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Capítulo 118

El pulso, la temperatura y el flujo de energía mágica eran normales. Médicamente, ya debería haber recuperado la conciencia. Aun así, Rudville seguía sumido en un profundo sueño.  

Este dispositivo mantenía la “vida”, pero no la “mente”.  

―¿La razón por la que no recupera la conciencia… sigue siendo desconocida?

―Lo siento.  

El informe del médico terminaba ahí.  

El nombre real de la mujer que usaba el alias Adela era Corin. 

El interrogatorio no fue difícil.  

Sin siquiera necesidad de amenazas, confesó la verdad con facilidad.  

Según ella, quien le entregó el perfume fue un noble de cabello rojo y ojos verdes.  

«Debe ser Gawain, usando un artefacto de ilusión.»

Se había disfrazado astutamente, aprovechando que su víctima era una plebeya ignorante en magia.  

El perfume en cuestión era una reliquia sagrada.  

Al inhalar su aroma, se accedía a emociones profundamente enterradas en el inconsciente.  

El recuerdo más tierno, el pasado más anhelado… o el momento más lamentado.  No era un simple recuerdo, sino una alucinación completa que incluía sensaciones.  

Revivía la percepción del tiempo pasado: olores, colores, temperatura, voces… incluso el tacto sobre la piel.  

Se llamaba “reliquia sagrada” porque su poder provenía de una habilidad divina prohibida: invocar sensaciones que trascendían el tiempo, usando la nostalgia como medio.  

Eso sí, si se usaba más de tres veces, no solo causaba confusión sensorial, sino que podía destruir la mente.  

Pero Corin había vertido todo el frasco sobre Rudville.

Quería hacerlo enloquecer.  

Sin embargo, Rudville no perdió el control. 

Se desplomó allí mismo, perdiendo la conciencia.  

En ese momento…  

La mirada que Rudville dirigió a Odelli, justo antes de caer, estaba llena de una emoción a punto de estallar, como si estuviera al borde de comprender algo.  

Los primeros días, Odelli rogó desesperadamente. 

Que no recordara nada.  

Que despertara como si nada hubiera pasado, olvidándolo todo.

Pero tres días, cuatro, una semana… el tiempo pasó, y ya habían transcurrido quince días.  

Su miedo era que, al recordar, Rudville se consumiera en culpa y locura por salvarla, entregando su vida una vez más.  

Pero ahora…  

Todos esos temores se volvieron insignificantes.  

¿Y si esta condición continuaba para siempre? ¿Viviendo sin realmente vivir?  

Odelli acarició su flequillo despeinado con las yemas de los dedos. 

Le rozó la frente, la mejilla, y su mano se deslizó silenciosamente hasta la línea de su mandíbula.  

Ella apenas se apartó de su lado.  

Las sirvientas casi la obligaban a comer, y dormitaba en el borde de su cama. Cada día, contemplaba su rostro y susurraba su nombre.  

―Rudville.  

No había respuesta.  

Como era de esperar.  

―…Puedes recordarlo todo. Solo… ábreme los ojos.  

Ahora solo le rogaba que volviera.  

Una gota caliente cayó sobre el dorso de su mano.  

୨꒷・┈┈・⊹ ̊ʚ・┈ ⊹ ̊✪ ⊹ ̊┈・ɞ⊹ ̊・┈┈・꒷୧

PLOP.  

Algo tocó su mano.  

―¿…?  

Rudville miró hacia abajo.  

Fue una sensación tan vívida que por un momento borró todo lo demás.

Algo caliente había caído… pero no quedaba rastro. 

Solo un frío residual, como una estela.  

Y entonces…  

―Rudville.  

Una voz ahogada, como si luchara por no quebrarse.  

Era Odelli.  

No la de una niña, sino la de una adulta, serena y grave. 

Desesperada, suplicante… llamándolo.  

―…Puedes recordarlo todo. Solo… ábreme los ojos.  

¿Era una alucinación?  

Pero otra gota caliente cayó.  

El viento rozando su mejilla, el cálido sol matutino, el tenue aroma de flores en el jardín…  

Todas sus sensaciones se distorsionaron, y el calor en su mano lo arrastró de vuelta a la conciencia.  

El presente y los fragmentos del pasado chocaron, enredándose.  

Y en ese momento en que los límites se desdibujaron…  

―Rudville.  

Odelli, sentada a su lado, observó su dedo anular izquierdo, vacío, y preguntó en voz baja:  

―Ese anillo… ¿quién te lo dio?  

