Capítulo 47
JADEO, JADEO.
Chase respiraba con dificultad, el pecho agitándose mientras levantaba y bajaba los hombros. De todas partes se oían voces llamando a Pete, pero el niño había desaparecido sin dejar rastro.
«Claro, con lo pequeño que es…»
Con la mente hecha un caos, Chase intentaba aferrarse a algo de lógica. Había pensado en el criadero de perros, pero la alta reja estaba cerrada con candado: entrar era imposible. Pete tampoco podría haber pasado… o al menos eso creía.
A cada ladrido que llegaba de lejos, Chase se quedaba paralizado. Él mismo no había podido acercarse, todo lo que sabía era lo que los guardias le habían contado. Se había limitado a evitar la zona, buscando a Pete en otro lugar, pero sin ningún resultado.
Joshua.
El rostro de Josh y el de Pete se alternaban en su mente. El asco hacia sí mismo lo ahogaba, pero no había tiempo para quedarse en la culpa. Volvió a ponerse de pie y miró a su alrededor desesperadamente.
«¿Cómo puede ser que no lo vea por ninguna parte?»
Era imposible de creer. En medio de la búsqueda frenética, se dio cuenta de que, sin notarlo, había terminado alejándose de los guardias y acercándose al criadero. Esta vez estaba en otra sección, un poco más alta, desde donde se extendía una interminable reja y, detrás de ella, el amplio terreno de la perrera. Chase se quedó helado.
Con un lugar tan grande, una simple inspección superficial no bastaba. Debió ordenar a los empleados abrir las puertas y registrar el interior. Pero no: se había acobardado con los ladridos y lo había evitado. La vergüenza le torció el rostro.
«Qué cobarde soy.»
De nuevo sonaron ladridos. En cuanto escuchó el ruido, el cuerpo se le endureció y los pies se le pegaron al suelo. No podía moverse. Inhaló profundo y contó mentalmente.
«Está bien, hay una reja. Estoy a salvo, no pasará nada.»
Lo repitió una y otra vez, intentando calmarse, pero sus latidos seguían disparados. En un instante los recuerdos lo arrastraron de vuelta a aquel día: la sonrisa radiante de Grayson, el murmullo pacífico de las hojas, su propio cuerpo pegado a la pared suplicando como un loco que lo salvaran, el aroma dulce y sofocante de las feromonas… y, finalmente, los colmillos del rottweiler, el olor fuerte de su aliento.
Justo entonces, milagrosamente, distinguió la silueta que buscaba: Pete.
***
—¿Cómo que Pete ha desaparecido? ¿Qué significa eso?
Josh llegó pálido, casi sin aliento. El jefe de seguridad, con el rostro igual de blanco, explicó a duras penas:
—Lo lamento. El estado del señor Miller empeoró y, mientras todos miraban hacia él, de pronto el niño ya no estaba… Lo encontraremos enseguida, se lo prometo.
—¿Que el estado de Chase empeoró…? ¡No, espera! ¿Me dices que todavía no encuentran a Pete? Espera un momento…
Joshua estaba en pánico, incapaz de pensar con claridad. Miró alrededor con desesperación, pero solo vio guardias.
—¿Y Chase? ¿Dónde está Chase?
El jefe vaciló. Pálido, giró la cabeza, pero lo que alcanzaba a ver era lo mismo que Josh: nada. Al fin, reaccionó y gritó:
—¡Equipos 1 y 2, busquen al señor Miller! ¡Equipos 3 y 4, al niño!
Josh quiso dejarse caer en el suelo, pero se obligó a apretar los dientes. «Concéntrate, no es momento de quedarte en shock.» Sacudió con fuerza la cabeza y endureció la mirada. No tenía idea de hacia dónde podían haberse ido, pero quedarse esperando no era opción.
Empezó a recorrer la zona, llamando a gritos el nombre de Pete y de Chase.
***
Chase, mientras tanto, miraba al niño con el rostro lívido.
«¿Cómo demonios entró ahí?»
Al fin entendió. Claro, con lo pequeño que era, Pete podía haberse colado entre los barrotes. Qué estúpido había sido él, retirándose solo porque vio un candado en la puerta.
La lógica era clara, pero ya no había tiempo para pensar. Había que sacarlo de allí.
Detrás de la reja crecía maleza espesa, arbustos y árboles sin cuidado alguno. No parecía un criadero en funcionamiento ni un sitio para mostrar perros a visitantes. La hierba alta, los matorrales y la ausencia total de huellas humanas hacían que todo diera la impresión de ser un terreno abandonado.
