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Capítulo 95

Odelli, sin saber por qué, no pudo evitar sonreír.    

Al ver que incluso estos niños pequeños conocían la leyenda, parecía que aquel hada de los ojos era un cuento muy famoso del norte.  

—¡Ustedes! ¡Muestren respeto a Su Alteza el Gran Duque!  

—¿Qué es respeto?  

—Respeto.  

—¡Respeto!  

Al pedirles que mostraran modales, los niños se agolparon y gritaron cosas sin sentido.  

Era evidente que nunca habían visto a un noble de verdad en su vida.  

—No pasa nada.  

Odelli detuvo al oficial de ayuda que regañaba a los niños, preocupada de que su actitud pudiera incomodar a alguien de alta posición.  

Cuando ella dio unos pasos, incluso los niños escondidos en los rincones comenzaron a aparecer, uno a uno.  

La mayoría eran pequeños, aún necesitados de la mano de sus padres.  

Los suministros de comida no parecían abundantes, pues sus rostros estaban pálidos y demacrados.  

Sus caras estaban sucias por no lavarse bien, y sus ropas, probablemente las mismas que llevaban cuando fueron rescatados, estaban gastadas y rotas.  

—Hola, me llamo Odelli.  

—¿No eres un hada?  

—¿Pero eres blanca?  

—…No soy un hada. Pero hoy he venido a verlos.  

Odelli se agachó lentamente para estar a su altura.  

En ese momento, el niño más pequeño, al frente, pareció reunir valor y dijo:  

—¿Aquí es donde dormimos?  

—Sí. A partir de ahora, vivirán aquí.  

Ella extendió la mano y tomó con suavidad la del niño, que vacilaba.  

—¿Entramos? También hay que ver las habitaciones.  

Los más pequeños siguieron curiosos, mientras algunos mayores, aún desconfiados, los seguían con cautela.  

Rudville los siguió de manera natural.  

—¡Ay!  

—¡Ah!  

…No, se detuvo antes de seguirlos.  

Su altura y complexión eran tan imponentes que, con solo acercarse un poco, los niños se sobresaltaban, al borde del llanto.  

Si les ponía una mano en el hombro, parecía que tendrían un ataque.  

«No creo que sea solo por su altura….»  

En fin, hasta los adultos se sentían intimidados por su presencia, ¿qué podían esperar los niños?  

Rudville, consciente de ello, comenzó a seguirlos desde muy, muy lejos.  

De cualquier modo, el edificio recién restaurado era sólido y limpio.  

—Esta será vuestra habitación.  

Odelli les mostró brevemente el lugar.  

Dormitorios acogedores con grandes ventanas, un comedor común, un baño con agua caliente…  

—…¿Viviremos aquí?  

—¿De verdad podemos dormir aquí?  

Los niños, que la seguían en silencio, parecían estar soñando.  

Era comprensible: todos habían perdido a sus padres por los monstruos y habían vagado por las calles.  

—Ahora se sentirán extraños, pero pronto se acostumbraran. Es su hogar.  

¡SOLLOZO!  

Un pequeño cuerpo tembló, y un llanto ahogado estalló.  

Pronto, el llanto se contagió a los demás.  

Aquel hada que los había hecho reír momentos antes, en realidad, les recordaba que habían perdido a sus familias y hogares de la noche a la mañana.  

Las palabras “su hogar” les trajeron un alivio inexplicable, y las lágrimas brotaron.  

Odelli extendió la mano y acarició con cuidado aquellas espaldas que temblaban.  

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Odelli se sentó en un rincón del comedor.  

Los niños se relajaron un poco cuando les sirvieron té caliente y pequeños dulces.  

—¿Está rico?  

—Sí.  

—Coman más. Hay mucho.  

—¿Hada, eres un ángel?  

Odelli ganó el título de ángel por un simple dulce.  

Al terminar, pequeñas manos comenzaron a tomar los dulces con cuidado.  

Los niños se miraron entre sí, con los ojos brillantes, y pronto empezaron a hablar entre ellos en su propio lenguaje.  

Pronto, estallaron risas y bullicio.  

Ante esa pureza ruidosa, Odelli no pudo evitar sonreír.  

—¡Guau…! Hada, eres muy bonita.  

Un niño, vacilante, tocó el dobladillo de su vestido.  

Entonces, una niña a su lado murmuró:  

—Mi hermana mayor también es bonita como tú.  

