Capítulo 43
Ruwen se paró frente al establo y miró su interior vacío. Era el lugar donde había estado su querido caballo, un regalo de Faye en su infancia que siempre había cuidado con especial cariño.
«Faru…».
Era un caballo de crin blanca, elegante y distinguido. Como el propio Faye.
El caballo, al que había nombrado combinando un carácter de cada uno de sus nombres, había desaparecido. El día que los atacantes se llevaron a Faye, también se llevaron todos los caballos del establo.
La gente susurraba que nunca volverían, que los invasores los habrían sacrificado. Ruwen también tenía la vaga sensación de que nunca volvería a ver a Faru.
Aun así, lo que más le aterraba era que Faye estuviera en manos de gente tan cruel. Sabía que, aunque parecía tranquilo y gentil, Faye no era alguien que se sometiera fácilmente.
«No debería haberse resistido por proteger a Faru…».
Una vez que empezaba, su imaginación no tenía límites, y siempre se inclinaba hacia lo más horrible y desgarrador.
Justo cuando Ruwen comenzaba a morderse las uñas por la ansiedad, alguien habló:
—Ruwen, Faru ha regresado.
Al ver la crin, antes bien cuidada, ahora enmarañada, su corazón se hundió. Parecía como si Faye le estuviera pidiendo ayuda, como si le dijera: «Mírame, ven a rescatarme».
—Ruwen.
El establo le entregó las riendas y añadió:
—Hay una bolsa atada a las riendas… ¿No será algo que dejó el Joven Maestro?
Ruwen, que había estado aturdido, reaccionó al instante al oír Joven Maestro. Con manos temblorosas, abrió la bolsa y revisó su interior.
«Solo hay un papel».
Sin dudarlo, sacó la nota y leyó:
[ Hermana Irene, Ruwen.
Ahora estoy bien y seguro. No es tan cómodo como mi cama, pero puedo dormir.
Aunque, lejos de ustedes, no puedo evitar recordar los momentos felices que pasamos juntos.
¿Recuerdan cuando fuimos al lago el año pasado? Ruwen, rescataste a ese patito que cayó en el hoyo. La madre pato no dejaba de graznar, pensando que le haríamos daño.
Quiero volver a ir de picnic con ustedes. Los tres. Esperaré con ansias el día en que nos reunamos.
Faye. ]
Al principio, los recuerdos lo inundaron. Aquella primavera, cuando las flores estaban en su esplendor y fueron al lago, habían sido tan felices. Con la señorita y el Joven Maestro a su lado, no envidiaba a nadie. Se creía el hombre más afortunado del mundo.
No imaginó que esos momentos triviales se convertirían en recuerdos tan preciosos.
«¿De verdad está a salvo?».
¿No habrían sido los captores quienes lo obligaron a escribir? Esa idea lo inquietó de nuevo. Una sospecha comenzó a brotar en su corazón.
«Claro que el picnic del año pasado fue divertido, pero… ¿por qué mencionarlo ahora?».
Incluso este año habían ido de picnic. No había razón para hablar del pasado.
«Quizá haya un mensaje oculto».
Pero Ruwen no podía descifrarlo. Le faltaba información. Sin embargo, Irene, que pasaba la mayor parte del tiempo en el palacio, podría saber más. Tal vez ella podría entenderlo.
Con cuidado, dobló la carta, la guardó y se dirigió a la oficina de Irene. Debía dársela antes de que ella partiera al palacio.
«Después de entregarle la carta, iré por el Joven Maestro».
Faru era un caballo inteligente. Seguro lo guiaría hasta Faye. No le importaba acampar solo en las montañas llenas de bestias. Lo más aterrador era no saber qué le pasaba a Faye.
Afortunadamente, Irene aún estaba en su oficina.
—¿Qué ocurre, Ruwen?
—El Joven Maestro envió una carta. Creo que hay un código, pero no lo entiendo.
Irene tomó la bolsa, leyó la carta y frunció el ceño. Tras un momento, sonrió.
—Gracias, Ruwen. Saber que era un código me ayudó a entenderlo rápido.