Y en medio de ese paisaje estaba Pete, aferrado a los tallos de hierba junto a la pendiente de un lago. Se sostenía apenas, el cuerpo temblando, los ojos muy abiertos de terror.
—Pete…
Chase sintió que el tiempo se le acababa.
Ni siquiera pensó en llamar a alguien: se abalanzó hacia la reja. Los ladridos resonaron otra vez y su mano, apoyada en el metal, empezó a temblar con violencia. El instinto le pedía huir, pero si lo hacía, el niño…
«Si huyo, Pete se hundirá.»
La sola imagen de verlo hundirse en el agua lo hizo negar con fuerza. Por suerte el niño seguía resistiendo, aunque llorando a lágrima viva. Chase apretó los dientes y gritó:
—¡Pete!
El niño levantó la cabeza sobresaltado. Al ver a Chase abrió mucho los ojos.
—¿Eh?
Con la sorpresa, su cuerpo cedió y estuvo a punto de caer al agua. El terror le borró de golpe a Chase todo rastro de miedo.
—¡Pete!
Desesperado, sacudió la reja con todas sus fuerzas. Nada cedió. Pete estalló en un llanto más fuerte; de seguir así se agotaría muy pronto. Chase parpadeaba, viendo sombras y recuerdos mezclarse, hasta que finalmente lo vio: un hueco pequeño, apenas lo bastante grande para arrastrarse.
Sin dudarlo, se lanzó al suelo y empezó a meterse.
—¡Ugh…!
Un alambre suelto le desgarró el hombro, dejándole un corte largo. El dolor ardía, pero no se detuvo. Siguió arrastrándose por el polvo y la tierra, con la cara y la ropa cubiertas de mugre. Trató de contener la respiración mientras la arena le llenaba la boca.
Solo cuando estuvo del otro lado pudo levantarse jadeando. No había tiempo que perder.
Corrió directo hacia Pete.
—¡Pete!
Al gritar con urgencia, Pete rompió a llorar aún más fuerte. Pronto tendría al niño en sus brazos. Podría salvar a Pete. Eso era lo único que llenaba la mente de Chase.
En ese momento, se escuchó cerca el gruñido de un perro. Chase, que corría instintivamente, se detuvo y giró la cabeza. No muy lejos, un gran perro lo miraba mostrando los dientes. Chase se quedó paralizado.
Jason.
Fue entonces cuando comprendió el significado de las palabras de Pete. El perro que tenía delante era de la misma raza que el muñeco que Pete siempre llevaba consigo. Seguramente el dueño de los ladridos que había escuchado todo ese tiempo era este animal. Pero, a diferencia del muñeco, aquel era un adulto completamente desarrollado.
Un escalofrío recorrió la espalda de Chase. Pete estaba entre él y el perro. Si intentaba salvarlo, el animal se le lanzaría encima de inmediato. Tal vez el verdadero objetivo fuera Pete. Más pequeño y débil que Chase, era natural que él se convirtiera en el blanco. Como prueba de ello, el perro lo vigilaba con cautela pero sin dejar de prestar atención también a Pete.
Solo haría falta un instante. Con un poco de valor, podría salvar a Pete. Si tan solo sus piernas respondieran.
Trató de mover sus piernas temblorosas, pero aquello no pasó de un pensamiento. Le era imposible acercarse a Pete.
Como aquella vez.
De pronto recordó lo ocurrido en el pasado. El hombre que se había cubierto de sangre por él. Aquella ancha espalda que lo protegía, el rostro sonriente, el cuerpo empapado en sangre.
Joshua.
Su respiración se volvió agitada y un sudor frío le recorrió la espalda. ¿Qué pasaría si perdía a ese niño? El rostro sonriente de Joshua, que miraba a Pete con ternura, inundó su retina. No podía ni imaginar que aquel hombre, que siempre había parecido tan fuerte, pudiera derrumbarse.
En ese momento le vinieron a la mente las palabras de Josh.
{—Si muero, ¿llorarás?}
{—Sí. Lloraré mucho.}
En ese instante, Chase se lanzó hacia Pete. El perro, enfurecido, corrió hacia ellos, pero Chase abrazó al aterrorizado Pete. De pronto, un estruendoso disparo retumbó en el aire.
¡BAANG!
