAW HUNTER: ANNA FA
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: ROBIN
REVISION: ANNAD