Capítulo 99
—Santa, ya ha usado sus habilidades. Debería regresar a descansar.
—Sí. Además, su cuerpo ya es débil de por sí…
—Entonces, me quedaré hasta confirmar que el efecto del antifebril surta efecto.
Adela solo regresó a su habitación después de asegurarse de que la niña mostraba mejoría.
Una pequeña habitación dentro del orfanato.
Al cerrar la puerta, el ruido exterior cesó, y el estrecho espacio se sumió en un silencio instantáneo.
Le habían ofrecido una habitación más grande, pero ella eligió esta a propósito.
Al fin y al cabo, en un edificio tan humilde, poco importaba el tamaño.
Prefirió cuidar su imagen antes que disfrutar de un lujo insignificante.
«Las habitaciones del Gran Palacio… deben ser incomparablemente más grandes, ¿no?»
¿En qué tipo de habitación se alojaría la Gran Duquesa?
Adela recordó el salón dorado que había visto en el palacio.
—Ah…
Un suspiro escapó de sus labios al evocar ese recuerdo.
El salón de banquetes parecía pertenecer a otro mundo.
Decoraciones doradas brillaban sin fin desde el suelo hasta el techo, y un candelabro deslumbrante derramaba mil luces diminutas.
Cada paso sobre la suave alfombra le hacía sentir como si caminara sobre un sueño, no en la realidad.
Solo estar allí la hacía sentir como alguien extraordinario.
Pero aquel éxtasis fugaz fue todo lo que se le permitió.
Pronto, Adela fue expulsada del palacio junto a las otras mujeres.
No había sido elegida por el Gran Duque.
Aunque siempre había tenido confianza en su belleza, en ese momento, su orgullo quedó profundamente herido.
Había gastado todo su dinero para entrar en ese banquete.
Incluso se endeudó para comprar el vestido más lujoso y alquilar las joyas más caras, adornando sus orejas y cuello.
Sobre su cabeza, colocó un velo de seda raro, como el de las damas nobles.
Creía que, al menos allí, el Gran Duque la miraría una vez.
Pero… no ocurrió nada.
Ante él, ella solo fue una mujer más de ojos azules que visitó el palacio.
Ni siquiera tuvo la oportunidad de hablar con él.
Expulsada del salón, Adela subió a un carruaje que atravesaría el norte.
Fue entonces cuando se encontró con la ventisca.
Mala suerte.
Si hubiera esperado un poco más antes de partir, las cosas habrían sido diferentes.
Mientras su conciencia se apagaba lentamente bajo la nieve, se arrepintió una y otra vez de esa decisión.
Pero…
Cuando despertó, estaba en una casa vieja en un pueblo desconocido del norte.
Una anciana la cuidaba con esmero.
—…¿Dónde estoy? Yo…
Al principio, no recordaba nada.
Ni su nombre, ni por qué estaba allí.
Pero, tras unos días, sus memorias comenzaron a regresar.
Aun así, Adela fingió hasta el final no recordar nada.
«Es cómodo.»
La gente se preocupaba por ella con miradas compasivas.
Al decir que no recordaba ni su nombre, la compadecían y trataban de ayudarla más.
Sin hacer nada, podía quedarse acostada, recibiendo comida solo por ser una paciente.
Y, sinceramente, era agradable.
No tenía que demostrar nada, ni esforzarse.
No le parecía mal.
Así pasaron dos meses…
Justo cuando la anciana le preguntaba varias veces al día: ¿Recuerdas algo ya?, conoció a esa persona como si fuera destino.
—Dicen que la Gran Duquesa tuvo la boda más espléndida en la Gran Catedral.
—Sí, lo escuché. Qué envidia… Es el sueño de todas las mujeres.
—¿Solo lo considera un sueño?
—¿Eh?
—Ese lugar, toda esa magnificencia… ¿Y si yo pudiera hacerla mía?
Desde ese día, renació bajo el nombre de Adela.
Dijo a la gente que, por casualidad, había recordado su nombre.
Y, con vacilación, añadió que tal vez poseía un poder especial.
Así se convirtió en la Santa Adela.
Sacó un pequeño frasco de perfume de su bolsillo.
En su interior, un líquido cristalino brillaba con destellos multicolores bajo la luz.
Al inclinarlo suavemente, su superficie ondeaba como si contuviera la Vía Láctea.
«Nunca pensé que caería de una.»
La humillación en el salón, la amargura al ser expulsada, y el último vestigio de orgullo que se apagó bajo la nieve…
Todo eso quedó atrapado aquí.
«Tengo que ser yo… nadie más.»
Acariciando el frasco, murmuró en silencio:
«Algún día, haré que esa mujer caiga….»
Su mirada se detuvo en la vela de la habitación.
La llama tembló, proyectando una larga sombra en la pared.
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Mientras regresaba en el carruaje, Odelli tuvo un pensamiento:
«¿Debería dejar ir a esa mujer así?.»
¿Vería a Rudville mostrar interés en otra mujer en el futuro?
Aunque hubiera perdido sus memorias, él siempre la había elegido a ella, miles de veces.
Y esa mujer era la única en quien había mostrado interés.
«Además, ni siquiera se parece a mí.»
Quizás fue por sus ojos azules, pero era evidente que no era Odelli.
«Si en tres meses la llaman “Santa”, su carácter no debe ser malo.»
Y, sobre todo, parecía saludable.
Aunque aparentaba fragilidad por el accidente en la nieve, Odelli no se dejaba engañar.
Bajo esa palidez y aire vulnerable, su piel tersa y sus movimientos revelaban a una persona sana.
Por eso…
Si la dejaba ir, tal vez nunca encontraría a alguien que acompañara a Rudville.
—Si lo desea, puede llamar a esa mujer al palacio sin preocuparse por mí.
Fue por esa razón que Odelli lo dijo.
Nunca esperó que él golpeara la pared del carruaje y se acercara bruscamente.
—¿Por qué dice algo así?
—…
«Es solo un matrimonio por contrato, pronto moriré, y después, para su salud mental, debe encontrar a alguien que lo acompañe…»
—Lo siento. No fue mi intención.
Pero Odelli retrocedió un paso.
No podía adelantarse a los deseos de Rudville.
—Solo pensé que tener una figura simbólica así sería útil para Su Alteza.
Rudville permaneció en silencio, con la cabeza baja.
Su respiración era agitada.
Finalmente, alzó la mirada y la clavó en Odelli.
—No vuelva a tomar esas decisiones por su cuenta.
Su voz era grave, pero cargada de firmeza y una amenaza velada.
Entrecerró los ojos.
—Si repite algo así…
Hizo una pausa, conteniendo sus emociones.
Y luego, apretó su muñeca con fuerza, como si no la soltaría nunca.
—Lo consideraré una violación del contrato.
—…
—Un contrato debe cumplirse al pie de la letra, ¿no?
[Artículo 10. Durante el período contractual, se prohíben relaciones íntimas emocionales o físicas con terceros.]
—En caso de violación, todas las consecuencias y responsabilidades recaerán sobre el infractor… ¿Lo recuerda?
—¡Eso…!
Eso claramente aplicaba solo al Artículo 8.
Pero antes de que pudiera protestar, Rudville cortó con dureza.
—El contrato no especifica qué artículo debe violarse para aplicar la cláusula.
Con una frialdad casi absurda, declaró:
—Por lo tanto, aplica a todos.
—¿Entendido?
Odelli no tuvo más remedio que asentir.
Solo entonces, él se apartó lentamente.
Pero su mirada nunca la abandonó.

RAW HUNTER: ANNA FA
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: ROBIN
REVISION: ANNAD