El perro, sorprendido, se detuvo en seco y, con un chillido, retrocedió. Pero no terminó ahí. Otro disparo sonó y la bala se incrustó a los pies del perro, que desconcertado dio vueltas en el sitio.
El animal, aterrorizado, no se atrevió a insistir y salió huyendo a toda prisa. El silencio se impuso de inmediato.
—¡Chase, Pete!
Se escuchó un grito desesperado. Chase reconoció entonces que era la voz de Josh.
—Ah.
Tal vez por la tensión, sus piernas cedieron. Estuvo a punto de caer al lago, pero las hierbas largas lo sostuvieron. Aferrándose con urgencia a la densa vegetación, Chase soltó un suspiro de alivio. En ese instante, Josh, que había corrido hasta donde estaban, extendió rápidamente la mano.
—¡Rápido, agárrate, Chase!
Chase levantó la cabeza. Como siempre, aquel hombre había acudido a salvarlo.
Con una débil sonrisa, Chase empujó primero al niño hacia arriba. Pete, sollozando, reconoció a Josh y extendió los brazos entre llantos. Josh lo recibió de inmediato, lo dejó a salvo detrás de él y, enseguida, extendió la mano hacia Chase. Chase, todavía con esa tenue sonrisa, le tendió la suya y Josh lo agarró con fuerza, tirando de él con todas sus fuerzas.
—¡…!
Chase logró subir apenas y cayó de bruces en el suelo. Josh, también liberado de la tensión, respiraba agitadamente.
—Daddy, daddy.
—Sí, Pete. Ya está bien.
—Jason, lo perdí.
Fue entonces cuando se dio cuenta de que sus manos estaban vacías. Josh, desconcertado, lo miró, y Chase murmuró con el rostro agotado:
—El muñeco cayó al lago, no pude recuperarlo.
Mientras calmaba a Pete, que lloraba de nuevo aferrado a él, Josh habló con gesto grave.
—¿Qué demonios estabas haciendo?
Chase lo miró de reojo. Josh le acarició la mejilla y, con una voz aún sombría, añadió:
—Te va a quedar una cicatriz.
Josh miraba el rostro arañado y sucio de Chase, y lo único que este hizo fue esbozar una amarga sonrisa. Aquello lo inquietó aún más, por lo que Josh soltó con brusquedad:
—Estás hecho un desastre.
—Estoy bien.
Era la primera vez que Chase abría la boca. Pero fue todo. Josh, sin palabras ante aquella simple respuesta, dejó escapar un suspiro.
—¿Por qué lo hiciste? —preguntó Josh con el rostro contraído—. Le tienes miedo a los perros. Entonces ¿por qué no huiste y en cambio salvaste a Pete?… Aun sabiendo que acabarías herido así.
Chase lo miró. Una mirada firme y sin titubeos se dirigía hacia Josh.
—Es tu hijo.
Los ojos de Josh se abrieron de par en par. Se quedó sin habla, y Chase, con el rostro cansado, sonrió.
—¿…Eso es todo?
La voz de Josh temblaba levemente. Chase no respondió, solo sonrió. Y precisamente por eso Josh pudo estar seguro de que hablaba más en serio que nunca.
En ese momento, Josh ya no pudo contenerse más y confesó:
—Es tu hijo.
—¿…?
Chase frunció débilmente el ceño, como si no entendiera de qué estaba hablando. Con voz quebrada, Josh repitió:
—Es tu hijo, Pete. Es… tuyo y mío.
—…
Chase seguía sin decir nada. Solo lo miraba, claramente incapaz de asimilar lo que acababa de oír. Josh guardó silencio, dándole tiempo para aceptar la realidad.
Tras lo que pareció una eternidad, la mirada de Chase se desvió lentamente hacia Pete. El rostro del niño cubierto de barro, hierba y mugre parecía extraño, como si lo viera por primera vez. Con la boca entreabierta, finalmente preguntó después de un largo rato:
—¿Cuántos años tiene?
Que Chase se limitara a decir eso era porque aún no lograba ordenar las incontables preguntas que le venían a la mente. Josh mordió sus labios temblorosos y los soltó antes de responder:
—Cuando te protegía como guardaespaldas, entraste en celo. Puede que no lo recuerdes.
—…
—Esa vez… te acostaste conmigo.

TRADUCCIÓN: ROBIN KLYNN
CORRECCIÓN: ROBIN KLYNN
RAW HUNTER: KLYNN