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Capítulo 119

«Tú eras quien debía vivir.»

«Yo era quien debía morir.»  

Pero ahora, todas esas premisas se habían invertido.  

Rudville se detuvo en su lugar, como si se hubiera congelado.

Era como si un rompecabezas que por fin había encajado, hubiera sido brutalmente desbaratado por alguien.  

—Ru, ¿qué haces ahí parado?  

Al levantar la vista, Odelli de trece años sonreía bajo la luz del sol.  En ese instante, su imagen era tan vívida y deslumbrante como una pintura magistralmente terminada.  

Rudville apretó los labios, contemplando con confusión una realidad que sentía fundamentalmente equivocada. Sin embargo, incluso en medio de esa discordia, ella seguía sonriendo con tranquilidad.  

Su falda ondeaba con el viento, y sus ojos azules brillaban como la superficie de un lago.  Odelli agitó el anillo que le había quitado y dijo con tono juguetón:  

—Tengo muchas preguntas… ¿no tienes nada que decirme? Por ejemplo… desde cuándo me conocías, o desde cuándo empezaste a gustarme.  

—… 

—No sirve de nada fingir que no lo sabes, tonto. No te dejaré ir hasta que me lo digas todo.  

Su voz era alegre e inocente.

Pero Rudville escuchaba, tras esa sonrisa, la voz de alguien más.  

[—Ahora es mi turno de protegerte. Así que… por favor, vuelve a mí.] 

Esas palabras se clavaron en su mente como una daga. La respiración se le cortó, y su corazón gritó de dolor, como si lo estuvieran desgarrando.  

Protegerla… eso siempre había sido su deber. Había vivido miles de veces para eso, y muerto miles de veces por ello. Y al final, la había salvado.  

«…¿La salvé?»  

Un destello de comprensión.

Sí. 

«Al final, te salvé.»  

Después de miles de regresiones, por fin lo había logrado. La euforia, la locura, el alivio, la abrumadora plenitud, y quizás… la liberación.  

Todos esos sentimientos seguían vivos en lo más profundo de su alma, como si estuvieran grabados a fuego.  

La muerte y el eterno descanso habían sido su recompensa. Entonces…  

«¿Por qué estoy aquí?»  

En el momento en que se dio cuenta, la chica frente a él comenzó a desdibujarse. El mundo que lo rodeaba se resquebrajó como vidrio fracturado.  

CRACK. 

Miles de fragmentos de memoria se dispersaron, mostrando instantes de diferentes tiempos.  

Y entre ellos, él mismo, arrasando ciudades en ruinas, destruyendo templos, enfrentándose a un Imperio entero.  

—…

Esa era una historia ya terminada.

Un pasado cerrado.  

Memorias inalterables, selladas.  

Él era un difunto que había cumplido su misión. 

Su lugar debía ser el frío sepulcro, bajo la tierra.  

Y sin embargo…  

«¿Es esto el infierno?»  

«¿Un castigo donde debo revivir miles de fracasos y arrepentimientos sin fin?»  

«Aunque con Odelli aquí, casi parece el cielo….»  

No. Lamentablemente, no era ninguno de los dos.

El calor húmedo en sus palmas, como una quemadura… era innegablemente la sensación de estar vivo.  

Finalmente, Rudville comprendió. 

Había estado reviviendo el pasado… mientras seguía con vida. 

La abrumadora intensidad de esos recuerdos lo había hecho olvidar incluso por qué estaba allí.  

«…Era para recuperar mis memorias.»  

Él mismo había elegido sumergirse en ese lugar. 

Al recordar su objetivo, Rudville observó los miles de fragmentos de memoria rotos.  

En cada uno de ellos, brillaban unos ojos azules.  

Sí.  

«La mujer de ojos azules.» 

Por supuesto que eras tú. 

Siempre fuiste tú.  

¿Hubo acaso un solo momento en que no lo fueras?  

Rudville avanzó a través del vacío oscuro, apartando los fragmentos de vidrio que bloqueaban su camino.  

Cada uno que rozaba brillaba, y recuerdos olvidados surgían como ecos. A medida que los revivía, su corazón, vacío como un agujero, comenzó a llenarse de nuevo.  

Le encantaba cada detalle: los cambios en su tono, su mirada, incluso sus hábitos según cada vida. Eran como luces únicas, propias de cada versión de Odelli. No importaba si a veces lo desconfiaba, o incluso lo odiaba. Mientras ella viviera, cualquier forma suya era aceptable.  

Cada Odelli.  

Cada versión de ella.  

La había amado sin excepción.  

No había tenido razón alguna para no hacerlo.  

Pero…  

—Maldición.  

Apretó los dientes y agarró un fragmento.  

En el instante en que se hizo añicos en sus manos, otro recuerdo olvidado se grabó en su mente como un hierro al rojo.  

«¿En este preciso momento… está sucediendo?.»  

Aunque ya estaba al borde de la locura, sintió que enloquecería por completo.  