—¿Qué significa? ¿No está en peligro, verdad?
—No. Por suerte, no. Faye dice que, si rescatamos al patito, podremos estar juntos de nuevo.
—¿A quién se refiere con “patito“?
—A sus hijos. El problema es que usó un código. Quizá por los soldados del Primer Príncipe. Debemos actuar rápido.
Mientras Irene salía apresurada, Ruwen dijo:
—Iré por el Joven Maestro.
Irene se detuvo y lo miró.
—Es peligroso.
—Él es quien más peligro corre ahora. Debo estar a su lado. Sin mí, ni siquiera puede dormir bien.
Ruwen estaba decidido a ir, incluso si Irene no lo permitía. Pero al decírselo, también le pedía que no lo siguiera. No había necesidad de dividir los recursos.
Irene lo miró fijamente, como si leyera su determinación, y suspiró.
—¿De nada sirve detenerte?
—No.
Ante su firmeza, Irene desenvainó su espada y se la entregó.
—Con una espada de madera no bastará. Toma la mía.
—…Gracias.
—Me la regaló mi padre. Es muy valiosa para mí. Debes devolvérmela. ¿Entendido?
Una espada del Duque. Ruwen la sostuvo con fuerza, sintiendo el deseo de Irene de que regresara sano y salvo.
—Sí. Sin falta.
—Bien. Confío en ti. Lleva suficiente comida, especialmente agua. Y si los encuentras, no ataques de inmediato. Lo importante es asegurarse de que Faye esté bien y proteger al niño.
Ruwen asintió. Sabía que no podía enfrentarse solo a los invasores. Evitaría pelear y se concentraría en proteger a Faye.
—Lo sé. Solo quiero estar a su lado.
Pero si las cosas salían mal, si la vida de Faye corría peligro, Ruwen daría su propia vida para salvarlo.
—Negociaré con el Segundo Príncipe sobre el patito. Iré tan pronto como pueda. Ve tú primero.
—¿Sabe dónde están?
—Confiaré en la memoria de un caballo. Como el tuyo.
—Parece que la señorita lo sabe todo.
—No tanto. No entiendo a Faye. ¿Por qué rompió su promesa contigo? Él sabe que moverse era peligroso. Sabía que debía esperarnos.
—…
—Y cuanto más pienso en esa noche, más siento que todo fue un guión preparado.
Sus palabras, entre murmullos, eran difíciles de distinguir si iban para Ruwen o para sí misma. Él, abrumado por la ausencia de Faye, no había considerado eso.
«Pero más que dudas, quiero asegurarme de que esté a salvo».
Si Faye había tenido una razón para moverse, Ruwen lo aceptaría.
«Tal vez sería mejor si, como dice la señorita, todo es un guión. Eso significaría que el Joven Maestro está seguro».
Pero todo eran suposiciones. Lo urgente era encontrar a Faye.
—Perdón. No debería desahogarme contigo.
Irene recuperó la compostura y sonrió con amargura. Ruwen negó con la cabeza.
—No importa. La señorita también está preocupada.
—Sí. Gracias por entender.
Irene respiró hondo y sonrió, como siempre.
—¡Todo saldrá bien! ¿Verdad?
—Claro.
—Ten cuidado. Yo debo ir al palacio.
—Hasta luego.
—Sí. Nos vemos.
Con un adiós casual, Ruwen se preparó para partir. Aunque el camino era peligroso, su ansiedad disminuyó un poco.
Pero no pudo salir de inmediato. Al ver a Faru, exhausto y dormido, supo que sería cruel partir hoy.
«Corriste mucho, ¿verdad?».
Ruwen se sentó junto a Faru y lo acarició. El caballo, sensible, despertó pero al reconocerlo, apoyó su hocico en su regazo.
—Descansa. Cuando despiertes, iremos por el Joven Maestro. Ayúdame.
Prrrr.
Parecía entenderlo.

TRADUCCION: ROBIN
CORRECCIÓN: PATITA DE PERRO
RAW HUNTER: MALVADOS LTD