Capítulo 42
En una habitación donde el incienso se elevaba en espesas volutas, un hombre vestido de blanco permanecía arrodillado frente al altar.
Su nombre era Laonell.
En el pasado, como sacerdote, había jurado seguir únicamente la voluntad divina.
Pero, ante la muerte, quien le tendió una mano salvadora no fue un dios, sino Gawain Kardel, el descendiente de un héroe.
El hermano menor de Laonell, víctima de una maldición que ni el poder sagrado podía revertir, se consumía lentamente.
Justo cuando todas sus oraciones y bendiciones parecían fracasar… apareció él.
Gawain logró deshacer por completo la maldición que todos consideraban incurable.
Desde aquel día, para Laonell, Gawain era su Dios.
—Por fin… ¿se me ha encomendado una misión?
Sus ojos estaban enrojecidos por la emoción, y sus manos, extendidas como en ofrenda a una deidad, temblaban.
Desde el otro extremo de la sala, se escucharon pasos.
El que apareció, finalmente, fue el heredero de la familia Kardel, Gawain, envuelto en una capa blanca.
Sonrió con calma.
—Ha llegado el momento en que el Dios pondrá a prueba tu fe.
Su voz era suave, impregnada de una benevolencia infinita.
Laonell cerró los ojos con fuerza.
Era el momento que tanto había anhelado.
La prueba definitiva de su devoción.
—Tu destino es Velader.
—¿Velader…? ¿La ciudad portuaria?
Gawain posó una mano paternalista sobre su hombro.
—Los humanos solo recuperan su fe cuando presencian un milagro. Tú abrirás el prólogo de ese milagro.
—¿Hay alguien… a quien deba salvar?
Con una sonrisa serena, Gawain le entregó un frasco.
Sellado con múltiples protecciones, su importancia era evidente de un solo vistazo.
—¿Esto es… una cura?
—No. Es una enfermedad.
—¿…Qué?
Por un instante, dudó de sus oídos.
Pero Gawain continuó, imperturbable.
—Propaga la plaga.
Las pupilas de Laonell se sacudieron violentamente.
El frasco que sostenía tembló entre sus manos.
—Es una prueba divina, Laonell. Cumplirás con el mandato de tu Dios.
—Pero… ¡morirá mucha gente! ¡Gente inocente…!
Gawain suspiró profundamente, moviendo la cabeza con falsa pena.
Su sonrisa simulaba compasión, pero en sus ojos se escondía un dejo de burla.
—Qué decepcionante. Un siervo de Dios que aún piensa con tan poca visión.
Bajó la voz, adoptando un tono persuasivo.
—Laonell, tú serás el que abra el camino. Solo a través del sufrimiento y la desesperación, los mortales recordarán a su dios.
—…
—Y cuando, en medio de esa desesperación, aparezca el milagro… lo alabarán. Y todo comenzará… gracias a ti.
Laonell contuvo el aliento.
En aquel momento crítico en que su hermano menor estuvo al borde de la muerte, incluso los sacerdotes habían fallado.
Pero Gawain logró lo imposible.
Desde entonces, creyó que Gawain era el verdadero portador de la voluntad divina.
«¿Para despertar la verdadera fe en estos necios…?»
—Así es. Sabes reconocer lo que realmente importa.
Al ver cómo Laonell mordía su labio tembloroso, Gawain añadió con dulzura:
—Ve a Velader. Usa tu posición en el templo para infiltrarte entre ellos. Y, en silencio, vierte este líquido en los pozos del pueblo.
Laonell tragó saliva y miró el pequeño frasco de cristal.
En su interior, un líquido verdoso se agitaba.
Gawain sonrió, sereno.
—Es la prueba de Dios, Laonell. Y no olvides… que eres su instrumento.
Abrazando el frasco contra su pecho, Laonell se levantó tambaleante.
Mientras sus pasos se alejaban, el silencio volvió a adueñarse de la habitación.
Fue entonces.
La sonrisa de Gawain se desvaneció lentamente.
Su rostro quedó vacío, sin rastro de emoción, y sus ojos brillaron con una frialdad glacial.
—Sal.
De la oscuridad, un hombre vestido de negro emergió sin hacer ruido.
Era un ejecutor de las sombras de la familia Kardel.
—Ese sacerdote pierde la cordura cuando se trata de su hermano. Si desobedece, asegúrate de que cumpla… sin importar los métodos.
Gawain soltó una risa burlona.
—Debe entender el precio de su fracaso.
Era una amenaza velada: si algo salía mal, su familia pagaría.
El hombre no necesitaba más explicaciones.
Era su rutina.
—Y elimínalo antes de que yo llegue. Que parezca parte de la plaga.
—Sí.
—Informa de cualquier irregularidad. Si algo falla… culpa al templo.
Observó la puerta por donde Laonell había desaparecido y alzó lentamente la comisura de los labios.
—Es hora… de salvar una vez más a estos estúpidos mortales.
Su mirada ya se posaba sobre Velader.
୨꒷・┈┈・⊹ ̊ʚ・┈ ⊹ ̊✪ ⊹ ̊┈・ɞ⊹ ̊・┈┈・꒷୧
Odelli, escondida en un carromato, aguantó toda la noche el traqueteo de las ruedas.
Al amanecer, al llegar a las afueras de Velader, bajó en silencio y siguió la ruta planeada.
El bloqueo había cerrado todos los accesos oficiales, pero quedaba un viejo desagüe olvidado por los mercaderes.
No aparecía en los mapas, ni los soldados lo conocían… pero Odelli lo recordaba.
«O, más bien, los recuerdos de Rudville.»
Conteniendo la respiración, se deslizó por una grieta en el suelo.
El olor a tierra húmeda, moho y agua podrida la envolvió, pero no le importó.
Se dirigió directamente al corazón de Velader, ahora en ruinas.
La ciudad portuaria yacía en un silencio mortal.
Las ventanas estaban selladas, las calles, vacías.
Tras las puertas, los rostros que asomaban reflejaban terror y resignación.
Los cadáveres, abandonados en las calles, despedían un hedor putrefacto, y una niebla oscura flotaba en los callejones.
Entonces, se escuchó un llanto.
—¡Agh… por favor! ¡Todavía estoy vivo…!
Un joven, tambaleándose, cayó al suelo en una esquina.
Su rostro ensangrentado, su piel enrojecida por la fiebre…
La niebla negra lo envolvía como serpientes.
Odelli no lo dudó.
Corrió hacia él, se arrodilló y examinó su estado.
Su respiración era débil, apenas un hilo.
Al tocar su frente, el calor era abrasador.
—Tranquilo… todo va a mejorar.
En ese instante, algo se agitó.
La niebla, como si estuviera viva, intentó morder sus dedos.
«¿Adónde crees que vas?»
Odelli activó su poder de purificación.
La energía que emanó de sus manos comenzó a sellar la oscuridad.
El aire se agitó violentamente, hasta calmarse.
El joven dejó de temblar, y su respiración se estabilizó.
Con cuidado, Odelli lo acomodó en un banco y avanzó hacia la plaza, donde la niebra era más densa.
Calles sumidas en la desesperación.
El humo negro y los gritos de caos llenaban el centro de la ciudad.
«No es demasiado tarde.»
La niebra crecía alimentándose del miedo, pero si actuaba con precisión, podía detenerla.
Porque esto no era natural…
«Era una plaga intencional.»

RAW HUNTER: ANNA FA
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: ROBIN
REVISION: ANNAD