—Odelli, ¿me oyes?  

Murmuró como un tonto, hablando al aire. 

Como era de esperar, no hubo respuesta.  

—¿Qué quieres decir con que me protegerás? 

—… 

—¡¿Qué significa que regresaste para salvarme?! 

—…  

—¡Maldita sea, respóndeme!  

Su pecho se agitó con violencia. 

¿Qué diablos estaba pasando? 

¿Cómo podía escapar de este maldito pantano de memorias?  

De pronto, el primer recuerdo cruzó su mente:  

{—Si sigues ese camino, podrás escapar. Así que… vive. Por favor. Es mi última petición.}  

Odelli, tras agotarse purificando sus heridas, había fallecido en silencio. ¿Acaso ahora, una vez más, estaba eligiendo morir por él?  

La ansiedad lo engulfió.  

¿Por qué sentía esta desesperación desgarradora? ¿Por qué todo parecía tan ominoso?  

Aunque no tuviera sentido… no podía evitar temer que, en ese mismo instante, ella estuviera muriendo por él en algún lugar.  

—…No.  

La desesperanza lo atravesó como una lanza. 

El objetivo de recuperar sus memorias ya no importaba. No eran los recuerdos lo que necesitaba… era salvarla, ahora mismo.  

Pero al mismo tiempo, entendió algo: Sin sus memorias completas, no podría llegar a ella. Con recuerdos fragmentados, solo repetiría los mismos errores.  

«¿Cómo te salvé?»  

Debía recordarlo. 

A cualquier costo.  

Apretó los dientes con fuerza. 

Hasta ahora, los recuerdos habían regresado gradualmente, como si los viviera de nuevo.  

Quizá era un mecanismo de defensa para evitar que su mente colapsara. Pero ya no había tiempo para eso.  

—Dámelo todo.  

Su voz sonó quebrada. 

—Las memorias… entrégame todo.  

En ese instante, el espacio se sumió en un silencio pesado.

Los fragmentos de memoria brillaron y giraron lentamente, apuntando sus filos hacia una sola dirección.  

—Ahora. De inmediato. Todo.  

Al terminar su frase, todos los fragmentos se abalanzaron sobre él, atravesando su mente.  

Memorias afiladas desgarraron su ser, como si le cortaran hueso y carne.  

Miles de vidas. Miles de muertes. Y un único amor. Todo devoró su consciencia de golpe.  

Y en lo más profundo, por fin emergió su última vida.  

La verdad era que no había sido en su penúltima vida cuando completó el “Hechizo de Transferencia Vital.”

La primera vez que lo logró fue cuando aún le quedaban cientos de regresiones.  

—…Ah, al fin.  

Tras incontables experimentos y fracasos, por fin había encontrado la manera.  

Esta vez, estaba seguro de que podría salvarla.  

Y el primer sentimiento que lo invadió fue… alivio.  

—Ah… al fin podré salvarte.  

—Ahora puedo morir. Por fin… puedo morir. ¡Ja, ja!  

Estalló en una risa desquiciada.  

Esta vida interminable…  

Este ciclo sin fin…

Este sufrimiento, pérdida y desesperación…

¡Por fin podía terminarlo!  

Ardería hasta no dejar ni cenizas, y hasta el último resto de su ser sería abono para ella.

Con gusto lo daría todo.  

Si al fin podía salvarla y morir…

¿Qué más podía pedir?  

…Pero.  

Desde esa vida hasta la última, nunca llegó a activar el hechizo.

No… no pudo hacerlo.  

—…Quiero celebrar tu cumpleaños número treinta a tu lado.  

Quería vivir. 

Con ella. 

Tener los hijos que ella deseaba.

Un niño, una niña.  

Verlos crecer, reír, pelear, convertirse en adultos… envejecer juntos…  

…Necesitó morir cientos de veces más para finalmente abandonar ese apego.  

Al final, fue solo en su penúltima vida, cuando ya no quedaban regresiones, que activó el hechizo.  

Cargó con su muerte, la salvó… y murió.  

Los sentimientos de ese último instante regresaron, fríos y claros.  

La plenitud de la redención.  

La vida que entregó sin dudar.  

Y la verdad que nunca pudo confesar.  

Todas esas memorias lo golpearon como una ola. 

Abrumadoramente rápidas, implacables.  

Y entonces…  

CRACK  

El mundo a su alrededor se derrumbó, y los muros de su consciencia se quebraron.  

La realidad se filtró por las grietas.  

Su respiración era agitada. 

Su corazón palpitaba como si fuera a estallar, y la luz que entraba le quemaba la vista.  

El sudor frío corría por su espalda, y el latido en sus oídos lo anclaba a la consciencia.  

Todos sus sentidos explotaron a la vez.

Y entonces… Rudville abrió los ojos.

Robin:

  



RAW HUNTER: ANNA FA
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: ROBIN
REVISION: ANNAD



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