¿Qué acababa de pasar?  

Rudville se sintió confundido, pero respondió con naturalidad.

Para él, su realidad era este lugar.  

―Lo hice yo. 

―¿Para quién? 

―Para mí.  

¿Había hecho un anillo para usarlo él solo en su dedo anular?

¿Con nueve dedos más disponibles?  

―…Mientes.  

Ella frunció los labios, las orejas enrojecidas y el ceño fruncido.  

―Seguro es para compartir con alguien. ¿Una mujer, verdad?  

Rudville la miró perplejo.  

No esperaba esa reacción.  

Odelli, cada vez más roja, terminó agarrando su mano.  

―Quítatelo. Ahora mismo.  

―…  

―¿No quieres? ¡Pues yo lo haré!  

Ella tiró con fuerza, intentando quitárselo.  

―¡Espera, Odelli!  

Pero ella ya estaba decidida.  

―¡No sale! ¡Tu dedo está demasiado grueso!  

―Para, te harás daño.  

―¡Ese anillo no es para compartirlo conmigo!

El anillo era algo que Rudville creaba en cada regresión. 

Una marca de su crecimiento, un recordatorio.  

En el campo de batalla, a veces dudaba: ¿era todo una alucinación? ¿Se estaba volviendo loco?  

En esos momentos, miraba el anillo.  

Para aferrarse a la única verdad: que había retrocedido en el tiempo para salvar a Odelli.  

Era un mecanismo para no perder la cordura. 

Pero ahora, Odelli lo celaba… y hasta lo llamó “monada” en sus pensamientos:  

«Qué linda…».  

Sin darse cuenta, murmuró:  

―No puedo compartirlo contigo…  

Odelli abrió los ojos como platos.  

―…Eres una niña.  

¡Era intolerable!  

Sabía que la trataba como a una menor, pero ¡llamarla niña tan descaradamente!  

―¡¿Quieres que te golpee?!  

―…En fin, hasta que seas adulta, no.

―¿Por qué?  

―Algo como… remordimiento de conciencia…  

¿Qué clase de chico de quince años hablaba así?  

Odelli estaba atónita.  

―Es cierto que lo hice para mí. Pero no te engañé.  

―¿Y cómo lo pruebas?  

Finalmente, Rudville se quitó el anillo y se lo entregó. 

Ella lo examinó, leyendo la inscripción en el interior:  

[ODELLI] 

Se quedó petrificada.  

―Mi nombre…

―Sí.  

Era la primera vez que el corazón de Rudville tomaba una forma visible.  

Su rostro se encendió como si fuera a estallar.  

―¿Me conocías antes?  

Era típico de Rudville. Él siempre sabía todo.  

―Eres tan raro… 

 

―Lo siento.

  

―Yo… yo también quiero uno.  

―Te haré uno cuando seas adulta.  

Ella se enfurruñó.  

―Haz lo que quieras. Hasta entonces, esto queda confiscado.  

Era su lógica: si ella no podía usarlo, él tampoco.

Rudville sonrió, dejándola hacer.  

―…¿De verdad no lo necesitas?  

No lo necesitaba. 

Ahora la tenía a ella.  

Ese anillo era su brújula en el campo de batalla, pero ahora tenía un faro más claro.  

Pequeña y frágil…  

Podía enfermar, ser víctima de alguien… o simplemente apagarse sin razón alguna.  

Pero no importaba.  

Ya había enfrentado incontables muertes.  

Una más no lo asustaba.  

Verla sonreír de nuevo era un milagro tan extravagante que lo llenaba de gratitud.  

―…Está bien.  

Susurró con los labios tensos:  

―Te encontré, y tú me recordaste.  

Eso bastaba.  

Con eso, podía soportar cualquier desesperación futura. 

 

En la próxima vida, y en todas las que siguieran.  

Por protegerla, podía derrumbarse, enloquecer, desgarrarse el corazón… incluso la muerte le era indiferente.  

Porque ya estaba lleno de una certeza:

  

«Contigo, todo está bien».  

Así había decidido vivir.  

Y justo cuando su corazón se aligeró…  

―No mueras, Rudville. Yo… regresé para salvarte.  

Otra vez escuchó su voz.  

Miró el dorso de su mano, donde persistía un ardor fantasmal.  

«¿Salvarme…? ¿Tú… a mí?»  

Las palabras surgieron instintivamente en su mente:  

«No puedes.  No debes salvarme.»  



RAW HUNTER: ANNA FA
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: ROBIN
REVISION: ANNAD



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