—¿Ah, sí?  

Parecía querer presumir de ella.  

Odelli, sin darse cuenta, le acarició la cabeza y sonrió.  

—Sí, tiene los ojos iguales. Azules como el cielo. Blancos como tú.  

¿Ojos azules?  

Odelli recordó que no había visto a ningún niño en el orfanato con ojos de ese color.  

Preocupada, preguntó:  

—¿Tu hermana no está contigo ahora?  

Asumió que se refería a una hermana mayor o a una vecina con la que hubiera crecido.  

Pero la niña negó con la cabeza.  

Con una sonrisa inocente, respondió:  

—Mi hermana dijo que me traería un conejo de peluche. Pronto vendrá.  

—Ah.  

Se refería a una de las trabajadoras de ayuda.  

Odelli contuvo el aliento y se rió brevemente de sí misma por haberse preocupado.  

No había necesidad de darle más importancia.  

«Pronto alguien vendrá a darle el peluche al niño.»  

Ella empujó suavemente el plato de galletas hacia la niña y dijo:  

—Puedes comer más.  

Los ojos de la niña brillaron, y una risita escapó de sus labios.  

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Rudville se apoyó en el marco de la puerta, observándola como siempre.  

Pequeñas manos tomaban el dobladillo del vestido de Odelli.  

Cuando los niños, tímidos, le decían algo, ella se agachaba para mirarlos a los ojos.  

Escuchaba sus voces suaves y les sonreía sin reservas.  

Rudville no podía apartar la vista de esa escena.  

«¿Dónde he visto esto antes…?.»  

Era como un recuerdo cálido que hubiera olvidado hace mucho.  

De alguna manera, se sentía tan tranquilo que podía cerrar los ojos y relajarse.  

Como si estuviera sumergido en agua tibia hasta el cuello.  

Rudville sonrió levemente.  

Aunque se sentía tonto, no podía dejar de mirar.  

Odelli, ajena a todo, acariciaba las cabezas de los niños y sonreía.  

Ver esa expresión era como revivir algo que había perdido hace mucho.  

Fue en ese momento.  

—….  

De repente, un aroma demasiado familiar flotó en el aire.  

El corazón de Rudville latió con fuerza, tanto que le dolió.  

Era ese olor.  

El que había sentido cuando tomó la mano de aquella mujer en sus sueños.  

Cuando luchó por alcanzar una voz que no podía oír.  

Un aroma dulce que prometía salvación, que lo había llevado a entregarlo todo.  

«…¿Por qué aquí?.»  

Lentamente, Rudville giró hacia la dirección opuesta a Odelli.  

No era ella.  

Desde el otro extremo…  

Sin darse cuenta, comenzó a caminar, paso a paso.  

El sonido de sus pisadas resonó en el suelo.  

Fue entonces.  

Al final del pasillo, donde la luz del atardecer se filtraba por la ventana…  

Alguien estaba allí.  

El borde de un abrigo blanco se movió levemente.  

Como un actor bajo un foco en el escenario, esa persona brillaba en silencio.  

El corazón de Rudville retumbó.  

Aceleró el paso, poco a poco.  

El viento que rozó su mejilla agitó de nuevo aquel aroma.  

En ese instante, todas sus defensas y sospechas se derrumbaron.  

No podía pensar.  

Solo seguía avanzando por instinto.  

Recorrió el pasillo, respirando con dificultad.  

Y entonces…  

Finalmente, llegó justo detrás de ella.  

Al acercarse, ese olor idéntico e inconfundible llegó a su nariz.  

Rudville extendió la mano y agarró su hombro.  

Ella contuvo el aliento, sorprendida.  

Y lentamente, se volvió.  

Sus ojos azules, brillantes bajo la luz, lo miraron fijamente.  

—….  

En ese momento, le faltó el aire.  

Su corazón latió con dolor, como si estuviera siendo aplastado.  

Era como si un sueño antiguo hubiera cobrado vida.  

Desde lo más profundo de su garganta, un nombre olvidado estuvo a punto de escaparse.  

Era ella.  

La mujer de sus sueños.  

Robin: ¡¡¡ qué carajos!!!

Annad: Secundo a Robin, ¡¿qué rayos?! No necesito dormir, necesito explicaciones.



RAW HUNTER: ANNA FA
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: ROBIN
REVISION: ANNAD



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